Cuando la tataranieta de Mina Harker le abrió la puerta al Conde Drácula, lo confundió con el fontanero. Aquel hombre bajo y rechoncho, vestido con pantalones de pana y una camisa de franela a cuadros no le encajaba en la imagen romántica del noble vampiro rumano que le habían pintado.
Cuando el Conde Drácula escupió un trozo de garganta de la tataranieta de Mina Harker junto con parte de la cadena del crucifijo que la muchacha se había colgado como protección, se relamió pensando cómo el tiempo había deformado ciertos conceptos y cómo la salvaje dentellada en la yugular se había transformado en dos discretas punzadas de los colmillos sobre el cuello.
Cuando la tataranieta de Mina Harker emitió un gorjeo ahogándose en su propia sangre, sólo pretendía quejarse del repugnante olor a ajo en el aliento del Conde Drácula.
Cuando el Conde Drácula escupió un trozo de garganta de la tataranieta de Mina Harker junto con parte de la cadena del crucifijo que la muchacha se había colgado como protección, se relamió pensando cómo el tiempo había deformado ciertos conceptos y cómo la salvaje dentellada en la yugular se había transformado en dos discretas punzadas de los colmillos sobre el cuello.
Cuando la tataranieta de Mina Harker emitió un gorjeo ahogándose en su propia sangre, sólo pretendía quejarse del repugnante olor a ajo en el aliento del Conde Drácula.
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Al declararse el incendio le pareció irónico verse atrapado en un meme tan clásico. Ahogado por el humo, corrió a la biblioteca. Mientras el fuego se extendía por las estanterías, se repetía a sí mismo una y otra vez que cogiese uno, que cogiese sólo uno. Cuando las llamas le lamieron los tobillos se dio cuenta de que no iba a ser capaz de decidirse nunca y de que se iba a quedar en aquella habitación para siempre.
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Desde que se lo diagnosticaron, no es que hubiese dejado de ser él mismo, sino que lo era más que nunca. A pesar de los dolores y los vómitos de cada día, jamás salió de sus labios una queja. Liberado del peso del mañana, volvió a pasear pos sus calles preferidas, releyó los libros que más le gustaban, escuchó de nuevo su música favorita. Fueron los meses más felices de su vida.
1 Comentarios:
¡Por los meses felices de una vida! Chin chin
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