domingo, 5 de febrero de 2012

La Circuncisión de Harry

Entre los muchos textos que hubiera dado un brazo por escribir, y no tengo tantos brazos, créanme, ocupa un lugar destacadísimo la letra de Harry’s Circumcision, una canción incluida en Magic & Loss de 1992, uno de los discos más oscuros y dramáticos del compositor neoyorkino Lou Reed. Todo el álbum está inspirado por la muerte cercana y consecutiva por cáncer de dos de los mejores amigos del autor. Siendo de ascendencia judía, Reed utiliza en Harry’s Circumcision el ritual de la circuncisión como metáfora de un intento frustrado de suicidio y alegoría del posterior renacimiento como una persona totalmente diferente. Más o menos al mismo tiempo Kurt Cobain escribió I Hate Myself and I Want to Die (me odio y quiero morir). Reed elabora el mismo concepto con mayor finura. En lugar de pergeñar un vergonzoso mal plagio, como siempre he ambicionado secretamente, permítanme que les traduzca y comente la letra de la canción.


Harry, el protagonista, es presentado mirándose con disgusto al espejo, tal y como todos nosotros hemos hecho alguna vez. No le gusta su imagen, pero en realidad esa incomodidad con su aspecto es manifestación de algo mucho más peligroso. Es su propia vida la que no le satisface.

Al mirarse al espejo, a Harry y no le gustaba lo que veía.
Las mejillas de su madre, los ojos de su padre.

Una poderosa imagen sobre el paso del tiempo enfrenta al protagonista con una realidad inexorable que siempre es incómoda, la vejez, y peor aún, la consciencia de que uno acaba siento todo aquello contra lo que ha luchado. Su vida ha sido inútil.

Mientras cada día se estrellaba a su alrededor, el futuro se le revelaba:
Se estaba convirtiendo en sus padres.
La decepción final.

La siguiente escena/estrofa traza un paralelismo formal con la anterior, pero da un paso más adelante hacia el primer síntoma de alarma. La navaja de afeitar es una imagen clásica que presagia una tragedia.

Al salir de la ducha, Harry se miró fijamente.
Su calvicie incipiente, los dientes ligeramente saltones.
Cogió la cuchilla para empezar a afeitarse

El hartazgo es cada vez más opresivo y Harry sólo quiere desaparecer del mundo sin dejar ni siquiera un rastro en la memoria de los que lo conocieron. El estribillo que no es tal se repite haciendo incidencia en el tema de la canción.

Y pensó: “Oh, ojalá fuera diferente.
Ojalá fuera más fuerte, ojalá fuese más delgado.
Ojalá no tuviera esta nariz,
Estas orejas de soplillo que me recuerdan a mi padre.
Y que no quiero que recuerden a nada”.
La decepción final.

La tercera escena rompe la estructura simétrica, pero vuelve a presentar al protagonista frente al espejo, frente a sí mismo. Reed, siendo el pedantón que es, no puede evitar la cita cultureta, pero aquí está empleada con fina ironía y a la vez como ominosa amenaza.

Harry se miró al espejo pensando en Vincent Van Gogh
Y de un rápido golpe se rebanó la nariz.

A pesar de presagiada, la imagen no puede ser más impresionante. El impacto se acentúa por la tranquilidad, incluso frialdad del narrador que refleja la calma del protagonista mientras se mutila a sí mismo. No es un momento angustioso para él, sino de liberación. Hasta lo cuenta con humor dando un pequeño giro al estribillo.

Y feliz con eso, se hizo un tajo en la barbilla.
Siempre había querido tener un hoyuelo.
El final de una ilusión.

La vertiente más negra de Lou Reed sale a relucir en los siguientes versos, pero al lado de esa sonrisa siniestra hay total desolación, un hombre triste y desamparado que sólo quiere ser otra persona o, simplemente, desaparecer por completo.

Entonces observando directamente entre sus piernas
Harry pensó en la gama de posibilidades.
Una nueva cara, una nueva vida, sin recuerdos del pasado.
Y se rajó la garganta de oreja a oreja.

Fundido a negro. La pirueta final demuestra la maestría de Reed. La total amargura con la que el protagonista ni siquiera puede decidir su propio destino final. La sempiterna mirada irónica ante un resultado paradójicamente buscado y frustrante a la vez. La decepción de una vida.

Harry se despertó con tos y los puntos le hicieron dar un respingo.
Un doctor le sonrió desde algún lugar al otro lado de la habitación.
“Hijo, te hemos salvado la vida, pero nunca volverás a ser el mismo”.
Y cuando oyó eso Harry se tuvo que reír.
Aunque le dolía, Harry se tuvo que reír.
La decepción final.

Me impresiona cómo Lou Reed trivializa la tragedia con su descripción neutra y parsimoniosa de la mutilación de Harry. Cómo halla imágenes inusitadas para ese contexto que abundan en la sensación de calma, de felicidad con las que el protagonista está sangrientamente dejando de ser quien es, la persona que detesta. Cómo se está dejando ir. Y finalmente me estremece la frialdad con la que transita del momento anodino de un hombre ante el espejo tras una ducha a una cama en un hospital donde se enfrenta a la paradoja que le arrebata la voluntad. El final no es la muerte, sino la anulación total de su libre albedrío. No ha conseguido desaparecer, pero tampoco será ya más quien era. Su objetivo ha llegado por una mano que no es la suya y el resultado no es el que realmente buscaba. Lou Reed da un salto magistral en el desenlace. No se queda en el intento de suicidio, llega hasta la decepción final, que sutilmente equipara a una circuncisión.

6 Comentarios:

David dijo...

¡Joder!

Lorena dijo...

Después de cualquier mutilación o ruptura nadie vuelve a ser el mismo. No hay tampoco que castrarse para sentir el dolor de los miembros fantasmas.

soy tan inerme como inerte dijo...

Fascinante!
Qué Maravilloso silogismo desglosado por usted, me alegro de seguirle desde hace tiempo...

Nemo dijo...

Me abruma usted, señorita.

soy tan inerme como inerte dijo...

Por qué Caballero? :)

Nemo dijo...

Sus halagos son de todo punto inmerecidos.