Siempre ando buscando la receta definitiva. Aquella que establezca sin discusiones un punto de referencia inmutable con el que se comparen los demás y que perdure para siempre. Mi medida de las cosas, la que me permita no tener que probar nada más. Ya sea sushi, mortadela, patatas fritas, pimientos del piquillo, foie o salchichas de Frankfurt. De lo más vulgar a lo más sublime. Mis manías sheldoncoopernianas me hacen precisar la estabilidad, la seguridad, ese sabor único que me haga sentir seguro conociendo el terreno que piso, sabiendo que no me va a decepcionar porque es el mejor par mí. El que por su propio poder es capaz de transformar un día más, incluso uno deprimente, en un puerto seguro, en una pequeña isla de felicidad. Una verdad universal. A todo el mundo le gustan los koalas, el que no disfruta con los trenes es porque detesta divertirse, etc.
El chili con carne es un plato icónico inmortalizado en incontables películas. Un producto rudo, de vaqueros curtidos. O una delicatesen exótica con la que Woody Allen agasaja a sus refinados invitados mientras conversan acerca del estructuralismo de Lacan. Hay algo en su nombre que suena tremendamente familiar aunque no lo hayamos visto nunca. Como eso con lo que siempre hemos convivido y que ha estado en un rincón de la casa sin prestarle mucha atención. Y a la vez parece tan alejado de todo a lo que uno está habituado, que evoca paladares míticos. Lo he probado en mil sitios diferentes. Me marcó uno que comí en un restaurante al lado de una pareja a la que no le faltaba un detalle para tener el set completo. Él, devoraba alitas de pollo tras un bronceado sin medida, unas cejas más depiladas que las de su novia y unos músculos impecables echados a perder por una cara de globo hinchada por los esteroides. Ella, con las extensiones de la melena inmaculadamente planchadas, con su repisa de silicona reluciente, posaba perfectamente ceñida para el hoy y presagiando lo que le cabrá dentro de diez años.
También lo he probado en conservas enlatadas tras etiquetas folclóricas y nombres que evocan la autenticidad más impostada. Pero al final, como siempre, he vuelto a recluirme en casa para cocinar mi propia receta. Todos los platos, pero este especialmente, existen en función de los diferentes comensales. La inevitable conclusión, no me llamen misántropo, que me duele, es que el final de mi búsqueda no es el chili con carne, sino mi chili con carne. Uno que parta de los ingredientes comunes, indispensables, para elaborar mi propia versión. La que se va definiendo por el método prueba-error a través de diversas intentonas hasta alcanzar la que tal vez sea la definitiva. El sabroso sofrito de cebolla y pimientos, el cremoso tomate regado con generosidad, las judías como un discreto elemento decorativo, la carne picada invitada de gala, pero en su proporción justa, apareciendo en su momento sin prevalecer. Y finalmente el escalofrío del sabroso jugo de los chiles picantes macerados en el hallazgo sublime del vinagre. Con generosidad, con alegría, que se note.
No como el de la foto que ilustra este artículo, uno de mis múltiples intentos fallidos, un chili con carne, en definitiva, tiene que ser rotundo y consistente, pero con los elementos adecuados, con los tropezones que te alegren la comida, pero que no la dominen. Sin hacer del plato un empedrado, pero una patada al estómago como mandan los cánones, el buen chili con carne tiene que ser un punto exagerado. Y es que ya saben, oh, fidelísimos lectores, que yo pienso que nuestra actitud ante la comida es la misma que ante el resto de los demás aspectos de la vida. Y que un culo pequeñín es llamativo, pero lo que de verdad nos gusta a los tíos es un buen pandero, un bullate redondito, algo exagerado, casi a punto de desbordarse. Un culo gordo, qué demonios.
El chili con carne es un plato icónico inmortalizado en incontables películas. Un producto rudo, de vaqueros curtidos. O una delicatesen exótica con la que Woody Allen agasaja a sus refinados invitados mientras conversan acerca del estructuralismo de Lacan. Hay algo en su nombre que suena tremendamente familiar aunque no lo hayamos visto nunca. Como eso con lo que siempre hemos convivido y que ha estado en un rincón de la casa sin prestarle mucha atención. Y a la vez parece tan alejado de todo a lo que uno está habituado, que evoca paladares míticos. Lo he probado en mil sitios diferentes. Me marcó uno que comí en un restaurante al lado de una pareja a la que no le faltaba un detalle para tener el set completo. Él, devoraba alitas de pollo tras un bronceado sin medida, unas cejas más depiladas que las de su novia y unos músculos impecables echados a perder por una cara de globo hinchada por los esteroides. Ella, con las extensiones de la melena inmaculadamente planchadas, con su repisa de silicona reluciente, posaba perfectamente ceñida para el hoy y presagiando lo que le cabrá dentro de diez años.
También lo he probado en conservas enlatadas tras etiquetas folclóricas y nombres que evocan la autenticidad más impostada. Pero al final, como siempre, he vuelto a recluirme en casa para cocinar mi propia receta. Todos los platos, pero este especialmente, existen en función de los diferentes comensales. La inevitable conclusión, no me llamen misántropo, que me duele, es que el final de mi búsqueda no es el chili con carne, sino mi chili con carne. Uno que parta de los ingredientes comunes, indispensables, para elaborar mi propia versión. La que se va definiendo por el método prueba-error a través de diversas intentonas hasta alcanzar la que tal vez sea la definitiva. El sabroso sofrito de cebolla y pimientos, el cremoso tomate regado con generosidad, las judías como un discreto elemento decorativo, la carne picada invitada de gala, pero en su proporción justa, apareciendo en su momento sin prevalecer. Y finalmente el escalofrío del sabroso jugo de los chiles picantes macerados en el hallazgo sublime del vinagre. Con generosidad, con alegría, que se note.No como el de la foto que ilustra este artículo, uno de mis múltiples intentos fallidos, un chili con carne, en definitiva, tiene que ser rotundo y consistente, pero con los elementos adecuados, con los tropezones que te alegren la comida, pero que no la dominen. Sin hacer del plato un empedrado, pero una patada al estómago como mandan los cánones, el buen chili con carne tiene que ser un punto exagerado. Y es que ya saben, oh, fidelísimos lectores, que yo pienso que nuestra actitud ante la comida es la misma que ante el resto de los demás aspectos de la vida. Y que un culo pequeñín es llamativo, pero lo que de verdad nos gusta a los tíos es un buen pandero, un bullate redondito, algo exagerado, casi a punto de desbordarse. Un culo gordo, qué demonios.
5 Comentarios:
Qué buena a reflexión final, sí señor, burro grande ande o no ande...estaría bien que compartieses tu receta, seguro que está exquisita. Como en casa no se come en ninguna parte.
Por cierto, ¿me lo parece a mí o la imagen que ilustra tu blog es de un disco de Dali's Car?...podría buscarlo en mi discoteca, pero me da perrera...aish, qué voz tiene el Murphy, es impresionante.
Kisses.
Sí y no. En realidad es Daybreak, un cuadro pintado por Maxfield Parrish en 1922, pero parte de él fue utilizado para el primer, y por ahora único, disco del dúo formado por Peter Murphy y Mick Karn. Antes de la muerte por cáncer del bajista estuvieron grabando unas sesiones que están a punto de aparecer en un mini LP. Será el segundo y final trabajo de Dali's Car.
Pero no se vayan todavía, aún hay más. Los Moody Blues también emplearon este cuadro como base para hacer una variación que acabaría en la portada de The Present, su disco de 1983. Cof, cof.
Al margen del chili y de Dali's Car: ¿se supone que esta entrada es tu velada contribución al Big Culo Day que se está celebrando bloguesfera adelante? (que una de dos: o yo soy muy poco sutil al preguntarlo o tú lo eres demasiado al insinuarlo).
Podría serlo, y me di cuenta mientras lo escribía, si no fuera por el bonito título que distingue a este blog y a su artífice.
Buen uso del MacGuffin. Ah, y los culos, siempre grandes. Claro.
Publicar un comentario en la entrada