La última sensación gafapasta / indie, los juicios mediáticos, las protestas callejeras, los periódicos que cierran, las series televisivas de moda. Cuando alguien se compra un coche nuevo, algo no tan habitual últimamente, siempre corre a mostrarlo orgulloso a sus amigos y familiares. En no pocas ocasiones me he visto en una situación como esa. No saben lo incómodo que es encontrar la respuesta emocional adecuada y el gesto socialmente aceptable para alguien que siente los mismos sentimientos ante un automóvil que ante un ladrillo. De hecho, las diferencias que veo entre, yo qué sé, en esto soy una completa nulidad, pongamos un Volvo y un Audi, son las mismas que encuentro entre un ladrillo y otro. Pedirme que distinga y aprecie las cualidades de un coche es como pedirme que diferencie entre los concursantes de Gran Hermano. Sólo veo una lustrosa carrocería sobre un cacharro que no me apetece en absoluto conocer ni, mucho menos, montar.
Todo esto viene a cuento de que ayer alguien me preguntaba si había visto su coche nuevo mientras con el mando a distancia cambiaba de un canal a otro y en estas que el susodicho reality show saltó a la pantalla de la tele. Y yo que pensaba que ya no emitían eso. Pero, en fin, los paralelismos se me revelaron evidentes inmediatamente. Al menos para mi retorcida forma de razonar. Sea como sea, me las suelo arreglar para nadar contra corriente porque dentro de mí estoy lleno de contradicciones que hacen que usualmente me ponga a la contra por pura rebeldía. Si intuyo que la mayoría va por un camino, me da por sospechar del pensamiento único y no paran de ocurrírseme argumentos para oponerme. Ya, ya sé que si la mayoría está de acuerdo en algo, probablemente sea yo el equivocado, pero eso de que haya que opinar de determinada manera porque es lo que toca, me da dentera. Y no nos equivoquemos: la vida real no es lo que se lee en las redes sociales ni el cómputo de clicks sobre “me gusta”, por mucho que lo parezca.
Ya sean los modernos que parecen levitar a dos centímetros sobre el suelo, o los rancios que se quedaron petrificados en un pasado heroico, en todos encuentro motivos para que me revuelvan las tripas. Dentro de mí habitan dos tipos muy contradictorios. Uno que lo que más valora es su libertad individual, que detesta las imposiciones, que no obedece órdenes y que se subleva ante cualquiera que se arrogue la categoría de jefe. Ese tipo es un anarquista radical y hasta furioso. El otro tipo desconfía profundamente del ser humano, cree que la masa es esencialmente inculta, no tiene ni idea de adónde va y es fácilmente manipulable. Ese otro tipo está convencido de que el Despotismo Ilustrado fue un gran invento. Los dos tipos, si se miran de cerca, están mucho más próximos de lo que parece y al final uno u otro acaban encontrando excusas para hacerse mala sangre por cualquier motivo. Me da que es cuestión de formas y que siempre me pongo enfrente del que está más contento de haberse conocido. Asco de vida.
Todo esto viene a cuento de que ayer alguien me preguntaba si había visto su coche nuevo mientras con el mando a distancia cambiaba de un canal a otro y en estas que el susodicho reality show saltó a la pantalla de la tele. Y yo que pensaba que ya no emitían eso. Pero, en fin, los paralelismos se me revelaron evidentes inmediatamente. Al menos para mi retorcida forma de razonar. Sea como sea, me las suelo arreglar para nadar contra corriente porque dentro de mí estoy lleno de contradicciones que hacen que usualmente me ponga a la contra por pura rebeldía. Si intuyo que la mayoría va por un camino, me da por sospechar del pensamiento único y no paran de ocurrírseme argumentos para oponerme. Ya, ya sé que si la mayoría está de acuerdo en algo, probablemente sea yo el equivocado, pero eso de que haya que opinar de determinada manera porque es lo que toca, me da dentera. Y no nos equivoquemos: la vida real no es lo que se lee en las redes sociales ni el cómputo de clicks sobre “me gusta”, por mucho que lo parezca.
Ya sean los modernos que parecen levitar a dos centímetros sobre el suelo, o los rancios que se quedaron petrificados en un pasado heroico, en todos encuentro motivos para que me revuelvan las tripas. Dentro de mí habitan dos tipos muy contradictorios. Uno que lo que más valora es su libertad individual, que detesta las imposiciones, que no obedece órdenes y que se subleva ante cualquiera que se arrogue la categoría de jefe. Ese tipo es un anarquista radical y hasta furioso. El otro tipo desconfía profundamente del ser humano, cree que la masa es esencialmente inculta, no tiene ni idea de adónde va y es fácilmente manipulable. Ese otro tipo está convencido de que el Despotismo Ilustrado fue un gran invento. Los dos tipos, si se miran de cerca, están mucho más próximos de lo que parece y al final uno u otro acaban encontrando excusas para hacerse mala sangre por cualquier motivo. Me da que es cuestión de formas y que siempre me pongo enfrente del que está más contento de haberse conocido. Asco de vida.
2 Comentarios:
Yo tengo un Renault Clio que me regaló mi hermana cuando mis padres le compraron un coche mejor (no recuerdo qué marca)... Y es que aunque mis hijos dicen sentirse avergonzados cada vez que suben, para mí, un trasto de esos lo que tiene que hacer es llevarte de un sitio a otro y ya está.
Vamos, que en lo de los ladrillos coincido..
Y en el resto de la entrada... Diría que coincidía cuando era joven (siempre con "borregos; son todos unos borregos" en la boca)... ahora ya.. en fin... no sé... me da por pensar que lo mejor es no pensar...
A mí los coches siempre me han dado igual hasta que le he encontrado la utilidad para el traslado de la progenie.
Eso sí, procuro respetar la ilusión ajena del que estrena algo costoso y lo exhibe orgulloso aunque a mí poca gente me entienda cuando me muestro contento por ver publicada en la lengua de Cervantes "American Flagg", por ejemplo.
Y como dice David esas sensaciones que describes también las asocio más a la adolescencia. Ahora procuro no ser tan exigente con los demás ni tan indulgente conmigo mismo, no generalizar y otorgar el beneficio de la duda. Ya sabes, el que esté libre de mediocridad que tire la primera piedra...
Impacientes Saludos.
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