Acción y reacción. La resaca tras la melopea. El redescubrimiento de la sencillez que siguió a los excesos de la psicodelia. Los Beatles se acordaron de Fats Domino para Lady Madonna después de que todo fuera Too Much. Los Rolling Stones tomaron tierra y continuaron Their Satanic Majesties Request con Beggars Banquet, un disco en el que dieron forma definitiva a un estilo que siguen replicando desde hace casi 45 años. Los Byrds giraron al country más puro en compañía de Gram Parsons. Bobby Dylan abandonó la lisergia eléctrica para regresar con un álbum netamente acústico de imaginería bíblica mientras se maceraba con The Band, unos tipos con pinta de predicadores del salvaje oeste. Era el caldo de cultivo perfecto para que surgiese una formación como Creedence Clearwater Revival, un cuarteto que llevaba años intentándolo y que por fin sacaba cuello con una añeja versión de Dale Hawkins. El sonido pantanoso y el boogie vacilón empezaron a llenar las ondas de la FM.
En el Reino Unido un fulano llamado Jeff Christie había conseguido un éxito menor al frente de Acid House con una composición exclusiva de Roy Wood, líder de los fantásticos The Move, fundador de la Electric Light Orchestra y más tarde druida del glam con Wizzard. A la vista de los nuevos aires que soplaban, Christie se ólvido del ácido, se enfundó en denim, compuso un número en el más puro estilo de la Creedence, lo grabó con los Tremeloes como banda de acompañamiento y lo lanzó como el trabajo de un grupo que se denominaba como su propio apellido, Christie. El pelotazo fue instantáneo y la canción podría haber pasado por otro tema de John Fogerty y los suyos. Tal vez fuera un golpe de suerte, porque el bueno de Jeff montó apresuradamente una banda, pero no supo mantener el momentum. En años posteriores hizo el ridículo en solitario y se quedó como una nota a pie de página en las enciclopedias del rock. Sin embargo el suyo es testimonio de una generación que pasó de contemplar chicas con ojos caleidoscópicos en cielos de mermelada a buscar el camino de San Bernardino.
En el Reino Unido un fulano llamado Jeff Christie había conseguido un éxito menor al frente de Acid House con una composición exclusiva de Roy Wood, líder de los fantásticos The Move, fundador de la Electric Light Orchestra y más tarde druida del glam con Wizzard. A la vista de los nuevos aires que soplaban, Christie se ólvido del ácido, se enfundó en denim, compuso un número en el más puro estilo de la Creedence, lo grabó con los Tremeloes como banda de acompañamiento y lo lanzó como el trabajo de un grupo que se denominaba como su propio apellido, Christie. El pelotazo fue instantáneo y la canción podría haber pasado por otro tema de John Fogerty y los suyos. Tal vez fuera un golpe de suerte, porque el bueno de Jeff montó apresuradamente una banda, pero no supo mantener el momentum. En años posteriores hizo el ridículo en solitario y se quedó como una nota a pie de página en las enciclopedias del rock. Sin embargo el suyo es testimonio de una generación que pasó de contemplar chicas con ojos caleidoscópicos en cielos de mermelada a buscar el camino de San Bernardino.
3 Comentarios:
Estimado señor Lara:
Escucho este tema (que ya conocía; no así el vídeo) mientras pelo las vainas para la comida. Su introducción al vídeo ha sido una agradable lectura...
PD: se denominaba como
Un afectuoso saludo.
El vídeo de Iron Horse era más divertido (esa coreografía!)
En eso consiste, en escribir una puta introducción para un vídeo de mierda.
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