sábado 28 de enero de 2012

Arroz al horno

La forma de cocinar de cada uno, de comerse lo que ha cocinado, es un reflejo de cómo vive su vida, de su actitud ante la existencia. El arroz al horno es un plato tradicional de esos que se hacen para aprovechar las sobras, como la pizza. Yo adoro cocinar con restos. Nunca me ha gustado tirar nada y hasta para lo que escribo uso materiales reciclados. En el arroz al horno se utiliza lo que ha quedado de un plato tan desbordante como es el cocido, sólo que mi versión es algo bastarda y bastante menos brava. Una base con un buen sofrito de cebolla, tomate, laurel y pimentón al que se le añade después azafrán en pelo es fundamental. A partir de ahí todo es emplear lo que se tiene a mano. En la receta tradicional se usan los garbanzos, la patata, la carne, la morcilla y el caldo del cocido. Se coloca una cabeza de ajos en medio de la fuente de barro en la que se ha dispuesto todo y se introduce en el horno hasta que el arroz ha absorbido el caldo. Yo huyo de algo tan consistente. Prefiero que mis ingredientes pasen más desapercibidos y hago un caldo con unas modestas costillas a las que, a veces y si estoy de humor, acompaño de un hueso de jamón. Descarto los peleones garbanzos, la rebelde morcilla, y me alejo de la contundencia de unos ajos que sólo están ahí para los paladares más recios. Ya ven, muchos dirían que eso no es arroz al horno, pero a mí me complace su sabor silencioso, su ligero paso por el estómago, su compañía discreta y sin apabullar. Hasta me conforta su aspecto sencillo de rostro pecoso sin maquillar. Eso sí, me permito el sacrilegio de trampearlo con alguna pasa agazapada aquí y allá. Porque siempre alegra encontrarse un tropezón dulce que suavice el camino.