lunes 28 de febrero de 2011

El Príncipe de la Noche, reedición integral de luxe en Glènat

Si echan de menos aquella ambientación directamente sacada de las novelas góticas tan populares durante el romanticismo, y que usualmente asociabamos con la temática vampírica antes de la llegada de los lánguidos adolescentes de Crepúsculo, Glènat reedita en versión integral y con su tamaño original para mayor deleite en su espectacular dibujo, El Príncipe de la Noche, un comic que les devolverá de cabeza a las películas en technicolor de Christopher Lee y Peter Cushing rodadas para la Hammer británica. Este es un título que, ya desde su mismo encabezamiento, cumple con todos los requisitos clásicos del género. Protagonizado por el necesario monstruo cruel, sensual y seductor, no falta el cazador de vampiros que roza el fanatismo, ni se olvida de la justa y generosa dosis de sexo softcore. Yves Swolfs, autor de Durango, construye con este comic un relato que goza de sus habituales virtudes, pero también padece de los defectos que acostumbra. Un dibujo monumental y detallado, de grandes paisajes y arquitectura impresionante, pero con caracteres un tanto envarados y, en una estrategia muy querida en el comic actual, recurriendo al rostro de actores tan conocidos como Jean Gabin y Alain Delon para sus personajes. El guión, por su parte, también presenta algunas inconsistencias y un texto en ocasiones redundante, lastrado con convencionalismos, que acaba por resultar recargado. Sin embargo cuenta una historia a la vieja usanza, trepidante y repleta de intriga, que se disfruta desde la primera página.

Vladimir Kergan, el vampiro protagonista de El Príncipe de la Noche, es implacablemente perseguido generación tras generación por los primogénitos de la familia Rougemont, a los que va derrotando sucesivamente en cada encuentro. Los cazavampiros Rougemont tampoco son los típicos héroes. Son personajes llenos de matices grises, con un lado cruel y sanguinario, que viven torturados por una antigua maldición. La historia comienza en la Edad Media y se extiende hasta los años 30 del siglo pasado. Al relato de los acontecimientos no le falta ni un cliché y, a pesar del excelente dibujo y de la interesante técnica narrativa, con contínuos flashbacks que trasladan la acción a diferentes momentos históricos, adolece de los citados deslices narrativos que en los últimos capítulos de la saga consiguen convertir la trama en una alargada sucesión de tópicos manoseados en la que apenas hay sorpresas. Así, El Príncipe de la Noche, si bien es un comic muy estimable en una línea de lo más tradicional, carga con un perfil excesivamente rígido que a la larga acaba dejándolo en un mero divertimento intrascendente a lo largo de cuyas 300 páginas siempre pasa lo que uno espera que vaya a pasar. Si les apetece una lectura de evasión nada realista, con todos los elementos que se pueden esperar de una BD clásica, esto es, intriga, argumentos retorcidos, dibujo cuidado, violencia y calentón, aunque algo falta de originalidad, pueden dejarse llevar por el mundo de fantasía y aventura de Swolfs. Ni más ni menos.

Calificación: 3

Mis Blogs Favoritos, 3: Rock ‘n’ Roll Outlaw

Rock ‘n’ Roll Outlaw. Semejante título superpuesto sobre los ojos de Screamin’ Jay Hawkins es una cabecera que no llama a engaño. Marc es un bloguero que en cada entrada derrama amor por las raíces del rock clásico. El blues, el soul, el country y el hard rock de sus héroes de adolescencia se concitan en unas entradas escritas con gusto, conocimiento y pasión, sin descuidar el estilo. Bien al contrario, se nota que es un escritor consciente de que los sentimientos se demuestran con algo más que simples interjecciones. La suya es una prosa exquisita, con un vocabulario bien escogido y una elección de las metáforas que hace que leerle sea siempre un placer, aún simplemente por recrearse en cada frase. Además Marc es cantante y guitarrista de una interesante banda, The Black Pines, de cuyas aventuras va dando cumplida cuenta en su blog. Pero Rock ‘n’ Roll Outlaw va mucho más allá. La labor como docente de Marc proporciona jugosas anécdotas de las que siempre extrae una meditación sentida, una visión oblicua del mundo que trasciende el microcosmos de su aula. La tercera pata del banco que conforma Rock 'n' Roll Outlaw como un blog que sobrevuela por encima de los habituales recogedores de impresiones son sus artículos gastronómicos. Ahí es donde nuestro hombre da la medida de su calidad como comunicador exquisito, pero con los pies en la tierra. Marc redacta la crónica de sus visitas a los restaurantes de su ciudad y los que descubre en sus viajes, ya sean pequeñas tascas en pueblos de paso o céntricos locales escogidos. Son artículos sensatos, deliciosos, que se degustan con admiración y se devoran con la boca hecha agua. Igual que es capaz de mirar bajo la portada del disco que escucha, de descubrir que hay tras los ojos de la niña que le hace una pregunta durante la clase, Marc no sólo sabe emocionarse ante un plato, sino que también es capaz de reflexionar sobre lo que lo rodea y transmitirlo con el ritmo y las palabras precisas en un blog lleno de vida. Eso no tiene precio.

domingo 27 de febrero de 2011

Los Chicos Están Bien

Suena la música de Vampire Weekend, la sensación musical afroindie, las camisetas de Elvis Costello y Los Ramones salen a relucir, y desde el primer fotograma de Los Chicos Están Bien queda evidente que esta va a ser una película alternativa. Una de esas que por fin cuenta una historia y desvela que hay otro mundo más allá del que nos quieren mostrar las pantallas cada fin de semana. Que hay cine independiente del espectáculo rompetaquillas que se hace casi exclusivamente hoy día. Este es un largometraje conducido a través de diálogos, no de acción. Un viaje lleno de conversaciones en el que los protagonistas hablan y hablan dando vida a personajes de carne y hueso, no arquetipos, para conjurar una sinfonía de brillantes interpretaciones que un doblaje penoso hace todo lo posible por cargarse, y en que se pierde también la referencia pop con la traducción del título.

Con bastante retraso, y empujada por sus cuatro nominaciones a los Oscar, se estrena en España esta película en la que Julianne Moore y Annette Bening interpretan a una pareja de lesbianas de clase media-alta, cultas e inteligentes, que tienen un hijo y una hija adolescentes concebidos por medio de un donante de esperma. A escondidas de sus madres, los hermanos contactan con su padre biológico, Mark Ruffalo, quien resulta ser un tipo encantador, de personalidad arrolladora, con una forma independiente y libre de entender la vida. Cuando las mujeres se enteran, también quieren conocer al donante, asustadas de la influencia que pueda ejercer sobre sus hijos. Y así es como, sin darse cuenta, Ruffalo empieza a hacerles cambiar su visión del mundo y de las cosas. Pero no sólo a los chicos, sino también de la pareja de mujeres. Una de ellas se sentirá atraída por él, mientras que la otra reacciona a la defensiva al sentirse amenazada.

Lisa Cholodenko, guionista y directora de Los Chicos Están Bien, había trabajado previamente en televisión, y para este largometraje ha recogido su propia vivencia. No en vano Cholodenko es pareja de Wendy Melvoin, de las famosas Wendy & Lisa de Prince, y se quedó embarazada de un donante de esperma anónimo. La realizadora demuestra que sabe de lo que habla y analiza con sabiduría las relaciones de pareja y entre padres e hijos, la cotidianeidad de las familias, las relaciones sexuales accidentadas y el humor de las situaciones ridículas del día a día. Es, está claro, una historia muy común, pero que realzada por un reparto en estado de gracia hace que refulja entre el resto de la cartelera. Lo que la hace diferente a Los Chicos Están Bien es el punto de vista desde el que está contada al tratarse de una pareja lesbiana.

La mayor pega que se le puede poner a The Kids Are All Right, el título original, es que en su desenlace acaba traicionando las altas expectativas creadas al comienzo. Un film con un planteamiento tan abierto de miras transpira un mensaje sutilmente conservador. El personaje de Ruffalo parece poner de manifiesto la necesidad de una figura paterna, y él mismo, un hombre que ha vivido toda la vida a su manera, lo que en realidad desea al final es tener una familia típica. A partir de ese momento la película comete algunos deslices al girar hacia la comedia un tanto histérica para luego entrar en una pendiente dramática cuajada de clichés. En ambos casos, cuando abandona su tono inicial y se decanta por los extremos, Los Chicos Están Bien acaba fallando sin llegar a esa obra maestra que prometía. Empieza muy bien, cargándose todos los tópicos, pero no redondea la faena, y al final lo que hace es recogerlos. O tal vez vivamos en un mundo de arquetipos en el que la vida imita al arte.

Calificación: 3

sábado 26 de febrero de 2011

Anna Calvi

La paleta de Anna Calvi es limitada, pero efectiva. En su disco de debut ha sabido reciclar lo mejor que ofrecieron los años ochenta para volver presentarlo de forma potente y cautivadora. Se trata de un primer trabajo homónimo que ha levantado cierto revuelo mediático entre una crítica con la suficiente edad como para estar inmersa en la nostalgia por un revival eighties, y que está aupando a tantas nuevas formaciones últimamente. Calvi es poseedora de una voz dramática que rezuma sexualidad, y su música retoma el sentido de la épica que propulsaba a bandas que hace un cuarto de siglo se encontraban en la cresta de la ola. Y es que la suya es una colección de canciones cargadas de intensidad que resuenan como himnos llamando a las armas en las que la deuda más evidente e inmediata es para con Siouxsie & The Banshees.

El bloque central de álbum es impecable. Ya sea en el espacioso eco de la arrebatadora Desire, en la guitarra con trémolo evocadora de Duane Eddy y la banda sonora de Twin Peaks que puntúa Suzanne & I (¿será un guiño?), en los teclados y los devaneos vocales de First We Kiss, o en la tormentosa percusión de Blackout, el espíritu de Siouxsie Sioux sobrevuela todo el disco y lo insufla de su personalidad. Pero no todo es igual de bueno. Anna Calvi arranca muy bien para en su segunda mitad desinflarse un tanto y extraviarse por vericuetos efectistas de escasa sustancia. Es una pena que la promesa de este primer disco no acabe de cuajar del todo, porque si a ustedes les gusta Siouxsie & The Banshees lo escucharán con una sonrisa de reconocimiento. Y si no conocen el trabajo de Susan Jane Ballion aka Siouxie Sioux, no sé a qué esperan. Ella ya estuvo allí antes y lo hizo mejor.

Calificación: 3

Banda Sonora en Nuestros Comics

Tengo el placer de comunicarles que a mis colaboraciones habituales sobre historieta, cine y opiniones incómodas variadas en la web Nuestros Comics se une ahora una nueva sección, Banda Sonora, con la que se pretendo sugerirles músicas que suenen de fondo para ambientar sus lecturas. Además de la presentación de la serie de artículos pueden encontrar ya el primero de ellos: Locas de Jaime Hernández y London Calling de The Clash, un matrimonio hecho en el cielo. Más misantropía por el mismo precio, o más lametones por la misma piruleta, lo que prefieran.

viernes 25 de febrero de 2011

Conan: The Scarlet Citadel de Truman & Giorello

Timothy Truman y, sobre todo, Tomás Giorello son dos tipos valientes. Hay que tener coraje para enfrentarse a una historia clásica de Conan como La Ciudadela Escarlata, que en manos de Roy Thomas y de Frank Brunner supuso una de las cimas del personaje para la editorial Marvel. The Scarlet Citadel es un relato original de Robert E. Howard, el creador de Conan, que narra una de sus primeras peripecias como ya maduro rey enfrentado a una conspiración que lo derroca del trono. Considerado uno de los mejores trabajos de Howard, en La Ciudadela Escarlata hay batallas, intrigas, seres de otro mundo, brujos, acción y suspense a raudales. Todos los ingredientes que conforman una excitante aventura con el inimitable estilo de su autor y una cumbre de la Fantasía Heroica a años luz de los subproductos con los que talentos menores y vergonzosos pastiches amparados bajo una cabecera de éxito han querido dar gato por liebre a los seguidores del bárbaro cimmerio durante demasiado tiempo.

Una experiencia mucho más satisfactoria aún cuando la presente adaptación al comic viene introducida por dos artistas tan competentes en sus respectivos campos como Truman y Giorello. El guionista, fiel a su estilo en la colección, da una vuelta de tuerca a la historia de Howard adaptándola fielmente y a la vez presentándola desde una nueva perspectiva. Pero es el dibujante argentino el que se luce en esta nueva revisión de La Ciudadela Escarlata. Es difícil no ya superar, sino estar al menos a la altura del espectacular prólogo dibujado en The Savage Sword of Conan en 1978 por Frank Brunner, una primera página maravillosamente narrativa seguida de una espectacular doble splash page que pueden ser apreciadas en La Saga de Conan 28. No se arredra Giorello sin embargo, y consigue momentos de absoluta brillantez con un dibujo cuidadoso y detallado, pleno de expresividad, que trae aromas de Frank Frazetta, Richard Corben y Mike Ploog.

Entre Tim Truman y Tomás Giorello han construído un bárbaro más cercano al original howardiano, más salvaje, más pasional, con el que se han atrevido a enfrentarse a la revisitación de una obra maestra y salir airosos. Esperamos los otros tres próximos capítulos para ver cómo redondean la faena, porque si un poco más abajo le arreamos un palo a Dark Horse por la errática política que lleva últimamente a la hora de publicar comics basados en los personajes de Robert E. Howard, con The Scarlet Citadel la editorial norteamericana se merece el aplauso más efusivo al mantener en nómina a dos autores que han ido en alza dentro de su equipo, y por confiarles uno de los trabajos más potentes que podrían presentar al aficionado. Ahora bien, es incomprensible la decisión de que Darick Robertson se encargue de las portadas. Los sucios pinceles del dibujante de Transmetropolitan y su falta de sutileza no podrían hacerle peor servicio al delicado trabajo que aguarda al pasar sus ilustraciones.

Calificación: 4

Kull: The Hate Witch de David Lapham

Hasta ahora la editorial norteamericana Dark Horse venía acertando a la hora de rescatar para el comic a los personajes salidos de la máquina de escribir del escritor texano Robert E. Howard. No sólo ha llevado a cabo una correcta labor de reedición de las historietas clásicas puestas en circulación por Marvel en los años setenta, sino que había creado nuevas aventuras que venían a enriquecer el universo howardiano desde una perspectiva novedosa, actual, eficaz y válida.

Últimamente, sin embargo, una mala elección de dibujantes y guionistas está logrando que el aficionado empiece a sentirse embargado por la inquietud. Dark Horse no acaba de centrarse con el personaje de Solomon Kane, el nuevo arco argumental de Conan flojea bastante y The Hate Witch, la última miniserie centrada en el rey Kull hace aguas por todas partes. Un comic que parece más propio de los penosos años ochenta en Marvel que de su época de gloria.

Gabriel Guzmán, antes visto en Predators, se encarga de un dibujo normalote y más bruto que la elegante versión que ofreció Will Conrad en The Shadow Kingdom. El ilustrador suaviza algunos aspectos que fueron criticados en su momento, pero el conjunto es poco lucido, altamente insatisfactorio y, por comparación, torpe y muy decepcionante. Guzmán presenta flagrantes errores de anatomía y una dificultad para dibujar expresiones faciales realistas que es difícil de aceptar. Para colmo, las portadas son horrorosas.

Peor aún resulta el guión de David Lapham, un escritor que, aparte de Balas Perdidas, no parece dar pie con bola en ningún otro de sus proyectos. A pesar del buen sabor de boca que dejan los diálogos, reminiscentes de la mejor época de Roy Thomas, el presupuesto de partida de la historia es tan flojo que no hay manera de entrar en ella. Además deja demasiados cabos sueltos y demasiadas explicaciones a la casualidad. Por si fuera poco, la mala de la historia, el personaje de la Bruja, es absurdo hasta decir basta.

Aunque se nota que Lapham se ha documentado a la hora de ambientar su guión, y que conoce de dónde viene el personaje, no consigue que The Hate Witch acabe de encajar bien dentro de la saga . Dark Horse debería replantearse su estrategia, dejar de hacer experimentos, centrarse en los relatos originales de Howard y apostar por equipos de eficacia probada. Un paso atrás. Y si siguen leyendo un poco más abajo descubrirán que este no es el único patinazo de David Lapham este mes.

Calificación: 1

Pychopath, la continuación de Crossed

Crossed se ha convertido en una nueva franquicia de los huevos de oro. Tras la extraordinaria colección original publicada en España por Glènat en la que Garth Ennis ofrecía lo mejor de sí poniendo todos sus recursos y sus obsesiones al servicio de una gran historia bien dibujada por Jacen Burrows y mejor contada por Ennis, el título pasó a manos del irregular David Lapham.

La primera miniserie de Lapham se llamó Crossed: Family Values, y vino dibujada por Javier Barreno. Con el cambio de equipo no sólo se perdió a nivel artístico. El dibujo de Barreno resultaba decepcionante al lado del sensato trabajo de Burrows, y Lapham consiguió un resultado poco sorpresivo, hizo que el planteamiento perdiese en profundidad y sólo se buscó una exhibición de atrocidades en las que se perseguía el más lejos todavía.

Ahora Avatar acaba de publicar en Estados Unidos el primer número de Crossed: Psychopath, nueva miniserie también con guión de Lapham, que en esta ocasión está asistido por Raulo Cáceres como dibujante. El nivel sigue descendiendo y ya va en caída libre. El dibujo de Cáceres es torpísimo, casi de principiante, y el guión es directamente absurdo. Una mera coartada para mostrar situaciones que de puro exageradas son ridículas e inintencionadamente hilarantes.

Lapham escribe diálogos estereotipados, su historia pretende ser adulta a base de mostrar sexo y violencia, pero el rutinario desarrollo no podría ser más infantil, y en lo único que encaja con el dibujo de Cáceres es en que ambos resultan igual de envarados. Sólo satisfará a los fans más cerriles. Es una pena que una buena idea de partida haya ido a parar a esto. Y un poco más arriba, más sobre los crímenes de David Lapham este mes.

Calificación: 1

jueves 24 de febrero de 2011

Teddy Thompson: Bella

Siempre es duro para un artista principiante cargar con el sambenito de "hijo de". Aunque se trate de músicos tan de culto como Richard y Linda Thompson, las comparaciones, que ya se sabe que son odiosas, son también inevitables. Las puertas que abre el pertenecer a una estirpe condecorada por el reconocimiento artístico se pueden cerrar ante los prejuicios de un público poco predispuesto a nepotismos y con poca paciencia para quien no es capaz de escapar de la huella de un gigante. Teddy Thompson, como su amigo Rufus Wainwright, otro que viene de una extensa saga de intérpretes, ha sabido distanciarse de la sombra de sus progenitores para tomar el amor de su padre por la música country y el rock and roll de los años cincuenta y transformarlo con su propia lexicografía.

No se puede decir, sin embargo, que Thompson sea un recién llegado al mundo de la música, pero sí que sus cuatro discos anteriores pasaron bastante desapercibidos fuera de su país de origen. Bella, su quinta entrega, bien podría sacarlo del injusto semianonimato en que se encuentra. Hasta ahora, Thompson había demostrado su destreza con una voz que ha heredado los ricos timbres de su madre y, aunque sus obras anteriores no fueran en absoluto desdeñables (A Piece of What You Need de 2008 fue un álbum a todas luces brillante), es en este último trabajo en el que sale a relucir una capacidad compositiva que podría alcanzar las cotas sublimes de su egregio padre.

Los años como músico de acompañamiento de Thompson Sr. pasan factura y al fin se dejan notar más sus influencias. Looking for a Girl y The Next One encajarían sin rechinar en el repertorio más pop del autor que creó Rumor & Sigh, y a pesar de las cuerdas que la disfrazan, Delilah es uno de los típicos lamentos amargos que tan bien construye Richard. La inconfundible dependencia del tañido de la guitarra paterna asoma en Feel, y las baladas Over and Over y Home tienen ese rastro siniestro que a menudo destila la esencia del folk narrativo arropado en tules arábigos de Thompson padre, influencias ambas que Teddy Thompson asume por primera vez con total desinhibición.

Pero Teddy es también un músico potente y original que muestra un carácter propio. Take Care of Yourself es un lamento fifties que jamás podría haber compuesto Richard. Take Me Back Again presenta unos arreglos orquestales que traen aromas del sublime Love Will Find You de Findlay Brown, otro músico con origen en el folk y con el que Thompson demuestra tener más de un punto en común. Y Tell Me What You Want se acerca a las construcciones arquitectónicas que Chris Isaak erigiera cuando quería emular a Roy Orbison. Con Bella, Teddy Thompson ha entregado material de primera altamente melódico empapado en violines, guitarras pulsadas con buen gusto y nostalgia por el amor. Con un par de discos más como nadie volverá a mencionar el nombre de Richard cuando se hable de Teddy Thompson.

Calificación: 4

miércoles 23 de febrero de 2011

Papel para Envolver Pescado y el 23 de Febrero

Cuando yo era un crío siempre veía que en las series de televisión americanas se utilizaban los periódicos viejos para formar un pasillo sobre el que se pudiera caminar sin pisar el suelo recién fregado. Una costumbre que a mí siempre me pareció exótica, poco práctica y un tanto cochina. En mi casa eso no se hacía. Primero porque en mi casa no había periódicos, ni viejos ni nuevos. Y segundo porque cuando mi madre pasaba el mocho por alguna habitación bastaba con que anunciase: "No entres al cuarto de baño, que está mojado". Y ay de mí como se me olvidase. La Señora L era capaz de desenfundar con extrema destreza su zapatilla con un mínimo gesto de tobillo y hacer que me lloviera encima una tormenta perfecta sobre cualquier parte del cuerpo que mis codos dejasen libre. No es que me hiciera daño, no eran más que pequeños aplausos, una ovación recordatoria, pero no se pueden hacer idea del asco que me daba. Cuando yo era pequeño los periódicos viejos servían para hacer un cucurucho de papel en el que acarrear una docena de huevos, y los tenderos de los tebeos de Bruguera los utilizaban siempre para envolver pescado. Un triste destino para con las noticias caducadas de tan sólo un ingrato día de vida.

No tardé mucho en descubrir que aquellas hojas enormes habían tenido una utilidad anterior. Pronto conocí el placer supremo de comprar el periódico por la mañana junto con media docena de croissants. De sentir el agradable crujido del papel aún caliente doblarse entre mis manos. De aspirar el embriagante olor a tinta recién impresa. De sumergirme en la lectura de los gruesos suplementos culturales incluídos en las páginas centrales, sentado al sol en un banco del parque. Me gustaba comprar varios periódicos, alternarlos según los días, comparar columnas y secciones. Pronto supe también que pasear con determinado diario bajo el brazo daba caché y marchamo de tipo con criterio, inquieto y con cierta posición crítica. Pero según fui creciendo también me di cuenta de que yo era un lector incómodo, al que le costaba plegarse a las líneas editoriales, que no se dejaba adoctrinar y que se planteaba por qué le contaban algunas cosas y otras no. Y por qué se las contaban como se las contaban. No me gustaba que me enmarcaran en ninguna tribu, no quería guardar fidelidad absoluta y ciega, no quería ser lacayo de ningún medio. Llegó el día en que me encontraba con alguien que indefectiblemente me preguntaba: "Pero ¿tú que haces leyendo eso?" Y yo también me sorprendí alguna vez a mi mismo pensando: "¿Y tú te crees lo que te cuenta eso?" A partir de un momento empezaron a ofenderme más los que se proclamaban adalides de la libertad cuando era evidente que lo hacían de manera harto tendenciosa.

En un día como hoy se hace casi inevitable una mirada a nuestro pasado reciente. Más que un "dónde estaba yo", precisamos una reflexión sobre qué pasó y qué consecuencias ha traído. Me pregunto, sin embargo, si es necesario volver otra vez sobre lo mismo, y no tengo respuesta. Hay tantas cosas que aún no se saben y, sobre todo, tantas otras que es necesario que no se olviden, que un recordatorio se impone como imprescindible. Pero por otra parte queda la amarga sensación de que mientras el estigma de la Guerra Civil y la posterior Dictadura sigan aventándose como armas arrojadizas, hasta que estemos recordando ciertas fechas en lugar de que ese día pase a ser como cualquier otro, seguiremos viviendo en una Democracia acomplejada, coja. Los periódicos que en el momento del intento de golpe de estado se posicionaron al lado de todos, porque todos éramos los amenzados, hoy lanzan gruesas ediciones conmemorativas que en el fondo sólo jalean a los suyos para aplaudirlos y recordarnos según su punto de vista quiénes sacaron las castañas del fuego y quiénes se escondieron debajo del escaño. No podemos pedir objetividad, porque cualquier visión de la realidad es por fuerza subjetiva, pero sí que reclamo que a las lineas editoriales se les note menos esa obscenamente descarada connivencia para arrimarse al árbol que da más sombra, que dejen de reescribir la Historia con cada portada.

Les confesaré que hace dos décadas que no leo periódicos. Llevo muy mal que me intenten manipular de forma tan burda. Me repugna su pose amable con el poder, me asquea la actitud servil de palmeros del que manda. Debe de tener algo que ver con que soporte tan mal las jerarquías, la prepotencia del jefe. Soy, qué le voy a hacer, un rebelde. Y me gusta serlo. No aguanto que los periódicos retuerzan la realidad para ajustarla a su opinión y a su juicio dependiendo de quien sea el que esté en la cima. Y me fastidia más aún que sus lectores se aferren a lo que diga el periódico de su cuerda como si fuera una verdad revelada. Sin cuestionarse nada más, esperando leer lo que quieren leer sin guardar una mínima distancia crítica. Que desfilen en perfecta formación con los suyos, destilando rabia contra los que no encajan en el pensamiento único. Creo que la función del periodista es contar la verdad. Y por muchas facetas que tenga la verdad, por muy poliédrica que sea, los hechos son inamovibles y los datos inmutables. Demando, como cantaba Santiago Auserón: "Más información sin comentarios". El periodista ha dejado de ser un contrapeso. Ha dejado de ser crítico con el poder para convertirse en su corifeo, en un instrumento más para la estulticia del pueblo. Y sus periódicos ahora ya no me sirven ni como papel para envolver el pescado.

martes 22 de febrero de 2011

La Vida en una Canción, 7: I Told My Baby with the Ukelele de George Formby (1932)

Yo, como Zapatero, también tengo un abuelo con historia. Un abuelo con el que todo el mundo en la familia se empeña siempre en compararme y de quien dicen que soy el vivo retrato. No en aspecto, pero sí en carácter. Esto podría tomármelo como un halago si no fuera porque existe el consenso general de que mi abuelo es el villano oficial de la familia. Un tipo del que casi todo el mundo guarda un mal recuerdo, alguien cuyo nombre basta con mencionar para que se tuerza el gesto. Y yo, que me hace bastante gracia la situación, no desaprovecho ocasión para realizar la perfecta imitación de mi abuelo en cada reunión familiar. Mi abuelo, como sucede en casi todas las familias, tenía un léxico muy peculiar, una colección de ademanes y expresiones fácilmente identificables que lo hacían único y reconocible. Ver las miradas asesinas a la hora de comer y notar cómo el ambiente se torna gélido hasta que se puede cortar cada vez que gesticulando como él entono "copón diviiino", "eso no lo quiero yo pa-ná", o "a mí me gusta y yiá", hace que por dentro me tronche.

Y es que a mí, mi abuelo siempre me hizo reír. Comprendo que los demás echen pestes de él, que lo recuerden como un tirano que siempre impuso su voluntad, pero también reconocen que jamás fue un hombre violento y que nunca nadie le escuchó alzar la voz. Al contrario, siempre demostró sin alharacas su inteligencia y su sentido del humor. Pero había algo en la expresión de su rostro, en la forma en que hablaba, en su actitud envarada, que imponía y lo hacía más seco que la mojama. Frío, distante, poco dado al cariño. Excepto conmigo. A mí me respetaba porque siendo muy niño supe plantarle cara y no dejarme dominar por su displicencia. Porque fui el único que le dijo "no" con convicción. O tal vez mi familia tiene razón y se reconoció a sí mismo en mí. Yo lo que recuerdo son las historias que me contaba, las noches que pasé con él comiendo melocotón con vino mientras los demás nietos se iban a la feria, la forma en que escuchaba en silencio los consejos de todo el mundo para luego hacer lo que le diese la gana, la manera en que cuando se emborrachaba le importaba un bledo lo que pensasen sus vecinos y cómo fue siempre un espíritu libre. Mi abuelo odiaba discutir, pero odiaba más aún dejarse manejar.

Mi abuelo, como el abuelo de Zapatero, también estuvo en la Guerra Civil. Y, como el abuelo de Zapatero, también combatió en el bando republicano. No sé si por esa circunstancia, o si ya le venía de antes, pero mi abuelo siempre conservó su rebeldía revolucionaria. Toda su vida se negó a ponerse gorra para no tener así que descubrirse ante "los señoritos". Siempre despotricaba de "Frasquito", Hitler y Mussolini, y decía, con una idiosincrática asociación de ideas, que cuando muriese no quería ir al cielo "con los curas, las beatas y las monjas" sino que prefería ir al infierno con "las putas, los toreros y los bailarines". Como cada vez que le sacudía la furia, mascullaba la palabra “facha” entre dientes, y me enseñó el himno de Riego con la letra de "que viva el comunismo, que lo queremos ver, y aquel que no trabaje no debe de comer". Todavía guardo su cartilla de la U.G.T. con las cuotas de 1937 pagadas, que mantuvo oculta durante toda la dictadura. Sin embargo, cada vez que le pregunté por qué se alistó en el bando rojo, siermpre me contestó lo mismo: "porque me tocó".

Mi curiosidad insaciable de niño invariablemente me llevaba a cuestionarle sobre aquella época de su vida, y él siempre me contestaba con la misma sencillez que si me estuviera explicando cómo se juega a las cartas. Así supe cómo la guerra le cogió mientras hacía el servicio militar y cómo se comió los frentes más peligrosos. A mi abuelo lo destinaron como telegrafista y siempre estaba en primera línea retransmitiendo las órdenes de los mandos por código morse. Estuvo en Madrid y en Barcelona, se chupó la Batalla del Ebro y combatió al lado de las Brigadas Internacionales, lo que le impregno con un curioso dialecto mezclado de francés, ruso e italiano con el que salpicaba todas sus conversaciones. "Eh, niño", me decía, "ferma la porta". Luego olfateaba su vaso de vino, se echaba un sorbo al coleto, gruñia y le me lo tendía con una mano cada vez más temblorosa. "Drau, tovarischi". Cuando fui algo mayor me contó sobre las barbaridades que había visto en la guerra. Cómo asistió a torturas a mujeres, cómo vio asesinar de la manera más cruel a niños de pecho. A mi abuelo un día le pegaron un tiro en el vientre. Todavía relataba divertido el susto que se llevó hasta que se dio cuenta que la bala sólo le había destrozado la hebilla del correaje. A pesar de resultar ileso, a mi abuelo le dieron una semana de permiso por ese balazo. Pero yo lo ví muchas veces despertarse en mitad del sueño braceando al cielo y gritando de pánico.

También me contó con rompedora indiferencia, reproduciendo el sonido de los disparos con onomatopeyas y cabeceando, cómo cuatro soldados resistieron una carga enemiga desde una casa en ruinas, cómo se insultaban a gritos los soldados de ambos bandos desde unas líneas a otras, y cómo vio caer a su capitán a medio metro de él con un boquete en el pecho. A mi pregunta de qué sintió en ese momento, también respondió con desarmante sinceridad: "Me alegré porque no me había tocado a mí". Tiene algo desasosegante el mirar a los ojos de una persona que sabes que ha combatido en una guerra, que ha disparado a otros hombres, que no ha sido una película. A mi abuelo lo pilló el final de aquel fratricidio en una trinchera. Escuché perplejo cómo me desgranaba de la forma más prosaica el relato de sus últimos momentos en la pesadilla: "Cuando nos dijeron que la guerra se había acabado solté el fusil y me marché a mi casa andando. Me monté en el primer tren que pillé y al día siguiente estaba sembrando para la cosecha. Llegué justo en el momento preciso". Mi abuelo nunca me habló de la posguerra más que para decirme que a él no lo doblaba ni el seis doble. Cuando yo veía aquel cuerpo enjuto, todo piel y alcohol, sabía que eso era verdad.

A mi abuelo, como a mí, le gustaba la comida caliente y la bebida fría, comía con navaja y jamás se puso un jersey porque decía que "los hombres se visten por los pies". Sí, es posible que fuese un canalla, pero a mí siempre me pareció un hombre muy divertido, duro como el diamante que daba color a sus ojos, que vivió con los dientes apretados y que miraba a la vida cara a cara. Lo vi reírse contando anécdotas y lo vi emocionarse recordando momentos pasados. Fue un hombre coherente, una persona que vivió siempre de acuerdo a su propio código, que aborrecía a los lamebotas y que tuvo mala hostia y dignidad hasta para morirse. Pero, sobre todo, fue alguien que supo lo que quería y que encontró lo que le hacía feliz en la verdadera esencia de las cosas. Hay quien dice que era egoista. Yo pienso que descubrió a tiempo de qué iba esto de vivir. A mí, como a Zapatero el suyo, mi abuelo también me dejó grandes enseñanzas. Siempre recordaré su inmortal consejo: "Nene, nunca digas de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre, ni esta polla no me cabe". Sabias palabras.

lunes 21 de febrero de 2011

The King of Limbs, lo nuevo de Radiohead

Radiohead han sacado otro disco difícil, mes amis. De nuevo han hecho lo que les ha dado la gana y no lo que esperaban sus seguidores. O tal vez si era esto lo que nos estábamos temiendo en lugar de lo que desearíamos. El tema de adelanto, Lotus Flower, sin ser nada del otro jueves, es el más “comercial”, o al menos el más inmediato, de The King of Limbs, trabajo con el que Thom Yorke y sus huestes siguen con el modo experimental en on. Esas son las malas noticias. Las peores son que un grupo tan rompedor como Radiohead ni siquiera abre nuevos caminos con su último álbum, sino que reciclan ideas que ya han ofrecido antes en grabaciones previas. La extraña invitación a la danza que supone Morning Mr. Magpie, la marcha fúnebre de Codex, el fragmentario cántico amodorrado en Bloom, las hipnóticas melodía huidizas que impulsan Little by Little, el probable éxito en las listas de Marte que se intuye tras la cuasi-psicodélica Separator... Todo ello estaba presente anteriormente en su obra post-OK Computer. Predominan las percusiones polirítmicas programadas (cómo me gusta la aliteración) y una miríada de cachivaches electrónicos que proporcionan ambientes etéreos para que Yorke, quien parece haber renunciado ya a cantar, desaproveche una voz preñada de emoción invirtiendo en un débil hilillo de falsete. Sólo hacia el final de The King of Limbs, en Give up the Ghost, aparece el alivio de una guitarra en la forma de un rácano riff acústico. Probablemente el paralelismo no sea justo, pero teniendo tan reciente la publicación del trabajo de otros gigantes, no puedo resistirme a la comparación. Debo decir que el disco de Beady Eye, con todos sus defectos, es mucho más satisfactorio que lo nuevo de Radiohead. También es cierto que la obra de Liam Gallagher y los suyos es mucho más conservadora, pero muchas veces "riesgo" no es sinónimo de "logro". Si todo el marasmo de maquinitas y ruiditos minimalistas se hubiera puesto al servicio de verdaderas canciones, si bajo la superficie de The King of Limbs hubiera algo más que pretensiones y ganas de improvisar con todo lo que les ofrezca el estudio de grabación para ver qué pasa, un disco tan breve, de tan sólo ocho canciones y apenas cuarenta minutos de duración, no resultaría tan aburrido. Al final, va a quedar como lo mejor de todo el baile epiléptico que se marca Thom Yorke en el vídeo de Lotus Flower. Ellos deben de sentirse muy satisfechos consigo mismos, pero a mí estos Radiohead que infrautilizan su talento ya no me interesan.



Calificación: 1

domingo 20 de febrero de 2011

Morning Glory (es una película, o eso)

Oh, otra peli para jóvenes profesionales guapos e hiperactivos, o para los que sueñan con serlo. La protagonista de Morning Glory es una chica muy mona que trabaja de productora ejecutiva (no me digan que no suena a curro molón) en los horarios más cutres de una pequeña cadena de televisión. Como toda americanita creyente fervorosa en el sueño americano, trabaja muy duro y se entrega a un empleo que la absorbe. No tiene vida amorosa, vaya problemón. A estas alturas de la película (los cinco primeros minutos) ya se me han disparado todas las alarmas ante tamaño cúmulo de topicazos. Pero déjenme proseguir. Encima hacen recortes en su empresa y nuestra heroína se queda en la calle. Hey, no se preocupen, pronto encuentra un hueco en otra cadena que anda de capa caída. A base de tesón, perseverancia y desparpajo, la señorita en cuestión triunfa, consigue todos sus sueños y conoce a un chico de lo más interesante. Seguro que jamás lo hubieran sospechado.

Roger Michell se encarga de dirigir esta comedia que intenta serlo a base de mostrar siempre una cara optimista, dinámica y un tanto disparatada de cada situación. Michell es conocido por haber realizado antes Notting Hill, así que ya saben qué pueden esperarse de Morning Glory. Y con todos los palos que se llevó aquella película, esta ni siquiera consigue estar a su altura. Sin embargo el reparto es (y está) inmejorable. El jefe cínico es Jeff Goldblum, y ya puede el protagonista del remake de La Mosca hacer de lo que quiera, que todo le sale bien. Harrison Ford encarna a un veterano periodista que ganaría en una competición como fulano desagradable al Jack Nicholson de Mejor Imposible. Y Diane Keaton interpretando a una presentadora histérica hace que salten chispas de la pantalla. Jo, cómo me gusta la ex-musa de Woody Allen. Como actriz y como mujer. Sí, todavía. Por último, la chica protagonista es Rachel McAdams, quien estuvo la mar de bien en la versión que presentó Guy Ritchie hace un par de años de Sherlock Holmes, la recordarán.

Qué de color de rosa resulta todo. Cada secuencia es tan previsible, es tan fácil adivinar qué va a ocurrir a continuación, que después del primer cuarto de hora ya se ve llegar el final. Desde lo que le va a ocurrir a la chica, hasta cómo se va a solventar el roce (¿lo pillan?) entre los presentadores cascarrabias. Mi potenciómetro llega al rojo. Es una lástima que el debate que se plantea entre la televisión informativa y la telebasura sólo quede apuntado y no se llegue a profundizar. Pero esa no es la función que persigue Morning Glory, que no es más que la del mero entretenimiento. Si no fuera porque a veces los sábados por la noche me gusta desintoxicarme con una comedia blandita y previsible como una papilla sin gluten, diría que Morning Glory es una chorradita para las lectoras del Cosmopolitan. Pero no lo diré (¡ja!). Yo también la he visto, me he distraído durante noventa minutos y al final hasta he salido con una sonrisa.

Estrambote:

- ¿Qué le damos, cari? – me pregunta mi chica (ya les he hablado de ella, ¿recuerdan?) mientras les escribo esto.
Ella, que se enjugó más de una lagrimilla al final de Morning Glory (aunque no piensen que eso habla en favor de los méritos de la película, mi churri llora con todas) es bastante partidaria.
- ¡Un uno! - contesto satisfecho conmigo mismo
- Un uno, un uno... - protesta ella haciendo pucheritos - Eres malo - añade con esa voz de niña enfurruñada que sabe que me pone tierno (o lo contrario).
- No - respondo yo triunfal -. La mala es la película… pero tiene sus momentos.
Por lo tanto…

Calificación: 1

sábado 19 de febrero de 2011

Beady Eye o de qué es capaz Liam sin Noel: El veredicto

Different Gear Still Speeding, el disco de debut de Beady Eye, es una obra que encierra pocas sorpresas. Lo primero que cabría esperar es que se filtrase en la web antes de ponerse oficialmente a la venta, y así ha sido. Aunque se trate del primer trabajo de la banda, Beady Eye distan mucho de poder calificarse como noveles. No son más que lo que queda de Oasis una vez que Noel Gallagher se hartase de aguantar las pataletas de su hermano y tomase las de Villadiego. El cambio de nombre no responde a un gesto de nobleza por parte de Liam Gallagher. El pequeño de los hemanos más revoltosos del britpop no es que haya tenido el pundonor de no seguir adelante con una etiqueta que pertenece a una formación ya dividida, sino que es más bien su deseo indisimulado de distanciarse lo más posible de la sombra de su hermano mayor e intentar, como hizo Morrissey cuando se apresuró a grabar Viva Hate tras la disolución de The Smiths, ganar una competición que sólo parece existir en su cabeza.

La sorpresa número uno es que Different Gear Still Speeding no acusa en exceso la ausencia de Noel y suena como la continuación lógica de los últimos trabajos de Oasis, de los que no se diferencia tanto. Eso es mucho más de lo que cabría esperar del caprichoso vocalista. Hay que señalar, sin embargo, que el menor de los Gallagher sale airoso en gran medida porque ha seguido adelante apoyándose en el buen hacer del resto de miembros de su vieja banda: Andy Bell (antes en Ride y Hurricane #1), Gem Archer (fundador de Heavy Stereo), y Chris Sharrock (curtido en The La's y en la banda de Robbie Williams). También ha jugado Liam Gallagher sobre seguro al recurrir al eficacísimo veterano Steve Lillywhite para las labores de producción. Como era de esperar, el larga duración está cargado de temas potentes que podrían sonar en cualquier noche de bronca y borrachera.

Asi, Four Letter Word abre fuego metiendo la directa por el puro placer de apabullar, y Bring the Light suena como si Jerry Lee Lewis interpretase a The Stooges de Iggy Pop con coros negroides à la Rolling Stones. El otro punto de referencia, como de costumbre, siguen siendo The Beatles, de los que realizan un pastiche en tono de epopeya en Kill for a Dream, un número en el que echan mano al legado psicodélico del cuarteto de Liverpool con los habituales resultados solventes. Sin sorpresas tampoco en este capítulo. Aunque en sutilezas Liam y sus chicos gastan lo justo, también saben recompensar al oyente sensible con los tonos acústicos de Millionaire, que retoma el espíritu de los Stones circa Beggars Banquet cruzado con The Kinks, y de For Anyone, que es una canción tan sencilla y tan inocente que casi parece salida del repertorio de los primeros Hollies.

Más adelante Wigwam es una buena idea y una canción que se sale agradablemente de la línea del disco, pero es echada a perder por un estribillo que recuerda a los años sesenta más tontorrones. Cómo no, Beady Eye tampoco se privan de incluir los habituales plagios en los que solía incurrir su anterior banda, esta vez fusilando Instant Karma de John Lennon en The Roller. Canciones sosas como Wind Up Dream y The Beat Goes On se resuelven de manera brillante gracias al oficio de la banda, pero también están los inevitables temas de relleno a los que Oasis nos tenía acostumbrados. Un número con un título como Beatles and Stones, en el que Liam homenajea a sus héroes, no podía ser más ramplón; Standing on the Edge of Noise es exactamente lo que ofrece su título, un boogie ruidoso que apenas se diferencia de la canción antes mencionada, y Three Ring Circus no pasa de lo formulaico.

El cierre del disco tampoco es novedoso, pero al mismo tiempo, tal vez por esa circunstancia, no decepciona. The Morning Son es el habitual himno épico de lento y extenso desarrollo que pretende acabar con una nota alta y en el que Liam hace un guiño a su propia Champagne Supernova en Oasis. Con todo, Different Gear Still Speeding es un disco sin complicaciones de good time rock 'n' roll. No es un paso adelante, porque Liam Gallagher ha hallado una fórmula con la que se encuentra cómodo y parece haber renunciado a componer otra obra mestra. Pero tampoco es un paso atrás porque demuestra que es capaz de hacer algo estimable por sí mismo y sin la ayuda de su hermanísimo. Al cabo de tres o cuatro escuchas el resultado es incluso excitante. No es una maravilla y el Gallagher más pendenciero sigue sin intención de madurar, pero, y esta es la sorpresa final, es inesperadamente mejor de lo que se podría anticipar. Es una pena que unos de los temas con más sustancia, el delicioso World Outside My Room, en el que Liam Gallagher invoca a los espíritus de Ray Davies y de Tim Hardin, haya quedado relegado a la cara B de un single.

Calificación: 3

viernes 18 de febrero de 2011

Herencia Malsana

Denise Mina es una escritora escocesa de novela negra que se ha estrenado previamente en el comic con Hellblazer. En Herencia Malsana se encarga del guión de una historia que busca el terror en lo cotidiano. Una familia muy mal avenida celebra la cena de Navidad en su casa. La planta de abajo la ocupa una inmigrante polaca y su maltratador marido. Esa noche la tensión se va acumulando hasta que estalla en una tragedia en el matrimonio vecino. A partir de ahí uno a uno los miembros de la familia se van viendo envueltos en extraños acontecimientos sobre los que pende la sombra de si son obra de alguno de ellos o si la casa está maldita. Un Diez Negritos a lo bestia mezclado con la clásica historia de lugares encantados y con un necesario tono de ambigüedad.

Herencia Malsana está narrado por uno de los hijos de la familia, el único adoptado, en una estructura fragmentada con un largo flashback y líneas que corren paralelas. Un recurso típico pero efectivo para contribuir al misterio. Antonio Fuso, un dibujante italiano antes visto en Punisher y G.I. Joe, lo ilustra con estilo solvente, pero soso y con algunas resoluciones narrativas paupérrimas. A pesar de lo ocasionalmente pedestre de Fuso y de su lento desarrollo, la historia sabe mantener la intriga opresiva y capturar al lector introduciéndolo en un ambiente claustrofóbico y absorbente. Y aunque el desenlace es tan previsible como anticlimático, se desencadena perfectamente orquestado. Denise Mina es una excelente escritora y eso se nota.

Calificación: 3

jueves 17 de febrero de 2011

Adam & The Ants

Rebuscando en mi colección de discos, me encuento entre AC/DC y Aerosmith con los vinilos de una banda con la que un compañero de instituto me estuvo dando la lata un buen tiempo. Yo lo aguantaba porque en ese momento estaba más interesado en su hermana, una rubiaza laaaaaarga como mis clases de matemáticas, que en la música que aquel tipo me pudiera descubrir, pero lo cierto es que durante un cuarto de hora pareció que Adam & The Ants eran la gran esperanza del rock and roll. Ya sabemos lo proclive que es la prensa británica a vendernos hypes y a encumbrar a artistas una semana y vapulearlos la siguiente, pero en aquellos años que la MTV incipiente empezó a bombardearnos con sus primeros vídeos, nos encontramos con un cantante de imagen fascinante, como un Dick Turpin con pintura de guerra, y una música que hacía hervir las venas. Había algo de naturaleza sexual en sus canciones que resultaba a la vez seductor y muy subversivo. Simbolizaba todo lo peligroso que hay en el rock and roll, lo que le molestaba a los padres.

Stuart Leslie Goddard era el rimbombante nombre de un jovenzuelo punkie con ínfulas arties amiguito del círculo de los Sex Pistols. Rebautizado como Adam Ant forma una banda con una fijación con el látex, el bondage y el fetichismo. Adam & The Ants publican entre 1978 y 1979 varios singles y un LP bastante torpes que tienen poco de punk y bastante de diletantes que se saltan las clases en la Escuela de Arte. Se agencian de manager nada menos que a Malcolm McLaren, quien en una jugarreta típica suya le roba a Adam todos los músicos para formar Bow Wow Wow, un combo con chica al frente que merced a las estretegias escandalosas del conocido liante ganó cierta relevancia a principios de los ochenta. El cambio resulta para mejor. Adam recluta a Marco Pirroni, un guitarrista que había pertenecido a una formación primeriza de Siouxsie & The Banshees, otra del círculo de los Pistols, y su sonido evoluciona y se revoluciona. En Pirroni el cantante encontrará su mano derecha y partenaire compositivo. La nueva formación grabará dos LP's altamente irregulares, pero cuajados de singles hiperexcitantes.

Con la eclosión de Adam & The Ants empieza a hablarse de Antmanía. Lo suyo era una reformulación del glam tanto en sus presupuestos estéticos como en sus bases musicales. Para ello tiran mano de Gary Glitter, del rock and roll primigenio de Link Wray, los ritmos tribales y un toque de Ennio Morricone. Un cóctel explosivo que los lleva a erigirse como puntales del movimiento de los Nuevos Románticos. Adam se convierte en todo un sex symbol y sus declaraciones grandilocuentes sobre las represiones de la sexualidad y de los nativos americanos que rodean al pelotazo que es Dog Eat Dog, pretenden darle una base teórica a su música. No es más que otro bocazas británico con ganas de comerse el mundo utilizando la misma técnica que tantos usaron antes y tantos siguen usando después, hasta ahora con buenos resultados. Su música, en cambio, sí refleja cierto aire indígena y, sobre todo, es tan efectiva como el jueguecito de palabras que compone su nombre artístico. Adam & The Ants, Adam y Las Hormigas, y también adamant, que significa en inglés inflexible. ¿De dónde creen que sale el adamantium de Wolverine? Es cierto que Adam es perseverante en la consecución del éxito, y la comparación con las hormigas no suena desacertada del todo. Había algo fracturado en la esquelética percusión de Antmusic que recordaba al entrechocar de las antenitas de esos insectos, que parecía el atronar de millones de patitas de un marabunta dispuesta a devorar al oyente.

Tras un segundo disco menos áspero, más comercial, con el que alcanzan la cima de su popularidad con singles más edulcorados, pero tan irresistibles como Stand and Deliver y Prince Charming, en cuyo estribillo dejan patente su leit motiv, "Ridicule is nothing to be scared of", No hay que tenerle miedo al ridículo, en 1982 Adam y Pirroni parten peras. El primero, infatigable entertainer siempre dispuesto a dar espectáculo, siente que a su banda le falta entusiasmo, el segundo está cansado de tanta promoción. Adam se lo monta en solitario y el primer single, Goody Two Shoes, es un rockabilly que está a la altura, una continuación de su sonido en el que todavía colabora Pirroni. Pero pronto su carrera como solista patina. A partir de ahí se dedica a arrastrarse penosamente en galas televisivas con temas de vergüenza. Discos cada vez más esporádicos y problemas mentales lo convierten en otra de las casualties del rock. Ahora que ha perdido todo su atractivo físico, que anda prácticamente retirado, y que cuando aparece en los papeles es por motivos aún más estrambóticos que en sus años de gloria, cabe recordar que Adam & The Ants son algo más que una nota a pie de página en las enciclopedias.

miércoles 16 de febrero de 2011

La mejor cerveza del mundo no es para todo el mundo

Me gusta beber. Me bebería hasta el aguarrás. Pero apenas bebo. Soy un tipo blando, un flojo. Los dulces, el alcohol, trasnochar, comer demasiado... Cualquier exceso me pasa factura y me deja destrozado. Cuando era un crío podía hacer cualquier burrada, y al día siguiente estaba nuevo. Hoy me paso un poquito, y estoy una semana hecho un cadáver. Me he acostumbrado a mi rutina, a mi linealidad cotidiana. Si me salgo de mi camino estoy más perdido que Raymond Babbitt. Pero, ya saben, a pesar de que mi cruz sea el dolor de cabeza, de vez en cuando me permito un brandy, un vino. O una cerveza.

Mi cerveza favorita es la Grimbergen, seguro que la habrán visto por ahí. Una cerveza belga de abadía con un bonito color tostado y un sabor redondo, mantecoso, un puntín dulce, que te llena la boca y perdura cálida y agradablemente en todo tu interior. Hay cinco variedades: Blond, Dubbel, Tripel, Optimo Bruno y Cuvée de l'Ermitage. No se les ocurra probarlas todas de una sentada para diferenciarlas. La mejor forma de apreciar su sabor es escoger el momento adecuado. Hay una para cada situación y compañía. Estoy hablando de maridajes sólidos, no se me aceleren.

El ceremonial del trasegador de, digamos, Mahou es simple. Consiste en agarrar una bien fría, mediarla de un trago directamente de la botella, vaciarla en el siguiente y seguir así ad nauseam. Literalmente. Lo único que cuenta es que esté bien fría y que tenga gas. Si falta uno de estos factores, la cerveza se estropea. Aunque a partir de la tercera uno es feliz y le importa todo un bledo. Mi ritual consiste en no tener prisa, asociar siempre una cerveza a una comida (antes, durante o después, eso depende de mí y de la cerveza) y escanciarla en su copa con forma de cáliz. Tomar un trago y llenarme la boca con ella, paladearla casi con adoración, con una lagrimilla de delectación, y hacer que el líquido pase por toda la cavidad bucal antes de dejarlo bajar por la garganta.

En fin, manías. Soy un tipo muy maniático. No se me entienda mal, sé que la inmensa mayoría del aficionado cervecero es devoto de la Mahou. Sólo estoy haciendo una parodia. He llegado a un momento en mi vida en que no critico lo que haga nadie si le hace sentir bien. Cuantas menos obligaciones nos impongamos, mejor. Cada quien es cada cual y baja las escaleras como quiere, que dijo Serrat, Joan Manuel. Si a usted la cerveza que más le gusta es la Mahou, entonces esa será la mejor cerveza del mundo. A mí me produce escalofríos, pongamos por caso, una buena canción de Richard Thompson. Me emociona, me hace sentir, me llena de chisporroteos la epidermis. Pero hay mucha gente a la que no. A otros es Shakira quien les produce esas sensaciones. Y estoy hablando de su música, no se me pongan cochones.

A lo que iba. Estoy convencido de que no todo el mundo tiene que sentirse conmovido por lo que consideramos "de calidad". No creo que hasta el último mono tenga que gustar de la lectura, ni que apreciar la música. No todos tienen por qué practicar un deporte. No es obligatorio disfrutar con la cultura, no es indispensable tener buen gusto. No entiendo la universalización de la intelectualidad, en definitiva. Igual que los gustos de la mayoría no están hechos para mí, comprendo que lo que a mí me gusta no le interese más que a un puñado de francotiradores. Cada uno puede ser feliz con lo que escoge o con lo que tiene delante. O será que soy un elitista.

martes 15 de febrero de 2011

Strange Suspense de Steve Ditko

No es fácil meter el miedito en el cuerpo con un tebeo. La primera mitad de la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando las historietas recopiladas en Strange Suspense fueron originalmente publicadas, eran tiempos más sencillos. La gente no estaba acostumbrada a ver a través de las pantallas de televisión de sus casas los horrores a los que tenemos acceso hoy día. Y ni se permitían, ni se celebraban, ni había quien imaginase el catálogo de barbaridades que ahora saludamos con risotadas en un Garth Ennis, pongamos por caso.

Subtitulado Los Archivos de Steve Ditko Vol. 1, tampoco es este todavía el artista que alcanzaría una talla legendaria con su trabajo en Marvel. Es un narrador plenamente formado, sí, pero todavía carente de algunos de los recursos que harían de sus páginas algo mágico. Su trazo es ya inquietante y efectivo, con las dosis justas de expresividad y suciedad. Los inocentes guiones que pone en imágenes, algunos de ellos adaptaciones de cuentos populares con el consabido giro siniestro, han envejecido mal, sin embargo.

Por mucho que el artículo introductorio quiera dejar patente que estos relatos pertenecen a una época anterior al malhadado Comics Code, el efecto impactante que tuvieron hace medio siglo queda ahora amortiguado por un discurso atropellado plagado de clichés mal desarrollados y peor fundamentados. Una limitación derivada de un formato de seis páginas por historieta, que al menos sirve como recordatorio en estos tiempos de narración descomprimida, de que hubo una época en la que un tebeo era algo dinámico y excitante viñeta a viñeta.

El tomo que ha puesto en las librerías la editorial Diábolo es exquisito. Excelentemente presentado y documentado, con un papel acertado y una reproducción fiel de las líneas y los colores que acompañaron tantos sueños y tantas pesadillas de infancia. Hasta huele igual. Y créanme, eso es importante para nuestra memoria lectora. Y es que de memoria se trata, porque Strange Suspense es un lujo destinado a nostálgicos, interesados en la historia del noveno arte y aficionados inquietos. Lo que es todo coleccionista de comics, en definitiva.

Calificación: 3

Nueva edición de las dos Playlists en Spotify

La tercera actualización de las dos Listas de Reproducción que El Pequeño Misántropo pone a su disposición en Spotify, ya está en línea. Esta semana con tres nuevas incorporaciones a la lista de Novedades y toda una revolución en la lista de los Clásicos. Están invitados a suscribirse si les interesa acercarse de manera más directa a las canciones de las que se habla en El País de los Sueños.

Top 50 Novedades


Top 50 Clásicos

Si no disponen de Spotify y no les apetece descargarse el programa, en la barra de la derecha del blog, casi abajo del todo, podrán encontrar un Jukebox Top 10 con links a YouTube de las canciones favoritas de la semana, también recién actualizado. Un resumen condensado de los cincuenta orgasmos para sus orejas que encontrarán en cada lista de Spotify. Y recuerden que si ya están suscritos no es necesario que renueven la suscripción, su página se actualiza instantáneamente.

lunes 14 de febrero de 2011

Amor, amor, amor...

Mis queridos lectores y sin embargo amigos, seguro que se estaban esperando algo así. Ustedes ya saben que en este blog somos gente de orden que gusta de mantener las tradiciones. Muchos de ustedes me dirán, y no con falta de razón, que un día como este no es más que otra excusa para darse al mercantilismo y abusar de nuestros buenos sentimientos convertiéndolos en burdo consumismo. No me sean amargados. Sin duda alguna ustedes estarán o habrán estado alguna vez enamorados. Celebren conmigo ese momento, recuerden a la persona que amaron y/o tengan un detalle para con la persona que aman. Por mucho que él o ella les diga que este es un día como todos los demás y que el Día de los Enamorados son todos los días, si hoy se acuerdan de manera especial de su amad@, notarán en sus ojos un centelleo de ilusión. Y si no lo hacen, íntimamente saltará la costura de una pequeña decepción.

I Will Always Love You, Siempre Te Amaré, es una canción hecha célebre por Whitney Houston. Para algunos se trata de una belleza interpretada de manera escalofriante, para otros es el epítome de lo hortera. Si escarbamos en su origen, la canción fue compuesta por Dolly Parton y su letra relata la desgarradora emoción de una persona que decide abandonar a su pareja porque se ha dado cuenta de que ya no es amada y de que se está convirtiendo en un lastre para la otra mitad de la relación. Se simboliza así lo más hermoso del amor: la renuncia, la entrega total del propio ser por la felicidad del otro. No se confundan, Dolly Parton no es sólo esa rubia exageradamente neumática y oxigenada que ven aparecer en los programas más kitsch de la televisión norteamericana. Es, fundamentalmente, una impepinable artista de country que desde sus comienzos ha escrito temas como puños y ha roto no pocas barreras antes de revolcarse en el mainstream. Un respeto.


I Will Always Love You fue grabada dos veces por su autora. Una en 1974 y otra después de que Whitney Houston pegara el pelotazo con ella. En esa segunda e inferior versión Parton retomaba los arreglos pirotécnicos que habían copado las listas y hacía que la canción perdiese todo su mordiente y su carga emotiva en pro de un derroche vocal. Houston la hizo famosa en la película El Guardaespaldas, protagonizada por ella misma y por un entonces en la cima Kevin Costner. Pero en la película había otra versión de la canción interpretada por John Doe. Es una historia curiosa. Un nombre tan estrafalario (John Doe es el equivalente al Juan Nadie español) dio pie a que se especulara con la identidad que se ocultaba tras ese pseudónimo. Nada más lejos de la realidad. John Doe es el nombre real de un importante músico de punk de Los Ángeles que se curtió en X una demoledora banda en la que militaba también Exene Cervenka, ex-esposa de Viggo Mortensen (un poco de cotilleo rosa, que para eso estamos hablando de cuestiones del corazón). Con el tiempo, como les pasa a todos los rockeros cuando envejecen, Doe se fue calmando y su sonido evolucionó hacia el country. Su versión recuperaba toda la fuerza primigenia de la canción y fue grabada para la película, pero jamás fue editada en disco, quedando encerrada sólo en el celuloide y convirtiéndose en un fetiche de coleccionistas.



La música ambientaba una secuencia en la que los protagonistas bailan juntos. Todo baile es una metáfora del rito de la seducción y por ende del sexo. Excepto los bailes regionales, que por ser tan castos tan buena prensa tenían antaño. Ese baile es su primer contacto y la demostración manifiesta de que hay algo contenido entre los dos. Un recurso que es llevado a su plena efectividad en El Hombre que Susurraba a los Caballos una película de Robert Redford con un argumento regularcillo y un desarrollo a salto de mata, pero con una secuencia que por sí sola hace que toda la película funcione. Redford interpreta a una especie de Cocodrilo Dundee de Montana que trata de curar al psicológicamente destrozado caballo de la hija de una elegantísima y arrebatadora Kristin Scott Thomas. El amor surge inevitable entre la casada ejecutiva agresiva de ciudad y el soltero rudo vaquero imperturbable. No sucede nada entre ellos, apenas llegan a tocarse, jamás se dicen una palabra romántica. Pero lenta e inexorablemente se van enamorando el uno del otro.

En una fiesta en con el típico baile rural en el granero. Redford y Scott Thomas bailan un lento ante la mirada ausente del marido de ella. Los ojos de los enamorados lo dicen todo mientras rehúsan enfrentarse abiertamente y se mantienen a una casta distancia. La tensión es palpablemente dolorosa con la conciencia de un amor imposible y desesperanzado, un amor arrasador como un vendaval que tienen que reprimir. Bailan sin mediar palabra mientras ocultan sus sentimientos divididos entre lo que sienten y la desesperación que les produce no querer herir a nadie, sin el valor necesario para romper con todo. Sus rostros y sus manos muestran una mezcla de angustia y consuelo. Los dedos de él rozan la camisa en la espalda de ella, las manos de ella se posan sobre el pecho de él. Se estrechan casi con crispación, entre la tremenda agonía y el hondo amor de un abrazo sin palabras. Y finalmente, el jirón interior de dos corazones sangrando por la impotencia, hasta que lentamente se separan y cada uno vuelve a su rincón. Es mi secuencia más romántica y casi diría sensual del cine. Cada vez que la veo me fundo como si fuera de mantequilla.

domingo 13 de febrero de 2011

Bright Eyes: The People's Key

Desgraciadamente, para Bright Eyes los ochenta también han vuelto. Mientras seguimos esperando a que Conor Oberst entregue otro I'm Wide Awake It's Morning, o al menos otro Cassadaga, el que fuera niño prodigio de la nueva música de raíces norteamericana sigue dedicándose a publicar discos a medio acabar y a divertirse en colaboraciones como Monsters of Folk, para las que parece reservar lo mejor de su talento. El autor de obras tan extraordinarias como las mencionadas se descuelga en The People’s Key con un trabajo menor y con poco salero que en escasos momentos llega a emocionar. Las melodías resultan poco inspiradas y los arreglos con teclados de mercadito le ayudan bien poco a despegar. Como le sucede a Ryan Adams, Oberst se gusta demasiado a sí mismo y no tiene muy claro dónde queda el experimento divertido en su habitación y dónde empieza un tema con la calidad necesaria como para ser presentado a una audiencia mayor. Necesita o bien un editor juicioso, o bien un poco más de exigencia en el departamento de esfuerzo. Ha querido distanciarse conscientemente del sonido Americana en el que se le encuadraba y le ha salido el tiro por la culata. Lo mejor del lote reside en temas que curiosamente están más cercanos a Digital Ash in a Digital Urn que a su celebrada contrapartida de 2005. Queda la sospecha en un buen puñado de números de que con algo más de trabajo la cosa podría haber resultado mucho más lucida. La versión deluxe incluye dos canciones extras que lo son precisamente por eso, porque perfectamente podría habérselas ahorrado. Dice Oberst que este será el último disco de Bright Eyes. Pues vaya manera de despedirse.

Calificación: 1

The Decemberists: The King Is Dead

The Decemberists han hecho de todo y todo lo han hecho bien. De discípulos aventajados de The Smiths con pinta de profesores universitarios en Picaresque a eruditos reformuladores del rock progresivo en The Crane Wife, llevan ya más de una década sorprendiéndonos con sus cambios de chaqueta. Sólo su ópera rock The Hazards of Love les ganó algunas críticas negativas por primera vez por su ambiciosa complejidad. Para su nueva aventura estos intelectuales urbanitas se embarcan en la música que siempre se ha despreciado como propia de las clases rurales menos cultivadas: el country y el folk británico. The King Is Dead mezcla ambas tradiciones fundadoras del rock and roll para dar lugar a un hermoso disco acústico guiado por la guitarra, el piano, la armónica, el violín, y la ocasional slide. No suena, sin embargo, como algo trasnochado, sino como una recuperación de los R.E.M. de Fables of the Reconstruction. No en vano Peter Buck contribuye en varias canciones, más notablemente en Calamity Song y en el single Down by the Water, en el que junto a Gillian Welch a las segundas voces consiguen algo cercano a lo que hizo Bruce Springsteen en su disco de versiones de Pete Seeger. Exhuman el espíritu de Gram Parsons en Don't Carry It All y se visten con ropajes más tradicionales para January Hymn, un número que se podría remontar hasta The Carter Family, y su contrapartida, June Hymn, con la que consiguen la mejor canción de Neil Young que el propio Young haya hecho desde Harvest Moon. La más clara influencia del folk céltico se deja sentir en la inmediatamente pegadiza Rox in the Box, que se construye sobre el motivo fundamental de The Raggle Taggle Gypsy, una canción tradicional versioneada por The Waterboys en Room to Roam, y en el tema Rise to Me, donde echan mano a la herencia de Fairport Convention. Hay también momentos más ligeros musicalmente hablando, como la divertida All Arise y This Is Why We Fight, donde no olvidan su amor por el grupo de Morrissey y Marr, y lo sacan a relucir descaradamente. Una suma de factores que hace de The King Is Dead el disco más inmediato y menos complicado de The Decemberists hasta la fecha. Una delicia.

Calificación: 4

sábado 12 de febrero de 2011

La Lección Egipcia

El primer día de 2011 escribí que este sería el año en el que el pueblo se levantaría para sacudirse de encima la bota de la casta dirigente que los oprime. Era más una fantasía que una posibilidad real. Poco sabía que estaba prediciendo algo más próximo de lo que jamás podría haber deseado. Aunque no en este país. Desde nuestra autoproclamada superioridad intelectual de ciudadanos occidentales siempre hemos mirado a nuestros vecinos del sur por encima del hombro. “Están en la Edad Media”, decíamos. “Son teocracias”, argumentábamos. “No están preparados para la democracia”, observábamos despectivamente. Queríamos creer que era necesario mantener a sus oligarcas para evitar males mayores. Nosotros, que dejamos morir mansamente a nuestros propios dictadores en la cama y que pretendemos ganar una guerra cuarenta años después de que el sátrapa haya desaparecido, nos apuntamos ahora, tarde y mal, a una revuelta espontánea y popular que ya ha derribado dos regímenes. Un pobre tendero de Túnez se quema a lo bonzo porque, como protestó una Europa más desesperada, o con más agallas, durante la Revolución Francesa, ha subido el precio del pan y se ha quedado sin su puesto de trabajo. Un gesto heroico que genera un movimiento que se ha extendido a Egipto y ha acabado con los respectivos presidentes, tras décadas de poder absoluto, teniendo que poner pies en polvorosa. Hoy, tras semanas de gentes en las calles, de presión pacífica, los ciudadanos libres han escrito los libros de Historia. El lobo asoma las orejas en Jordania y Libia. Argelia se tienta la ropa. Marruecos pone sus barbas a remojar. Nosotros, tal vez dentro de otros cuarenta años, también querremos ganar esta revolución.

viernes 11 de febrero de 2011

Rock Histérico

Estoy en la semana del rock and roll histérico. Si son fieles lectores de este blog (y si no es así no sé a qué esperan, su vida estará más llena y sus amigos les felicitarán por su buen gusto) recordarán que no hace mucho declaramos nuevo disco favorito el último de Jackdaw4, un álbum rico en matices y repleto de canciones variadas con diferentes movimientos, que roza el prog-rock y cualquier estilo que se puedan imaginar. Un LP que por similitud de planteamientos me lleva al último de Foxy Shazam, uno de los mejores del año para quien esto suscribe, y un desparrame de imaginación, entusiasmo e inventiva. A partir de ahí me he visto completamente enganchado a lo que podríamos llamar Discípulos de Queen. Cómo me gustaba la banda de Freddie Mercury cuando era un chaval. Años más tarde, cuando llegó la New Wave y todos nos las dábamos de modernos, renegué de ellos y no me atrevía a ponerlos en casa por vergüenza a que los vecinos lo oyeran. Era el tiempo en que me paseaba con los álbumes de The Smiths bajo el brazo, no sé si me comprenden.

Pero también es cierto que Queen comercializaron mucho su sonido cuando llegaron los ochenta y, al simplificarse, en cierto modo dejaron de ser lo que habían sido. Eran asequibles. Probablemente a raíz de Radio Ga Ga comience su etapa más popular en España. De repente todo el mundo los conocía y a todo el mundo le gustaban. Cuando yo era escuchaba A Day at the Races, pongamos por caso, nadie les prestaba atención, sin embargo desde ese momento me empecé a encontrar con gente que aireaba sin pudor que Queen eran su banda favorita de toda la vida y que los había descubierto con A Kind of Magic (¡su décimosegundo trabajo!). La influencia verderamente importante de Queen en otros músicos proviene de la primera década de su carrera, los años setenta. Con Sheer Heart Attack y News of the World, por ejemplo, Mercury, May, Taylor y Deacon cambiaban de traje no ya para cada disco sino para cada canción, transitando por el hard rock , el music hall, el gospel, el rock sinfónico, la opereta, el folk, el puro pop y barbaridades inclasificables como la cara B de Queen II. Un sonido orquestal conseguido sólo con piano, guitarra, bajo y batería. Y ese juego de voces.

Queen crearon un sonido único e inconfundible partiendo de elementos tan dispares como The Beatles, The Beach Boys y Led Zeppelin. Su música era inmisericordemente vapuleada por la crítica seria y sus directos se minusvaloraban argumentando que todo el espectáculo se basaba en un innovador juego de luces. No es hasta la muerte de Mercury que se les ha empezado a considerar como un tesoro nacional de la música británica. Sin embargo su rastro se deja sentir bien pronto en otras bandas contemporáneas. Es evidente en el caso de Aviary, una banda norteamericana que en 1970 publicaron un único disco de pompa y circunstancia muy recomendable. Thin Lizzy, la banda de Phil Lynott giran como teloneros de Queen entre 1976 y 1977. De ahí nacería una gran amistad y una evolución de su sonido desde unos inicios blueseros anclados en Jimi Hendrix a epopeyas más sofisticadas como Jailbreak y Johnny the Fox. También el hiperactivo Todd Rundren había fundado su banda paralela, Utopia, para dar rienda suelta a sus inquietudes más progresivas hasta acabar haciendo un power pop brillante y en ocasiones demasiado estereotipado. Por el camino, sin embargo, dejó rastros de la importancia de Queen en su sonido con discos como Ra.

La influencia de Queen colaboró en gran medida a dar forma a la new wave del heavy metal británico. Al frente de esta corriente, Def Leppard no disimularon sus querencias en dos de sus álbumes más populares, Pyromania e Hysteria. Pero probablemente sean los más recientes The Darkness los que más desvergonzadamente han saqueado el legado de los autores de Bohemian Rhapsody. Para ello tiran de su faceta más histriónica y llegan incluso a trabajar con Roy Thomas Baker, el eficaz complemento que manejaba los botones desde la consola de productor. Lástima que ni ellos mismos se tomasen en serio. Al otro lado del charco, los americanos Extreme son fans declarados que han replicado el sonido de Queen con cariño por sus maestros, no hay más que ver su actuación en el homenaje a Freddie Mercury. Y hasta los Foo Fighters han admitido la importancia de Queen en sus canciones como lo demuestra sus momentos más poppies. Taylor Hawkins, el batería del grupo de Dave Grohl, ha llegado a grabar dos discos en solitario en los que el poso de su banda favorita es aún más manifiesto.

Más recientemente se puede detectar el rastro de Queen en cierta tendencia a la aparatosidad de Manic Stret Preachers y en la voz de su cantante, James Dean Bradfield. Si bien Muse pronto demostraron su inclinación por replicar el sonido de los primeros álbumes de Queen, es con el último, The Resistance, con el que más directamente se han destapado. Pero quizá sean My Chemical Romance con su teatral The Black Parade los que más se han acercado a los momentos más complicados de los primeros Queen. Lo que nos lleva a cerrar el círculo y de nuevo al boato y oropel de Foxy Shazam en el momento presente, quienes han hecho un trabajo suntuoso y de relumbrón en el que las canciones corren con la urgencia de Don’t Stop Me Now. Después de esta sobredosis de paroxismo, voy que me pego de cabezazos contra las paredes. Al final, casi voy a pensar que Jackdaw4 resultan un remanso de paz ante tanta ostentación.