lunes 31 de enero de 2011

La Vida en una Canción, 5. Jimmie Rodgers: My Blue Eyed Jane (1930)

Les parecerá que me lo estoy inventando, pero les aseguro que cuando yo era un crío iba a un colegio que a la vez era un cine. Nos habían trasladado allí desde unos locales viejísimos que se llenaban de goteras en cuanto llovía y nos tenían que enviar de vuelta a casa porque a continuación se iba la luz. En el nuevo edificio las aulas estaban en los pisos de arriba y en la planta baja había un cine. Uno de verdad, en el que los fines de semana se proyectaban películas de estreno y durante los días laborables se daban clases. Dentro había también una papelería y una capilla. El bar del cine era la cafetería del colegio, y la sala de exhibición era nuestro salón de actos. El set completo.

Lo mejor era el patio. Los niños no nos dábamos cuenta entonces, pero el sitio al que salíamos a jugar a la hora del recreo era la terraza de verano del cine. Por aquel sitio nos escapábamos cuando nos saltábamos las clases, y entre canastas de baloncesto y porterías pintadas en las paredes, habia un muro que hacía las veces de pantalla de proyección. Los aseos del cine eran nuestros aseos y detrás de la pantalla había un espacio menor donde jugaban los pequeños. Los mayores improvisábamos pelotas con el papel de plata de los bocadillos y organizábamos competiciones de frontón. También había un baqueteado gimnasio con cuerdas y espalderas, y un ajado vestuario. Para nosotros era nuestro día a día. Visto con distancia es el producto de otra época a medio camino entre Berlanga y Almodóvar. Un tiempo en el que las cosas no eran tan brillantes, todo era más precario, pero quizá por eso era más interesante y nos hizo agudizar el ingenio.

Nuestro profesor de gimnasia era un viejo entrenador de rugby. Sus clases se enfocaban por ese camino y el examen de fin de curso consistía invariablemente dar diez vueltas al patio corriendo en el menor tiempo posible. Se decía que aquellas diez vueltas completaban un kilómetro, pero nadie lo sabía a ciencia cierta. Nunca nadie se molestó en comprobar si había más o menos distancia. Los alumnos corríamos disciplinadamente, en grupo, sin querer hacernos daño los unos a los otros. Aguantábamos solidariamente formando un pelotón en el que todo el mundo salía igual parado. Nadie quería quedarse descolgado, pero tampoco nadie quería destacar. Sólo había pique en la última vuelta, cuando todo el mundo esprintaba con alocado regocijo, totalmente desorganizados, como si aquello fuera una liberación y se nos permitiera volver a comportarnos como niños.

Teníamos nuestros trucos. Al pasar corriendo por la tapia que era la pantalla del cine, aprovechábamos para escondernos detrás por turnos amparados en el grupo. Tácitamente el acuerdo era que cada uno se quedara allí sólo una vuelta, lo suficiente para reponerse y volver a salir a correr. A veces alguno se ocultaba dos veces durante el mismo ejercicio, pero los demás lo amparábamos con compasión y sin humillaciones, pues reconocíamos la dignidad en el compañero más débil. Otras veces nos encontrábamos demasiados a la vez detrás de aquel muro y entonces siempre salía alguien a correr sin parar a descansar para que el truco no se notase demasiado. Ahora estoy seguro de que nuestro profesor se daba perfecta cuenta de lo que hacíamos y de que, de algún modo, le divertía esa pequeña picaresca. Raramente lo vi enfadado y casi nunca perdía la sonrisa. Su aspecto de antiguo atleta sempiternamente enfundado en su chándal, bronceado, con su silbato y su voz calmada, hizo que se ganase el respeto de todos.

Luego nos hicimos mayores y nuestro profesor de gimnasia se jubiló. Su sustituta fue una joven profesora con un genio de mil demonios y un cuerpo que a todos nos pareció entonces el más despampanante que habíamos visto de cerca. Revolucionó hasta la última hormona de nuestros cuerpos ya de por sí en ebullición. Las clases de gimnasia no cambiaron en gran cosa, pero nadie se atrevió ya a esconderse detrás de la pantalla del cine. Y aunque nadie se quejó de la nueva profesora, y estoy seguro de que todos la recordamos todavía con la boca hecha agua, no hubo día en el que alguien no mencionase a nuestro antiguo profesor con alguna anécdota. Entonces, mientras yo corría, la banda sonora que me impulsaba a aguantar el ritmo del grupo eran las trompetas del tema de Rocky, pero ahora esas imágenes de un niño que me caía bien y al que yo le resultaría un perfecto cretino, han perdido el color y sólo son una aguada en sepia.

domingo 30 de enero de 2011

Animal Kingdom: Determinismo de celuloide

Con su debut, Animal Kingdom, el realizador australiano David Michôd consiguió el año pasado el Premio del Jurado en el Festival de Sundance. Desde entonces no ha parado de cosechar galardones y parabienes de la crítica. Lo último es la nominación de una de sus actrices principales, Jacki Weaver, para el Oscar a la Mejor Actriz Secundaria. El título de Animal Kingdom alude a un mundo en el que impera la ley del más fuerte, el comer o ser comido, y ya desde el primer fotograma se percibe que esta va a ser una película durísima. No por lo que muestra, sino por la temática que aborda.

Los primeros minutos golpean como un mazazo al espectador. Un adolescente menor de edad espera mirando un concurso televisivo a que llegue una ambulancia para atender a su madre que agoniza a su lado tras una sobredosis de heroína. La indiferencia del muchacho durante toda la secuencia marca el tono con el que reaccionará a lo que le sucede a lo largo del resto del largometraje hasta la medida explosión final. La frialdad del protagonista hace que nos planteemos qué tipo de vida habrá llevado ese chico. La consiguiente conversación telefónica con su abuela para participarle el suceso y la reacción de la misma, una certera Weaver que interpreta un papel desconcertante y demoledor, es reveladora. Ambos reaccionan como si estuvieran pidiendo una pizza. Detrás vienen unos sobrios títulos de crédito que se superponen sobre imágenes de atracos tomadas por una cámara de seguridad. El resultado obtenido es inquietante.

El chico se muda con su abuela y el resto de su familia, unos conocidos delincuentes de medio pelo. Tipos encallecidos que viven juntos en perpetua tensión entre asaltos a mano armada y negocios con drogas. El hermano mayor es el líder. Se oculta de la policía, que está constantemente vigilándolos, y ejerce de figura paterna, siempre pendiente de todo y de todos, hasta de sus vidas privadas. Pero quien verdaderamente dirige al clan es la matriarca, el personaje más rocoso a pesar de parecer una cabeza de chorlito, la que siempre está dispuesta a seguir adelante a cualquier precio. El protagonista se ve en medio de eso y ahí comienza su educación a través de un realista retrato de los bajos fondos. Una vida guiada por el determinismo contada en una película que discurre lentamente, acumulando la tensión hasta culminar con el final del aprendizaje del muchacho.

Las interpretaciones, encabezadas por Guy Pearce, son espléndidas y sin un agujero por parte de los implicados. Un pelín sobreactuados todos los actores hasta en los papeles secundarios (impagable el abogado de la familia), resultan tan pasados de rosca como se espera de la gente que se mueve en estos ambientes. Y este es el único pero que se le puede poner a una película tan bien contada, tan sucia y tan fatalista como es Animal Kingdom. ¿Hasta qué punto me importa la vida de estos tipos? ¿De veras me interesa la hez de la tierra? Pregúntenselo y actúen acorde con su respuesta.

Calificación: 3

sábado 29 de enero de 2011

Iron & Wine: Kiss Each Other Clean

Samuel Beam, nada que ver con la familia de Jim, aunque lo parezca, es un músico de Carolina del Sur que se ha labrado una carrera tras el alias de Iron & Wine. Con Kiss Each Other Clean entrega un cuarto larga duración de hermosísimo título en una discografía que es una pléyade de colaboraciones, recopilaciones, soundtracks y proyectos on-line. Un último trabajo recién salido del horno con el que debuta en la multinacional Warner Bros tras pasar una década en Sub Pop, la casa de Nirvana y tantos otros grupos de grunge. La música de Iron & Wine no puede estar más alejada de la de Kurt Cobain. Desde unos austeros orígenes enraizados en el folk, ha ido ganando en colores y arropamiento hasta llegar ahora, como bien reconoce su autor, a embarcarse en el rock clásico setentero de FM americana. Se trata de un nuevo giro a su sonido tras los exóticos devaneos del aclamado The Shepherd’s Dog de 2007. En Kiss Each Other Clean ejercita oblicuos ensayos de funk de serie Z, paladeables medios tiempos de carretera, dulces melodías cálidamente arregladas al más puro estilo del soft rock californiano, lamentos arrebatadores de inquietante sonoridad, baladas tiernas como la mantequilla y caliente rhythm & blues al estilo del patentado por The Band. Una enciclopedia de la música estadounidense de mediados de los setenta, en definitiva, Kiss Each Other Clean es un disco amable y a la vez inquietante como un viaje por una de esas infinitas autopistas del desierto norteamericano.

Calificación: 3

Shugo Tokumaru: Port Entropy

En su Japón natal, Shugo Tokumaru es un músico reputado con cuatro discos a sus espaldas. En occidente se le ha empezado a conocer a raíz de este último Port Entropy con el que le han llovido, no sin razón, las comparaciones que lo califican como el Sufjan Stevens japonés. Tokumaru es un Juan Palomo genial y autosuficiente con la facilidad de Paul McCartney a la hora de escribir canciones a partir de una mera anécdota musical, que se basta y se sobra para conformar trabajos radiantes en los que compone, toca todos los instrumentos y produce hermosas tonadas tremendamente optimistas entre el neo-folk de Stevens y el sunshine pop colorido de The Association. Igual se luce en un derroche vocal y el uso de instrumentos tradicionales, como en canciones de melodía torrencial acompañadas de un piano acuoso y un serrucho. Cantado exclusivamente en su lengua materna, Port Entropy es una exhibición esencialmente acústica de instrumentos inusitados: banjos, armonicas, coros, deliciosamente suaves arreglos de viento à la Burt Bacharach via Lambchop, y la producción de The Beach Boys circa Smile, para dar lugar a una música alegre, burbujeante, ingenua y oníricamente infantil. Como unos Animal Collective compuestos por un solo hombre, pero mucho más enfocados, Shugo Tokumaru le pondrá de buen humor y sus canciones acompañarán a sus sueños más felices. Esto no es rock and roll.

Calificación: 4

The Gaslight Anthem: American Slang

A partir de la sorpresa que supuso la aparición del anterior disco de The Gaslight Anthem, el celebrado The '59 Sound, el cuarteto liderado por Brian Fallon se ha granjeado todo tipo de comparaciones con otro nativo de New Jersey que también cultiva el rock americano. El propio Bruce Sprinsgteen (claro, de él hablábamos, ¿en quién pensaban, en John Bon Jovi?) les concedió su sello de aprobación cuando se los llevó como teloneros y no dudó en compartir escenario con ellos en varias ocasiones. Su regreso con American Slang corrige y aumenta todo lo que ofrecieron en 2008. Tras una clásica portada con coches y carreteras que poco favor les hace para ahuyentar las comparaciones, y su aspecto de tipos que trabajan en una gasolinera, hay una colección de canciones inmediatas, con indudable querencia por el Boss, destinadas a convertirse en himnos coreados en los estadios. Es evidente que Fallon recuerda en muchos momentos un Springsteen con actitud punk, pero en ningún momento suena como un calco ni su banda replica el sonido de la E Street Band. Y si Bring it on es su momento más springsteeniano, sobre el que casi se puede cantar la melodía de Loose Ends, también en The Diamond Church Street Choir envían un saludo a Van Morrison en mucho más que en el título. No hay aquí teclados ni saxo y sí unas pretensiones muy cercanas a Joe Strummer y a The Replacements con unas gotas de U2 y de Guns n' Roses. A pesar de su aire épico, las composiciones de The Gaslight Anthem distan mucho de sonar falsas o pretenciosas, sino que se erigen como sinceras construcciones cuya sencillez poco tiene que ver con la arquitectura de Born to Run o Darkness on the Edge of Town. American Slang supone un paso de gigante de una banda que recupera todo el espíritu de los clásicos en un album impecable. Con su tercer disco, The Gaslight Anthem dan la definición de lo que es rock and roll y certifican que no, que aún no ha muerto.

Calificación: 4

viernes 28 de enero de 2011

Smax, la Fantasía Heroica según Alan Moore

Alan Moore avanza un paso más en la saga de Top 10 con una miniserie dedicada al personaje de Smax. Una entrega en la que el humor predomina sobre el resto de los elementos que hicieron de las andanzas de aquel grupo de superpolicías algo tan disfrutable, hasta llegar a constituirse en una parodia de las historias de espada y brujería. Si usted no ha leído los antecedentes, no le diré que no vaya a disfrutar de este tomo recién publicado por Norma Editorial, pero sí que le va a ser más difícil entrar en su mundo hasta saber de qué va esto y qué está pasando.

Como se vio al final de Top 10, Smax tiene que volver a su lugar de origen para asistir al funeral de su tio. Para el viaje, le pide a su compañera Toybox que lo acompañe. El destino resulta ser un bosque habitado por los personajes de los cuentos populares. Pero no se engañen. Tras la apariencia de unos dibujos animados de hadas, Moore aborda temas tan duros como la antropofagia, la violación, los maltratos infantiles y el parricidio. Una vez más el guionista inglés realiza un ejercicio de estilo reflejando la crueldad de fondo y la ligereza de forma de los cuentos en su origen. Y así como aquellos se empleaban como metáforas con moraleja, el dragón al que se enfrente Smax será también un reflejo de sus propios demonios interiores.

Gran parte de la diversión de Smax está en la cantidad de referencias que el guionista maneja, desde las partes en que está dividido el comic, cada una titulada con un verso de la canción Octopus de Syd Barrett, el músico que fundó Pink Floyd y que cantaba sobre gnomos hasta que se quedó colgado en un viaje de ácido, hasta la espada que porta el protagonista, una parodia de la que manejaba el Príncipe Valiente, disfrazada con tiras de tela como hiciera el personaje de Foster, pero en este caso para evitar que la espada cante canciones de ABBA, nada menos.

Y es que el mundo de Smax parece sacado de una fantasía lisérgica. Por él vemos desfilar a Luba de Palomar y al Hombre Enmascarado como peculiar taxista; Los Autos Locos de Pierre Nodoyuna con su perro Patán, y el John Carter de Marte creado por Burroughs; referencias al Macbeth shakespereano y a películas tan dispares como Metrópolis, Soylent Green, Hombres de Negro, Matrix, Toy Story y El Séptimo Sello de Bergman. Hay que saber apreciar todos estos guiños y estar muy atento para no perdérselos porque son lo que le dan color y, en el fondo, significado a la historia.

El guión desborda imaginación y está plagado de chistes verbales tremendamente sutiles. Hay que hacer un curso de cultura general para sacarle todo el jugo a las puyas que Moore lanza a Harry Potter, a los grupos indies de rock, a Spiderman y a las interminables genealogías de El Señor de los Anillos. A su lado el estilo caricaturesco que emplea Zander Cannon, el dibujante habitual de Top 10, para adecuarse al tono de Dragones y Mazmorras de la historia, palidece al ser muy mal servido por sus entintadores, y queda deslucido a pesar de emplearse a fondo parodiando las portadas de los discos de Yes y caricaturizando a personajes de Watchmen, Dragon Ball, Sandman y Alicia en el País de las Maravillas.

Pero aún así Smax es un producto trabajadísimo y altamente satisfactorio. Más adecuado, es cierto, para aquellos que atesoran las aventuras precedentes de la serie que para los neófitos, porque tras la brillantez de Top 10 y de su precuela The Forty-Niners, es probable que este sea el eslabón más flojo (aquella continuación guionizada por Paul Di Filippo no cuenta). Pero el eslabón más flojo de Alan Moore siempre es mucho más fuerte de lo que la mayoría alcanzará jamás.

Calificación: 4

jueves 27 de enero de 2011

El Concierto: Picaresca en la Rusia post-Soviética

Un director de orquesta enfrentado al régimen soviético es relegado a limpiar el teatro en el que antes era una estrella. Tras 30 años sin dirigir, intercepta un fax dirigido al Bolshoi y decide suplantar a la orquesta en un concierto en un prestigioso teatro de París con un grupo de antiguos músicos represaliados que sobreviven haciendo todo tipo de trabajos. Radhu Mihaileanu dirige esta película franco-rusa que es tanto una encantadora historia sobre los sueños humildes de gentes con corazones sencillos que aman el arte en tiempos deprimidos, como un retrato costumbrista de la Rusia post-perestroika, una fábula contra la dictadura comunista que va del disparate caricaturesco lleno de chistes humildes, al cuento de hadas protagonizado por la chica de Malditos Bastardos de Quentin Tarantino.

El Concierto es una película de personajes y de conversaciones. Un reflejo de unos tiempos en los que la gente lleva con dignidad el tener que hacer lo que sea para sobrevivir. A este respecto es revelador ver cómo el protagonista va rescatando a su orquesta de los ambientes más diversos. Los que antes eran músicos glamourosos ahora tocan en las calles, alcoholizados, como vagabundos que siguen adelante entre la picaresca y los trabajos basura. Pero no olvidemos que El Concierto es una comedia, así que también encontramos todos los tópicos que podríamos esperar de los rusos: nuevos ricos abrazados a modelos neumáticas, mafiosos rodeados de lujos y guardaespaldas, el pueblo en condiciones míseras, troupes de gitanos y nostálgicos del partido comunista. Todos, claro, bebiendo, gritando y bailando sin parar.

Hacia el final al director se le va la mano y llega a rozar el esperpento. Entre el exceso de minutaje y la búsqueda del humor por contraposición de contrastes, se cuela un drama sentimental y la crítica social que muestra los tejemanejes en el submundo, los sobornos con los que se consigue todo bajo mano, y una Rusia en la que ha florecido el mercado negro. La comedia se entrecruza con la denuncia en la penosa reunión del Partido Comunista Francés envejecido y decadente. Pero a la vez se descubre que el protagonista no fue represaliado por sus ideales, sino por su obsesión por representar una obra de manera perfecta. Y es que la moraleja es que a la gente le trae al pairo quién mande, pues con todos van a tener que adaptarse para aguantar bajo la bota. Una visión tan humana que hace que El Concierto nos reconcilie con nuestros congéneres y deje un buen sabor de boca.

Calificación: 3

miércoles 26 de enero de 2011

Jim Sullivan, abducido por los extraterrestres

Ustedes se preguntarán: ¿Quién demonios es Jim Sullivan? La historia de Jim Sullivan resultaría sumamente rocambolesca si no fuera porque es una tragedia. Sullivan era un excelente cantautor de folk-rock americano con dos discos a sus espaldas, que había aparecido en la película Easy Rider en la secuencia de la comuna junto a Jack Nicholson, Peter Fonda y Dennis Hopper. En 1975 el matrimonio de Sullivan acababa de romperse y la repercusión de su obra había sido igual a cero. Estaba en la ruina y en una situación totalmente desesperada, así que decidió trasladarse a Nashville buscando trabajo como músico de sesión.

En el camino fue parado por la policía de Nuevo México por hacer maniobras extrañas con el vehículo que conducía. Sullivan, que ya había tenido problemas previamente con el alcohol, demostró no haber bebido y continuó su camino hasta encontrar un motel de carretera en el que descansar. Al día siguiente se localizó su coche abandonado. Dentro estaban su cartera, su guitarra, varios ejemplares de sus discos y algunas ropas. Nunca más se ha vuelto a ver su rastro. Todos recordaron que en 1969, durante la grabación de su primer álbum, Sullivan le había dicho a su manager que si alguna vez quisiera desaparecer, se adentraría en el desierto y jamás regresaría.

Ese debut se llama significativamente UFO, y es un album que pasó desapercibido en su momento. Tras permanecer 40 años en el olvido, es ahora saludado como un clásico perdido que acaba de ser recuperado en una oportuna reedición. En la canción que le da título, Sullivan cantaba sobre dirigirse al desierto a intentar encontrar naves espaciales. En unos años en los que la imaginación colectiva estaba disparada por los avistamientos de platillos volantes, y a la luz de ese primer trabajo, los rumores sobre Sullivan siendo abducido por los extraterrestres se dispararon. También hay quien dice que toda la historia es una invención para enmascarar una verdad mucho menos soportable: que en realidad fue asesinado y la familia creó la historia de la abducción para evitarles mayores sufrimientos a los niños.

Sea como fuere, el primer disco de Jim Sullivan es una colección de canciones altamente melódicas, ligeramente psicodélicas, con suaves toques de country, apuntes de órgano a lo Procol Harum y delicados arreglos orquestales. La melancólica voz de Sullivan resuena como si fuera un Tim Hardin más animado y sus composiciones resultan un cruce entre las del Glen Campbell de los comienzos y las de un primerísimo Al Stewart, que crecen con cada escucha.

Grabado con la flor y nata de la Wrecking Crew, el equipo de músicos habitual de las producciones de Phil Spector, UFO merecía haber corrido mejor suerte, y Jim Sullivan podría haber ofrecido mucho más si hubiera recibido mayor atención. Queda el misterio de su ausencia y este UFO reeditado. Un disco breve, reflexivo, tremendamente jugoso y variado en su introspección. Si recuerdan cuando les hablamos aquí de Sixto Rodríguez (y les gustó) o si conocen A Gift from Euphoria, el exquisito disco de la banda del mismo nombre, UFO de Jim Sullivan hará sus delicias.

Calificación: 4

martes 25 de enero de 2011

El Peregrino de las Estrellas, de Trillo y Breccia

El Peregrino de las Estrellas es el segundo gran trabajo del tandem Carlos Trillo y Enrique Breccia tras Alvar Mayor. En él parten de los presupuestos planteados en su anterior obra para llevarlos al extremo e internarse en un mundo fantástico que les permita construir sus historias alegóricas ya sin tapujos. Los autores continúan dirigiendo su mirada hacia las contradicciones y pequeñas ruindades del ser humano con una galería de personajes que parecen todos habitantes de un manicomio, descendientes macabros del Sombrerero Loco y la Reina de Corazones. La ambientación e incluso los protagonistas replican el escenario de su anterior obra pero la llevan a un truculento espacio exterior en una carraca británica del siglo XVI que tras internarse en una extraña niebla acaba surcando los mares del cosmos en donde vivirá melancólicas peripecias al estilo de las fábulas de ciencia-ficción que escribiera Stanislaw Lem en sus Diarios de las Estrellas protagonizados por Ijón Tichy.

En muchos aspectos, la estructura de El Peregrino de las Estrellas se ciñe a los convencionalismos del comic de aventuras. El trío estelar es la versión expresionista del que protagoniza El Capitán Trueno. Con un líder atractivo y carismático, El capitán Harris Conrad, que es un reflejo del propio Trueno; un segundo gordinflón y extrovertido que se asemeja a Goliat, y un joven grumete que hace las veces de Crispín. El formato de ciencia-ficción es la percha de la que los autores se cuelgan para seguir contando sus historias en clave metafórica. Trillo y Breccia recurren a personajes extraídos de los cuentos infantiles tradicionales, hadas, magos, ogros y duendes, para crear relatos con moraleja encantadoramente escritos e ilustrados con un rotundo dominio del dibujo y del contraste de luces y sombras. El Peregrino de las Estrellas es no sólo un placer para los ojos, sino también un estímulo para la reflexión.

Calificación: 4

lunes 24 de enero de 2011

La Vida en una Canción, 4. Erik Satie: Gymnopedie Nº 1 (1888)


Me gusta salir a pasear bajo la lluvia. Les parecerá extraño, pero cuando veo que se acerca una tormenta me pertrecho de un par de botas y una gabardina, y salgo a caminar por las calles de la ciudad. A corretear por las aceras sorteando los riachuelos que discurren desde cada portal avivando el color marrón de la tierra y el gris del pavimento. A disfrutar del olor a edificios mojados, como si esa agua lavase todo lo feo que hay dentro de ellos. Una lluvia mansa sobre la ciudad tiene ese efecto anestésico que hace que todo se vea a través de un paño de melancolía. Seguramente ustedes recordarán que cuando eran niños les gustaba chapotear en los charcos hasta que sus madres se daban cuenta y les echaban una reprimenda. Yo todavía conservo algo de esa inocente forma de diversión y además no tengo quien me diga "eso no se hace". Ja. Tampoco se lo toleraría a nadie.

También a todos ustedes les habrán roto el corazón por primera vez. Si tienen suerte, puede que sólo haya sido una vez. Pero esa primera es definitiva. Cuando se recompone, jamás vuelve a ser el mismo órgano que era. Mi primera vez fue muy inocente. Yo me limitaba a ponerla en un pedestal, mirarla con ojos de perrito abandonado e intentar torpemente que ella se diese cuenta de que yo estaba ahí. Con cualquier excusa pasaba por delante de su casa, me hacía el encotradizo como quien no quiere la cosa, salía a diferentes horas por la mañana para averiguar en qué momento salía ella también, reducía el paso para que ella me alcanzase, caminaba tras ella mirando hacia otro lado como si pasase por ahí por casualidad, me hice amigo de todo el que la conocía, me inventé todo tipo de estupideces que puedan pensar y más. Y ¿saben qué? Funcionó.

No voy a hablarles de ella. Ya escribí entonces palabras y más palabras que jamás pude decirle. No voy a decirles cómo era, aunque podría rellenar docenas de folios con ridículas loas a su voz, a sus ojos, a su piel, a su cabello. No replicaré todos esos lugares comunes pretendidamente sentimentales que nos parecen sublimes cuando nos suceden a nosotros y que nos matan de aburrimiento cuando nos los cuentan los demás. Tampoco voy a relatarles nuestros escarceos. Eso queda para ella y para mí. Pero quizá quieran saber que ella tenía novio. Un novio formal, de los de toda la vida. Y yo, que entonces estaba en la cumbre del romanticismo, nunca tuve el consuelo de poder hacer algo que necesitaba urgentemente: Pasear con ella de la mano, dejar que todo el mundo se diera cuenta de que estaba enamorado.

Sus amigas, que no sabían que nos veíamos a escondidas, me miraban con compasión pensando que su indiferencia me hacía sufrir. Lo que me hacía daño era tener que ocultar que cuando no había nadie presente podíamos ser una pareja como las demás. Erik Satie resonaba en mi cabeza, y las notas de su Gymnopedie me acompañaban cada vez que salía bajo la lluvia a buscar la calle donde ella vivía, contento por poder respirar el mismo aire que ella respiraba. Aquella fue una primavera tormentosa. Cuando llegó el verano, me dijo que no podía seguir así y casi sin palabras se despidió. Yo tampoco supe qué decir. El mundo se volvió borroso y mi vida se convirtió durante mucho tiempo en una espiral dentro de la cual giraba aturdido sin saber en qué dirección me dirigía. Sólo una vez, al cabo de bastante tiempo, me atreví a volver a buscarla pensando que la relación que mantenía no podía durar.

Me dijeron que no estaba, que regresaría más tarde. Pero yo ya había agotado todas mis reservas de valor con aquel timbrazo a su puerta. No tuve el coraje suficiente para volver. Algo dentro de mí me advirtió de que iba a sacar más dolor que alivio de aquel encuentro. Aún así, año tras año, cada vez que pasaba cerca de su casa, cada vez que creía verla en algún sitio, mi estómago reanudaba el centrifugado. No sabía que se había trasladado con su novio a otra ciudad a 356 kilómetros de mí. En una carambola del destino, esta vez mi historia sí acaba con un reencuentro. La volví a ver mucho tiempo después, no hace tanto. Sentí el mismo vuelco interior, para mí fue como si no nos hubiésemos separado nunca. Por fuera era la misma chiquilla que conocí, por dentro se había convertido en la mujer que no me dejó conocer. Iba con un hombre con aspecto de buena persona, y a su mano se aferraba una niña en la que intenté infructuosamente buscar los rasgos que una vez me habían enamorado. Pareció alegrarse sinceramente de verme, pero por mucho que observé no reconocí en sus ojos la chispa con la que una vez me había mirado. Parecía una mujer feliz y en paz. Y es mejor que sea así.

domingo 23 de enero de 2011

Amor y Otras Drogas

El director de Leyendas de Pasión y de El Último Samurai corretea en su última película, Amor y Otras Drogas, entre la comedia y el drama romántico, y tiro porque me toca, haciendo difíciles equilibrios. Le ayudan en la tarea Jake Gyllenhaal, que se ha puesto la mar de sexy desde que hiciera Donnie Darko, y Anne Hathaway, quien ya coincidió con Gyllenhaal en Brokeback Mountain, y que siempre está mona. Ambos protagonistas están encantadores, pero el resto del (solvente) reparto obtienen todos unos papeles tan disparatados que los hacen insoportables.

Tras un incio casi estresante de contemplar, en el que se muestra el mundo altamente competitivo típicamente americano de las ventas, como una versión de Glenngarry Glen Ross en clave de comedia, aguarda la historia de un triunfo en lo profesional y una revelación en lo personal. Gyllenhaal es un seductor trepa en quien uno jamás confiaría. Un tipo dispuesto a hacer cualquier cosa en beneficion propio que (oh, sorpresa) se enamora de Hathaway, una chica enferma de Parkinson. A partir de ahí se desarrolla una trama agradable y nada más.

El meollo de la cosa parece estar en los vuelcos que han dado los tiempos. Antes una comedia de género consistía en "chico conoce a chica y se pasa todo el minutaje detrás de ella hasta que consiguen meterse juntos bajo la misma sábana". Ahora el problema no está en la relación física, sino en involucrarse emocionalmente, en decir “te amo”, en comprometerse de manera seria. Por eso el planteamiento va muy rápido y todo lo posterior es dar vueltas sobre lo mismo hasta el desenlace cantado, con una secuencia final de lo más manida en la que hasta la impecable banda sonora hace aguas.

¿Qué tiene de especial Amor y Otras Drogas? Que se ve chicha y el descubrimiento (oh, sorpresa, otra vez) de que el mundo de la medicina norteamericana no se diferencia del de los abogados o del de los vendedores de coches usados. Los momentos de humor, si bien no están mal realizados, a veces encajan mal y cortan el momentum, con un único chiste realmente bueno en toda la película. Tras hora y media pretendiendo presentar una perspectiva moderna alternativa a la tradicional comedia romántica, el último cuarto de hora acaba replicando los viejos clichés para decirnos que el amor es una mierda, pero mola. Tomen nota.

Calificación: 2

sábado 22 de enero de 2011

José Ignacio Lapido: De Sombras y Sueños

Tras la disolución de los extintos 091, una banda granadina en activo durante los ochenta y los noventa, su guitarrista y compositor, José Ignacio Lapido, inció una carrera en solitario en la que se adentraba en el terreno del cantautor eléctrico. Tras el extraordinario triunfo que supuso Cartografía en 2008, llega su sexto larga duración, De Sombras y Sueños, editado en su propia compañía discográfica. Se trata de otra colección de canciones altamente melódicas y primorosamente arregladas a las que la voz un tanto afectada de Lapido no acaba de servir como merecen. Tampoco era necesario que se rodease de colaboradores de postín. Eva Amaral se deja caer para un cameo, Juan Aguirre, el otro 50 % del dúo zaragozano aporta también su guitarra en otra canción, y Quique González participa en un tema de indudable aroma beatle gracias al uso del mellotron. Más inapropiada resulta la intervención de Miguel Ríos, otro con tendencia a la sobreactuación, en La Hora de los Lamentos, una pequeña maravilla de guitarras byrdsianas. Son estos, adornos con los que Lapido se rodea de amigos para intentar dar más repercusión a un trabajo que tampoco la va a lograr así, a pesar de que números como El Más Allá resulten irresistibles, y otro más lentos como Olvidé Decirte Que Te Quiero y Paredes Invisibles sean simplemente preciosos. Y es que uno tras otro, los cortes de De Sombras y Sueños son un acierto, y sus cuidadísimas letras confirman una vez más que nuestros autores están mucho más cerca de la poesía que de los tópicos facilones que cargan la música anglosajona. La carrera de José Ignacio Lapido da testimonio de su talento para confeccionar excelente pop-rock en español de impecable factura, con calidad y sin descuidar la accesibilidad. De Sueños y Sombras no está a la altura de Cartografía, pero se le acerca. Refinado, exquisito y muy bonito.

Calificación: 4

Cee-Lo Green: The Lady Killer

Ustedes ya saben quién es Cee-Lo Green, la mitad de Gnarls Barkley, un dúo que arrasó hace unos años con Crazy, un temazo de estructura sorprendente y estribillo incendiario. The Lady Killer es el tercer álbum de Green en una extensa carrera que abarca discos como solista, colaboraciones varias, bandas paralelas y un primerizo grupo de rap desde 1995. La suya es una música que podríamos englobar dentro de eso que se ha dado en llamar moderno rhythm & blues. Música de baile electrónica que no está tan lejos de Beyoncé, pero con una calidad y una riqueza de ideas que lo mantienen alejado de una audiencia más mainstream. The Lady Killer viene abanderado por el provocador single, Fuck You, que con su envoltorio Motown y propulsado por la histriónica voz de Green tiene todos los números para convertirse en un hitazo en las radiofórmulas de medio mundo. Pero no se queda ahí y recrea tanto el sonido del soul calentorro setentero, como las ligeras producciones de Berry Gordy en los sesenta, dándole a todo una brillante pátina de estar a la última. Un producto pegadizo y variado para elaborar un catálogo de la música negra actual, cuyo alto presupuesto se refleja en una pléyade de productores, y un par de innecesarios duetos (¿alguien se acuerda de Philip Bailey?). Sin embargo resulta más recomendable en pequeñas dosis.

Calificación: 3

Broken Records: Let Me Come Home

Acompañando a la publicación de Let Me Come Home, el segundo disco de esta banda de Edimburgo, el líder de Broken Records, Jamie Sutherland, ha declarado que su trabajo se inspira en películas como Malas Tierras, La Ley de la Calle y Al Este del Edén, y en discos como Nebraska de Bruce Springsteen, Murder Ballads de Nick Cave y los primeros de R.E.M. Esto repercute en un sonido épico en el que resuena la poderosa voz de Sutherland en los temas más potentes, y un compás de funeral en los números lentos. Los crescendos que marcan las composiciones de Broken Records y el uso de instrumentos de cuerda han hecho que las comparaciones con Arcade Fire hayan comenzado a circular entre la prensa. Aunque tras una atenta escucha estás apreciaciones no parezcan ir desencaminadas, a mí su intensidad me recuerda más a la de unos Waterboys primerizos sin piano. Let Me Come Home es un hermoso disco que, sin ser ampuloso, consigue elevarse por encima de sus pares.

Calificación: 3

The Len Price 3: Pictures

Para The Len Price 3 el tiempo se paró en algún momento entre Substitute e In the City. Tercer disco de este combo inglés que si hubiera aparecido hace 30 años hoy sería saludado como un clásico del revival mod de la New Wave, Pictures abre fuego con el tema que le da título, un pastiche de The Who, que sienta el tono para lo que será el resto del album. Efectivamente, es un larga duración podría estar firmado por los primeros The Jam. Sus letras corren entre lo ingenuo, lo descacharrante y la alienación adolescente, arropadas por guitarras Rickenbacker aporreadas con fiereza, tambores machacados y buenas armonías vocales que endulzan la urgencia del punk. Con Paul Weller y Pete Townshend como santos patrones, The Len Price 3 a veces van demasiado lejos y rozan el plagio replicando acordes y estructuras en canciones concisas, contundentes y tremendamente divertidas. Otras veces diversifican sus influencias (aunque no mucho, no se vayan a pensar) y en los momentos más sofisticados recuerdan a The Kinks. También incluyen ligeros toques de psicodelia y recurren al órgano para replicar el sonido de las bandas de garaje norteamericanas. No en vano Pictures está producido por Miami Steve Van Zandt, mano derecha de Bruce Springsteen y todo un conocedor del género. Un baño de sonido retro que si me dicen que fue grabado en 1966 (o en 1978) hubiera colado sin problemas.

Calificación: 3

Broken Social Scene: Forgiveness Rock Record

Tras una larga trayectoria que incluye numerosos miembros en sus filas, docenas de instrumentos inusuales, grupos paralelos, discos en solitario, bandas sonoras y canciones en series de televisión modernillas, con Forgiveness Rock Record, su cuarto trabajo, el colectivo canadiense Broken Social Scene ha conseguido algo aproximado a un éxito de ventas. No han renunciado para ello a las estructuras experimentales, pero sí han recurrido a la producción de John McEntire de Tortoise. Producto de un supergrupo indie con más ambiciones que resultados, lo único destacable del álbum es la intervención de gente de Metric y de Pavement, y sobre todo la voz de la nunca bien ponderada Leslie Feist. Colaboraciones todas estas que no consiguen que Forgiveness Rock Record se aleje de ser un desperdicio de tiempo y esfuerzo elaborado a base de unas canciones borrosas que parecen improvisadas y con las que es dudoso que se divirtieran ni siquiera los implicados. Sí, vienen de Canadá y sobre el escenario parecen Viva la Gente, pero ahí acaban todas las similitudes con The New Pornographers. El que dijo que se parecían, no tenía ni idea de lo que hablaba.

Calificación: 1

viernes 21 de enero de 2011

Alvar Mayor, de Carlos Trillo y Enrique Breccia

Obra del genial guionista argentino Carlos Trillo y del dibujante Enrique Breccia, hijo del también ilustrador Alberto Breccia, Alvar Mayor parte del relato de aventuras con héroe justiciero en perpétuo viaje en socorro de los débiles y desvalidos, para mutar en una suerte de Las Mil y Una Noches indiana ambientada en un Imperio Español en las Américas, mitológico y de leyenda, poblado de sueños y seres de fantasía.


Alvar Mayor, el personaje que da nombre a la obra, es un aventurero que camina incesantemente a la busca de algo que jamás llega a encontrar y que en ningún momento se explicita. El lector sospecha que lo que Alvar Mayor busca es a sí mismo. Su propia entidad como persona y una idea mítica de la felicidad. La misma idealización de la existencia que persigue el hombre de hoy. La sospecha de que la vida tiene que ser otra cosa diferente a esto que vivimos.


En sus viajes el protagonista se encontrará con una pléyade de secundarios esperpénticos que, como en un grand guignol, exponen las miserias y los anhelos humanos. Los autores disponen de estos estereotipos como medio para contar una historia que reflexiona sobre la condición humana. Ciudades perdidas, tesoros escondidos, dioses olvidados, damas encantadas, monstruos amenazantes, villanos depravados, amores imposibles, nativos orgullosos. Todos desfilan ante el lector en un entorno de ensoñación onírica y de cuento fantástico de tradición oral.


El estilo de Breccia es de un expresionismo impactante, realista y feista al mismo tiempo, de rasgos exagerados. A lo largo de cada episodio el maestro demuestra su dominio de la anatomía y su maestría con el juego de luces. Una iluminación rotunda, en un blanco y negro durísimo, sin matices de grises. Donde mejor se luce el dibujante es en el despliegue de escenarios. Desde junglas exóticas a ciudades coloniales, de paisajes de caminos polvorientos a cielos extrañamente bellos y extraterrenos. Pero es en sus caracteres de pieles ajadas y resecas, con ropas harapientas, bocas desdentadas y uñas como garras, donde da la medida de su excelencia.


Se le puede achacar a Breccia un dibujo algo estático, que se manifiesta en la rigidez de las escenas de lucha, muy mal llevadas a base de primerísimos planos. Pero es que ni al dibujante ni al guionista le interesan esos combates, muchas veces grotescos, si no ridículos. El objetivo de los autores es mostrar el absurdo que lleva a estas luchas y, sobre todo, las consecuencias de las mismas, la estupidez inherente al ser humano.


El tono de los relatos irá evolucionando hasta transmutar al protagonista en antihéroe, mientras que las damas paulatinamente irán acercándose a las princesas de los cuentos. Guionista y dibujante se aseguran de marcar un contrapunto siempre desmitificador. Cuando Alvar Mayor ejerce de héroe clásico, la dama se representa como una Aldonza Lorenzo, que pasa a convertirse en Dulcinea según Alvar Mayor va alejándose de sus papel de benefactor justiciero y pasa a ser espectador de sucesos cuasi surreales. Una extraña obra maestra, clásica, obligatoria y necesaria recopilada por Norma Editorial en cuatro tomitos. A must.

Calificación: 5

jueves 20 de enero de 2011

La Vida en una Canción, 3. Léo Delibes: Dúo de las Flores (1883)

“Gordas gritando”. Este era el chascarrillo con el que saldaba mi visión de la ópera cuando era un jovenzuelo que se creía de lo más punk. Entonces todavía pensaba que había músicas en las que jamás entraría. Poco intuía yo por aquel entonces que algún día disfrutaría tanto con Giuseppe Verdi como con John Coltrane (“la amalgama de sonidos más insensata”, era la sentencia que reservaba para el jazz - o tempora, o mores). Es una frasecilla que, de todos modos, todavía he sacado a pasear cuando me sale la vena más irreverente y le quiero marcar un corte de mangas al mundo. Sólo por epatar, ya saben. Aún me pone ser un adolescente inmaduro.

No se lo creerán, pero yo he protagonizado mi propia versión de El Gusto del Cloro. Y es que en Bastien Vivèshey, Jero!) lo original no es el fondo, sino la forma. Perdonen. Decía que tres veces por semana acudía a nadar a una piscina municipal a última hora de la noche. Luego volvía a casa como si me hubieran dado una paliza, me comía todo lo que encontrase y dormía como el bendito que soy. La cena después de estar una hora nadando era una experiencia casi psicotrópica entre el cansancio físico, la somnolencia de los ojos irritados y el cerebro que todavía se encontraba como flotando en un medio acuoso. En la piscina podía decantarme por hacer baño libre o dejarme guiar por un monitor. Yo opté por tener a alguien que me obligase a hacer algo que yo pensase que no era capaz de hacer. Además, la gente que nadaba en aquel grupo parecían conocerse, estar cohesionados, pasárselo bien.


El tipo que nos daba la clase iba en silla de ruedas y tenía un genio de mil demonios, pero sabía lo que se hacía. Nos motivaba, tenía la habilidad de hacer la hora divertida y variada, y nos forzaba a nadar en todos los estilos. Nos llevaba al límite. Hubo momentos en los que sentí que aún debajo del agua estaba sudando como un condenado, pero siempre volvía a casa con una sonrisa de felicidad en el rostro. Por los altavoces sonaba una hermosa música ambiental y cuando braceaba bajo el agua yo seguía la melodía en mi mente. Nadábamos en fila, uno detrás de otro, siguiendo las indicaciones del monitor. En mi grupo había una chica sorda con la que, una vez superada la humillación de lucir el ridículo gorro de baño, llegué a trabar una amistad muy especial basada en miradas y gestos. Empezamos a comunicarnos con los ojos, a intercambiar bromas silenciosas cuyo significado el otro tenía que intuir. Ella me hablaba con el lenguaje de signos y yo nunca entendía nada en absoluto, pero le contestaba haciendo muecas y ella sabía reírse de mis tonterías.

Un día el monitor me dijo que tenía que cambiarme de calle, que mi nivel era demasiado avanzado y que me iba a poner con otro grupo más experimentado. Ella me miró con orgullo, como si eso hiciera que mi figura se acrecentara. Estaba en la élite. Me despedí con una sonrisa y me coloqué unos metros más allá. Entre circuito y circuito yo hacía una pausa para mirarla, pero ya no coincidíamos, no estábamos haciendo el mismo ejercicio y no era capaz de distinguir cuál de todas las cabezas que veía flotando era la suya. A veces parábamos e intercambiábamos una mirada, parecía que quisiéramos decirnos algo, pero nos limitábamos a sonreír y a arquear las cejas de forma cómica. Pocos días después, mientras me ponía en cuclillas durante el calentamiento, mi rodilla se dobló en la dirección equivocada y estuve tres meses sin poder hacer ningún tipo de deporte. Fue mi salvación. Estaba harto de llegar el último, de que el que iba detrás de mí me golpease al adelantarme. Cuando volví a la piscina ella ya no estaba allí. De hecho, casi nadie de los que conocía seguían nadando. Sólo el monitor del mal genio y la silla de ruedas, y la indignidad del gorrito de baño permanecían inmutables.

miércoles 19 de enero de 2011

La Vida en Otro Planeta de Will Eisner

A vueltas con el cajón de sastre conocido como Novela Gráfica, erróneamente se ha atribuido a Will Eisner, uno de los maestros del género, la invención de dicha etiqueta. Lo que no se le puede discutir al creador de The Spirit es el haber popularizado un término que tan buenos beneficios está dando a las editoriales de tebeos de toda la vida. Norma se está encargando de publicar las obras completas de Eisner en España, pero aún queda por volver a estar disponible Vida en Otro Planeta, uno de sus trabajos fundamentales más satisfactorios y divertidos. Desde que fuera impreso por entregas en la revista Creepy de Josep Toutain, ha permanecido inédito en nuestro país desde hace un cuarto de siglo. En los Estados Unidos ha sido reeditado recientemente por la editorial W.W. Norton & Co., y es todo un gustazo tener este tomo entre las manos para poder volver a leerlo de un tirón.

A raíz de que en un observatorio astronómico norteamericano se reciba una señal del espacio exterior en forma de código que revela una forma de vida inteligente extraterrestre, se desencadena un terremoto de reacciones dentro de las sociedades científica y política mundiales. Pero no se trata de una reunión de urgencia de la ONU para ver cómo enfrentarse a este acontecimiento magno para la historia de la humanidad. A lo que asistimos es a oscuros tejemanejes por parte de dirigentes de primera y de quinta fila, dictatorzuelos, gangsters, espías y pillos de toda condición, que usan la información y se despedazan unos a otros para utilizarla en su propio beneficio. Personajes que en muchos casos remiten a unos modelos reales con los que el lector puede pasar un rato entretenido descubriendo quién es quién.

Eisner utiliza los códigos del relato de ciencia-ficción como marco para centrarse en dos de sus obsesiones principales: la reflexión sobre la condición humana y la experimentación estructural y formal. Esta obra nos recuerda a su Spirit por la mezcla de géneros, la ambientación entre penumbras que remite al cine negro, y el análisis de caracteres. Pero se trata de un trabajo mucho más duro y desesperanzado. Incluso su protagonista (aunque es esta una obra que podríamos llamar coral), un científico en principio ingenuo, es una especie de Denny Colt sin antifaz. Este personaje es el único que ve la ocasión del primer contacto con inteligencia extraterrestre como una oportunidad para dar un paso adelante para la humanidad, como la antesala a un mundo mejor. Para el resto de personajes es sólo una forma de conseguir sus mezquinos fines: mayor poder, más dinero. Sin importar los medios que se utilicen para ello, sean estos la violencia extrema, el engaño masivo, o el sexo como forma de manipulación.

Esta fábula disfrazada de intriga de ciencia-ficción es en realidad una sátira política y sobre la estupidez humana, en la que en ningún momento aparecen los extraterrestres. En el fondo, a nadie le importan. Para el autor no son más que una forma de retratar una sociedad corrupta, para sus personajes son un medio para lograr un fin egoísta, y los lectores se olvidan de ellos, más interesados en ver cómo se desenmañará la compleja trama de ambiciones y engaños en la que se ven envueltos todos. Eisner recurre a caracterizaciones complejas, aferradas a los modelos del género, pero rehuyendo los tópicos. Un asesino a sueldo simpático, un héroe dispuesto a tragarse sus escrúpulos y, en definitiva, personajes con luces y sombras, cargados de matices. El autor no tiene esperanza en el ser humano, sabe que todo aquello que toque lo va a pervertir y opta por no dar segundas oportunidades.

Formalmente, el maestro rompe los moldes de la página, se salta la estructura de la viñeta y sus márgenes. Cualquier línea vale para enmarcar una escena. Los encuadres no dejan de ser en ningún momento inusitados. Desarrolla con destreza acciones paralelas en la misma página. Describe elipsis sin que apenas seamos conscientes. Revuelve la narración sin que por esta complejidad formal se pierda el hilo discursivo ni la coherencia. Con ojo certero y pluma afilada, Eisner describe una lúcida sátira sobre el ser humano. Una sátira con moraleja, porque Will Eisner es, en definitiva, y estoy de acuerdo en esto con Rafael Marín, un moralista. Como todos los grandes satíricos.

Calificación: 5

martes 18 de enero de 2011

La Vida en una Canción, 2. Johann Sebastian Bach: Aria de la Suite en Re (1723)

Entonces todavía vivía en la ciudad, en un viejo apartamento de menos de cincuenta metros cuadrados en pleno centro. Tenía un trabajo que detestaba y que me hacía sentir muy desgraciado. Lo llevaba como una penitencia con la que cargaba por mis pecados. Cuando flaqueaba me repetía a mí mismo que eso era lo que me pagaba el alquiler y me permitía los pequeños caprichos que me hacían la existencia más llevadera. Cada día salía de casa a las seis de la mañana y no regresaba hasta pasadas las diez de la noche. Vegetaba durante la semana esperando a tener tiempo para mí mismo.


Es viernes y está lloviendo. Vuelvo caminando. Llego mojado, cansado, arrastrando los pies. Me siento infinitamente triste. El silencio y la soledad me pesan. Mientras me quito la ropa húmeda coloco un CD en el reproductor y me seco el pelo con una toalla. Desde que era un crío he seguido la tradición de que el viernes es el día sagrado en el que se cena algo especial y sin prisas. Por el camino he comprado un azulejo de foie y un ladrillito de Gorgonzola. Destapo una Grimbergen y dejo que mi estómago se inunde de calorcillo. El tempo pausado de la música me hace sentir feliz y en paz. Cierro los ojos con una leve sonrisa y creo que salgo de mi cuerpo, me elevo y floto. Mi pecho se llena, puedo respirar mejor. La pequeña habitación rebosa música y vida. Los compases finales caen sobre mí como un réquiem que lava mi culpa. Asomado a mi ventana saboreo la cerveza mientras contemplo cómo llueve sobre los tejados.

lunes 17 de enero de 2011

La Vida en una Canción, 1. Johann Pachelbel: Canon (1680)

Todos los que amamos la música, y estoy seguro de que gran parte de los parroquianos que escarbamos en esto de los blogs somos en mayor o menor medida melómanos confesos, tenemos las canciones de nuestras vidas. Aquellas que nos han marcado para siempre de un modo u otro y sin las cuales el día a día se nos haría muy difícil. Las que compusieron la banda sonora cuando conocimos a aquella persona, y las que sonaban de fondo cuando la perdimos. Canciones que nos ponen la piel de gallina, que nos han agarrado por las tripas y nos las han sacado por la boca. Que nos han arañado la piel, que nos han martilleado la cabeza, o que nos han golpeado como un tifón. Canciones, en fin, que nos hacen sentir emociones.

Empiezo aquí una nueva sección con la que pretendo presentarles las mías siguiendo un orden más o menos cronológico y sin repetir artistas ni versiones. No creo que les gustase ver siete versiones de Stormy Weather ni dos docenas de composiciones de Richard Thompson. No es tampoco mi intención el construir una historia de la música popular, pero sí espero darles alguna sorpresa y quizá hacerles más de un descubrimiento. Por supuesto habrá lugares comunes, esos temas que todos conocemos y que son ineludibles. No me lo tengan en cuenta, al fin y al cabo esto es un recorrido vital, y si de algo no puede escapar uno, es de su propio pasado. Y ahora, empecemos con un poco de fanfarria.


Tengo diez años y soy un niño solitario en un mundo de adultos. Mi madre trabaja arreglando composturas para unos grandes almacenes. Entalla chaquetas, ensancha pantalones, acorta los bajos de trajes de novia. A mi padre apenas lo veo, siempre está de viaje. Cuando llego del colegio a mediodía, mi madre está preparando la comida. Yo me encargo de hacer los recados. Voy a la huevería; compro lejía en la droguería; hilo y cremalleras en la tienda de ultramarinos; busco un pollo que no tenga signos de golpes en la carnicería; escojo unos tomates que no estén muy verdes, pero que tampoco estén demasiado maduros, en la frutería; acarreo vino, cerveza y gaseosa desde la bodega para cuando vuelva mi padre. Las tardes son otra cosa. Mi madre se sienta en una sillita roja y sujeta varios alfileres con la boca mientras hilvana el bajo de un abrigo. Sobre la mesa hay un pequeño transistor Vanguard gris con el que escucha radionovelas que adaptan obras de Víctor Hugo, el consultorio de Helena Francis, y programas de discos dedicados. Música Mientras Trabaja. Cada Canción un Recuerdo. Todas las tardes escucho esos programas durante horas. A veces mi madre pone Radio Nacional y suenan piezas de música clásica mientras cose. Entonces empieza mi juego favorito. Por el suelo se extiende una alfombra de retales, restos desechados del trabajo que mi madre ha estado haciendo durante todo el día. Yo busco una tira de tela larga y estrecha y me anudo los pies a la altura de los tobillos. Me siento en el suelo y escojo otra tela más sedosa. La de los vestidos de novia es ideal para lo que me propongo. Entrecruzo las manos por detrás de la pata de la mesa y le pido a mi madre: "Mamá, átame". La habitación ya no es más una habitación, ni la pata de la mesa es una pata de mesa. Es el poste sobre el que se sustenta una tienda india, el mástil de un barco pirata, el tótem de una tribu vikinga. Yo tampoco soy yo. Esta tarde soy un soldado del Séptimo de Caballería capturado por unos belicosos pieles rojas que están danzando en el exterior de la choza alrededor de una gran hoguera. Puedo ver mis pantalones de montar y mis botas altas. La camisa cruzada que llevo puesta tiene dos botones desgarrados. Tengo la cara llena de tizne y me caen gruesos mechones de cabello sobre la frente. Durante la siguiente media hora pugno por liberarme. Me retuerzo en silencio con cuidado para que mi madre, que es un adormilado centinela, no se dé cuenta de mi acción. Paso a paso, con la cadencia de la música, mis nudos van cediendo, la melodía se deshace como mis ataduras y me dejo inundar por una calma fatalista que me hace sabedor de que todo mi esfuerzo va a ser en vano. La música explota de alegría y yo me siento feliz al entregarme en sacrificio. Me invade la nostalgia del futuro y con un nudo en la garganta quiero abrazarme a mi madre antes de que deje de ser esa chiquilla con una larga coleta que es todavía. Pero he conseguido escapar. Ahora tengo que cruzar el campamento enemigo. Invariablemente, como cada vez que juego a esto, me acribillan en el tiroteo que hay a continuación y salgo tambaleándome de la habitación. Caigo de bruces en el pasillo de mi casa y me arrastro en un último y desesperado intento de huida como el soldado valeroso que soy. Reprimo mis gemidos, pero mi rostro deja traslucir un profundo dolor. Cada vez alargo más el sufrimiento, es la parte más divertida. Agonizo sujetándome los borbotones de sangre que manan de mis heridas hasta que finalmente muero como un héroe. Mi madre sigue cosiendo.

domingo 16 de enero de 2011

La nueva versión de la revista The Savage Sword

Parece que vuelven las revistas de comics. Tras la presentación de Strange Tales por Marvel y de Vertigo Magazine por DC, la editorial Dark Horse ha recurrido también a su propio filón. A imagen de lo que hiciera La Casa de las Ideas durante los años setenta del pasado siglo, Dark Horse ha tomado una mina que parecía agotada y ha vuelto a extraer combustible de calidad de ella. Estamos hablando de las obras y personajes salidos de la máquina de escribir del escritor texano Robert E. Howard, creador de Conan, Kull y Solomon Kane entre otros. Hasta la fecha la editorial americana había estado por una parte reeditando los comics clásicos de estos personajes, tanto las series en blanco y negro como las a todo color, que publicase Marvel hace cuarenta años, y por otra parte creando otras aventuras nuevas volviendo a reimaginar el universo howardiano con vocación de absoluta fidelidad, más o menos conseguida, a su autor.

Dark Horse ha dado un paso más y ha recuperado su propia versión de The Savage Sword. Con el subtítulo de "of Conan the Barbarian", The Savage Sword fue una revista emblemática de aquellos años en los que Marvel lanzó una serie de publicaciones destinadas a un público lector más adulto. Magazines en blanco y negro, de mayor formato, y con dosis más generosas de sexo y violencia, que evitaban el temido Comics Code. Los más recordados son The Planet of the Apes, Unknown Worlds of Science Fiction, Monsters Unleashed, y Savage Tales, entre otros. De todos ellos, el más popular con diferencia, y el que llevó una vida más longeva, fue The Savage Sword of Conan, una revista de Espada y Brujería publicada en nuestro país con mayor fidelidad por la difunta editorial Vértice, y más tarde, con mejor reproducción, por Planeta De Agostini.

La publicación se centraba, como su propia cabecera indicaba, en el personaje de Conan el Bárbaro, pero también se utilizó para presentar a los lectores a otros caracteres cortados por un patrón similar y que entroncaban con el imaginario que había parido Howard. No sólo el puritano Solomon Kane y el rey Kull desfilaron por sus páginas, sino que también se dio cabida al refrito llamado Red Sonja y a otros menos conocidos como Bran Mak Morn. Asímismo se incluyeron pequeñas aventuras de otros personajes, diferentes pin-ups, artículos y ensayos varios. Un festín para el aficionado a la Fantasía Heroica. Ahora Dark Horse ha decidido seguir una vez más los pasos de Marvel y ha puesto en circulación una versión remozada de The Savage Sword, con el añadido de "Robert E. Howard’s" al título para que quede de manifiesto de qué va la cosa. Una puesta al día a todo color de lo que significó la revista hace cuatro décadas.

Con el número 1 ya en la calle, Robert E. Howard's Savage Sword se ve todavía en un estadío tentativo. La nueva revista vuelve a presentar una aventura de Conan como plato estrella y echa mano de otros personajes de Howard menos conocidos, pero más interesantes para los conocedores, para conformar un magazine destinado a los fieles seguidores del escritor y de sus creaciones. Desde la portada se hace un guiño al estilo de las clásicas de los años setenta, pero el logotipo diseñado por Dark Horse para la publicación es francamente inapropiado. Lo que hay en el interior también deja traslucir una calidad variable. Ninguna de las nuevas historias adapta un relato original de Howard y, peor aún, la aventura de Conan, supuestamente el gancho de la colección, es la primera parte de una historieta más extensa que se ve lastrada por un guión demasiado tópico y un dibujo excesivamente discreto.

Más interesante, sobre todo para el público más entendido, es la historia completa de ocho páginas de John Silent, un personaje menor de Howard contemporáneo de Solomon Kane. Su parte recupera el sabor de los viejos comics del torvo puritano que servían de complemento en The Savage Sword original, con un guión y un dibujo muy competentes ambos. De igual manera, la cuota de Dark Agnes, una espadachina del siglo XVI al estilo de la Red Sonja descrita por Howard (no la que confeccionó de retales Roy Thomas), resulta bastante satisfactoria, pero sabe a poco al ser sólo un primer capítulo de algo que apenas llega a plantearse y que será desarrollado en números futuros. El guiño final al lector veterano es un artículo introductorio al estilo de los ensayos setenteros, sobre El Borak, otro personaje muy estimado por los aficionados howardianos.

Lo mejor de la revista, y esto puede convertirse en una rémora a largo plazo, es una reedición de un clásico de principios de los años setenta. Dark Horse es consciente del tirón de estos rescates y por eso le ha dedicado la mitad del espacio de su publicación. Se trata nada menos que de la adaptación completa de Gusanos de la Tierra, la epopeya del rey picto Bran Mak Morn enfrentado a los romanos, que corrió a cargo de Roy Thomas, Barry Smith y Tim Conrad. El comic, como todo lo que se vio en The Savage Sword, era originalmente en blanco y negro. Para la ocasión se ha vuelto a colorear, pues ya se le dio color una vez previamente en la edición que hizo Cross Plains. No se puede decir que el resultado sea malo, ni que esté hecho con mal gusto, pero aún así supone una pequeña decepción no ver el majestuoso trabajo de grises que elaboraron los artistas en su momento y que tan bien encajaba con el espíritu de la obra.

Es cuestionable si con un trabajo con tantos altibajos se va a conseguir ampliar mercado. Robert E. Howard’s Savage Sword tiene los suficientes gestos destinados al lector veterano como para alimentar su interés sin descuidar la nostalgia, pero tal vez este mismo público hubiera deseado algo más respetuoso. Para el público joven, la aventura de Conan, para ser un número inaugural, resulta poco espectacular y queda como lo peor del lote. Y las nuevas historias, aunque resulten atractivas, está por ver que lleguen a interesar a los neófitos. Para el próximo número ya están anunciados un comic de El Borak que seguramente los conocedores agradecerán, y una reimpresión de la adaptación del clásico El Valle del Gusano a cargo de Gil Kane. La nueva Savage Sword tiene defectos que pulir, pero por lo pronto obtiene un voto de confianza.

Calificación: 3

sábado 15 de enero de 2011

Quirón

Se habían conocido cuando ambos apenas acababan de abandonar la infancia. Habían crecido juntos, prácticamente se habían empujado a ser adultos el uno al otro. Más que Amo y Sirviente eran dos amigos. Disfrutaban de estar juntos y en la soledad se sentían libres. La suya era una comunicación silenciosa y feliz en la que se retaban a poner sus cuerpos al límite. Era una competición gozosa que les hacía experimentar una alegría que no tenía nada en común, no podía tenerlo, con los que los observaban en la distancia. En ocasiones, cuando el Amo era más joven, había salido a divertirse alguna noche con otros amigos y había olvidado dejar dispuesto que se atendiera a su Sirviente. Al día siguiente la culpa le había mordido los tobillos cuando lo había visto trabajar cansado y falto de energías. No pasaba minuto en que no pensase que había traicionado a aquel que tan puntualmente le obedecía, pero el otro nunca había demostrado ningún tipo de rencor. Otras veces el Amo incluso había llevado a su Sirviente hasta situaciones peligrosas, y el Sirviente siempre había respondido poniendo en las manos de su Amo toda su lealtad. El Amo, teniendo como tenía el poder de doblegarlo, más de una vez había perdido con él la paciencia y había tenido que reprimir el deseo de azotarlo. Sabía bien que, al fin y al cabo, si no obedecía sus órdenes no era porque su deseo fuese desobedecerlo, sino porque él no había sabido transmitírselas bien. Cuántas veces por malentendidos el Sirviente lo había derribado de un golpe, nunca furioso, pero sí alarmado, como un chiquillo grandullón que no controla su fuerza. El Amo sabía que no había mala intención en ello pues en sus enormes ojos sólo podía leer desconcierto. El Sirviente jamás se había quejado, aún en su nobleza era incapaz de contarle sus necesidades a su Amo. Y pesar de ello, el Amo siempre había encontrado la manera de dar aliento a su Sirviente. Cuánto le hubiera gustado que estuvieran los dos en las mismas condiciones para poder así hablar sin recato y saber qué le pasaba a su Sirviente en cada momento. Aunque el Amo no recibiera una contestación directa, siempre había alguna forma de que su Sirviente le hiciese saber con sinceridad lo que ocurría en su interior. Pero llegó el día en que el Sirviente estuvo demasiado viejo y enfermo. Había llevado al límite su resistencia en su afán por corresponder a su Amo, y ahora ya no podía más. Apenas conseguía mantener la cabeza erguida. El Amo buscó superar su propio dolor. Se engañó a sí mismo repitiéndose que en realidad el otro no sentía ningún tipo de afecto por él, que era imposible que lo sintiera, que sólo se le acercaba en busca de protección y alimento. Quiso encontrar el consuelo alejándose de él. Aquel fue el momento más desdichado de su vida, pero también en el que se supo más afortunado. Clavándose las uñas en la palma de la mano, se dio cuenta de que su Sirviente había sido su mejor amigo, el más fiel, el único en el que siempre había podido confiar. Cuando vio al veterinario cargar la inyección, sintió que las piernas le pesaban como si fueran de plomo. Toda la angustia del mundo se abatió sobre él y lo llevó a un insondable vacío. En el pecho le creció un pesar sólido que consiguió aplastarlo. Era conciente de que esa era la última vez que los dos estarían juntos. Aquella noche, abrazado al cuello de su caballo, el hombre lloró desconsoladamente como un niño.

viernes 14 de enero de 2011

35 Años de Station to Station de David Bowie

Chanel, Cocaína y Don Perignon, dijo Loquillo en 1985. Pimientos, cocaína y leche, diría David Bowie diez años antes. Esa era su dieta exclusiva durante el tiempo en que estuvo grabando Station to Station. Basta con ver su lamentable estado físico de entonces para no ponerlo en duda. Aún no ha cumplido los 30 años y ya se halla inmerso en la paranoia inducida por las drogas. Ha roto con su manager de toda la vida y está en pleno litigio judicial. Vive recluído en su casa, con las ventanas cerradas y leyendo libros sobre ocultismo. Su comportamiento errático hace que sus allegados se sientan intranquilos por su estabilidad mental y lleguen a temer por su vida. Hasta tal extremo estaba Bowie sumergido en esa vorágine que ahora no guarda recuerdos de aquella época. Y sin embargo, aún en ese estado, con Station to Station consiguó uno de sus mejores trabajos. Un álbum de cuya edición se cumplen este mes los 35 años. Para conmemorarlo se ha publicado una costosísima caja repleta de parafernalia y memorabilia, lo mejor de lo cual es la grabación de un muy pirateado concierto de la gira de promoción durante 1976.

Bowie se había empeñado en triunfar en Estados Unidos, una audiencia que se resistía a los encantos andróginos de Ziggy Stardust, el alienígena al que había estado encarnando hasta el año anterior. Sin embargo, durante la presentación en directo de Diamond Dogs en 1974 los arreglos de las canciones ya apuntaban su interés por entrar en el mercado americano a través de la música soul. Incluso llega a versionear el clásico Knock on Wood de Eddie Floyd. Las ropas de fantasía inspiradas en el teatro kabuki japonés dieron paso a los trajes cruzados de corte clásico, y el estrafalario peinado a lo pájaro que había lucido hasta el momento se convirtió en algo parecido a un tupé. Bowie había encontrado su nueva imagen entre Humphrey Bogart y James Dean, y su objetivo estaba en llegar al número 1 de las listas estadounidenses. Para ello se metió en un estudio de Filadelfia rodeado de la crema de los músicos de sesión negros y buscó una ayudita del entonces también exiliado en Norteamérica John Lennon, que se encontraba en lo más álgido de su Fin de Semana Perdido. Young Americans, primer resultado de este renovado giro musical, es su disco más negro. Una fantástica rodaja cuyo artífice calificará de "soul de plástico", inspirada en Aretha Franklin.

A partir de ahí comienza a aparecer en los espectáculos televisivos más influyentes de los Estados Unidos. Concede entrevistas absolutamente dispersas, canta un medley de standards junto a Cher plagado de ticks nerviosos y deja testimonio de su errático estado sorbiendo sin cesar por la nariz. Es casi imposible comprender cómo en esas condiciones fue capaz de realizar una obra maestra como Station to Station. Una vez en Los Ángeles monta un grupo con el gran guitarrista Earl Slick, quien ya había estado tocando con él desde el año anterior, Carlos Alomar a la segunda guitarra, George Murray al bajo, y el baterista Dennis Davis. Una formación que le acompañaría en el futuro durante muchos años. Roy Bittan de la E Street Band de Bruce Springsteen se une al piano. Tal vez debido a esta presencia, Bowie retoma una versión de Springsteen que ya había probado antes, It's Hard to Be a Saint in the City, una canción de las sesiones de grabación de este disco que permanecería en el limbo hasta que fuese recuperada mucho después para un recopilatorio. La banda graba incansablemente durante toda la noche, a menudo manteniéndose en pie a base de cocaína. Los resultados son desquiciados, pero también están llenos de energía y pasión.

Bowie ya estaba totalmente inmerso en un nuevo personaje, The Thin White Duke, El Delgado Duque Blanco, a imagen del extraterrestre al que acaba de dar vida en su primera película como protagonista, The Man Who Fell to Earth, un inquietante film de ciencia-ficción existencialista dirigido por Nicolas Roeg. La portada del disco, de hecho, será un fotograma extraído de esa película. Station to Station es un idiosincrático disco de funk muy secamente mezclado. Golden Years se extrae como primer single, seguido del conciso TVC 15, un número directamente derivado del argumento de la película que Bowie acaba de rodar. Stay es el corte más funky del album y denota la influencia de Isaac Hayes. Pero Station to Station deja también transpirar el interés de Bowie en el krautrock y en Peter Hammill. Así lo apunta el primer corte, el que da título al álbum, una arriesgada y extensa suite de más de 10 minutos con varios movimientos en la que se mezclan la experimentación y la comercialidad a partes iguales dejando entrever lo que Bowie hará en su próxima etapa. Cada cara del vinilo se cierra con sendos baladones. Por un lado una intensamente romántica versión del clásico Wild Is the Wind de Johnny Mathis y posteriormente de Nina Simone. Por el otro, Word on a Wing, con la que el artista hace una declaración de principios sobre su precaria integridad, y que acaba sonando como un himno cuasi religioso.

A raíz de la edición del disco, Bowie se embarca en 1976 en una gira minimalista en contraste con las grandes producciones que había llevado a cabo hasta la fecha. Un tour influído por el expresionismo alemán, que lo llevará de vuelta a su país. La nueva imagen es la de un sobrio y esquelético artista repeinado hacia atrás al más puro estilo años 30 de la República de Weimar, con camisa blanca, chaleco negro y paquete de Gitanes en el bolsillo. El espectáculo se fundamentará en una luz neutra y se abrirá con imágenes de la película Un Perro Andaluz de Luis Buñuel y música de Kraftwerk. Cada vez más metido en el esoterismo y la historia nazi, Bowie se descuelga con unas declaraciones pasadas de rosca sobre Hitler y los beneficios para Gran Bretaña de un líder fascista, obvias consecuencias de un empacho de lecturas y cocaína. A su llegada a la Estación Victoria, Bowie saluda a mano alzada subido a un Mercedes descapotable. El gesto será malinterpretado. Su música sigue escalando cotas, pero su vida está en caída libre. La solución será aferrarse otra vez a su amigo Iggy Pop. Juntos se marchan a Berlín para desengancharse los dos de las drogas y grabar un par de discos rotundos, The Idiot y Lust for Life. Allí Bowie se reúne con Brian Eno y da comienzo a una gélida nueva etapa que pocos podrían haber augurado. Un nuevo personaje. Un nuevo giro de 180 grados de un artista inagotable.

Calificación: 5