sábado, 3 de diciembre de 2011

Tres besos de Kiss

Con quince años Sergio era encantadoramente tímido, muy divertido y, esencialmente, buena persona. También se bebía todo lo que se le pusiera a tiro, aunque decía estar fascinado con el cóctel San Francisco, paradójicamente una bebida no alcohólica, seguramente por una cuestión estética, y cuando iba fumado, que era casi siempre, los ojos se le inyectaban de sangre. Solía sacar buenas notas a pesar de todo esto y de que, de manera extraordinaria, cargaba con algún trauma de más aparte de los que llegan con la adolescencia, y una obsesión con su padre ausente. Además Sergio era fanático de Kiss. Era un infatigable reivindicador de su colección de cassettes y cada vez que iba a su casa me abrumaba con interminables monólogos, a menudo indescifrables, sobre las excelencias de su banda favorita y de cómo marcaban su día a día. Yo, que entonces estaba por cosas más sofisticadas como David Bowie, asentía en silencio mientras pensaba que los riffs de dos acordes de los tipos de las plataformas de lentejuelas y el raca-raca de sus canciones me sonaba todo igual.
Pero esos son años en los que cada pequeña experiencia comunitaria se te queda marcada como cicatrices indelebles en el alma. Regularmente el recuerdo de Sergio vuelve a mí para decirme que lo intente de nuevo con Kiss. Y yo, que por algún motivo me empeño en introducirme en su discografía de manera cronológica, jamás he conseguido pasar del tercer disco. Dicen que en ellos están muchas de sus canciones más emblemáticas, pero a mí me sigue pareciendo que a Sergio le pasaba con Kiss como con el cóctel San Francisco, que era la idea del mismo más que su propio contenido lo que le hacía sentirse especial. Se me antoja que los seguidores de Kiss son como los fans de Star Trek. Lo que les pone palote no son tanto las cualidades objetivas de su santón adorado como la mitología que lo rodea. La fantasía de los maquillajes y los disfraces, la excitación de los directos espectaculares, la sensación de pertenecer a una parroquia selecta y diferenciada. O, para ponerlo en términos en que todos nos entendamos, el puro frikismo. Mientras escribo esto por fin suena de fondo Kiss Alive, que es donde dicen los entendidos que empieza la verdadera leyenda. Y sigo sin ver la diferencia. Quizá sea que siempre fui demasiado viejo para Kiss. Probablemente ya nací demasiado viejo, pero esa es otra historia. También hay quien piensa que Pitingo es el colmo de la exquisitez, no me digan que eso no es peor.