Parece que la última sensación cinematográfica es The Artist, una película muda que está arrasando con todo tipo de premios y parabienes críticos. Desde que a finales de los años 20 del pasado siglo Al Jolson abriese la boca para cantarle a su mamá en The Jazz Singer, lo del cine mudo ha quedado como una reliquia prehistórica comparable a las bolas de alcanfor. Aunque nunca se ha olvidado y de tanto en tanto ha sido resucitado más como excentricidad que otra cosa (véase Silent Movie de Mel Brooks y la primera parte de El Guateque de Blake Edwards con Peter Sellers, por ejemplo) en la mente del público las películas mudas se asocian ya sólo con el cine cómico y las secuencias de slapstick.
Mi educación infantil tiene la culpa de mi predilección por el cine mudo. La encuentro en las sesiones de Harold Lloyd, El Gordo y el Flaco, Charlot y Buster Keaton con que nos obsequiaba entonces la televisión única, que va a resultar que como cadena pública era mucho mejor que lo que tenemos hoy en día. Pero también puedo encontrar sus raíces en las viñetas clásicas del Flash Gordon de Alex Raymond y, sobre todo, en Prince Valiant de Harold Foster. Las planchas de la aventura en la Caverna del Tiempo parecen sacadas directamente de cualquier película de los orígenes del cine. El encanto del cine mudo reside en esos escenarios grises o sepia espectaculares, en la expresividad de los actores, la ropa y el maquillaje. Es una puesta en escena totalmente teatral en la que cuenta tanto el tempo como la exageración, el transmitir emociones condensadas, como que cada fotograma componga un cuadro rico en matices.
Hay que aprender a disfrutar de esa forma de contar historias y dejarse subyugar, hipnotizar. Si se espera acción trepidante, también la hay, pero se precisa de un ritmo interior diferente y de olvidarse de las prisas del siglo XXI. El cine mudo no puede verse con los mismos ojos que el cine actual. No es cuestión de ponerse en la época en que fue filmado, sin embargo sí que merece la pena darse cuenta de algunos experimentos que si ahora parecen superados, en su momento eran totalmente revolucionarios y fueron la base de lo que ahora conocemos. Si nos sacudimos de encima el déficit de atención encontraremos que el cine mudo sabe crear suspense, tensión hasta cortarte la respiración, estremecerte de emoción, increíbles gags cómicos, montajes grandiosos de adaptaciones bíblicas, películas históricas realmente espectaculares y terror asfixiante. Son conocidas las obras maestras del expresionismo alemán como Nosferatu y El Gabinete del Doctor Caligari, las mil caras de Lon Chaney, los melodramas como Y el Mundo Marcha y Amanecer, el romanticismo kitsch de Rodolfo Valentino y las grandes epopeyas de David W. Griffith. Pero aún hay más, mucho más.
Está la fantasía épica de Los Nibelungos. Tenemos divertidísimas, aceleradísimas comedias en las que Buster Keaton se juega el pellejo. Harold Lloyd puede poner al espectador de puntillas y a la vez hacer que se carcajee. El Hombre que Ríe con Conrad Veidt, Fausto con un impagable Emil Jannings, y el Hamlet de Asta Nielsen son impresionantes. Hay encantadoras primeras versiones de Tarzan y de Peter Pan. Tenemos ciencia ficción y denuncia social con Metrópolis, dramas eróticos modernos como La Caja de Pandora con una irresistiblemente sexy Louise Brooks, y culebrones de época como Foolish Wives de nada menos que Eric Von Stroheim. La larguísima biografía de Napoleón está destinada a educar y también entretener al público durante sesiones interminables. No faltan las aventuras sin descanso con el cargante Douglas Fairbanks en El Ladrón de Bagdag y El Pirata Negro. Greta Garbo está maravillosamente seductora en El Demonio y la Carne. Asistimos a espectáculos inclasificables como Inferno, que adapta con deslumbrante originalidad a Dante. Haxan se presenta como un falso documental sobre la brujería que da verdadero canguelo, y hay en fin hasta seriales embriagantes como Les Vampires. Porque sobre todo el cine mudo permite soñar, y en eso es en lo que consiste el séptimo arte al fin y al cabo.
Mi educación infantil tiene la culpa de mi predilección por el cine mudo. La encuentro en las sesiones de Harold Lloyd, El Gordo y el Flaco, Charlot y Buster Keaton con que nos obsequiaba entonces la televisión única, que va a resultar que como cadena pública era mucho mejor que lo que tenemos hoy en día. Pero también puedo encontrar sus raíces en las viñetas clásicas del Flash Gordon de Alex Raymond y, sobre todo, en Prince Valiant de Harold Foster. Las planchas de la aventura en la Caverna del Tiempo parecen sacadas directamente de cualquier película de los orígenes del cine. El encanto del cine mudo reside en esos escenarios grises o sepia espectaculares, en la expresividad de los actores, la ropa y el maquillaje. Es una puesta en escena totalmente teatral en la que cuenta tanto el tempo como la exageración, el transmitir emociones condensadas, como que cada fotograma componga un cuadro rico en matices.
Hay que aprender a disfrutar de esa forma de contar historias y dejarse subyugar, hipnotizar. Si se espera acción trepidante, también la hay, pero se precisa de un ritmo interior diferente y de olvidarse de las prisas del siglo XXI. El cine mudo no puede verse con los mismos ojos que el cine actual. No es cuestión de ponerse en la época en que fue filmado, sin embargo sí que merece la pena darse cuenta de algunos experimentos que si ahora parecen superados, en su momento eran totalmente revolucionarios y fueron la base de lo que ahora conocemos. Si nos sacudimos de encima el déficit de atención encontraremos que el cine mudo sabe crear suspense, tensión hasta cortarte la respiración, estremecerte de emoción, increíbles gags cómicos, montajes grandiosos de adaptaciones bíblicas, películas históricas realmente espectaculares y terror asfixiante. Son conocidas las obras maestras del expresionismo alemán como Nosferatu y El Gabinete del Doctor Caligari, las mil caras de Lon Chaney, los melodramas como Y el Mundo Marcha y Amanecer, el romanticismo kitsch de Rodolfo Valentino y las grandes epopeyas de David W. Griffith. Pero aún hay más, mucho más.
Está la fantasía épica de Los Nibelungos. Tenemos divertidísimas, aceleradísimas comedias en las que Buster Keaton se juega el pellejo. Harold Lloyd puede poner al espectador de puntillas y a la vez hacer que se carcajee. El Hombre que Ríe con Conrad Veidt, Fausto con un impagable Emil Jannings, y el Hamlet de Asta Nielsen son impresionantes. Hay encantadoras primeras versiones de Tarzan y de Peter Pan. Tenemos ciencia ficción y denuncia social con Metrópolis, dramas eróticos modernos como La Caja de Pandora con una irresistiblemente sexy Louise Brooks, y culebrones de época como Foolish Wives de nada menos que Eric Von Stroheim. La larguísima biografía de Napoleón está destinada a educar y también entretener al público durante sesiones interminables. No faltan las aventuras sin descanso con el cargante Douglas Fairbanks en El Ladrón de Bagdag y El Pirata Negro. Greta Garbo está maravillosamente seductora en El Demonio y la Carne. Asistimos a espectáculos inclasificables como Inferno, que adapta con deslumbrante originalidad a Dante. Haxan se presenta como un falso documental sobre la brujería que da verdadero canguelo, y hay en fin hasta seriales embriagantes como Les Vampires. Porque sobre todo el cine mudo permite soñar, y en eso es en lo que consiste el séptimo arte al fin y al cabo.
5 Comentarios:
Como decía Norma Desmond "No necesitábamos diálogos, teníamos expresión" Y qué razón tenía.
Si señor, a reivindicar. Hace poco vi la casa Usher de Epstein y era acojonante, usaba unos ralentís que yo no he vuelto a ver hasta los noventa. Y qué decir de Chaplin...y todos los que ud señala.
El demonio que aparece en "Haxan" es de veras terrorifico...
Hola FRAN, se me pasó el enlace a esta entrada que dejaste en mi blog, pero como nunca es tarde si la dicha es buena, pues ya me tienes por aquí, leyendo tu reflexión sobre el maravilloso cine mudo.
¿Douglas Fairbanks cargante? ¡¡¡Pero hombre, si está simpatiquísimo en casi todas sus películas!!! ¿Has visto su mediometraje The Mystery of the Leaping Fish? Es realmente hilarante y demuestra, no sólo que estos "divazos" estaban dispuestos a reírse de sí mismos sin importarles su renombre, sino que sus raíces profesionales se hallaban, muchas veces --el caso de Buster Keaton también es bastante conocido--, en el teatro, el vodevil y el circo.
El cine mudo: una fuente inagotable de inspiración (y de placer, claro). Y esencial, por cierto, para el desarrollo de la historieta. En este sentido, yo destacaría que la aportación más importante que iba a traer el cine mudo fue la iluminación. Especialmente en el caso del cine mudo europeo (que tan decisivamente influyó en el norteamericano y en el desarrollo de un género tan importante como es el del "cine negro").
Un saludo cordial.
Cargante, sí, con sus eternas poses, su contínua danza, sus piruetas de trapecista, su sonrisa prepotents y su expresión de "¿Habéis notado el olor de mi desodorante?"
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