
Me encanta ver envejecer a mis creadores favoritos, de veras, pero no así. Y eso que a priori no parecía una idea a tan descabellada el que Lou Reed, el padrino de las burradas guitarrísticas, utilizase a Metallica como su banda de apoyo. Desde la Velvet Underground a Metal Machine Music pasando por Rock and roll Animal, el viejo Lou había venido demostrando sus ganas de hacer ruido con la coartada de la experimentación. En horas bajas tanto para el uno como para los otros, al primero no le venía nada mal una inyección de comercialidad con el respaldo de la ingente cantidad de los seguidores metaleros, y a los segundos tampoco les amargaba una inyección de una autenticidad de la que últimamente no andan muy sobrados. El fruto de esa unión (qué bonito, parece que hayan tenido un bebé) es Lulu, una rodaja de 16 cortes que no está saliendo muy airosa del trance. El neoyorkino y el cuarteto de Los Ángeles ya habían coincidido en 2009 en el 25 aniversario del Rock and Roll Hall of Fame donde interpretaron juntos Sweet Jane. El flechazo fue instantáneo y de ahí surgió la idea de colaborar en un disco juntos. Los sajones, que para esto se las pintan solos, ya los han apodado Loutallica y se han quedado tan anchos, aunque Lulu es mucho más un álbum de Lou Reed que de Metallica. Él lleva la voz principal y, cómo no, se encarga de todas las letras.
Lo mejor de Lulu reside precisamente sus autoplagios. El retorno al origen que es Iced Honey, un Sweet Jane disfrazado, y el cierre con la elegíaca Junior Dad, que se amamanta de Sad Song y My House. El mayor problema es que la voz de Reed nunca ha casado bien con la de nadie, véase su colaboración con Sam Moore para recrear Soul Man, pero mucho menos con la de James Hetfield. El sistema siempre es el mismo: riff a lo Black Sabbath, sobre él Reed se pone a desgranar lo que parece una narración improvisada con su lacónica dicción y al rato se une Hetfield con unos berridos que también parece inventarse sobre la marcha. No me extrañaría nada que Lulu se hubiera originado en el local de ensayo como fruto de largas jam sessions en las que cada uno fuera a su bola. De todos modos si se borrase la pista de voz de Hetfield, tampoco quedaría tan mal. Supongo que eso va en gustos y yo siempre he sido un gran seguidor de Lou Reed, pero aquí resulta un pegote que en los mash-ups funciona mejor. La cosa se divide entre unos duetos que los hacen parecer los Pimpinela del hard rock y piezas de spoken word en los que Metallica proveen de fondos musicales para que Lou Reed se dedique al onanismo poético al estilo de su idolatrado William Burroughs. Pero de canciones concretas, pocas.
Por si fuera poco, Lulu llega envuelto en astracanadas. Por un lado, las habituales declaraciones de Reed de que este disco va a cambiar la historia del rock. Lo dice de todos sus discos, por Dios. Lleva siglos levitando cada vez que se pone a hablar de guitarras y pedales. Ya, vale. ¿Y las canciones? Por otro, las amenazas de muerte por parte de los fans de Metallica, que deben de estar más pirados aún que sus propios ídolos. Además Lulu viene respaldado con el marchamo de ser una obra conceptual, una ópera rock sobre un tema que al oyente le toca un pie a la segunda canción. Y es que se ve que Lou Reed sigue sin superar su aspiración frustrada de realizarse como escritor “serio”. Algunos momentos de Lulu son terriblemente embarazosos, como el leit motiv de Frustration y los falsos finales de algunos temas que si pretenden sorprender, no lo consiguen. Poco aporta Lulu a la leyenda y más bien le quita. Lo de las guitarras al rojo ya lo hizo, y mucho mejor, en Sister Ray. Lo del álbum que cuenta una historia le quedó bordado en Berlin. A mí en en fondo me recuerdan a los Tin Machine de David Bowie, otra especie de crisis de furia en la madurez, pero aquellos tenían más gracia. No es que Lulu sea malo y un sinsentido. Es que es mortalmente aburrido y eso es lo peorrrrrrrr… O igual es que Metallica no se dieron cuenta de que lo que pretendía hacer Lou Reed era un desvarío jazzístico conn guitarras eléctricas. Heavy-jazz!
Lo mejor de Lulu reside precisamente sus autoplagios. El retorno al origen que es Iced Honey, un Sweet Jane disfrazado, y el cierre con la elegíaca Junior Dad, que se amamanta de Sad Song y My House. El mayor problema es que la voz de Reed nunca ha casado bien con la de nadie, véase su colaboración con Sam Moore para recrear Soul Man, pero mucho menos con la de James Hetfield. El sistema siempre es el mismo: riff a lo Black Sabbath, sobre él Reed se pone a desgranar lo que parece una narración improvisada con su lacónica dicción y al rato se une Hetfield con unos berridos que también parece inventarse sobre la marcha. No me extrañaría nada que Lulu se hubiera originado en el local de ensayo como fruto de largas jam sessions en las que cada uno fuera a su bola. De todos modos si se borrase la pista de voz de Hetfield, tampoco quedaría tan mal. Supongo que eso va en gustos y yo siempre he sido un gran seguidor de Lou Reed, pero aquí resulta un pegote que en los mash-ups funciona mejor. La cosa se divide entre unos duetos que los hacen parecer los Pimpinela del hard rock y piezas de spoken word en los que Metallica proveen de fondos musicales para que Lou Reed se dedique al onanismo poético al estilo de su idolatrado William Burroughs. Pero de canciones concretas, pocas.
Por si fuera poco, Lulu llega envuelto en astracanadas. Por un lado, las habituales declaraciones de Reed de que este disco va a cambiar la historia del rock. Lo dice de todos sus discos, por Dios. Lleva siglos levitando cada vez que se pone a hablar de guitarras y pedales. Ya, vale. ¿Y las canciones? Por otro, las amenazas de muerte por parte de los fans de Metallica, que deben de estar más pirados aún que sus propios ídolos. Además Lulu viene respaldado con el marchamo de ser una obra conceptual, una ópera rock sobre un tema que al oyente le toca un pie a la segunda canción. Y es que se ve que Lou Reed sigue sin superar su aspiración frustrada de realizarse como escritor “serio”. Algunos momentos de Lulu son terriblemente embarazosos, como el leit motiv de Frustration y los falsos finales de algunos temas que si pretenden sorprender, no lo consiguen. Poco aporta Lulu a la leyenda y más bien le quita. Lo de las guitarras al rojo ya lo hizo, y mucho mejor, en Sister Ray. Lo del álbum que cuenta una historia le quedó bordado en Berlin. A mí en en fondo me recuerdan a los Tin Machine de David Bowie, otra especie de crisis de furia en la madurez, pero aquellos tenían más gracia. No es que Lulu sea malo y un sinsentido. Es que es mortalmente aburrido y eso es lo peorrrrrrrr… O igual es que Metallica no se dieron cuenta de que lo que pretendía hacer Lou Reed era un desvarío jazzístico conn guitarras eléctricas. Heavy-jazz!
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