lunes, 21 de noviembre de 2011

El Bloc de Notas Perdido de Hank Williams

Hank Williams. No es la identidad privada de un superhéroe, aunque tenga nombre de eso. Para los que no saben de qué va la cosa será un completamente desconocido, así que asumo que si ustedes están leyendo esto seguramente será porque ya están al corriente de quién es el interfecto. Una leyenda del country, el padre fundador de un estilo, el tipo que apareció muerto en el asiento trasero de su coche la Nochevieja de 1952, en ruta a un bolo, reventado por el alcohol y la morfina que utilizaba para combatir el dolor crónico de espalda. Medio siglo más tarde se encuentran entre sus pertenencias un montón de poemas y letras inacabados para canciones que nunca llegó a componer ni mucho menos a grabar. Una excusa perfecta para que se reúna a la plana mayor de sus admiradores y a algunos pesos pesados de la música comercial para completarlas, ponerles música, homenajearle y, de paso, hacer caja con vistas a la campaña navideña.

Ustedes ya saben cómo son estos asuntos que se archivan en el cajón de VVAA. Suelen resultar productos de calidad variable y generalmente decepcionantes, pero en The Lost Notebooks of Hank Williams podemos encontrar no pocos temas sabrosos para los seguidores de los respectivos involucrados. Casi todos los artistas han adoptado una aproximación respetuosa a la hora de musicar e interpretar las letras de Williams. Lo más atractivo recae sobre las dos generaciones de Dylan que se dan cita en el disco. El viejo Bob se foguea con una lectura ortodoxa, hasta su voz suena domesticada. El joven Jakob, por su parte, replica lo que habría hecho Bruce Springsteen en este caso y queda la mar de bien. Levon Helm está fantástico arropando su versión con unos arreglos que recuerdan a The Band, la legendaria formación donde militó, y Merle Haggard queda como el señor que es marcándose un número que no desentonaría en el Old Ways de Neil Young.

Por el contrario el hiperactivo Jack White, que no se pierde una, al igual que Lucinda Williams, intenta llevarse el asunto a su terreno aún manteniendo la autenticidad. Al primero le sale un híbrido más cercano al alt.country o a aquello que llamaron cow-punk a finales de los ochenta. La segunda, con una de esa baladas dolientes que tan bien le salen, hace el tema suyo. Lo más flojo recae sobre Sheryl Crow, que estropea su interpretación pasándose en la producción y dejándolo todo demasiado limpito. Norah Jones, por su parte, se excede con la sacarina y palidece al lado de la enérgica interpretación de la veterana Patty Loveless. La cuota insípida la cubren Alan Jackson, Vince Gill & Rodney Crowell, clásicos en esto de la música aseadita para vaqueros, y como tales se comportan. Así que ya saben, si quieren sentirse como cowboys en la fiesta del granero, háganse con una botella de bourbon, un pack de seis y al ataque.