lunes, 24 de octubre de 2011

Timer

Bienvenidos al sermón de los lunes. Ya les he dicho en alguna otra ocasión que me hago gaseosa por una historia de amor. No hace falta que sea buena. Hasta con Notting Hill me quedé embobado. Y hasta a Timer, este melodrama ligerito con tintes indies, le he sabido ver las virtudes. Alguien podría decir que esta es una peli de chicas, sea lo que sea eso, y yo podría estar de acuerdo a un nivel instintivo, sin saber explicar muy bien por qué. Imaginen la situación: en un futuro inmediato se comercializa un temporizador que te dice cuanto tiempo falta exactamente para conocer a tu alma gemela, y en el momento que las miradas de los tortolitos se cruzan por primera vez, el aparatejo comienza a vibrar. Sí, como la genitalia masculina, ya ven. No me digan que no les gustaría poder disponer de algo así. De un temporizador, quiero decir.

Seguramente conocerán también esa leyenda que cuenta que en el principio de los tiempos los seres humanos nos componíamos de dos cabezas, dos cuerpos, dos sexos y cuatro extremidades superiores e inferiores. Por nuestro mal comportamiento los dioses nos separaron y desde entonces vagamos tristemente por el mundo buscando nuestra otra mitad como si no tuviéramos nada mejor que hacer, como si esa ausencia nos impidiese ser sujetos felices y plenos. De eso trata Timer en realidad. Es una película sobre el amor y pone de manifiesto que el amor es lo más importante de nuestras vidas. Lo único importante. Lo que da sentido a una vida y por lo que merece la pena vivirla. Sobre el amor monógamo, no se confundan. Lo importante es encontrar tu pareja, aquello que te complementa.

Toda esa premisa de lugar a una serie de enredos amorosos con chicas y chicos guapos, explorando cada posible repercusión. Porque los autores de Timer saben que al fin y al cabo todos pasamos por la piedra y todos nos regimos por el amor. Y también saben que nos gustan las cosas fáciles, que pensar es lo más difícil que hay. El temporizador evita el rechazo, el fracaso, el dolor, pero también nos priva del libre albedrío, y sobre todo hace que nos perdamos lo mejor de una relación. Ya no existe la emoción de que un desconocido te sorprenda, el nerviosismo de los primeros pasos, la incertidumbre de los sentimientos mientras se deshoja la margarita. Y es que lo mejor de tomar decisiones es aprender equivocándonos. Aunque, de todos modos, estaría tan bien…

1 Comentarios:

David dijo...

La premisa de la que parte está bien (la idea, vamos)... Pero no sé cómo la habrán desarrollado.
Tengo muchas pelis en casa esperando.
Y para historias de amor, el
"melodrama" de Sirk que me voy a poner esta noche.