jueves, 6 de octubre de 2011

Josh T. Pearson: The Last of the Country Gentlemen

No deberían pesar en nuestro juicio de un disco más las circunstancias que lo rodean que sus méritos propios, pero la historia que conduce a The Last of the Country Gentlemen es fascinante. Josh T. Pearson fue la cabeza mentora de Lift to Experience, una banda que en 2001 publicó un único disco doble, una obra conceptual y excesiva en todos los aspectos, saludada como magistral y que yo, admito, me las he visto canutas cada vez que he querido acercarme a él. Pearson desapareció de la faz de la tierra para regresar ahora con un álbum que le ha llevado diez años de gestación mientras tenía crisis de fe, se emborrachaba, se recluía en un pueblo de la América profunda de apenas 300 habitantes, grababa, cancelaba publicaciones y sobrevivía a base de trabajos imposibles que concuerdan con su aspecto de mendigo recién salido del arroyo.

The Last of the Country Gentlemen ofrece siete canciones en una hora. Siete temas que en realidad son un único y enorme romance de ciego sin estrofas ni estribillos reconocibles. Sólo puro American Gothic. Lamentos llenos de remordimiento y de nostalgia por la pérdida. Poemas impregnados de sentimiento de culpa que son un torrente de consciencia capaces de internar al oyente en la turbulenta mente del artista a través de un viaje a la ruptura de su matrimonio. Pocos artistas son capaces de sostener un disco entero sólo con su voz, las seis cuerdas de una guitarra acústica y un puñado de melodías. Nick Drake quizá. Y este álbum puede haber sido catártico para el autor, pero es demoledor para un oyente predispuesto, e insoportable para aquel que no sea capaz de adentrarse en su mundo.

Aquí no hay ni pop ni rock, sino letras sinceras, que salen de lo más hondo, interpretadas por una voz en carne viva y arropadas por los ricos arpegios de la guitarra acústica de Pearson. Pero tal vez eso no sea suficiente. Esto no son canciones. The Last of the Country Gentlemen es una confesión con música de fondo. Más de la mitad de los temas del disco superan los épicos diez minutos y están tan cercanos a los sermones de la religiosidad sureña de su Texas natal como a las confidencias susurradas por el primer Bruce Springsteen en sus conciertos. Josh T. Pearson ha arrancado de lo más profundo de su ser un disco honrado, para almas desgarradas, bello y terrible a la vez. Pero no es para todo el mundo ni para todo momento. Y confundir todo este dolor con una obra maestra sería el mayor error.