
Grant Morrison es uno de esos guionistas a los que se les ama o se les odia, no les descubro nada nuevo. El calvo escocés es el padre de títulos que motivan opiniones tan dispares como Animal Man, Los Invisibles y El Asco. Su último trabajo para el sello Vértigo es Joe el Bárbaro, una miniserie de ocho números recientemente recopilada por Planeta De Agostini en un tomo la mar de apañadito. Se trata del retrato de un adolescente norteamericano con un padre veterano de guerra fallecido y una madre ultraocupada y con problemas. Aislado, diabético, puteado por sus compañeros de instituto y enfurruñado con el mundo, Joe vive en su propio universo interior. Literalmente. Uno habitado por los juguetes de acción que dibuja obsesivamente y que colecciona en su habitación. En pleno bajón de azúcar se mueve por su casa, que se ha convertido en un paisaje quimérico alimentado por sus alucinaciones, como el protagonista de una aventura en la que se ha convertido en el héroe escogido que tiene que cumplir la pertinente profecía.
Joe el Bárbaro es una montaña rusa de acción sin respiro y sin sentido. El mismo Morrison lo escribe al principio de su guión: estereotipos. Su historia se rige por estándares a los que pretende dar una vuelta de tuerca para que los lectores a quienes va dirigida, adolescentes como el mismo Joe, piensen que su vida de mierda tiene esperanza. Le acompaña en la tarea Sean Murphy con una efectiva puesta en escena y un atractivo dibujo. Visualmente, Joe el Bárbaro es espectacular, pero, y es una pena, se me ha atragantado de lo lindo, porque como lectura es un soberano coñazo. Una alegoría forzadísima en la que Toy Story se encuentra con Den de Richard Corben para mal. Un trabajo alimenticio que se revela desde el comienzo como un tostón interminable construido en función de las páginas finales, que es a donde Grant Morrison quiere llegar para dejar la bonita imagen que se le ha ocurrido. Y sí, tres términos malsonantes en el mismo artículo, queridos defensores de la corrección estilística.
Joe el Bárbaro es una montaña rusa de acción sin respiro y sin sentido. El mismo Morrison lo escribe al principio de su guión: estereotipos. Su historia se rige por estándares a los que pretende dar una vuelta de tuerca para que los lectores a quienes va dirigida, adolescentes como el mismo Joe, piensen que su vida de mierda tiene esperanza. Le acompaña en la tarea Sean Murphy con una efectiva puesta en escena y un atractivo dibujo. Visualmente, Joe el Bárbaro es espectacular, pero, y es una pena, se me ha atragantado de lo lindo, porque como lectura es un soberano coñazo. Una alegoría forzadísima en la que Toy Story se encuentra con Den de Richard Corben para mal. Un trabajo alimenticio que se revela desde el comienzo como un tostón interminable construido en función de las páginas finales, que es a donde Grant Morrison quiere llegar para dejar la bonita imagen que se le ha ocurrido. Y sí, tres términos malsonantes en el mismo artículo, queridos defensores de la corrección estilística.
6 Comentarios:
Vale. No digo nada. Aparte de que eres un cabrito (ysq)
Y...
¿eres entonces de aquellos que le odia?
Porque a mí me deja más o menos indiferente (aunque lo de que se ponía un disco y hablaba con el espíritu de John Lennon me sigue pareciendo su mejor línea de ficción, da igual que fuera una entrevista y no un tebeo).
Pero al final es la obra. Si alguien no me gusta habitualmente pero me entrega algo que está bien... Su All Star Superman me gustó.
A mí All Star Superman me dejó frío.
Lo que pasa es que no tienes corazón. Y "All-Star Superman" mola todo y más.
Una de esas dos frases es cierta.
Morrison me encanta, pero a veces se repite más que el chorizo.
A Nemo le robó el corazón el hombre de Metropolis de Sufjan Stevens.
Venga...el All Star está bastante-bastante bien; más que bien (aunque yo esperaba más todavía).
Publicar un comentario en la entrada