jueves, 1 de septiembre de 2011

Gin Tonic

Los tiempos cambian que es una barbaridad, decían nuestros abuelos. De eso nada. Somos nosotros los que cambiamos con los tiempos. Cuando era un mocoso me tronchaba de risa cada vez que veía a un cuarentón rumboso decir “Ponme un yintoni”. Lo veía aproximarse a la camarera con un casquivano balanceo de cabeza sabiéndose la mar de molón, sacudiendo su pulsera de machote en la muñeca, vaqueros ceñidos y tres botones de la camisa desabrochados luciendo un vello pectoral que lo hacía sentirse de lo más masculino, arquitectura capilar aparte. Para mí era la imagen ridícula del que se cree un “madurito interesante”. El gin tonic era la bebida oficial del adulto en excursión de caza. Del tipo en plena salida nocturna que todavía quería moverse como un depredador en el mercado. Qué repelús daba. Los chavales no bebíamos de eso, pero lo contemplábamos en la distancia viendo cómo fantaseaba con una vida que había perdido, que quizás no había tenido nunca, y que nosotros devorábamos a dentelladas.

Ahora soy yo el cuarentón. La genética ha sido benigna conmigo y ni llevo una ardilla en el pecho ni preciso de extrañas construcciones capilares para disimular mi edad, pero sí que ha cambiado mi actitud hacia el gin tonic. Sigo sin tomarlo las escasas veces que salgo por ahí, y ni mucho menos me pongo a engullirlo en las reuniones de antiguos alumnos como si me fuera la vida en ello. Tampoco me escudo en la excusa del digestivo para lanzarme sobre la barra libre tras las cenas de empresa. Y además, como soy un fundamentalista, me empeño en llamarlo “tónica con ginebra” marcando cada sílaba con toda la chulería que me puedo permitir. Pero hoy, mes amis, me toca ensayo y ya tengo todos los ingredientes preparados. Sé muy bien lo de la Fever Tree y que es la favorita de Ferràn Adrià y todo eso, pero a mí con la Light de Schweppes, que no es tan dulce, ya me vale. Sí soy más tiquismiquis con la ginebra. La Bombay está bien. Y, sobre todo, nada de rodaja de limón. Me gusta un buen trozo de corteza sobre el hielo y contar los consabidos 1001, 1002, 1003 mientras vierto el alcohol. Usualmente añado 1004, que está feo que le tilden a uno de rácano, y milagrosamente siempre dejo el espacio justo en la copa para que quepa toda la tónica. Hoy, además, he comido en mi japonés favorito y tengo la lengua reseca como el polvo del desierto. Ya verán como esta tarde todo lo que toquemos suena a gloria (in excelsis Deo).

5 Comentarios:

Antò dijo...

Pues que me han entrado unas ganas de tomarme una tónica con ginebra, como no podía ser de otra manera.

ROCK´N ROLL OUTLAW dijo...

¡Sí! La corteza de limón y la copa, nada de tubo. La ginebra fría, mucho hielo. Yo cuento a ocho. No sé, para mi los gin tonic son buenas conversaciones y tranquilidad. Hay momentos para todo.

¡Un saludo!

Fran G. Lara dijo...

Afortunado usted, que tiene buenos contertulios.

Mr. Lombreeze dijo...

Yo soy de tu quinta, pero llevo bebiendo yintonis desde hace 20 años. Ya le preguntaré a mi sicoanalista qué significa. Para mí son como las manzanillas o el ENO para otros: me ayudan a digerir los alimentos. La Fever Tree está buena, pero no cruzaré mares por conseguirla, yo con la Schweppes o la Nordic me apaño igual. No soporto ni la Bombay ni la Beefeater, saben como la colonia que usaba mi abuela. La Gordons es acojonante, digan lo que digan y luego me gustan la Rives Negra, la Seagrams y la cool de los modernos reconozco que también me hace gracia, la francesa Citadelle. Yo siempre con piel de limón y gotitas de zumo de limón. Lo del pepino fue una moda que no estuvo mal, pero que personalmente tampoco me entusiasmó.

Fran G. Lara dijo...

A mi parecer el ácido del limón reacciona con la aguja de la tónica y se la carga un poco. Pero estoy de acuerdo en la de la Gordons, Mr. Lombreeze.