viernes, 2 de septiembre de 2011

El Gato Melómano

Siempre ha vivido una vida de gato. Usualmente, como hacen los gatos, cuando no te está observando con desprecio o frotándose contra tus piernas, se limita a ningunearte como si supiera algo que tú no sabes. Hacía tiempo que no lo veíamos y ya pensábamos que había palmado en una de sus juergas. Era un canalla aquel gato. Desaparecía todas las noches en cuanto se ponía el sol y no volvía a asomar los bigotes hasta la mañana siguiente, cuando lo encontrábamos totalmente derrengado en los lugares más insospechados. Dormido dentro de un armario, estirado como un trapo sobre el respaldo de un sofá, tumbado boca arriba totalmente gagá en mitad del cuarto de baño. Podíamos sacudirlo a nuestro antojo, era un saco vacío. Por las noches escuchábamos maullar desesperadamente a todas las gatitas del vecindario y a la mañana siguiente el minino regresaba con aires de vividor y la mitad del pellejo desmochado. El gato estaba cada vez más flacucho, su pelo perdía lustre, los bigotes le colgaban sin vida. Pero, ah, “que me quiten lo bailao” nos decía el brillo malévolo en sus ojos.

Ayer, justo cuando conectábamos los amplificadores y comenzábamos a afinar, el gato se instaló de improviso en el alfeizar de la ventana sin mayor ceremonia. Ni siquiera saludó, infame sinvergüenza, y eso que llevábamos semanas sin verlo. Cruzando las patas delanteras entornó los ojos y durante el resto del ensayo permaneció contemplándonos como un Confucio feliz, evaluando nuestros progresos, dando el visto bueno a cada nuevo arreglo que probábamos. Impasible, imperturbable, el gato parecía disfrutar del ensayo. Ignoró cualquier cosa que le decíamos. Había venido a escucharnos tocar y quedaba claro que sólo estaba dispuesto a bendecirnos con su suficiencia. Ni se inmutó durante horas. Al caer la noche dejamos que el zumbido de las cuerdas de las guitarras se agotase. El gato se irguió por primera vez y su silueta se recortó en la ventana como una escultura contra la luna que se alzaba en la noche. Sólo fue un instante, un parpadeo. Mientras recogíamos los cables el gato volvió a desvanecerse en la oscuridad. Las gatitas del contorno comenzaron a maullar.