
Jamás me pareció que los Arctic Monkeys fueran esa octava maravilla que había llegado para salvar el rock and roll tal y como proclamaba la prensa especializada. Ni me hice gaseosa con su debut, ni le presté especial atención a su irritado segundo trabajo, ni me pareció que la contribución de Josh Homme en su tercer álbum los hiciera mucho más singulares. Tienen sus momentos, casi-casi han cultivado una voz propia, y hasta han empezado a desarrollar una pequeña legión de imitadores, pero siguen sin ponerme la piel en el pellejo. Suck It & See continúa con la evolución iniciada en Humbug: ambiente más maduro, una sección rítmica gruesa como engullir un bocadillo de calamares sin masticar, y una mayor disponibilidad a componer canciones tarareables. Pero también es cierto que Alex Turner ha perfeccionado una manera de escribir que lo hace fácilmente reconocible, plagada de manierismos y replicando sucesiones de acordes y cambios melódicos. Y es que Suck It & See no añade nada nuevo. No es malo, pero tampoco es brillante. Dominado por tiempos medios notables, pero que no estremecen, y con excursiones durillas que tampoco descubren terra incognita, para orejas menos encallecidas lo último de los chicos de Sheffield puede hasta ser una revelación. Sin embargo, pero para quien esto suscribe, bastante saturado de corcheas y semicorcheas, Suck It & See sólo se deja oír hasta desvanecerse sin dejar huella. El sentimiento general es el de un disco de Morrissey que ha dejado de ser llorón y está respaldado por una banda que se ha tomado su ración de colacao. Y yo, después de todos estos años, cuando pienso en una canción de Arctic Monkeys que me fulmine de verdad, sigue poniéndome a pegar botes con I Bet You Look Good on the Dancefloor. Y eso no debe de ser bueno. Otro para el montón. Oh qué efímero es lo trendy.
0 Comentarios:
Publicar un comentario en la entrada