miércoles, 10 de agosto de 2011

Work in progress 2

Le llamábamos La Abuela porque era, evidentemente, una abuela. Por su aspecto de paletilla de jamón reseca. Por su piel de papel cebolla sobre unos huesos leñosos. Por sus dientes cadavéricos y sus ojos hundidos en unas cuencas que parecían simas. Porque se parecía al viejo chungo de Poltergeist. No piensen que era un mote cruel por parte de unos críos de 12 años. A otro profesor lo llamábamos El Muerto, a ver si eso no es peor, pero es que el tipo parecía realmente un pescado congelado. Su leit motiv era Causas y Consecuencias. “Todo tiene causas y consecuencias”, me decía mientras clavaba una de sus garras sobre mi hombro. Con el tiempo aprendí a apreciarla como una de las mejores maestras que he tenido, la que mejor metodología me enseñó. He aquí las causas:

A. y yo siempre quedamos antes de ensayar en un bar de carretera. En una rotonda perdida en mitad del monte donde hacen bocadillos de muslito de pollo con patatas fritas y los locales se llaman Las Cuatro Hermanas y cosas así. Luego nos vamos a una casa de campo y tocamos descalzos en el porche entre pinos, gatos y pájaros cantores. Hasta ahora nos hemos estado divirtiendo con versiones, más que nada por placer, por hacer dedos y por reacostumbrarnos el uno al otro, pero ya nos corroe el gusanillo de volver a componer. Mientras lo espero me siento sobre el amplificador, saco la guitarra y empiezo a rasguear mis cuatro acordes favoritos, los primeros que aprendí. En unos segundos ya tengo un riff potable y me pongo a tararear sobre él. Pasa un ciclista y me levanta el pulgar mientras me sonríe. Me pregunto si podré hacer un estribillo con la misma rueda y veo que no hay problema. Hasta compongo un puente. En unos minutos tengo una canción. Los coches pasan y en el rostro de los conductores veo que se preguntan qué hará un tarado tocando la guitarra en el borde de la carretera.

Cuando por fin llega A. le digo que tengo algo y se lo muestro rápidamente. Se entusiasma y me dedica unas palabras elogiosas que hacen que me muera de vergüenza. Enseguida toma su Stratocaster y antes de que acabe de enseñarle la canción entera ya está arpegiando con esa forma tan intuitiva de tocar que tiene. Lo que me parecía tontorrón y rutinario empieza a brillar cada vez con más fuerza. En el momento en que cambiamos de Fa Menor a Do Mayor la canción levanta el vuelo y cobra vida. Intercambiamos una mirada de comprensión. Estamos tocando cara a cara, casi nariz con nariz, susurrándonos indicaciones al oído, gritándonos expresiones de júbilo. Por primera vez estamos disfrutando más con una composición propia que con una versión ajena. Abro la boca y empiezo a improvisar una letra que, significativamente, no podría ser otra. “Nunca voy hacia adelante, / Soy un tipo inconstante / Que nunca sabe la hora que es. / Debe haber otra manera / De romper esta barrera / Que alguien puso y que no puedo ver”. Antes de que el sol se haya ocultado tenemos dos canciones más completas y con los arreglos terminados. Ya no hay vuelta atrás. Estas son las consecuencias.