De veras. No me interesa. El sexo es una de las cosas más sobrevaloradas, amigos. No consiste más que en, siendo generosos, diez minutos de ejercicios gimnásticos y, a lo sumo, veinte segundos de espasmos orgasmáticos de cuestionable calidad. El protocolo de acoso y derribo, la eventualidad de una aventura que nos haga bombear sangre como si estuviéramos vivos, sentir que para alguien aún somos atractivos, todavía tiene su lado excitante, aunque sea el de poner a prueba nuestras maltrechas arterias. Pero una vez acaba el asalto descubres que tu pareja cómico-artística era mejor en tus fantasías y lo único que deseas es que recoja sus bártulos y se marche a su casa para que puedas echarte a roncar, jugar a la play o expulsar gas metano a tus anchas a las cuatro esquinitas de tu cama. Y mucho menos les recomiendo el sexo extraconyugal. Ni lo piensen. Ese acto pasajero, que si no se puede contar es casi como si no hubiera pasado, no compensa de los riesgos de una infidelidad. Con la distancia se transforma en un momento que se asemeja a la secuencia de una película vista hace mucho tiempo. En un recuerdo vago que tiene más que ver con el prurito personal que con una recompensa mensurable. El sexo es latoso, escasamente satisfactorio, pone en peligro la comodidad de una vida tranquila y sin sobresaltos, y echa a perder los placeres de una hipoteca a treinta años, dos coches en el garaje y paella los domingos en el chalet de los suegros. Y eso sí que no. Así que no me insistan.
2 Comentarios:
Estoy totalmente de acuerdo, habiendo pasado por todas las etapas que describes... que sabio es el tiempo, porque nosotros somos de lo más torpe.
Despues de lo que hablamos ayer y visto y leido lo que dices, estoy de acuerdo contigo.
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