viernes, 26 de agosto de 2011

Querida X:

Como sabes, esta mañana fuimos a firmar los papeles del divorcio. Mientras pasaba las hojas en las que se especificaba quién se quedaba con qué, yo sólo podía ver filas incongruentes de letras. En realidad, aquello que de verdad quisiste yo no te lo supe dar. Y lo que más deseo yo ahora, tú ya no estás dispuesta a concedérmelo. Te he dejado todas aquellas veces que con la mirada perdida te dije que no sabía si era feliz, las noches en que te fuiste a la cama mientras yo me quedaba mirando la televisión, todas las ocasiones en las que te llamé desde el trabajo para decirte que iba a salir tarde. Yo me llevo lo que me figuraba que era el amor. Cada mujer que me giré a mirar pensando que malgastaba mi vida a tu lado. La sensación equivocada de estar encerrado en una jaula mientras me equivocaba buscando la puerta de salida. Me has descubierto que el amor no es el miedo a quedarme solo, que no es el egoísmo de preguntarte qué voy a hacer ahora sin ti. El amor, ahora lo sé, es encontrar tu pie con el mío debajo de las sábanas en mitad de la noche, abrazarte por detrás mientras distraída doblas una falda, sentarme a tu lado en silencio sabiendo que simplemente estás ahí y eso me conforta.

Te imagino leyendo estas letras con expresión indiferente. Tal vez pensando que llegan diez años tarde y que hace ya demasiado tiempo hubieras dado media vida porque te las dijera. Sé también que te han dicho que eres joven y que puedes rehacer tu vida, sea lo que sea eso. Frases huecas que antes no hubieran aliviado el dolor, y que ahora ni siquiera puedes escuchar sin suspicacia ni hartazgo. Es estéril que yo te desee que seas feliz, aunque nadie lo merezca más tú. Cuando mi recuerdo no te provoque más que esa indiferencia real que ahora tu rostro sólo aparenta, no quiero que nadie me lo cuente. No quiero saber que tuve la vida con la que siempre había soñado y que no me di cuenta hasta que la dejé pasar. Conmigo se vienen todos esos lugares que sé que ya nunca podrás volver a mirar con los mismos ojos. A cambio te quedas todas las canciones que te he estropeado para siempre y que ya nunca podrás volver a escuchar sin sentir el amargo sabor de la bilis en tu garganta. Déjame que me desvanezca en el olvido hasta no ser nada.

Tuyo siempre, pero más ahora que nunca, justo cuando ya no lo deseas.

8 Comentarios:

White chocolate dijo...

Las eternas paradojas: no existen el olvido ni la nada, la memoria, aunque la neguemos, se ocupa de despertar todo lo dormido. Eso es lo terrible de los finales. Y también el que las cartas, las despedidas, el recuerdo de los roces y de los niños juguetones que fuimos, lleguen siempre tarde. Supongo que es el trato. No lo sé.

Gonzalo Aróstegui Lasarte dijo...

Demasiado autoconmiserativo el narrador, ¿no?

Saludos.

Fran G. Lara dijo...

El sentimiento de culpa siempre es autocompasivo, mesié.

Misty dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mr. Lombreeze dijo...

Sí, tengo algo que decir: Conmovedor, brutal y sincero. Solamente el desamor sabe hablar así.

David dijo...

Eeeh... Esto está muy bien.

Fran G. Lara dijo...

Eeeh... Gracias.

David dijo...

Eres más tonto (ysq)