martes, 23 de agosto de 2011

Más tonto que Abundio

Sin duda habrán escuchado ustedes alguna vez la expresión “Eres más tonto que Abundio”. Cuando yo era niño estaba convencido de que ese dicho se refería a mi tío-abuelo Abundio. Yo nunca llegué a conocerlo, pero en casa siempre se contaban anécdotas de él. O tal vez se referían al Abundio del mito rural, pero cuando yo veía aquella foto de mi tío-abuelo Abundio con su marquito de plata encima de la cómoda, creía a pies juntillas que hablaban de él. La tía Manolita, la eterna viuda de mi tío-abuelo Abundio, guardaba en ese mueble manteles y sábanas. Incongruentemente metía también en uno de sus cajones las galletas de coco que sacaba para la merienda. Yo nunca quería galletas de coco, sabían al alcanfor con el que la tía Manolita preservaba la ropa. Me fascinaba mirar el retrato de mi tío-abuelo Abundio. Aquel cráneo triangular coronado por un áspero pelo musgoso y flanquedado por unas orejas que parecían postizas. Sus rasgados ojillos cerdunos, bizqueantes, saltones. La barbilla enorme, plegada en capas de papada que rebanaba de lado a lado una boca enorme, como un jirón, y que le daba el aspecto del tipo que salía en la etiqueta del Netol. Sus dientecitos de cántaro roto que más que brotar de sus encías se veían ahí colocados como por azar. Mi tío-abuelo Abundio, más que estar sentado, se diría que se había caído sobre la silla y estaba resoplando sin ser capaz de levantarse por sí mismo, ahogado por el cuello abrochado de la camisa.

Con el tiempo mi apestosa lotería genética me está convirtiendo en mi padre. Me sorprendo a mí mismo con idéntica mirada en el espejo del ascensor. Maldigo cada vez que me encuentro diciendo lo mismo que diría él. Reconozco en mí sus caderas anchas, sus hombros estrechos, sus antebrazos de niña, sus ojeras y sus surcos a los lados de la nariz, su cuerpo menguante de nula masa muscular. Y sin embargo, con mucha mayor frecuencia de lo que quisiera admitir, también veo en mí a mi tío-abuelo Abundio. Su estúpida carita de chimpancé, maldita sea su estampa. Mi tío-abuelo Abundio entró en mí el día en que me caí en la acequia que regaba su huerto durante un verano en el pueblo. Yo no tendría ni cinco años, lucía orgulloso una estrella de sheriff sobre mi chaleco, un flamante sombrero de vaquero y una canana con sendas pistolas a cada lado. Aquel día yo era el pistolero más rápido de mi calle y correteaba por un mundo imaginario en el que los campos sembrados de pimientos eran praderas por las que perseguir forajidos. La acequia abierta transportaba aguas fecales que regaban las cosechas y yo decidí que era lo bastante osado como para saltarla en lugar de dar un rodeo. Lo que me sobró de osadía me faltó de piernas y me zambullí en aquel líquido negruzco con mi elegante vestimenta y mi desmadejada destreza.

Quizá la acequia no era muy profunda, pero para un niño de aquella edad el impulso del agua bastó para que Arquímedes me enviase de nuevo a la superficie. Agarrado al borde, todavía a remojo, ponderé la indignidad de pedir socorro, pero opté por salir por mis propios medios. Empapado y aromatizado, entré en casa. Mi tío-abuelo Abundio me observaba desde la cómoda. Allí me encontró la tía Manolita, temblando, intentando ingenuamente encender una cerilla para secarme. Entre expresiones de señora mayor que ahora me harían sonreír me metió en un barreño, me libró de toda la porquería, me envolvió en toallas y me metió en su cama. A pesar del nerviosismo que me estremecía, en aquella cama enorme me sentí feliz y en paz. Mi tío-abuelo Abundio seguía contemplándome con expresión de pasmo mientras me quedaba adormilado hasta que salí de mi cuerpo y comencé a flotar sobre mí. Desde el techo de la habitación me vi. Una cabecita blanca en un lecho blanco de lana blanca en mitad de la penumbra gris. No sentía curiosidad, no tenía miedo. Sólo me veía como si no fuera yo, como si me estuviera marchando. Entonces mi tío-abuelo Abundio se puso a mi lado con su olor a alcanfor y su aspecto de Jabba el Hut. Se deslizó dentro de mí como un mal trago del agua de la acequia y me devolvió a mi cuerpo para que la tía Manolita me sacase de la cama y me llevase con mis padres. Desde aquel día de verano llevo conmigo a mi tío-abuelo Abundio y de vez en cuando sale a saludarme desde el otro lado del espejo. Maldito, maldito sea.

3 Comentarios:

Pi dijo...

Las posesiones es lo que tienen, que si son de la familia a la que te descuidas se manifiestan. Espero que conserves la estrella

David dijo...

A mí me sobra lo de Jabba el Hut... y tengo una ligera sensación con esto. Como si ya lo hubiera leído. Igual es lo de que te "encuentras" en gestos o comentarios de tu padre...

Fran G. Lara dijo...

Te sobra lo de Jabba. Pues vale.