martes, 30 de agosto de 2011

Los Años Dulces 2

Jiro Taniguchi me transmite paz. Como improbable aspirante a escritor que siempre he sido, me gustaría ser capaz de expresar con palabras lo que él es capaz de mostrar con una mirada, con un gesto de sus personajes, con las hojas de unos árboles mecidas por el viento. Hoy me he sentado en un banco de un parque, desafiando el soplo infernal de este tórrido agosto, a leer el segundo volumen de Los Años Dulces recientemente publicado por Ponent Mon. En él finaliza la adaptación de El Cielo Es Azul, La Tierra Blanca, la novela de la escritora japonesa Hiromi Kawakami. Concluye la experiencia vital del viejo profesor y su ex-alumna en su descubrimiento del amor que sienten el uno por el otro. Es una historia delicada, un relato de sugerencias que se regodea en cada instante, en cada pequeño placer cotidiano. En cada viñeta de Los Años Dulces no pasa nada y a la vez sucede la vida entera. Saboreamos la comida, sentimos el sol sobre la piel, la hierba bajo nuestros pies. Nos sumergimos en deliciosos paisajes en los que, como los mismos protagonistas, tenemos momentos epifánicos, revelaciones por las que al final nos embarga una inmensa emoción, no sólo ya gracias al comedido texto, sino por lo que implica cada gesto, cada mirada perdida o que se cruza, cada sonrisa contenida. Los personajes se zambullen intensamente de cada instante de su vida, le exprimen el jugo a cada pequeño momento, a paseos por bosques, manjares degustados en tabernas. A la vez que parecen profundamente concentrados en lo que hacen, Taniguchi es un maestro en reflejar unos ojos soñadores, perdidos en sus propias reflexiones. Son esos ojos de Los Años Dulces los que al final me dejan una calma infinita, esa una imbatible sensación de paz de la que les hablaba al principio de este artículo. El convencimiento de que sabré valorar qué es lo que de verdad importa, de que estoy preparado para superar cualquier obstáculo que la vida quiera ponerme por delante a partir de ahora. Todo sigue, todo fluye, nada permanece, la corriente me lleva.

1 Comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy con el 2º tomo, a punto de acabarlo. EStá muy bien, sin duda, Taniguchi es un valor seguro, magnificos dibujos, gran sensiblidad, excelente la atención al detalle, y como tú dices, sensación de calma y de bienestar.
Recuerda un poco a "El gourmet solitario", por su atención a la comida y bebida.
Un comic muy recomendable.
luchino