jueves, 4 de agosto de 2011

El Enano Cabrón

Llevaban toda la vida viviendo juntos. Cinco años atrás se había mudado de piso a otra zona de la ciudad, pero de algún modo había conseguido localizarlo y se había vuelto a instalar con él. Al principio sus bromas le hacían gracia y hasta se dirigía a él con simpatía, pero poco a poco se había vuelto más irritante y empezaba a sacarlo de quicio. De niño lo intuía trastear al otro lado de la cortina del baño cuando se estaba duchando. A veces lo sentía observándole por encima de su hombro. Ya adulto, lo había visto de refilón cruzando el pasillo a la carrera, o reflejado en la ventana de la cocina mientras fregaba los platos, pero nunca se lo había encontrado cara a cara. Cariñosamente, lo había bautizado “El Enano Cabrón” porque parecía divertirse mucho escondiéndole cosas y volviéndoselas a dejar en su sitio al cabo de un rato. Tenía especial predilección por los calcetines. Solía llevarse uno de ellos e, invariablemente, le dejaba el otro desparejado. Muchas pequeñas cosas se las quitaba de delante cuando estaba distraído y por más que las buscara, nunca aparecían. Ya se había acostumbrado a eso y sabía que lo mejor era ignorarlo. Al cabo de un rato El Enano Cabrón se aburriría y las devolvía a su sitio para que las encontrara. Otras veces se llevaba cosas más grandes y no volvían a materializarse. Enloqueció buscando una funda de almohada y, aunque desistió con la esperanza de que se la devolviera, jamás la vio de nuevo. Otras cosas aparecían en los lugares más insospechados, como cuando encontró la cartilla del banco en el congelador, o el álbum de fotos que tanto había buscado asomó entre sus jerseys viejos. El Enano Cabrón tenía un sentido del humor muy peculiar. Había llegado a robarle las llaves de casa y estuvieron perdidas todo el día hasta que por fin se las encontró en la cerradura puestas por fuera. Pero normalmente eran objetos sin importancia, como bolígrafos que le desaparecían de las manos y que encontraba en el cajón que había registrado mil veces. Por eso había empezado también a hablarle en voz alta. Lo llamaba pidiéndole que le devolviese lo que le escondía. Pero sólo conseguía como respuesta alguna risita a duras penas aguantada, o lo veía pasar como una exhalación de lado a lado de la casa seguramente con su botín a rastras. Cada vez tenía más calcetines desparejados.

Se había quedado dormitando en el sofá del estudio con los pies encima de la mesa cuando notó que algo rascaba la superficie del mueble. Se despertó sobresaltado. El cortaúñas que había dejado allí ya no estaba. Por inercia, miró a su alrededor. Se levantó para ver si se había sentado sobre él y echó un vistazo debajo del sofá. Nada. Levantó las revistas que había sobre la mesa. Tampoco. Repiqueteó con impaciencia en el suelo con la punta del pie y fue hasta la cocina para tomar un trago de agua directamente de la botella. Al volver, el cortaúñas estaba esperándolo encima de la pila de revistas. Soltó un bufido de irritación. En ese momento vio cómo el Enano salía corriendo de la habitación camino de la cocina también. Llegó a discernir perfectamente el borrón verdoso de su ropa al atravesar la puerta. Esta vez estaba decidido a atraparlo. Se plantó en mitad del comedor mirando en torno a sí y aguantó la respiración. Escuchó con toda claridad una carcajada ahogada. Dio dos pasos hacia un sillón y de improviso lo retiró de golpe. Vacío. Pero pudo escuchar el sonido de unos pequeños pies correteando. Resignado, volvió al estudio. Al entrar en la habitación miró con desesperación a la mesa. El cortaúñas había vuelto a desparecer. Se giró de golpe y desde el quicio de la puerta vio una pequeña figura que le sonreía con expresión maligna. Corrió hacia él, pero el Enano fue más rápido, como siempre. Sin embargo ahora podía verlo con claridad. Estaba frente a él, retándolo burlonamente. Había algo en los surcos de su rostro que le hacía sentir una profunda repugnancia. El Enano gorgogeó una risita y le mostró el cortaúñas a la vez que se relamía con un gesto que no supo concluir si era lascivia o simplemente un desafío. Sin perderlo de vista, retrocedió hasta la cocina y sacó un cuchillo de un cajón. El Enano echó a correr, pero esta vez él estaba desesperado. Lo persiguió hasta su habitación. El Enano había trepado hasta la cama y saltaba sobre ella. Él se abalanzó sobre su pequeño cuerpo y lo agarró por el cuello. El Enano no dejaba de reír mientras le pateaba el pecho e intentaba arañarle el rostro. Babeando de ira comenzó a apuñalarlo una y otra vez, una y otra vez…

Estaban llamando a la puerta de la calle. Jadeante, sudoroso, con el pelo encrespado y cayéndole sobre los ojos, abrió a los dos policías locales que esperaban fuera.
- Buenas tardes - saludaron -. Hemos recibido una llamada denunciando gritos y ruidos muy extraños que salían de su casa. ¿Ha tenido algún problema?
Él sonrió ampliamente y con ojos jubilosos levantó el puño en alto para mostrarles al Enano que todavía tenía agarrado por el cuello.
- Tenía uno pequeñito, pero ya está solucionado.
Los policías lo miraron atónitos cuando lo que enseñó fue el muñón de su mano escarchado de pedacitos húmedos, brillantes, sonrosados, de su propia carne. Sólo le quedaba el dedo meñique y parte del anular. El resto eran jirones que colgaban sobre su muñeca también troquelada por profundos cortes.

Tumbado sobre la camilla, con la mano cubierta de algodones y gasas en una cura de urgencia, miraba hacia el cielo mientras lo introducían en la ambulancia. Entre la nube de analgésicos acertó a ver la ventana de su casa. Le enseñó los dientes al Enano que, asomado, lo contemplaba desde allí con su odiosa sonrisa mientras se alisaba la ropa atusándose como un gato. El Enano dio un suspiro que pareció un ronquido, recogió su bolsa de calcetines y, pasito a pasito, comenzó a seguir al vehículo. Otra vez se mudaban de casa.