Para los que frisamos cierta edad, nuestro concepto de lo que consideramos comida casera se define por los sabores que nos recuerdan a los platos que nos guisaba mamá cuando éramos niños. Cada madre tiene una especialidad, una receta que le sale como a nadie y que nos vuelve a preparar cuando, con la excusa de ir a visitarlos, aprovechamos para ponernos hasta el pirri y de gañote en casita de los papis. Para algunas son las lentejas, otras tienen mano con los asados, las hay incluso que dicen que son capaces de que esa bazofia inmunda que se hace con arroz y cosas y que se ha dado en llamar paella, sea comestible. Mi madre hace muchas cosas ricas, pero si un sabor tendría que definirla creo que es el de su tomate frito. Es un tomate de sabor profundo. Espeso como un puñetazo, que le sirve de comodín con cualquier cosa. Todavía me avisa cuando asomo por su casa: “He hecho tomate”. Y allá que me vuelvo yo a mi madriguera, con un tupper a rebosar de salsa en la que hay más tropezones de carne, pescado, verduras o lo que se le haya ocurrido añadir, que de cualquier otra cosa.
Me aflige decirle que hace ya mucho tiempo que su tomate frito me parece excesivo, demasiado áspero, que ya no tengo edad para empujarme entre pecho y espalda lo mismo que me comía con 16 años. Me he vuelto flojo y tiquismiquis. Ahora soy de esos tipos que cuidan lo que comen y que me va mucho más el yogur de chirimoya, el sushi, el minimalismo, lo zen y todas esas blandenguerías. Pero yo también hago mi tomate frito, no se crean. El que a mí me gusta y que he ido perfeccionando con el tiempo. Parece un plato sencillo, pero es como las Siete y Media. Si te quedas corto, resulta soso y sin gracia, pero si te pasas es como si te tragaras un rastrillo. A mí me gusta ser generoso con el aceite, no olviden que las grasas son lo que le dan sabor a las comidas y alegría a las señoras. Prefiero ser largo con él y luego, una vez acabado, retirar el aceite sobrante con una cucharilla. Es importante, claro, escoger un buen tomate. Lo ideal, no les descubro nada, es el tomate natural debidamente pelado y troceado. Pero no se llamen a engaño, hay marcas de tomate en conserva muy dignas. Es cuestión de ir probando. Lo espolvoreo de sal y vuelvo a ser pródigo con el azúcar. Lo dejo cocer a fuego lento y a mitad de cocción pruebo y rectifico.
Me gusta el tomate de cualquier modo. Crudo, seco, asado. Menos en mermelada, como sea. Mi tomate frito es una salsa cremosa, confortadora, que casi se puede tomar como una sopa y que muchas veces no puedo evitar comerme a cucharadas. Se desliza a lo largo de mi esófago como un cálido consuelo, como un baño interior relajante. Lo mejor de mi tomate frito es que es como un viejo amor a quien conoces bien y es totalmente previsible. Sabes qué puedes esperar de él, te hace sentir bien y en casa. A salvo. Lo conoces y te conoce, y puedes acurrucarte a su lado porque eres consciente de que sin palabras te sanará. Que diréis las mismas cosas a la vez y os reiréis de la coincidencia. Es un tomate frito que te acoge, te protege y te acomoda. En el que puedes apoyarte porque nunca te va a dejar caer. Con el que sabes que llevar todo el tiempo juntos y haberte acostumbrado a él no es una rutina, sino la agradable certeza de que es ahí donde quieres estar porque el hueco ya ha tomado tu forma. Significa dejar de vagabundear y descubrir que tus pies están echando raíces y que eso te gusta. Con mi tomate frito, lo conocido, lo predecible, no es un sinónimo de aburrido, sino de hogareño.
Me aflige decirle que hace ya mucho tiempo que su tomate frito me parece excesivo, demasiado áspero, que ya no tengo edad para empujarme entre pecho y espalda lo mismo que me comía con 16 años. Me he vuelto flojo y tiquismiquis. Ahora soy de esos tipos que cuidan lo que comen y que me va mucho más el yogur de chirimoya, el sushi, el minimalismo, lo zen y todas esas blandenguerías. Pero yo también hago mi tomate frito, no se crean. El que a mí me gusta y que he ido perfeccionando con el tiempo. Parece un plato sencillo, pero es como las Siete y Media. Si te quedas corto, resulta soso y sin gracia, pero si te pasas es como si te tragaras un rastrillo. A mí me gusta ser generoso con el aceite, no olviden que las grasas son lo que le dan sabor a las comidas y alegría a las señoras. Prefiero ser largo con él y luego, una vez acabado, retirar el aceite sobrante con una cucharilla. Es importante, claro, escoger un buen tomate. Lo ideal, no les descubro nada, es el tomate natural debidamente pelado y troceado. Pero no se llamen a engaño, hay marcas de tomate en conserva muy dignas. Es cuestión de ir probando. Lo espolvoreo de sal y vuelvo a ser pródigo con el azúcar. Lo dejo cocer a fuego lento y a mitad de cocción pruebo y rectifico.
Me gusta el tomate de cualquier modo. Crudo, seco, asado. Menos en mermelada, como sea. Mi tomate frito es una salsa cremosa, confortadora, que casi se puede tomar como una sopa y que muchas veces no puedo evitar comerme a cucharadas. Se desliza a lo largo de mi esófago como un cálido consuelo, como un baño interior relajante. Lo mejor de mi tomate frito es que es como un viejo amor a quien conoces bien y es totalmente previsible. Sabes qué puedes esperar de él, te hace sentir bien y en casa. A salvo. Lo conoces y te conoce, y puedes acurrucarte a su lado porque eres consciente de que sin palabras te sanará. Que diréis las mismas cosas a la vez y os reiréis de la coincidencia. Es un tomate frito que te acoge, te protege y te acomoda. En el que puedes apoyarte porque nunca te va a dejar caer. Con el que sabes que llevar todo el tiempo juntos y haberte acostumbrado a él no es una rutina, sino la agradable certeza de que es ahí donde quieres estar porque el hueco ya ha tomado tu forma. Significa dejar de vagabundear y descubrir que tus pies están echando raíces y que eso te gusta. Con mi tomate frito, lo conocido, lo predecible, no es un sinónimo de aburrido, sino de hogareño.
7 Comentarios:
Soy fanático del tomate frito (bueno, del tómate en general). Mi mujer dice que soy capaz de comerme un taco de madera si está flotando en tomate frito. El de mi madre es insuperable!!!. Sigo tolerándolo, aunque reconozco que a veces las digestiones pueden ser duras (ella no quita el aceite que también añade con generosidad). Pero soy más vago que fanático, y en casa me da pereza hacerlo. Y yo le pregunto ¿tiene a usted alguna conserva de tomate triturado y pelado que me recomiende?. Yo soy de Orlando (triturado y pelado), pero no sé.., tampoco me he prodigado en probar otras marcas. Y pregunta 2: ¿cuánto tiempo hay que freír el tomate?. No le pillo el punto.
Atte, MrLombreeze.
Es confortador, un cálido consuelo, un baño interior relajante, te puedes acurrucar en él, no necesitas hablar, te acoge, te protege, te acomoda. Mmmmmmm
¡Es mucho mejor que un spa!
¡Viva lo predecible!
Voy a cortar dos rebanadas de pan de pueblo, las voy a tostar un poco, y les pondré un poco de tomate frito casero, que ahora es temporada. Pipaulov
La cocina, como el amor, sólo requiere de mimos, cariño, paciencia y mucho método prueba-error, Mr Lombreeze.
Me he divertido mucho leyendo estas reflexiones gastronómicas.
Saludos,
www.artbyarion.blogspot.com
Ya sabes para la poxima cena, llevate un tupper y te daremos el visto bueno de tu tomate frito.
Saludos
Los jerseys viejos, cuando nos llegan a las rodillas de tan gastados, es cuando son más nuestros.Han rozado pupitres y barandillas. Han soportado que te los pusieses, atados por las mangas, en la cintura.Te acoge, claro, pero tú le das entidad. ¿Qué sería de un pobre jersey viejo, casi seguro que con algún roto, sin aquel que lo mantiene vivo, útil, despierto, cálido? ¿POdría ser relevado por un anodino jersey idéntico a tantos otros, que no nos dijese nada y escogido, al azar, en una cadena de ropa si no lo adorásemos porque ya lo conocemos? A fin de cuentas: "beauty is in the eye of the beholder". Y el amor también. Y creo que no has escrito nada que tenga que ver con el tomate frito.
Touché!
Publicar un comentario en la entrada