Hay palabras que son muy feas, que suenan fatal y que ninguna mente preclara que se precie de serlo en este nuevo siglo de las luces que vivimos debe pronunciar jamás. Ya saben que no estoy hablando de caca-culo-pedo-pis. Eso sí queda molón. Que se lo pregunten a Joaquín Sabina, ya que mentamos gente de progreso. No. Me refiero a palabras como “empresario”. No me digan que no se han dado cuenta. Ya no se habla de empresarios, ahora lo que se lleva decir, venga de la boquita que venga, es “emprendedores”. La palabra empresario nos trae a la mente al estereotipo decimonónico, barrigón, vestido con chistera y levita y siempre pegado a un puro, tal y como los retrataba años ha el inefable Chumy Chumez, si es que alguien se acuerda de él. Aunque en plena era buenrollista la figura del empresario exitoso se ajuste más a la de un bigardo espigado, atlético, perfectamente bronceado e informalmente ataviado de rock star chic. Pero, hoygan, empresario también es el sufrido machaca que abre un bar y trabaja 37 horas al día detrás de la barra. Y el que pone un puesto de comidas preparadas en la esquina de su calle. Y la chica que invierte en su peluquería con la ayuda de sus padres. Pero claro, a esos se les llama emprendedores, que suena más honrado. Nada que recuerde a aquello de "Esta mañana me he levantado / Y de la chao-chao-chao / Me he encontrado al opresor". Pero digo yo, un emprendedor es el que emprende una empresa, ¿no? ¿Y eso no es un empresario? Y me dirán ustedes que la semántica es un tema menor. Es posible. Pero también pienso que en cuanto se empiezan a retorcer las palabras es cuando nos van colando supositorio tras supositorio sin tan siquiera un pellizquito de pan. Y nosotros a aplaudir y sonreír.
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