viernes, 1 de julio de 2011

Después de la fiebre (del oro)

En 1970 After the Gold Rush coge a Neil Young a medio camino. Viene de hacer rock crujiente con Crazy Horse en Everybody Knows This Is Nowhere, y se dirige hacia su primer gran álbum acústico, Harvest, con una sonoridad casi obligada por unos terribles dolores de espalda que le impiden tocar la guitarra eléctrica. Young acaba de hacer un paréntesis como cuarto miembro de Crosby, Stills & Nash, puede rozar el éxito como solista con la punta de los dedos, y recoge todas esas influencias en After the Gold Rush. En 1980 yo me tuve que forzar a que me gustara Neil Young. Era demasiado rasposo, demasiado árido. Me encontraba más interesado en las recompensas inmediatas que me podía ofrecer música más liviana, pero tuve que hacerle un hueco intrigado por las continuas excelencias que leía sobre su obra. Entonces tampoco me fijaba mucho en las chicas. En realidad no me fijaba nada. Mi mundo de fantasía poblado por mosqueteros, piratas, vikingos y pistoleros, y alimentado por un puñado de tebeos, a menudo de segunda mano, era mucho más satisfactorio que las aventuras (también de fantasía, lo sé ahora) que me contaban mis compañeros de curso, más atractivos y más desarrollados que yo. Mi temperatura era todavía la de un niño que era feliz de serlo.

La primera vez que vi la fotografía de una mujer con las piernas abiertas mostrando el interior de su vagina, con un gesto más ginecológico que otra cosa, fue en una de aquellas revistas que subrepticiamente nos pasábamos los unos a los otros y que escondíamos debajo de una roca camino del colegio, di un salto hacia atrás convencido de que jamás sería capaz de que me gustase algo como aquello. No fue el mismo rechazo que experimenté al escuchar la melodía descoyuntada de Don’t Let It Bring You Down y la voz chirriante que puntuaba Only Love Can Break Your Heart, pero durante mucho tiempo lo que me consoló fue más el profundo olor a cartón de la carpeta del disco, y la consciencia de que en mi estantería tenía algo especial que iba más allá de las caricias que mis amigos robaban a las chicas del curso inferior por las tardes en el parque. No fue hasta un par de años después que descubrí la hondura que anidaba Southern Man y I Believe in You. Fue el mismo momento en que también se activó mi termómetro interior y me di cuenta de que había algo irresistiblemente atractivo en el sexo femenino. Y lo que es más importante, por algún extraño motivo, también ellas encontraron algo en mí.

Durante las décadas siguientes no abandoné mis hobbies de infancia, pero ocuparon en mi corazón un espacio proporcionalmente similar al de los nuevos. El pop instantáneo de estribillos efervescentes se codeaba con la guitarras más densas del ceñudo canadiense, y Jack Kirby estaba al mismo nivel que la morena que se sentaba al lado de la ventana. Desenmadejé el encanto algodonoso de After the Gold Rush y sus canciones cálidas como tragos de vino tinto. Es un trabajo hecho en plena fiebre creativa, la culminación de todo lo que Neil Young había venido haciendo desde Buffalo Springfield, su gran momento. También fue el mío. En la adolescencia me enamoré de una chica cada mes y confundí cada subidón de calentura con el amor definitivo. Con el tiempo me he convencido de que le damos demasiada importancia al sexo. Pueden creerme si les digo que ha dejado prácticamente de interesarme (¡brrrrr!) y que apenas recuerdo en qué consiste (¡doh!). Después de mi propia fiebre del oro, mis héroes de papel han recuperado su trono. Y aunque he continuado escuchando a Neil Young siempre con interés, ha quedado como esa revista oculta bajo la piedra a la que echaba un vistazo de vez en cuando entre la curiosidad y el espanto. En realidad toda esta parrafada no es más que la excusa que me he montado para mostrarles esta bonita foto que he encontrado, el original del que se extraería lo que conformaría la inquietante portada de ese disco aún más misterioso que es After the Gold Rush.