Les he contado ya en alguna ocasión que soy un tipo maniático. Lo que no les he dicho aún, pero seguro que se lo podían imaginar, es que también soy caprichoso. Mi visita vespertina a la gran ciudad despierta en mí una irrefrenable ansiedad pueblerina de tomar cañas y comer tapas. Así, cual turista cualquiera. Cuando era un chiquillo y hacía el mismo recorrido con mis padres seguíamos ese ceremonial. Me compraban un tebeo, nos metíamos en un bar y, acodados en la barra, dábamos cuenta de unos calamares y unas cervezas o de lo que se pusiera por delante. Supongo que es un ritual que se ha quedado embebido en mis genes y que de vez en cuando necesito airear. Hoy debe de haber llegado el día, así que primero he intentado hacerme con Fun Home, una (oh) novela gráfica que se me ha antojado y que necesariamente tiene que formar parte del festejo, pero no la encuentro en ninguna de mis librerías habituales. Luego no soy capaz de pensar en un local en el que encajen mis gustos tan puntillosos, así que me encamino al Mercadona más próximo dispuesto a agenciarme los ingredientes de mi cena especial de este miércoles. Me volveré a recluir en mi casa, en mi concha, en el capullo que construyo alrededor de mi cuerpo. I am an island, que dijo Paul Simon.
Tengo un surtido de aceitunas. Adoro las aceitunas. Y pongo unas cervezas en el congelador. Mientras se enfrían me salto todas las normas canónicas y me empujo un gin tonic de Fever Tree y Bombay, según me han recomendado, con la corteza de un limón. Preparo un tartar de bacalao, unas anchoas que he comprado, mejillones, y una debilidad personal: ensaladilla rusa. Mientras escarbo en la nevera buscando unas albóndigas que hice con carne picada, verduras y pimientos asados, me tropiezo con una lechuga que me ha regalado un vecino rumboso. La ha cultivado él mismo. Es una lechuga borde, basta, carnosa y llena de barro. Como yo. Un caracol asoma los cuernos entre sus hojas. Añadan sentimental a aquello que les dije antes de maniático y caprichoso. No sé qué hacer con el caracol. Me da una pena tremenda tirarlo a la basura sin más, y busco en la despensa un tupper lo suficientemente grande para alojarlo. Lo pavimento de hojas de lechuga, las salpico de agua y con los últimos resquicios de compasión que quedan en mi corazón de madera, deposito al caracol sobre el lecho de su nuevo hogar. Pero es un bicho obstinado y se empeña en explorar los límites de su encierro. Se sale una y otra vez de la seguridad de la casa que le he montado. Finalmente, mientras dispongo los platos sobre la mesa, le espeto como si me pudiera entender: “Y tú si fueras listo, te quedarías ahí y dejarías de intentar saber qué hay más allá. Podrías ser feliz en ese cubículo el resto de tus días”. Dos segundos de silencio, me abruma una tristeza infinita y mi cena de semifiesta se desmonta encima de mí como un castillo de naipes.
Tengo un surtido de aceitunas. Adoro las aceitunas. Y pongo unas cervezas en el congelador. Mientras se enfrían me salto todas las normas canónicas y me empujo un gin tonic de Fever Tree y Bombay, según me han recomendado, con la corteza de un limón. Preparo un tartar de bacalao, unas anchoas que he comprado, mejillones, y una debilidad personal: ensaladilla rusa. Mientras escarbo en la nevera buscando unas albóndigas que hice con carne picada, verduras y pimientos asados, me tropiezo con una lechuga que me ha regalado un vecino rumboso. La ha cultivado él mismo. Es una lechuga borde, basta, carnosa y llena de barro. Como yo. Un caracol asoma los cuernos entre sus hojas. Añadan sentimental a aquello que les dije antes de maniático y caprichoso. No sé qué hacer con el caracol. Me da una pena tremenda tirarlo a la basura sin más, y busco en la despensa un tupper lo suficientemente grande para alojarlo. Lo pavimento de hojas de lechuga, las salpico de agua y con los últimos resquicios de compasión que quedan en mi corazón de madera, deposito al caracol sobre el lecho de su nuevo hogar. Pero es un bicho obstinado y se empeña en explorar los límites de su encierro. Se sale una y otra vez de la seguridad de la casa que le he montado. Finalmente, mientras dispongo los platos sobre la mesa, le espeto como si me pudiera entender: “Y tú si fueras listo, te quedarías ahí y dejarías de intentar saber qué hay más allá. Podrías ser feliz en ese cubículo el resto de tus días”. Dos segundos de silencio, me abruma una tristeza infinita y mi cena de semifiesta se desmonta encima de mí como un castillo de naipes.
5 Comentarios:
Bueno... No creo que tenga que preocuparse... Al menos todavia. Se de alguien loco de veras que salvó hará un par de noches a un mosquito del w.c porqué lo tiró sin querer a la taza...No pregunte como;porfavor.
P.D: Usted es una isla... Entonces esta vez me pediré ser la roca.
Uuummmm... La canción de Simon de crío me gustaba porque creía que era como "directa", pero en realidad era una coña y una burla de esa actitud, ¿no?
"Fun Home" me gustó mucho. Está muy bien.
Y no sé qué decir...
Comentar sólo que "Fun home" es un grandísimo comic ( o novela gráfica ), uno de mis, pongamos, 20 preferidos. No se arrepentirá de leerlo.
luchino
No man is an island entire of itself; every man
is a piece of the continent, a part of the main;
if a clod be washed away by the sea, Europe
is the less, as well as if a promontory were, as
well as a manor of thy friends or of thine
own were; any man's death diminishes me,
because I am involved in mankind.
And therefore never send to know for whom
the bell tolls; it tolls for thee.
A mi también me encanta eso de llegar a un sitio nuevo en plan turista cualquiera y tapear XD
Me han hablado muy bien de Fun Home. PD: Tío, por favor, desterremos la expresión "novela gráfica". La odiooooooooo XP Es broma, pero la expresión no me gusta nada y le tengo bastante manía jeje.
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