domingo, 29 de mayo de 2011

Un Universo de Colacao

Siempre ha sido un hombre de Colacao. Jamás, desde la primera vez que lo probó, ha soportado el café, ese brebaje con aspecto de alquitrán y sabor a agua amarga, que envenena todo lo que toca y hasta cuyo olor no soporta. Aunque ya roza el medio siglo de vida, sigue desayunando cada día un Colacao sin hacer caso a quien le toma el pelo diciéndole que eso es de críos y que ya debería tomar cosas de adultos. Cuando era un chiquillo no desayunaba. Desde bien pronto se levantaba solo y se marchaba al colegio en ayunas con el desdén de los niños por las cosas importantes de los mayores. Poco le importaba comer algo, como poco le importaba lavarse la cara o peinarse. Los fines de semana eran diferentes. Era entonces cuando veía a su padre. Y el hombre, que pensaba que cuanto más barrocas fuesen las comidas, más fuerte crecería su hijo, le preparaba un tazón de leche al que el Colacao dotaba de un espeso color marrón oscuro, y lo coronaba con dos cucharadas colmadas de azúcar que proporcionaban a la bebida un dulzor excesivo que hacían que al niño le escociese la garganta al tragar.

Cuarenta años después, cuando por fin se ha acostumbrado a desayunar cada mañana y ya no está su padre para disponerlo, él sigue preparándose su tazón de leche con Colacao y azúcar. Es el momento del día en el que vuelve a tener ocho años. Durante unos minutos es otra vez el niño que, cuidadosamente para que no se le desborde, va dejando caer una cucharada tras otra del sabroso polvo sobre la superficie de la leche y luego escarcha la montaña que ha creado con una nevada de azúcar. Una construcción que contempla cómo se desmorona lentamente y se va hundiendo en el líquido mientras él sueña con que es un mundo, una civilización a la que por motivos misteriosos le ha llegado el apocalipsis. Grandes rocas de Colacao se sumergen en un mar de leche. Las torres doradas y los edificios de acero y cristal se vienen abajo mientras los habitantes se arremolinan en las cumbres, y en los acantilados lloran las familias abrazadas antes de caer al abismo. Observa con infinita paciencia cómo hasta el último grano de polvo se pierde para dejar manchas de una pasta color chocolate en la superficie, rastro de la civilización perdida, antes de removerlo todo con una cucharilla que hará que cualquier vestigio de vida desaparezca convertida en detritus cósmico. Es el viento que arrastra una galaxia entera en una implosión, como un Big Bang al revés. Durante esos minutos del desayuno, todo un universo se ha creado, ha florecido, se ha agotado y se ha perdido en el olvido.

2 Comentarios:

David dijo...

Me han venido a la cabeza dos cosas mientras leía esto.
1)De niño yo era más de Nesquik (lunes a viernes)...los fines de semana tomaba café con leche condensada. En los veinte me aficioné muchísimo al Cola Cao (prácticamente me alimentaba de eso... y no es broma).

2) Calvin&Hobbes.

Un saludito.

Sigrid de Thule dijo...

Yo siempre he sido de Cola-Cao. El Nesquik era muy pijito y se disolvía demasiado pronto, naaa, el Cola-Cao, como las buenas relaciones, había que currárselo un poco. Pero el resultado era inmejorable.
Me gusta esa imagen del universo disolviéndose en una taza...like endless rain into a papercup.
Sunday morning love