Cuando estás enamorado, todo lo que hace la persona amada, todo lo que dice, te seduce y te parece maravilloso. Vives en un mundo de encanto en el que nada de lo que la rodea puede estropear el momentum. Pero, ay, cuando el amor se desvanece y se rompen los cristales tintados de rosa, haga lo que haga, cualquier cosa, te irrita y se te hace fastidiosa. El lunarcito sobre el labio que antes te hubieras comido, como decía el inmortal humorista Gila, se convierte en una repugnante verruga cubierta de pelos.
Hubo un tiempo en el que el Gobierno vivía en un perpetuo idilio con la población española. Todas sus propuestas conseguían hacerle caer de pie, todo parecía trabajar en su favor y la suerte del ganador le sonreía. Pero ya se sabe que todo lo que sube baja. Ahora con el precio de las hipotecas incrementándose, los impuestos y los precios por las nubes, los sueldos a la baja y el paro creciendo mes a mes, la gente está cada vez más cabreada y recibe cada resolución ministerial con un mohín de desdén y no pocas expresiones de descontento.
Las medidas que se han adoptado para un cada vez más necesario ahorro de las cuentas públicas probablemente no sean desacertadas, pero el votante empieza a saludarlas con desconfianza. Con la mirada suspicaz con la que se observa a quien no es ya aquella figura amada por la que antes suspirábamos. Ahora nos parecen ocurrencias de un Gobierno que parece legislar a golpe de improvisación, ganchos a la desesperada de un boxeador sonado al que le tiemblan las piernas mientras deambula sin rumbo por el ring. Ni nos paramos a plantearnos si las medidas implementadas son realmente eficaces.
Cuando los que soportan las consecuencias de una crisis galopante son los mismos de siempre, mientras que quienes la originaron siguen jugando con la ingeniería financiera y aumentando cuentas de resultados como si esto no fuera con ellos, no es de extrañar que la gente proteste por algo menor como que le reduzcan la velocidad de los coches diez kilómetros por hora. Lo sorprendente es que todavía haya un 32 % de electores que en las encuestas manifiesten su disposición a seguir apoyando a este Gobierno. Y es que esta reducción de velocidad es una metáfora de un país que marcha cada vez más ralentizado.
Hubo un tiempo en el que el Gobierno vivía en un perpetuo idilio con la población española. Todas sus propuestas conseguían hacerle caer de pie, todo parecía trabajar en su favor y la suerte del ganador le sonreía. Pero ya se sabe que todo lo que sube baja. Ahora con el precio de las hipotecas incrementándose, los impuestos y los precios por las nubes, los sueldos a la baja y el paro creciendo mes a mes, la gente está cada vez más cabreada y recibe cada resolución ministerial con un mohín de desdén y no pocas expresiones de descontento.
Las medidas que se han adoptado para un cada vez más necesario ahorro de las cuentas públicas probablemente no sean desacertadas, pero el votante empieza a saludarlas con desconfianza. Con la mirada suspicaz con la que se observa a quien no es ya aquella figura amada por la que antes suspirábamos. Ahora nos parecen ocurrencias de un Gobierno que parece legislar a golpe de improvisación, ganchos a la desesperada de un boxeador sonado al que le tiemblan las piernas mientras deambula sin rumbo por el ring. Ni nos paramos a plantearnos si las medidas implementadas son realmente eficaces.
Cuando los que soportan las consecuencias de una crisis galopante son los mismos de siempre, mientras que quienes la originaron siguen jugando con la ingeniería financiera y aumentando cuentas de resultados como si esto no fuera con ellos, no es de extrañar que la gente proteste por algo menor como que le reduzcan la velocidad de los coches diez kilómetros por hora. Lo sorprendente es que todavía haya un 32 % de electores que en las encuestas manifiesten su disposición a seguir apoyando a este Gobierno. Y es que esta reducción de velocidad es una metáfora de un país que marcha cada vez más ralentizado.
1 Comentarios:
Ese 32% no es nada sorprendente. Correponde a los votantes que, asumo, saben perfectamente que en España tenemos un sistema de bipartidismo (en la práctica) y no quieren tener a la oposición manejando de nuevo el bastón de mando.
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