viernes, 25 de marzo de 2011

Madrid

No es que sea un gran fan del transporte público, pero en vista de que me he negado toda la vida a aprender a conducir y sólo soy capaz de diferenciar los coches entre sí por su color, la mejor opción para acercarme hasta Madrid parece ser el AVE. A priori no es una mala idea, aunque si decides llegar hasta la estación en tu propio utilitario, sólo tienes dos opciones: dejarlo en el parking y exponerte a la consecuente crucifixión, o plegarlo como si fueras la Pantera Rosa y llevártelo en el bolsillo. No hay manera de aparcar ni cerca ni lejos con una mediana confianza.

Las instalaciones y las máquinas tienen esa brillantez de lo nuevo por estrenar que ya confiere comodidad. Hasta los auriculares que te entrega la azafata son pijísimos de la muerte. La gente es pulcra y susurrante, tan lejanos del populacho que atesta los trenes de cercanías, y los asientos son cómodos y amplios. Me gustaría contemplar el paisaje, pero estoy ocupado escribiendo el guión del lunes y, maravillas de la técnica, llego a Madrid antes de poder terminarlo. Es extraño, porque el tren se ha deslizado con toda suavidad sin darme sensación de velocidad. Desembarco en Atocha y me cuesta más tiempo salir de la estación que el que he empleado en el propio viaje. No quiero perderme el bocadillo de calamares del Brillante ni los puestos de librerías de saldo de la Cuesta de Moyano.

Tomo el metro con un billete diminuto hasta la Puerta del Sol y cruzo caminando la Plaza Mayor, donde todos los paseantes son turistas y los que avanzan con rumbo fijo son locales. En el Mercado de San Miguel se citan la tradición y la ultramodernidad, la gente guapísima y las bellezas ajadas sustentadas por andamios. Siempre busco esos lugares populares en los que poder zambullirme en lo que los ingleses llaman "color local". Este es un lugar al viejo estilo en el que igual se puede comprar todo tipo de productos como degustarlos en el momento. Tartares de pescado finísimos, jugosas carnes recién hechas que se funden sobre la lengua, sorprendentes croquetas de boletus. La estratégica distribución de los puestos sigue el recorrido de una comida de cinco platos. Para cuando he cruzado todo el local y he llegado a los chocolates, mi falta de interés se encuentra con mi paladar saciado.

Y sí, yo también ejerzo de turista y visito jardines, palacios y plazas. Le hago fotos a todas las parejas que me lo piden, dándome cuenta de que la gente se saca esos recuerdos sin mirar el lugar donde posan, sólo para demostrar que estuvieron allí. Hasta le arreo una moneda al violinista que está tocando Wonderful World. Me dejo la mandíbula en el Museo Thyssen ante la exposición de Jean-Léon Gérôme, y no tengo más remedio que llevarme el grueso catálogo editado ad-hoc, lo que hace que me sienta feliz durante el resto del día. Como en la copla, recorro la Calle de Alcalá con la falda remangá, hasta la Gran Vía alfombrá de claveles, sintiéndome la Emperatriz de Lavapiés.

En la calle Montera me empujo dos gin tonic, que sí, es bebida de cuarentones, pero es la mar de digestiva, en un curioso local, en parte café, en parte boutique, en parte sala de exhibiciones. Cómodamente arrebujado en un sillón orejero veo evolucionar a tres putas en la puerta, desmadejando un ballet sobre un tablero de ajedrez virtual contra la policía local. Me acerco hasta la calle Huertas, donde está el Maceira, un restaurante que me han recomendado. Es un local pequeño, atestado, agradablemente decorado en madera donde una vez más la intelligentsia y el residente de toda la vida se abandonan al frotamiento indisimulado entre calderos de un arroz meloso de marisco sobre el que llorar de deleite. Una morena se asoma a la puerta y me dirige una larga mirada antes de desaparecer. Con ella se lleva un bocado de mi corazón. Yo vuelvo a mi plato.

El rastro me hubiera enloquecido años atrás. Ingentes cantidades de todo tipo de cachivaches y publicaciones. Ejemplares ultrararos cuyo aireamiento me hace sonreír. Pero ahora disfruto más de contemplar a los dueños de los puestos, que rivalizan en bizarría con sus propios clientes, y que se ajustan con sorprendente fidelidad a la descripción que hiciera Patxi Andión en su canción Una, Dos y Tres. Es un viaje feliz, en el que encuentro todo lo que deseaba y mucho más de lo que me esperaba. Pero es todo demasiado rápido para mí, demasiado gigantesco. Las avenidas son demasiado anchas; los callejones, demasiado laberínticos. Hasta los semáforos cambian demasiado rápido. Y, sobre todo, me quedo con la sensación de perpetuo follón, de una ciudad acelerada para la que yo me siento demasiado provinciano. Aún así, ya me corroe la impaciencia por volver a ese Madrid inagotable, infinito, en la que tantas cosas me quedan por recuperar, y tantas otras por descubrir.

5 Comentarios:

xalons dijo...

Para alguien que como yo, que a pesar de haberme criado en una localidad valenciana, vivo en Madrid desde hace veinte años, tu relato sobre esos días que has pasado por aquí se me antoja por igual, lleno de cariño y de tópicos turísticos.

Diste un buen recorrido y me hizo sonreír ver que comiste en un restaurante gallego, Maceiras es su nombre correcto (significa "manzanas"), aunque antes ya habías disfrutado de los inevitables bocadillos de calamares. Hay tanto sitio para ir a comer, tantos menús baratos, tanto restaurante por descubrir, pero ése dónde llenaste la barriga lo conozco de ir varias veces. Y aparte de quitarte el hambre, no dejas de nombrar los lugares del centro que cualquiera tiene que andar si viene a esta ciudad. También fuiste al Thyssen, al Rastro y contemplaste a las putas de Montera.

Madrid tiene muchas de las cosas que describes, pero también al ser un lugar dónde yo que vivo su día a día, te puedo decir que nunca duerme (ni lunes, ni martes, ni...), que entre semana (con menos turistas, no sólo "provincianos" sino también esos turistas de las localidades madrileñas cercanas a la capital) se disfruta con generosidad. Que aprecio su mezcla de gentes que me hace sentirme uno más de fuera que vino y se quedó pero también un madrileño adoptado, alguien de aquí. Que tiene una oferta cultural inigualable en España, cosas caras pero también mucho ocio barato y gratuito. A mí me engancha tanto teatro y no sólo los musicales que atraen al publico menos acostumbrado a ir a ver obras teatrales, el cine en versión original que es casi inexistente en otras ciudades, los conciertos en salas pequeñas con esa cercanía con los artistas, las exposiciones de todo tipo, etc. Madrid ofrece diversión pero también empleo a mucha gente. Algunos están por obligación y eso sí que es una pena.

Te aseguro que Madrid me ha ganado, que la he echado mucho de menos cuando he tenido que vivir en otros lugares, que es el sitio ideal para una persona urbana a la que no le gusta conducir, que es un sitio duro pero a la vez entrañable y que sobre todo, a mí me ofrece mucha más ventajas que inconvenientes y mientras siga disfrutando de ella....no me iré nunca de aquí.

Gracias desde Madrid. Vuelve pronto, seguro que lo pasas bien.

Jero dijo...

Estrictamente hablando, "maceiras" significa "manzanar".

Por otro lado, yo también estoy muy contento en Madrid. Es una ciudad que, cuanto más la vives/pateas/conoces, más engancha. Mi situación aquí no es muy definitiva, pero ojalá pueda quedarme a vivir unos cuantos años más, porque siento que aún tengo taaaaanto partido que sacarle...

Por cierto, en la zona de Ópera hay unas tiendas de comics antiguos bastante recomendables (yo la última vez que me pasé por allí encontré un descatalogadísimo "Hombre" de Ortiz y Segura...) Y esta noche voy a ver "The Wall" de Roger Waters en directo en el Palacio de Deportes, cosa que en mi Galicia natal no podría hacer ni soñando...

Gonzalo Aróstegui Lasarte dijo...

Al igual que Xalons, llevo casi veinte años viviendo en Madrid, pero soy navarro. Yo vivo en Carabanchel, que nada tiene que ver con el Madrid turístico. Es el Madrid del paro, de las casas feas, de los adoquines rotos… Pero es mi Madrid, el de mi mujer y mi hijo, el de los baretos cutres, el de los obreros de derechas, el de Rosendo. Un distrito cada vez más lleno de contradicciones, el de Carabanchel, un ciudad dentro de Madrid, más grande que muchas capitales españolas.

Madrid es, además, el primer disco de Burning, que no se nos olvide.

Bonito artículo, Fran.

Fran G. Lara dijo...

Gracias a los tres por vuestros comentarios. Es tremendamente halagador que alguien se sienta motivado por algo que uno ha escrito a redactar respuestas tan extensas y tan bien fundamentadas. Repito, muchas gracias, me siento muy honrado.

Jolan dijo...

Me ha gustado leer tu artículo y reconocer en él al Madrid tópico que tanto atrae a los que venís a visitarnos. :)

Por desgracia, fuera de ese Madrid castizo, es una ciudad fea. Muy fea. De barrios desorganizados y edificios irregulares, que nada tienen que ver unos con otros. Y sí, terriblemente acelerada.

Yo, que soy gato (es decir, madrileño de varias generaciones) estoy un poco harto de ella, por más que siempre la vaya a tener en mi corazón. De buena gana me iría a vivir a una ciudad más pequeña, o aún -algo con lo que llevo tiempo en proyecto- fuera, a otra ciudad europea, eso sí, más pequeña.

Saludos.