jueves, 3 de marzo de 2011

La Vida en una Canción, 8: Montescos y Capuletos de Sergei Prokofiev (1936)

Habíamos sido los mejores amigos. Nos habíamos sentado juntos en la última fila y nos habían expulsado de clase juntos por cantar en lugar de atender a las lecciones. Nos habíamos emborrachado juntos y habíamos vomitado juntos. Habíamos ligado juntos, habíamos aprendido a tocar la guitarra juntos y habíamos formado nuestro primer grupo de rock juntos. Caminábamos por la calle con la sensación de pertenecer a una sociedad secreta, de ocultar algo privado y especial que sólo compartíamos él y yo. Creíamos ser parte de esa larga estirpe de asociaciones honradas por el tiempo que habían forjado la leyenda. Éramos Lennon y McCartney, Jagger y Richards, Strummer y Jones, Morrissey y Marr. Él y yo éramos una banda de gangsters enfrentados al resto del mundo, éramos los tipos de Reservoir Dogs antes de que Quentin Tarantino hubiese soñado siquiera con el guión de su película.

Ahora, cuando oigo las canciones que escribimos entonces, no puedo evitar morirme de vergüenza. Pero también escucho que debajo de eso había algo. Había calidad. Estaba el germen de lo que podía haber sido y no dejamos que fuera. Y también vuelvo a cómo las grabamos. Recuerdo el cable del micrófono que no daba más de sí, recuerdo tener que acabar un redoble de batería entre dos, recuerdo hacer los arreglos del solo de guitarra y las caras que poníamos escuchándolo a través de los auriculares. Recuerdo el salto que dimos en nuestras sillas en la terraza del bar cuando el tipo que nos produjo la maqueta pasó por nuestro lado con la cinta master atronando a través de los altavoces de su coche con las ventanillas bajadas. Aquello que sonaba éramos nosotros. Y no estaba nada mal.

Luego crecimos un poco más. Yo me mudé de casa, fuimos a facultades diferentes, tuvimos nuestras primeras novias. Nuestras reuniones para ensayar se conviertieron en celebraciones del alcohol, en improvisaciones eternas sin ganas de concretar nada, sin interés por volver a componer, con la apatía de darnos cuenta de que o nos dedicábamos a eso en cuerpo y alma, o intentábamos sentar la cabeza y tener una vida oscura como el resto de los mortales, o pretendíamos vivir en una fiesta contínua hasta que nos salieran las primeras canas. Cada uno tomamos nuestra decisión y un día, sin una palabra, sin auncio previo, dejamos de vernos sin más.

Y ahora estamos aquí los dos otra vez, con la sensación de tener un asunto pendiente que resolver. Olisqueándonos como perros que se reconocen como de una misma camada, pero que no acaban de identificar ese olor. Tanteándonos sin permitirnos volver a ser aquellos chiquillos que una vez se reían de las mismas cosas. Con el conocimiento de que debajo de la ropa distinta, hay el mismo hombre. Queremos ser cálidos, pero no nos atrevemos a tocarnos. Mostramos una frialdad que sabemos impostada mientras nos preguntamos si el otro habrá seguido el mismo recorrido vital. Guardamos la distancia del que se ve a sí mismo y no es capaz de identificar sus gestos en el espejo. Nos estamos reaprendiendo y regresa el entusiasmo de sentirnos de nuevo un monolito en el que rebota la vida. Muchas veces la sonrisa no me deja articular una nota. Eso es una buena señal. Bienvenido a casa.

11 Comentarios:

Destronada dijo...

Es el desnudo,postergado y reconocido de los viejos amantes. SE reencuentran cada cierto tiempo, y por no hacer mudanza en su costumbre, cierta ansiedad y nerviosismo se combina con esa familiar sensación de conocer el terreno : su cuerpo, de nuevo, lo que le gustaba, de nuevo, los miedos, de viejo. Me gusta.

David dijo...

ESTUPENDA entrada. La volveré a leer a la tarde.
Supongo que podría comentar muchas cosas... No sé. Me ha removido alguna cosa por dentro.

Fran G. Lara dijo...

Eso es que anoche te pasaste en la cena, Dave.

David dijo...

Uuummm. No. De hecho, anoche no cené. Una Coca-Cola después de ver la peli de Ford (un mal panfleto) y para casa a las 11.
Eso es que tu entrada me ha hecho reflexionar sobre relaciones, historias y oportunidades pasadas y no sé si en cierto modo desaprovechadas. Da lo mismo que yo nunca cogiera un instrumento o formara parte de banda musical alguna.
Como te digo... lo disfrutaré otra vez más tarde.

Fran G. Lara dijo...

"Disfrutar" tal vez sea una elección de palabra un tanto arriesgada. Y cena, Dave, que para mantener esa gloriosa musculatura que tienes, debes nutrirte. No olvides supervitaminarte y mineralizarte.

David dijo...

No soy muy bueno con las palabras, y después de volverlo a leer, pues me reafirmo: disfrutado (así como el tema que acompaña).
Por lo demás, eres un cabrito. Gloriosa musculatura... ya te vale.

Fran G. Lara dijo...

No me quites años...

David dijo...

Ja,ja,ja...

Anónimo dijo...

Yiiiiiiiiiiiiiiiihhhhhhaayayayyyyyyy!
Escribes bien, te has planteado volver a formar un grupo ?
Solo falta que cantes bien, porque se te ve handsome devil.

Fran G. Lara dijo...

¿Es una pregunta retórica?

Anónimo dijo...

No , no es pregunta, ni hay retórica, si sabes cantar ..... Canta, no dejes pasar ese tren otra vez, yo no lo haría ....
A veces voy un ratito a la estación por si vuelve a pasar