miércoles, 23 de febrero de 2011

Papel para Envolver Pescado y el 23 de Febrero

Cuando yo era un crío siempre veía que en las series de televisión americanas se utilizaban los periódicos viejos para formar un pasillo sobre el que se pudiera caminar sin pisar el suelo recién fregado. Una costumbre que a mí siempre me pareció exótica, poco práctica y un tanto cochina. En mi casa eso no se hacía. Primero porque en mi casa no había periódicos, ni viejos ni nuevos. Y segundo porque cuando mi madre pasaba el mocho por alguna habitación bastaba con que anunciase: "No entres al cuarto de baño, que está mojado". Y ay de mí como se me olvidase. La Señora L era capaz de desenfundar con extrema destreza su zapatilla con un mínimo gesto de tobillo y hacer que me lloviera encima una tormenta perfecta sobre cualquier parte del cuerpo que mis codos dejasen libre. No es que me hiciera daño, no eran más que pequeños aplausos, una ovación recordatoria, pero no se pueden hacer idea del asco que me daba. Cuando yo era pequeño los periódicos viejos servían para hacer un cucurucho de papel en el que acarrear una docena de huevos, y los tenderos de los tebeos de Bruguera los utilizaban siempre para envolver pescado. Un triste destino para con las noticias caducadas de tan sólo un ingrato día de vida.

No tardé mucho en descubrir que aquellas hojas enormes habían tenido una utilidad anterior. Pronto conocí el placer supremo de comprar el periódico por la mañana junto con media docena de croissants. De sentir el agradable crujido del papel aún caliente doblarse entre mis manos. De aspirar el embriagante olor a tinta recién impresa. De sumergirme en la lectura de los gruesos suplementos culturales incluídos en las páginas centrales, sentado al sol en un banco del parque. Me gustaba comprar varios periódicos, alternarlos según los días, comparar columnas y secciones. Pronto supe también que pasear con determinado diario bajo el brazo daba caché y marchamo de tipo con criterio, inquieto y con cierta posición crítica. Pero según fui creciendo también me di cuenta de que yo era un lector incómodo, al que le costaba plegarse a las líneas editoriales, que no se dejaba adoctrinar y que se planteaba por qué le contaban algunas cosas y otras no. Y por qué se las contaban como se las contaban. No me gustaba que me enmarcaran en ninguna tribu, no quería guardar fidelidad absoluta y ciega, no quería ser lacayo de ningún medio. Llegó el día en que me encontraba con alguien que indefectiblemente me preguntaba: "Pero ¿tú que haces leyendo eso?" Y yo también me sorprendí alguna vez a mi mismo pensando: "¿Y tú te crees lo que te cuenta eso?" A partir de un momento empezaron a ofenderme más los que se proclamaban adalides de la libertad cuando era evidente que lo hacían de manera harto tendenciosa.

En un día como hoy se hace casi inevitable una mirada a nuestro pasado reciente. Más que un "dónde estaba yo", precisamos una reflexión sobre qué pasó y qué consecuencias ha traído. Me pregunto, sin embargo, si es necesario volver otra vez sobre lo mismo, y no tengo respuesta. Hay tantas cosas que aún no se saben y, sobre todo, tantas otras que es necesario que no se olviden, que un recordatorio se impone como imprescindible. Pero por otra parte queda la amarga sensación de que mientras el estigma de la Guerra Civil y la posterior Dictadura sigan aventándose como armas arrojadizas, hasta que estemos recordando ciertas fechas en lugar de que ese día pase a ser como cualquier otro, seguiremos viviendo en una Democracia acomplejada, coja. Los periódicos que en el momento del intento de golpe de estado se posicionaron al lado de todos, porque todos éramos los amenzados, hoy lanzan gruesas ediciones conmemorativas que en el fondo sólo jalean a los suyos para aplaudirlos y recordarnos según su punto de vista quiénes sacaron las castañas del fuego y quiénes se escondieron debajo del escaño. No podemos pedir objetividad, porque cualquier visión de la realidad es por fuerza subjetiva, pero sí que reclamo que a las lineas editoriales se les note menos esa obscenamente descarada connivencia para arrimarse al árbol que da más sombra, que dejen de reescribir la Historia con cada portada.

Les confesaré que hace dos décadas que no leo periódicos. Llevo muy mal que me intenten manipular de forma tan burda. Me repugna su pose amable con el poder, me asquea la actitud servil de palmeros del que manda. Debe de tener algo que ver con que soporte tan mal las jerarquías, la prepotencia del jefe. Soy, qué le voy a hacer, un rebelde. Y me gusta serlo. No aguanto que los periódicos retuerzan la realidad para ajustarla a su opinión y a su juicio dependiendo de quien sea el que esté en la cima. Y me fastidia más aún que sus lectores se aferren a lo que diga el periódico de su cuerda como si fuera una verdad revelada. Sin cuestionarse nada más, esperando leer lo que quieren leer sin guardar una mínima distancia crítica. Que desfilen en perfecta formación con los suyos, destilando rabia contra los que no encajan en el pensamiento único. Creo que la función del periodista es contar la verdad. Y por muchas facetas que tenga la verdad, por muy poliédrica que sea, los hechos son inamovibles y los datos inmutables. Demando, como cantaba Santiago Auserón: "Más información sin comentarios". El periodista ha dejado de ser un contrapeso. Ha dejado de ser crítico con el poder para convertirse en su corifeo, en un instrumento más para la estulticia del pueblo. Y sus periódicos ahora ya no me sirven ni como papel para envolver el pescado.

2 Comentarios:

Anónimo dijo...

Compañero Fran G. Lara, me ha parecido muy bueno tu comentario.

En este aspecto, pienso igual que tú: de la teórica neutralidad y honestidad que deberían tener los periodistas a la hora de informar, nada que ver con la realidad, la cual daría para escribir enciclopedias sobre todos los casos de falta total de ética de dichos ¿profesionales?.

En los diarios, nada más lejos de su teórica función, solo encontramos el punto de vista de quien firma el artículo o el del director del diario a quienes les paga la nómina cada mes.

Santiago M

PEPE CAHIERS dijo...

Cuanta razón tienes en esas últimas líneas. Hoy ya no queda casi ningún periodista, han sido sustituidos por jefes de prensa de los partidos y comisarios políticos.