Yo, como Zapatero, también tengo un abuelo con historia. Un abuelo con el que todo el mundo en la familia se empeña siempre en compararme y de quien dicen que soy el vivo retrato. No en aspecto, pero sí en carácter. Esto podría tomármelo como un halago si no fuera porque existe el consenso general de que mi abuelo es el villano oficial de la familia. Un tipo del que casi todo el mundo guarda un mal recuerdo, alguien cuyo nombre basta con mencionar para que se tuerza el gesto. Y yo, que me hace bastante gracia la situación, no desaprovecho ocasión para realizar la perfecta imitación de mi abuelo en cada reunión familiar. Mi abuelo, como sucede en casi todas las familias, tenía un léxico muy peculiar, una colección de ademanes y expresiones fácilmente identificables que lo hacían único y reconocible. Ver las miradas asesinas a la hora de comer y notar cómo el ambiente se torna gélido hasta que se puede cortar cada vez que gesticulando como él entono "copón diviiino", "eso no lo quiero yo pa-ná", o "a mí me gusta y yiá", hace que por dentro me tronche.
Y es que a mí, mi abuelo siempre me hizo reír. Comprendo que los demás echen pestes de él, que lo recuerden como un tirano que siempre impuso su voluntad, pero también reconocen que jamás fue un hombre violento y que nunca nadie le escuchó alzar la voz. Al contrario, siempre demostró sin alharacas su inteligencia y su sentido del humor. Pero había algo en la expresión de su rostro, en la forma en que hablaba, en su actitud envarada, que imponía y lo hacía más seco que la mojama. Frío, distante, poco dado al cariño. Excepto conmigo. A mí me respetaba porque siendo muy niño supe plantarle cara y no dejarme dominar por su displicencia. Porque fui el único que le dijo "no" con convicción. O tal vez mi familia tiene razón y se reconoció a sí mismo en mí. Yo lo que recuerdo son las historias que me contaba, las noches que pasé con él comiendo melocotón con vino mientras los demás nietos se iban a la feria, la forma en que escuchaba en silencio los consejos de todo el mundo para luego hacer lo que le diese la gana, la manera en que cuando se emborrachaba le importaba un bledo lo que pensasen sus vecinos y cómo fue siempre un espíritu libre. Mi abuelo odiaba discutir, pero odiaba más aún dejarse manejar.
Mi abuelo, como el abuelo de Zapatero, también estuvo en la Guerra Civil. Y, como el abuelo de Zapatero, también combatió en el bando republicano. No sé si por esa circunstancia, o si ya le venía de antes, pero mi abuelo siempre conservó su rebeldía revolucionaria. Toda su vida se negó a ponerse gorra para no tener así que descubrirse ante "los señoritos". Siempre despotricaba de "Frasquito", Hitler y Mussolini, y decía, con una idiosincrática asociación de ideas, que cuando muriese no quería ir al cielo "con los curas, las beatas y las monjas" sino que prefería ir al infierno con "las putas, los toreros y los bailarines". Como cada vez que le sacudía la furia, mascullaba la palabra “facha” entre dientes, y me enseñó el himno de Riego con la letra de "que viva el comunismo, que lo queremos ver, y aquel que no trabaje no debe de comer". Todavía guardo su cartilla de la U.G.T. con las cuotas de 1937 pagadas, que mantuvo oculta durante toda la dictadura. Sin embargo, cada vez que le pregunté por qué se alistó en el bando rojo, siermpre me contestó lo mismo: "porque me tocó".
Mi curiosidad insaciable de niño invariablemente me llevaba a cuestionarle sobre aquella época de su vida, y él siempre me contestaba con la misma sencillez que si me estuviera explicando cómo se juega a las cartas. Así supe cómo la guerra le cogió mientras hacía el servicio militar y cómo se comió los frentes más peligrosos. A mi abuelo lo destinaron como telegrafista y siempre estaba en primera línea retransmitiendo las órdenes de los mandos por código morse. Estuvo en Madrid y en Barcelona, se chupó la Batalla del Ebro y combatió al lado de las Brigadas Internacionales, lo que le impregno con un curioso dialecto mezclado de francés, ruso e italiano con el que salpicaba todas sus conversaciones. "Eh, niño", me decía, "ferma la porta". Luego olfateaba su vaso de vino, se echaba un sorbo al coleto, gruñia y le me lo tendía con una mano cada vez más temblorosa. "Drau, tovarischi". Cuando fui algo mayor me contó sobre las barbaridades que había visto en la guerra. Cómo asistió a torturas a mujeres, cómo vio asesinar de la manera más cruel a niños de pecho. A mi abuelo un día le pegaron un tiro en el vientre. Todavía relataba divertido el susto que se llevó hasta que se dio cuenta que la bala sólo le había destrozado la hebilla del correaje. A pesar de resultar ileso, a mi abuelo le dieron una semana de permiso por ese balazo. Pero yo lo ví muchas veces despertarse en mitad del sueño braceando al cielo y gritando de pánico.
También me contó con rompedora indiferencia, reproduciendo el sonido de los disparos con onomatopeyas y cabeceando, cómo cuatro soldados resistieron una carga enemiga desde una casa en ruinas, cómo se insultaban a gritos los soldados de ambos bandos desde unas líneas a otras, y cómo vio caer a su capitán a medio metro de él con un boquete en el pecho. A mi pregunta de qué sintió en ese momento, también respondió con desarmante sinceridad: "Me alegré porque no me había tocado a mí". Tiene algo desasosegante el mirar a los ojos de una persona que sabes que ha combatido en una guerra, que ha disparado a otros hombres, que no ha sido una película. A mi abuelo lo pilló el final de aquel fratricidio en una trinchera. Escuché perplejo cómo me desgranaba de la forma más prosaica el relato de sus últimos momentos en la pesadilla: "Cuando nos dijeron que la guerra se había acabado solté el fusil y me marché a mi casa andando. Me monté en el primer tren que pillé y al día siguiente estaba sembrando para la cosecha. Llegué justo en el momento preciso". Mi abuelo nunca me habló de la posguerra más que para decirme que a él no lo doblaba ni el seis doble. Cuando yo veía aquel cuerpo enjuto, todo piel y alcohol, sabía que eso era verdad.
A mi abuelo, como a mí, le gustaba la comida caliente y la bebida fría, comía con navaja y jamás se puso un jersey porque decía que "los hombres se visten por los pies". Sí, es posible que fuese un canalla, pero a mí siempre me pareció un hombre muy divertido, duro como el diamante que daba color a sus ojos, que vivió con los dientes apretados y que miraba a la vida cara a cara. Lo vi reírse contando anécdotas y lo vi emocionarse recordando momentos pasados. Fue un hombre coherente, una persona que vivió siempre de acuerdo a su propio código, que aborrecía a los lamebotas y que tuvo mala hostia y dignidad hasta para morirse. Pero, sobre todo, fue alguien que supo lo que quería y que encontró lo que le hacía feliz en la verdadera esencia de las cosas. Hay quien dice que era egoista. Yo pienso que descubrió a tiempo de qué iba esto de vivir. A mí, como a Zapatero el suyo, mi abuelo también me dejó grandes enseñanzas. Siempre recordaré su inmortal consejo: "Nene, nunca digas de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre, ni esta polla no me cabe". Sabias palabras.
Y es que a mí, mi abuelo siempre me hizo reír. Comprendo que los demás echen pestes de él, que lo recuerden como un tirano que siempre impuso su voluntad, pero también reconocen que jamás fue un hombre violento y que nunca nadie le escuchó alzar la voz. Al contrario, siempre demostró sin alharacas su inteligencia y su sentido del humor. Pero había algo en la expresión de su rostro, en la forma en que hablaba, en su actitud envarada, que imponía y lo hacía más seco que la mojama. Frío, distante, poco dado al cariño. Excepto conmigo. A mí me respetaba porque siendo muy niño supe plantarle cara y no dejarme dominar por su displicencia. Porque fui el único que le dijo "no" con convicción. O tal vez mi familia tiene razón y se reconoció a sí mismo en mí. Yo lo que recuerdo son las historias que me contaba, las noches que pasé con él comiendo melocotón con vino mientras los demás nietos se iban a la feria, la forma en que escuchaba en silencio los consejos de todo el mundo para luego hacer lo que le diese la gana, la manera en que cuando se emborrachaba le importaba un bledo lo que pensasen sus vecinos y cómo fue siempre un espíritu libre. Mi abuelo odiaba discutir, pero odiaba más aún dejarse manejar.
Mi abuelo, como el abuelo de Zapatero, también estuvo en la Guerra Civil. Y, como el abuelo de Zapatero, también combatió en el bando republicano. No sé si por esa circunstancia, o si ya le venía de antes, pero mi abuelo siempre conservó su rebeldía revolucionaria. Toda su vida se negó a ponerse gorra para no tener así que descubrirse ante "los señoritos". Siempre despotricaba de "Frasquito", Hitler y Mussolini, y decía, con una idiosincrática asociación de ideas, que cuando muriese no quería ir al cielo "con los curas, las beatas y las monjas" sino que prefería ir al infierno con "las putas, los toreros y los bailarines". Como cada vez que le sacudía la furia, mascullaba la palabra “facha” entre dientes, y me enseñó el himno de Riego con la letra de "que viva el comunismo, que lo queremos ver, y aquel que no trabaje no debe de comer". Todavía guardo su cartilla de la U.G.T. con las cuotas de 1937 pagadas, que mantuvo oculta durante toda la dictadura. Sin embargo, cada vez que le pregunté por qué se alistó en el bando rojo, siermpre me contestó lo mismo: "porque me tocó".
Mi curiosidad insaciable de niño invariablemente me llevaba a cuestionarle sobre aquella época de su vida, y él siempre me contestaba con la misma sencillez que si me estuviera explicando cómo se juega a las cartas. Así supe cómo la guerra le cogió mientras hacía el servicio militar y cómo se comió los frentes más peligrosos. A mi abuelo lo destinaron como telegrafista y siempre estaba en primera línea retransmitiendo las órdenes de los mandos por código morse. Estuvo en Madrid y en Barcelona, se chupó la Batalla del Ebro y combatió al lado de las Brigadas Internacionales, lo que le impregno con un curioso dialecto mezclado de francés, ruso e italiano con el que salpicaba todas sus conversaciones. "Eh, niño", me decía, "ferma la porta". Luego olfateaba su vaso de vino, se echaba un sorbo al coleto, gruñia y le me lo tendía con una mano cada vez más temblorosa. "Drau, tovarischi". Cuando fui algo mayor me contó sobre las barbaridades que había visto en la guerra. Cómo asistió a torturas a mujeres, cómo vio asesinar de la manera más cruel a niños de pecho. A mi abuelo un día le pegaron un tiro en el vientre. Todavía relataba divertido el susto que se llevó hasta que se dio cuenta que la bala sólo le había destrozado la hebilla del correaje. A pesar de resultar ileso, a mi abuelo le dieron una semana de permiso por ese balazo. Pero yo lo ví muchas veces despertarse en mitad del sueño braceando al cielo y gritando de pánico.
También me contó con rompedora indiferencia, reproduciendo el sonido de los disparos con onomatopeyas y cabeceando, cómo cuatro soldados resistieron una carga enemiga desde una casa en ruinas, cómo se insultaban a gritos los soldados de ambos bandos desde unas líneas a otras, y cómo vio caer a su capitán a medio metro de él con un boquete en el pecho. A mi pregunta de qué sintió en ese momento, también respondió con desarmante sinceridad: "Me alegré porque no me había tocado a mí". Tiene algo desasosegante el mirar a los ojos de una persona que sabes que ha combatido en una guerra, que ha disparado a otros hombres, que no ha sido una película. A mi abuelo lo pilló el final de aquel fratricidio en una trinchera. Escuché perplejo cómo me desgranaba de la forma más prosaica el relato de sus últimos momentos en la pesadilla: "Cuando nos dijeron que la guerra se había acabado solté el fusil y me marché a mi casa andando. Me monté en el primer tren que pillé y al día siguiente estaba sembrando para la cosecha. Llegué justo en el momento preciso". Mi abuelo nunca me habló de la posguerra más que para decirme que a él no lo doblaba ni el seis doble. Cuando yo veía aquel cuerpo enjuto, todo piel y alcohol, sabía que eso era verdad.
A mi abuelo, como a mí, le gustaba la comida caliente y la bebida fría, comía con navaja y jamás se puso un jersey porque decía que "los hombres se visten por los pies". Sí, es posible que fuese un canalla, pero a mí siempre me pareció un hombre muy divertido, duro como el diamante que daba color a sus ojos, que vivió con los dientes apretados y que miraba a la vida cara a cara. Lo vi reírse contando anécdotas y lo vi emocionarse recordando momentos pasados. Fue un hombre coherente, una persona que vivió siempre de acuerdo a su propio código, que aborrecía a los lamebotas y que tuvo mala hostia y dignidad hasta para morirse. Pero, sobre todo, fue alguien que supo lo que quería y que encontró lo que le hacía feliz en la verdadera esencia de las cosas. Hay quien dice que era egoista. Yo pienso que descubrió a tiempo de qué iba esto de vivir. A mí, como a Zapatero el suyo, mi abuelo también me dejó grandes enseñanzas. Siempre recordaré su inmortal consejo: "Nene, nunca digas de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre, ni esta polla no me cabe". Sabias palabras.
1 Comentarios:
Bonito post...
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