Yo tendría... no sé... ocho o diez años, no más. Entonces los niños todavía jugábamos en la calle al salir del colegio y nuestras madres nos enviaban a hacer recados a las tiendas. Yo siempre me demoraba en el quiosco de la esquina de mi calle. Los quioscos de mi infancia eran catálogos de maravillas ubicados en plantas bajas de edificios. Sus puertas forradas de todos los tebeos que recibían casi a diario eran un muestrario de novedades en technicolor para mis ojos siempre abiertos para verlo todo porque todavía no habían visto casi nada. Desde entonces me ha quedado una fascinanción con esos establecimientos que hace que no pueda pasar por uno de ellos sin pararme a escrutar todo lo que exhibe. Cada vez menos, he de confesar, los tebeos han dejado paso a la prensa rosa y las revistas pornográficas, asuntos ambos que me producen, como se podrán imaginar, una mezcla de desinterés y repelús, ya me comprenden.
En aquel quiosco, arriba del todo, en la esquina de la derecha, el quiosquero siempre colgaba de una pinza el último ejemplar de El Guerrero del Antifaz. En cuanto veía su colorida portada salía disparado a pedirle a mi madre la cantidad necesaria para comprarme "mi tebeo" y ella, invariablemente, cada semana me preguntaba lo mismo.
- ¿Cuánto vale?
- Doce pesetas - contestaba yo con una mezcla de timidez, nervios y vergüenza.
A veces mi madre no podía darme el dinero en ese momento y yo dejaba los días pasar repasando la ilustración de la portada desde la calle, casi pegado al escaparate, imaginando lo que habría tras ese dibujo y sin atreverme a recordárselo a mi madre. Cuando por fin el tebeo era mío lo leía con fruición, luego lo releía más lentamente y lo volvía a leer una y otra vez. Iinventaba sangrientas aventuras paralelas, copiaba sus dibujos e imaginaba qué vendría después, con qué fantásticas hazañas me asombraría al cabo de siete días en el siguiente número.
Eran también los años de hierro de la Transición Española, cuando una tremenda crisis política y económica sacudió a nuestra sociedad, no sé si les suena. Mes tras mes miles de desempleados engrosaban las listas del paro y los obreros se manifestaban en mono por las calles reclamando trabajo. Al principio las amas de casa se asomaban a los balcones y les arrojaban unas monedas por solidaridad, nadie recordaba haber visto una situación tan desesperada, pero pronto se convirtió en un paisaje cotidiano con el que tuvimos que aprender a convivir. La empresa para la que trabajaba mi padre cerró y él también perdió su trabajo. Yo, a pesar de mi corta edad, aprendí a leer la preocupación en su semblante y decidí tomar mis propias medidas. Un día mi madre vino a hablar conmigo.
- Esta mañana me ha llamado el quiosquero al pasar por delante de su tienda. Me ha preguntado si te pasaba algo porque ya no te ve delante del escaparate y hace semanas que no vas a comprar ningún tebeo. Y es verdad. Me he dado cuenta de que ya no me pides dinero.
Estoy seguro de que mi madre me hablaba con más cariño que curiosidad, pero a mí entonces me pareció que sonaba muy enfadada. Con mi ingenuidad de niño, respondí con sinceridad.
- Es que como papá está en el paro... no quise...- dije con un hilo de voz - Además, sabía que si me paraba delante del quiosco, al final el señor me preguntaría y no quería tener que darle explicaciones.
Mi madre todavía recuerda aquel momento con una sonrisa, pero yo pensé que estaba haciendo algo horrible. Lo que me dijo a continuación me sonó a reprimenda. Me pidió que yo no me preocupase por nada, me insistió en que eso era algo en lo que yo no tenía que pensar y se aseguró de que cada semana tuviese mis doce pesetas sin pedírselas, pero algo había cambiado en mi para siempre. No sólo me había saltado unos cuantos números en mi colección, sino que también mi visión del mundo había cambiado. Cuando volví a comprar otro ejemplar de El Guerrero del Antifaz, ya no me supo a lo mismo. Al cabo de unos meses mi padre consiguió otro trabajo, un trabajo que mantuvo hasta el día de su jubilación, y yo empecé a comprar otros tebeos. Algo que entonces llamaría "comics". La sensación que teníamos de que todo se desmoronaba a nuestro alrededor, de que estábamos asistiendo a una segunda Caída del Imperio Romano se desvaneció. Pensamos que ese era un tiempo pasado que no volvería. Qué equivocados estábamos.
En aquel quiosco, arriba del todo, en la esquina de la derecha, el quiosquero siempre colgaba de una pinza el último ejemplar de El Guerrero del Antifaz. En cuanto veía su colorida portada salía disparado a pedirle a mi madre la cantidad necesaria para comprarme "mi tebeo" y ella, invariablemente, cada semana me preguntaba lo mismo.
- ¿Cuánto vale?
- Doce pesetas - contestaba yo con una mezcla de timidez, nervios y vergüenza.
A veces mi madre no podía darme el dinero en ese momento y yo dejaba los días pasar repasando la ilustración de la portada desde la calle, casi pegado al escaparate, imaginando lo que habría tras ese dibujo y sin atreverme a recordárselo a mi madre. Cuando por fin el tebeo era mío lo leía con fruición, luego lo releía más lentamente y lo volvía a leer una y otra vez. Iinventaba sangrientas aventuras paralelas, copiaba sus dibujos e imaginaba qué vendría después, con qué fantásticas hazañas me asombraría al cabo de siete días en el siguiente número.
Eran también los años de hierro de la Transición Española, cuando una tremenda crisis política y económica sacudió a nuestra sociedad, no sé si les suena. Mes tras mes miles de desempleados engrosaban las listas del paro y los obreros se manifestaban en mono por las calles reclamando trabajo. Al principio las amas de casa se asomaban a los balcones y les arrojaban unas monedas por solidaridad, nadie recordaba haber visto una situación tan desesperada, pero pronto se convirtió en un paisaje cotidiano con el que tuvimos que aprender a convivir. La empresa para la que trabajaba mi padre cerró y él también perdió su trabajo. Yo, a pesar de mi corta edad, aprendí a leer la preocupación en su semblante y decidí tomar mis propias medidas. Un día mi madre vino a hablar conmigo.
- Esta mañana me ha llamado el quiosquero al pasar por delante de su tienda. Me ha preguntado si te pasaba algo porque ya no te ve delante del escaparate y hace semanas que no vas a comprar ningún tebeo. Y es verdad. Me he dado cuenta de que ya no me pides dinero.
Estoy seguro de que mi madre me hablaba con más cariño que curiosidad, pero a mí entonces me pareció que sonaba muy enfadada. Con mi ingenuidad de niño, respondí con sinceridad.
- Es que como papá está en el paro... no quise...- dije con un hilo de voz - Además, sabía que si me paraba delante del quiosco, al final el señor me preguntaría y no quería tener que darle explicaciones.
Mi madre todavía recuerda aquel momento con una sonrisa, pero yo pensé que estaba haciendo algo horrible. Lo que me dijo a continuación me sonó a reprimenda. Me pidió que yo no me preocupase por nada, me insistió en que eso era algo en lo que yo no tenía que pensar y se aseguró de que cada semana tuviese mis doce pesetas sin pedírselas, pero algo había cambiado en mi para siempre. No sólo me había saltado unos cuantos números en mi colección, sino que también mi visión del mundo había cambiado. Cuando volví a comprar otro ejemplar de El Guerrero del Antifaz, ya no me supo a lo mismo. Al cabo de unos meses mi padre consiguió otro trabajo, un trabajo que mantuvo hasta el día de su jubilación, y yo empecé a comprar otros tebeos. Algo que entonces llamaría "comics". La sensación que teníamos de que todo se desmoronaba a nuestro alrededor, de que estábamos asistiendo a una segunda Caída del Imperio Romano se desvaneció. Pensamos que ese era un tiempo pasado que no volvería. Qué equivocados estábamos.
3 Comentarios:
Interesantísimo (y ahora échate unas risas).
El tema será un clásico, pero no me apasiona...pero el post me ha encantado.
"y nuestras madres nos enviaban a hacer recados a las tiendas."
Ahora no bajan ni a tiros los muy cabritos... Si te contara... Y debe ser generalizado...porque hablando con otros padres amigos... me dijeron lo mismo... y uno decía que por el centro comercial (no hago publicidad) era rarísimo ver a críos haciendo la compra (en todo caso alguno acompañado de la madre).
En el resto... ni entro, que me pilla de cerca en nada.
Un saludo.
Yo aún bajo a hacerle la compra a mi madre siempre que estoy en casa... (y si no se la hago todos los días es porque ahora vivo a 600 km de distancia)
Pero, en fin, que a mí también me ha gustado la entrada :)
Y al igual que se puede interpretar como un "creímos que los malos tiempos habían quedado atrás", también admite la perspectiva optimista de "se superó entonces y se volverá a superar una vez más", ¿no?
Sí, claro, no hay mal que 100 años dure y todo eso. Pero no aprecias las cosas de igual modo con 10 años que con 40, ni estás en la misma situación. Además, ahora soy mucho más revolucionario.
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