En aquel tiempo todavía pagabamos las cosas con pesetas. Por cinco pesetas te vendían en cualquier quiosco un sobre con soldaditos de plástico. Eran miniaturas cuidadosamente detalladas que representaban americanos verdes y corpulentos, con un uniforme lleno de bolsillos y granadas de mano. Los japoneses eran menudos y amarillos, con aspecto cruel y frágil. Los rusos, burdos y rojos. Los alemanes eran el ejército que más veces te encontrabas, grises y con aire elegante. A los niños nos gustaba ponerlos en formación y recrear las batallas que veíamos en las películas. En aquel tiempo los críos también jugábamos al fútbol en mitad de la calle y poníamos dos latas en el suelo para marcar la portería. Cuando pasaba algún coche alguien daba el grito de alarma y todos nos retirabamos de la carretera para volver luego disciplinadamente al mismo sitio del que habíamos partido, como en un pacto tácito que todo el mundo respetaba. En aquel tiempo tenía que caminar durante media hora para recorrer el camino entre mi casa y el colegio. Cuatro veces al día surcaba campos sembrados de patatas y acequias. Un día me caí queriendo saltar una de esas acequias y mis amigos me rescataron e intentaron infructuosamente encender una hoguera para secarme. Tuve que volver a casa mohíno y asustado, y mi madre me metió en la bañera y me envolvió en toallas y me acostó en una cama que a mí se me asemejaba enorme, y dormí la mejor siesta de mi vida.
En aquel tiempo mi vecino de abajo era el señor Andrés, un hombre muy educado que hablaba muy bajito, pero que por las tardes bebía coñac y agua, y cogía unas borracheras tremendas, y volvía a su casa tambaleandose con las piernas como de lana. Y entonces imitaba a Cantinflas y era graciosísimo, pero nadie se reía por temor a ofenderle. Y su mujer era una señora pequeñita y rechoncha, que tenía una perra también pequeñita y rechoncha que se llamaba Gruñona y que siempre estaba ladrando. Y la señora le echaba la bronca al señor Andrés cuando se emborrachaba, y la perra y la señora se parecían un horror, y ya no sabías quién ladraba y quién echaba la bronca. En aquel tiempo mi amigo El Chino (nunca supe porqué le llamábamos así, no parecía chino en absoluto) le sisaba a su padre un duro de la caja de la panadería y todos los días se compraba una bolsa de gusanitos Risi. Unos gusanitos de maíz enormes, sabrosos, que comía cada día al salir de clase. Y a mí jamás me invitaba, y yo me moría de ganas por poder comprar alguna vez una bolsa de esos gusanitos, pero nunca tenía dinero para hacerlo. En aquel tiempo yo hacía los recados a medio día mientras mi madre preparaba la comida. Y entonces iba a la bodega y compraba vino y cerveza y gaseosa para mi padre, y volvía cargadísimo. Y luego iba a la farmacia, porque mi padre siempre estaba enfermo. Y Patricia, la ayudante del farmacéutico, era una chica jovencita y delgada, muy tímida y con granos en las mejillas. Y a mí me parecía preciosa, y en verano llevaba una bata blanca sin nada debajo, y cuando se agachaba yo me asomaba a aquel escote y veía un pecho menudo y moreno. Y el farmaceútico era un tipo bajito con aspecto de caradura, y con un peluquín negro exagerado y la cara bronceada como si se la hubiera pintado. Y a mí el farmacéutico me parecía repugnante. Y al final iba a la panadería del Chino y miraba el chocolate blanco Lingotín y tampoco podía comprarlo, y siempre me quedé con las ganas de probar ese chocolate. Y en aquel tiempo el camión de la basura pasaba por la mañana.
Entonces no habían instalado todavía los contenedores en las calles ni se hacía la recogida de basuras durante la noche. Las bolsas de basura se amontonaban en las esquinas de los edificios, macerándose al sol, repartiendo olores y jugos por el pavimento rodeado de moscas y gatos, mientras los niños correteabamos alrededor jugando a pillar, o a las canicas, o a policías y ladrones. El camión pasaba todos los días a las doce y media, y toda la chiquillería del barrio estábamos pendientes de su llegada. No se sabe porqué, algunos decían que era porque los gatos esparcían la basura por la acera y él nos acusaba a nosotros de verse obligada a barrerla, pero uno de los basureros empezó a perseguirnos armado con una escoba cada día que venía. Los críos esperábamos expectantes la hora, acechando por sí veíamos aquel camión asomar por la esquina con su ruidoso bufido y su cansino avanzar. Y allí venía el Basurero, un individuo enjuto y pelirrojo, con un rostro curtido de profundas arrugas que le daban un aire siniestro, corriendo hacia nosotros con la escoba en la mano. Los niños salíamos disparados huyendo en todas las direcciones, gritando de miedo y de alborozo. Yo también corría, ciegamente, sin sentido, sin saber el motivo. Una vez me atreví a mirar atrás y vi al basurero detrás de mí diciendo con regocijo: "¡Corre que te pillo, corre que te pillo!". Estaba sonriendo de satisfacción y a mí me pareció una sonrisa diabólica que acentuaba los surcos de sus mejillas. A veces el camión no pasaba a su hora, o no venía nuestro Basurero, y nosotros respirábamos aliviados, pero a la vez decepcionados. La llegada del Basurero era otro motivo de diversión en nuestros largos días de verano, que entonces parecían discurrir tan lentos.
Ángel era mi mejor amigo y yo siempre me supeditaba a él. Lo veía más alto, más fuerte, más decidido. Siempre estaba inventando cosas, destripando cacharros para ver lo que tenían dentro. Con Manolín, Ángel y yo éramos un trío inseparable. A Manolín le llamábamos Manolín Quetemato, porque su madre siempre estaba asomada a la ventana observándolo y a menudo lo amenazaba agitando el puño mientras gritaba: "¡Manolín! ¡Que te mato!". El pobre Manolín tenía todo el tiempo aspecto de estar triste, aunque yo pensaba que lo que en realidad le pasaba es que era muy responsable. Toñito era el hijo del dueño del bar, y era rechoncho y algo más pequeño que nosotros, pero como su padre tenía el único bar del barrio siempre se paseaba como si fuera el rey de la calle. Intentaba que todos le obedecieramos, pero nadie le hacía mucho caso. A quien todos admirábamos de verdad era a Julián, su hermano mayor. Julián y Enrique eran los chicos grandes de la calle. Enrique era hermano de Manolín, pero nunca le llamó nadie Enrique Quetemato. También había tres niñas en el barrio, pero siempre estaban sentadas en un patio jugando con sus muñecas y nadie reparaba mucho en ellas entonces. Enrique era muy alto y delgado, siempre muy serio. A mí me recordaba a uno de los Beatles, pero nunca supe a cuál. Julián era aún más alto que Enrique y tenía una espesa mata de pelo negro rizado, y una sonrisa lobuna que dejaba mostrar sus colmillos y que a mí me fascinaba. Era mucho más simpático que Enrique y jugaba con los niños más pequeños atrapándonos con aquellos dedos largos y huesudos suyos, que a mí me parecían los más fuertes del mundo. Julián se cayó una vez cargado con una caja de botellas mientras ayudaba a su padre en el bar y aterrizó sobre los cascos rotos. Tenía los antebrazos surcados de cicatrices a causa de aquel accidente y cuando se remangaba yo no podía apartar los ojos de aquellos costurones sobre sus miembros nudosos, que lo hacían aún más heroico. Los pequeños mirábamos a Julián y Enrique caminar por la calle, siempre juntos, hablando en voz baja, duros, formales, casi como los adultos, pero con más luz, como ídolos con un brillo propio que los hacía refulgir.
Y entonces en las calles pusieron contenedores de basura y el camión empezó a pasar por la noche y dejamos de ver al Basurero para siempre hasta que nos olvidamos de él. Las huertas se convirtieron en edificios y yo no tuve que volver a ir al colegio entre acequias. El tráfico abundó y ya no podíamos jugar apenas al futbol entre los coches, pero tampoco nos interesaba ya como antes. Ahora éramos nosotros los chicos mayores del barrio, y Julián y Enrique ya no estaban. Manolín nos contó que su hermano y Julián habían hecho un pacto. Siempre habían querido estar juntos, así que ambos habían hecho un examen o algo así y habían ingresado en la Guardia Civil los dos. Y los chicos del barrio nos sentimos muy orgullosos, como si hubiera sido también un logro nuestro. Toñito había crecido y seguía pavoneandose por el barrio, y nosotros seguíamos ignorándole. Patricia, la chica de la farmacia, ya no tenía granos en las mejillas y ya no era tan tímida. Y a mí me seguía gustando una barbaridad, y cuando ella me sonreía parecía que se daba cuenta de eso, pero yo ahora la miraba fijamente a los ojos. Y un día empezó a atenderme el baboso del farmaceutico y Patricia apenas me sonrió ya más. Yo seguía yendo a hacer los recados a medio día, y los sábados iba también al médico a renovar recetas para mi padre, que seguía enfermo, y mi madre tenía una paella preparada para cuando yo volvía. El Chino ya no compraba gusanitos y yo cada vez lo veía menos porque ahora trabajaba con su padre en la panadería. Y cuando yo iba a por el pan todavía me quedaba mirando el chocolate blanco Lingotín, pero seguía sin poder comprarlo, aunque ya no me importaba tanto. Las niñas del barrio habían crecido y ya no jugaban con muñecas, pero todos seguíamos sin hacerles mucho caso todavía. Y el señor Andrés seguía emborrachándose por las tardes con coñac y su mujer y su perra seguían echándole la bronca, pero ya no imitaba a Cantinflas y cada vez lo veíamos menos. El señor Andrés parecía haberse hecho muy viejo de golpe.
Un día Ángel me llamó por teléfono. A Julián lo habían matado. Enrique y él iban en un coche y les habían puesto una bomba. Enrique estaba herido levemente, pero Julián había muerto en el acto. Me lo dijo y me pareció un instante irreal. Las palabras resonaban huecas dentro de mi cabeza, como dichas bajo el agua. El paladar me sabía a metal y a sangre. Julián había muerto. Julián y Enrique ya no eran más Julián y Enrique. Dos días más tarde se celebró el entierro. A la salida de la iglesia Manolín Quetemato abrió una de las puertas y yo sujeté la otra para que saliera el féretro de su hermano. Ángel estaba detrás de mí. Cuando el ataúd cubierto con la bandera pasó por mi lado me lo quedé mirando hipnotizado. Entonces vi a Enrique por primera vez. Se había dejado un bigote que le daba un aspecto más sombrío, tenía unas profundas ojeras y un rostro ceniciento que parecía habérsele hundido. Jamás lo había visto sonreir, pero entonces se me asemejó más serio que nunca. Enrique se había hecho adulto desde que se había marchado de nuestra calle. Entonces lo vi palidecer y se tambaleó. Su madre gritó su nombre con la voz quebrada y alguien lo sujetó por los hombros. Los restos de Julián pasaron por delante de mí y se los llevaron en un coche negro. Yo me quedé allí paralizado, sujetando la puerta abierta hasta que Ángel me susurró por encima del hombro: "Vámonos".
Ese fin de semana el barrio estuvo inquietamente enmudecido y desierto. Toñito no salió a dar su acostumbrado paseo de inspección, Gruñona no se escuchó ladrar y yo no fui a hacer recados ni al médico. Ángel y yo caminábamos en silencio por la calle, cada vez alejándonos más, deambulando sin rumbo. En un quiosco en un parque vimos un sobre de soldaditos de plástico. "¿Lo compramos?" Como un pequeño homenaje a nuestra niñez, que parecía definitivamente acabada, rasgamos el sobre. Otra vez alemanes. Los dispusimos sobre el suelo y los contemplamos en cuclillas sin saber qué hacer. Entonces Ángel hizo un gesto extraño y miró a su alrededor replegándose aún más sobre sí mismo. "El Basurero", me dijo en voz baja. "¿Qué?". "El Basurero", insistió, "Es ese tío que viene por ahí". Ángel se agachaba cada vez más. Furtivamente eché un vistazo contagiándome de su secretismo. El mismo hombre pelirrojo, enjuto, más viejo, más circunspecto, caminaba hacia nosotros. Parecía fuera de lugar encontrarlo ahí, ahora, después de tanto tiempo, sin su escoba, sin su ropa de trabajo. Pero era él. "Es verdad. ¿Qué hacemos?" Inmediatamente, sin mediar palabra, echamos a correr. Y corrimos y corrimos y corrimos sin parar hasta que nos dimos cuenta de que esta vez El Basurero no nos perseguía. Ángel y yo por un momento habíamos vuelto años atrás en un acto reflejo, absurdo e infantil. "Qué bobos", pensé. Estábamos sonriendo. Aquel regreso a nuestra niñez había lavado todo nuestro pesar y nos había hecho volver a sentirnos llenos de vida. "Eh, nos hemos dejado los soldaditos". Volvimos caminando al parque sin saber qué nos encontraríamos. Y allí estaba el ejercito alemán, en perfecta formación, esperándonos. Nadie lo había tocado.
En aquel tiempo mi vecino de abajo era el señor Andrés, un hombre muy educado que hablaba muy bajito, pero que por las tardes bebía coñac y agua, y cogía unas borracheras tremendas, y volvía a su casa tambaleandose con las piernas como de lana. Y entonces imitaba a Cantinflas y era graciosísimo, pero nadie se reía por temor a ofenderle. Y su mujer era una señora pequeñita y rechoncha, que tenía una perra también pequeñita y rechoncha que se llamaba Gruñona y que siempre estaba ladrando. Y la señora le echaba la bronca al señor Andrés cuando se emborrachaba, y la perra y la señora se parecían un horror, y ya no sabías quién ladraba y quién echaba la bronca. En aquel tiempo mi amigo El Chino (nunca supe porqué le llamábamos así, no parecía chino en absoluto) le sisaba a su padre un duro de la caja de la panadería y todos los días se compraba una bolsa de gusanitos Risi. Unos gusanitos de maíz enormes, sabrosos, que comía cada día al salir de clase. Y a mí jamás me invitaba, y yo me moría de ganas por poder comprar alguna vez una bolsa de esos gusanitos, pero nunca tenía dinero para hacerlo. En aquel tiempo yo hacía los recados a medio día mientras mi madre preparaba la comida. Y entonces iba a la bodega y compraba vino y cerveza y gaseosa para mi padre, y volvía cargadísimo. Y luego iba a la farmacia, porque mi padre siempre estaba enfermo. Y Patricia, la ayudante del farmacéutico, era una chica jovencita y delgada, muy tímida y con granos en las mejillas. Y a mí me parecía preciosa, y en verano llevaba una bata blanca sin nada debajo, y cuando se agachaba yo me asomaba a aquel escote y veía un pecho menudo y moreno. Y el farmaceútico era un tipo bajito con aspecto de caradura, y con un peluquín negro exagerado y la cara bronceada como si se la hubiera pintado. Y a mí el farmacéutico me parecía repugnante. Y al final iba a la panadería del Chino y miraba el chocolate blanco Lingotín y tampoco podía comprarlo, y siempre me quedé con las ganas de probar ese chocolate. Y en aquel tiempo el camión de la basura pasaba por la mañana.
Entonces no habían instalado todavía los contenedores en las calles ni se hacía la recogida de basuras durante la noche. Las bolsas de basura se amontonaban en las esquinas de los edificios, macerándose al sol, repartiendo olores y jugos por el pavimento rodeado de moscas y gatos, mientras los niños correteabamos alrededor jugando a pillar, o a las canicas, o a policías y ladrones. El camión pasaba todos los días a las doce y media, y toda la chiquillería del barrio estábamos pendientes de su llegada. No se sabe porqué, algunos decían que era porque los gatos esparcían la basura por la acera y él nos acusaba a nosotros de verse obligada a barrerla, pero uno de los basureros empezó a perseguirnos armado con una escoba cada día que venía. Los críos esperábamos expectantes la hora, acechando por sí veíamos aquel camión asomar por la esquina con su ruidoso bufido y su cansino avanzar. Y allí venía el Basurero, un individuo enjuto y pelirrojo, con un rostro curtido de profundas arrugas que le daban un aire siniestro, corriendo hacia nosotros con la escoba en la mano. Los niños salíamos disparados huyendo en todas las direcciones, gritando de miedo y de alborozo. Yo también corría, ciegamente, sin sentido, sin saber el motivo. Una vez me atreví a mirar atrás y vi al basurero detrás de mí diciendo con regocijo: "¡Corre que te pillo, corre que te pillo!". Estaba sonriendo de satisfacción y a mí me pareció una sonrisa diabólica que acentuaba los surcos de sus mejillas. A veces el camión no pasaba a su hora, o no venía nuestro Basurero, y nosotros respirábamos aliviados, pero a la vez decepcionados. La llegada del Basurero era otro motivo de diversión en nuestros largos días de verano, que entonces parecían discurrir tan lentos.
Ángel era mi mejor amigo y yo siempre me supeditaba a él. Lo veía más alto, más fuerte, más decidido. Siempre estaba inventando cosas, destripando cacharros para ver lo que tenían dentro. Con Manolín, Ángel y yo éramos un trío inseparable. A Manolín le llamábamos Manolín Quetemato, porque su madre siempre estaba asomada a la ventana observándolo y a menudo lo amenazaba agitando el puño mientras gritaba: "¡Manolín! ¡Que te mato!". El pobre Manolín tenía todo el tiempo aspecto de estar triste, aunque yo pensaba que lo que en realidad le pasaba es que era muy responsable. Toñito era el hijo del dueño del bar, y era rechoncho y algo más pequeño que nosotros, pero como su padre tenía el único bar del barrio siempre se paseaba como si fuera el rey de la calle. Intentaba que todos le obedecieramos, pero nadie le hacía mucho caso. A quien todos admirábamos de verdad era a Julián, su hermano mayor. Julián y Enrique eran los chicos grandes de la calle. Enrique era hermano de Manolín, pero nunca le llamó nadie Enrique Quetemato. También había tres niñas en el barrio, pero siempre estaban sentadas en un patio jugando con sus muñecas y nadie reparaba mucho en ellas entonces. Enrique era muy alto y delgado, siempre muy serio. A mí me recordaba a uno de los Beatles, pero nunca supe a cuál. Julián era aún más alto que Enrique y tenía una espesa mata de pelo negro rizado, y una sonrisa lobuna que dejaba mostrar sus colmillos y que a mí me fascinaba. Era mucho más simpático que Enrique y jugaba con los niños más pequeños atrapándonos con aquellos dedos largos y huesudos suyos, que a mí me parecían los más fuertes del mundo. Julián se cayó una vez cargado con una caja de botellas mientras ayudaba a su padre en el bar y aterrizó sobre los cascos rotos. Tenía los antebrazos surcados de cicatrices a causa de aquel accidente y cuando se remangaba yo no podía apartar los ojos de aquellos costurones sobre sus miembros nudosos, que lo hacían aún más heroico. Los pequeños mirábamos a Julián y Enrique caminar por la calle, siempre juntos, hablando en voz baja, duros, formales, casi como los adultos, pero con más luz, como ídolos con un brillo propio que los hacía refulgir.
Y entonces en las calles pusieron contenedores de basura y el camión empezó a pasar por la noche y dejamos de ver al Basurero para siempre hasta que nos olvidamos de él. Las huertas se convirtieron en edificios y yo no tuve que volver a ir al colegio entre acequias. El tráfico abundó y ya no podíamos jugar apenas al futbol entre los coches, pero tampoco nos interesaba ya como antes. Ahora éramos nosotros los chicos mayores del barrio, y Julián y Enrique ya no estaban. Manolín nos contó que su hermano y Julián habían hecho un pacto. Siempre habían querido estar juntos, así que ambos habían hecho un examen o algo así y habían ingresado en la Guardia Civil los dos. Y los chicos del barrio nos sentimos muy orgullosos, como si hubiera sido también un logro nuestro. Toñito había crecido y seguía pavoneandose por el barrio, y nosotros seguíamos ignorándole. Patricia, la chica de la farmacia, ya no tenía granos en las mejillas y ya no era tan tímida. Y a mí me seguía gustando una barbaridad, y cuando ella me sonreía parecía que se daba cuenta de eso, pero yo ahora la miraba fijamente a los ojos. Y un día empezó a atenderme el baboso del farmaceutico y Patricia apenas me sonrió ya más. Yo seguía yendo a hacer los recados a medio día, y los sábados iba también al médico a renovar recetas para mi padre, que seguía enfermo, y mi madre tenía una paella preparada para cuando yo volvía. El Chino ya no compraba gusanitos y yo cada vez lo veía menos porque ahora trabajaba con su padre en la panadería. Y cuando yo iba a por el pan todavía me quedaba mirando el chocolate blanco Lingotín, pero seguía sin poder comprarlo, aunque ya no me importaba tanto. Las niñas del barrio habían crecido y ya no jugaban con muñecas, pero todos seguíamos sin hacerles mucho caso todavía. Y el señor Andrés seguía emborrachándose por las tardes con coñac y su mujer y su perra seguían echándole la bronca, pero ya no imitaba a Cantinflas y cada vez lo veíamos menos. El señor Andrés parecía haberse hecho muy viejo de golpe.
Un día Ángel me llamó por teléfono. A Julián lo habían matado. Enrique y él iban en un coche y les habían puesto una bomba. Enrique estaba herido levemente, pero Julián había muerto en el acto. Me lo dijo y me pareció un instante irreal. Las palabras resonaban huecas dentro de mi cabeza, como dichas bajo el agua. El paladar me sabía a metal y a sangre. Julián había muerto. Julián y Enrique ya no eran más Julián y Enrique. Dos días más tarde se celebró el entierro. A la salida de la iglesia Manolín Quetemato abrió una de las puertas y yo sujeté la otra para que saliera el féretro de su hermano. Ángel estaba detrás de mí. Cuando el ataúd cubierto con la bandera pasó por mi lado me lo quedé mirando hipnotizado. Entonces vi a Enrique por primera vez. Se había dejado un bigote que le daba un aspecto más sombrío, tenía unas profundas ojeras y un rostro ceniciento que parecía habérsele hundido. Jamás lo había visto sonreir, pero entonces se me asemejó más serio que nunca. Enrique se había hecho adulto desde que se había marchado de nuestra calle. Entonces lo vi palidecer y se tambaleó. Su madre gritó su nombre con la voz quebrada y alguien lo sujetó por los hombros. Los restos de Julián pasaron por delante de mí y se los llevaron en un coche negro. Yo me quedé allí paralizado, sujetando la puerta abierta hasta que Ángel me susurró por encima del hombro: "Vámonos".
Ese fin de semana el barrio estuvo inquietamente enmudecido y desierto. Toñito no salió a dar su acostumbrado paseo de inspección, Gruñona no se escuchó ladrar y yo no fui a hacer recados ni al médico. Ángel y yo caminábamos en silencio por la calle, cada vez alejándonos más, deambulando sin rumbo. En un quiosco en un parque vimos un sobre de soldaditos de plástico. "¿Lo compramos?" Como un pequeño homenaje a nuestra niñez, que parecía definitivamente acabada, rasgamos el sobre. Otra vez alemanes. Los dispusimos sobre el suelo y los contemplamos en cuclillas sin saber qué hacer. Entonces Ángel hizo un gesto extraño y miró a su alrededor replegándose aún más sobre sí mismo. "El Basurero", me dijo en voz baja. "¿Qué?". "El Basurero", insistió, "Es ese tío que viene por ahí". Ángel se agachaba cada vez más. Furtivamente eché un vistazo contagiándome de su secretismo. El mismo hombre pelirrojo, enjuto, más viejo, más circunspecto, caminaba hacia nosotros. Parecía fuera de lugar encontrarlo ahí, ahora, después de tanto tiempo, sin su escoba, sin su ropa de trabajo. Pero era él. "Es verdad. ¿Qué hacemos?" Inmediatamente, sin mediar palabra, echamos a correr. Y corrimos y corrimos y corrimos sin parar hasta que nos dimos cuenta de que esta vez El Basurero no nos perseguía. Ángel y yo por un momento habíamos vuelto años atrás en un acto reflejo, absurdo e infantil. "Qué bobos", pensé. Estábamos sonriendo. Aquel regreso a nuestra niñez había lavado todo nuestro pesar y nos había hecho volver a sentirnos llenos de vida. "Eh, nos hemos dejado los soldaditos". Volvimos caminando al parque sin saber qué nos encontraríamos. Y allí estaba el ejercito alemán, en perfecta formación, esperándonos. Nadie lo había tocado.
16 Comentarios:
Muy chulo. ¿Realidad o ficción?
Impacientes Saludos.
¿Qué parece?
A mí no me preguntes que yo vivo entre medias de las dos y a veces las confundo ;-D.
Impacientes Saludos.
Estoy convencido de que ni las cosas ni las personas son lo que son (ni lo que creen ser) sino lo que los demás ven de ellas.
Paco muy bueno.
Yo lo veo real como la vida misma que pasamos, pero con algunos personajes cambiados de oficio, incluso lo de los hermanos, pasó en el barrio, pero él no iba en coche, estaba en una garita en un puerto del norte. Terrible. Tampoco este su hermano, era su "pareja". No deja de ser terrible. Pero todo lo demás,lo hemos vivido.
Se te olvido quizás citar, cuando el basurero pelirrojo va a tu casa con la estampita de Navidad igual que el cartero y el barrendero, aunque creo que estos últimos, brillaban por su ausencia en nuestro barrio.
Muy bueno.
Yo no vivía en tu barrio, Chemari. De hecho vivía muy lejos. No me digas que lo que he escrito pasó de verdad, porque me lo he inventado todo.
Conmovedor.
No es tanta ciencia ficción, los soldaditos de plástico minúsculos que teníamos, tu amigo "el indio" perfectamente podía ser Sacedón "el indio" que su padre tenía un bar, jugar en la calle, meterte con el basurero... son cosas que podían pasar y pasaban en los barrios arrabaleros de Valencia, las cequias era lo que nos separaba de barrio... y ahí estaban, desde la Carabina, hasta las otras más pequeñas que regaban los campos. Supuse lo de la ficción, por el detalle de que a ti nunca te gustó jugar al fútbol, sino recuerdo mal.
Pero al resto nos gustaba y era así como jugamos, incluso en los campos que acababan de recoger las cosechas.
Pero lo del chico guardia civil, es cierto, el funeral fue en la iglesia de nuestro colegio, en San Roque.
Por eso me llamó la atención, todo parecía muy real, pero con los personajes cambiados.
Cómo va el libro??
Hombre, claro que existían los soldaditos de plástico. Pero yo no vivía en el barrio donde estaba el colegio. Fui a ese de rebote porque llegué a vivir a Valencia entonces y mis padres no encontraron otro. Supongo que todos los del colegio vivíais por ahí, pero yo no. Mi casa estaba muy muy lejos y nunca supe nada de eso que dices del guardia civil. Es una curiosa coincidencia, pero está bien. Yo me he basado en un tipo que vivía en mi calle, ni siquiera era amigo mío, que se mató en un accidente de tráfico mientras estaba en la mili. Oh, joder, cuántas explicaciones.
Me ha encantado...yo también jugaba al fútbol en la calle, qué tiempos!
1besico
Sí. Las explicaciones están bien a veces... cuando la peli-libro-disco es mítico y ya ha pasado el tiempo...pero ahora, tan rápido, le quita parte del encanto.
Lo sé.
Oh, una cosa, Dave. No es exactamente igual al que conoces. Preparándolo para publicarlo aquí, como siempre cada vez que releo, he cambiado cosas. Qué cruz.
Vale. Lo leo mañana. Hoy sólo había leído los comentarios (recordaba bastante el relato)
Excelente, maneja muy bien los finales. Emotivo para los que somos más o menos de la generación de los "sobres", pero recomendable para cualquier lector con sensibilidad.
Siempre es más difícil construir un buen principio, ¿verdad?
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