Se habían conocido cuando ambos apenas acababan de abandonar la infancia. Habían crecido juntos, prácticamente se habían empujado a ser adultos el uno al otro. Más que Amo y Sirviente eran dos amigos. Disfrutaban de estar juntos y en la soledad se sentían libres. La suya era una comunicación silenciosa y feliz en la que se retaban a poner sus cuerpos al límite. Era una competición gozosa que les hacía experimentar una alegría que no tenía nada en común, no podía tenerlo, con los que los observaban en la distancia. En ocasiones, cuando el Amo era más joven, había salido a divertirse alguna noche con otros amigos y había olvidado dejar dispuesto que se atendiera a su Sirviente. Al día siguiente la culpa le había mordido los tobillos cuando lo había visto trabajar cansado y falto de energías. No pasaba minuto en que no pensase que había traicionado a aquel que tan puntualmente le obedecía, pero el otro nunca había demostrado ningún tipo de rencor. Otras veces el Amo incluso había llevado a su Sirviente hasta situaciones peligrosas, y el Sirviente siempre había respondido poniendo en las manos de su Amo toda su lealtad. El Amo, teniendo como tenía el poder de doblegarlo, más de una vez había perdido con él la paciencia y había tenido que reprimir el deseo de azotarlo. Sabía bien que, al fin y al cabo, si no obedecía sus órdenes no era porque su deseo fuese desobedecerlo, sino porque él no había sabido transmitírselas bien. Cuántas veces por malentendidos el Sirviente lo había derribado de un golpe, nunca furioso, pero sí alarmado, como un chiquillo grandullón que no controla su fuerza. El Amo sabía que no había mala intención en ello pues en sus enormes ojos sólo podía leer desconcierto. El Sirviente jamás se había quejado, aún en su nobleza era incapaz de contarle sus necesidades a su Amo. Y pesar de ello, el Amo siempre había encontrado la manera de dar aliento a su Sirviente. Cuánto le hubiera gustado que estuvieran los dos en las mismas condiciones para poder así hablar sin recato y saber qué le pasaba a su Sirviente en cada momento. Aunque el Amo no recibiera una contestación directa, siempre había alguna forma de que su Sirviente le hiciese saber con sinceridad lo que ocurría en su interior. Pero llegó el día en que el Sirviente estuvo demasiado viejo y enfermo. Había llevado al límite su resistencia en su afán por corresponder a su Amo, y ahora ya no podía más. Apenas conseguía mantener la cabeza erguida. El Amo buscó superar su propio dolor. Se engañó a sí mismo repitiéndose que en realidad el otro no sentía ningún tipo de afecto por él, que era imposible que lo sintiera, que sólo se le acercaba en busca de protección y alimento. Quiso encontrar el consuelo alejándose de él. Aquel fue el momento más desdichado de su vida, pero también en el que se supo más afortunado. Clavándose las uñas en la palma de la mano, se dio cuenta de que su Sirviente había sido su mejor amigo, el más fiel, el único en el que siempre había podido confiar. Cuando vio al veterinario cargar la inyección, sintió que las piernas le pesaban como si fueran de plomo. Toda la angustia del mundo se abatió sobre él y lo llevó a un insondable vacío. En el pecho le creció un pesar sólido que consiguió aplastarlo. Era conciente de que esa era la última vez que los dos estarían juntos. Aquella noche, abrazado al cuello de su caballo, el hombre lloró desconsoladamente como un niño.
4 Comentarios:
Buen relato y muy emotivo, me ha gustado mucho. Ah, y felicitaciones por tu post sobre Bowie. Borgo.
Vaya! Pensaba que iba a ser un perro.
Bueno, en realidad pensaba que iba a ir de una relación sadomaso, pero luego me he temido que era un perro y lo del caballo no es que me haya sorprendido, pero bueno...
Hace muchos-muchos años leí un relato de un chaval en el que se jugaba un poco a esto. Básicamente era alguien que acariciaba el pelo de otro, dando la impresión de que eran hombre y mujer y al final era alguien que sacaba una navaja y mataba a un perro.
No sé... El final es lo que más me gusta. Me da que a lo mejor me hubiera gustado más si hubiera sabido desde el principio que eran caballo y jinete.
Emotivo relato que por desgracia he vivido (en este caso con un perro). Al principio pensé en una relación vampiro-súbdito, pero a mitad de relato, como David, también pensé en un perro.
A mi me gusta que se sepa al final, si desde el principio conocemos los sujetos de la relación se pierde el vuelo de la imaginación, intentando descubrir qué está pasando.
Saludos
Creo que, al final, se invierten los términos. El dolor de la pérdida convierte al amo en sirviente de una nostalgia, le proporciona una melancolía y un recuerdo que será por siempre agridulce. Me gusta mucho, me ha conmovido.
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