Estrenamos el año con una llamada ley antitabaco que viene disfrazada de filantropía. El Gobierno, que es bueno, justo y generoso, y que vela por nuestro bienestar, nos prohibe fumar. Mis sentimientos al respecto son contradictorios. Me fastidia que algo que debería ser una mera cuestión de educación se convierta en otro medio para meterse en la vida privada de la gente. Vivir mata, señor@s. Si renunciamos a todo lo que nos afecta a la salud, no podríamos hacer casi nada. Para empezar, lo más perjudicial que hay es el trabajo. Tal vez esta prohibición suponga un ahorro para las arcas del Estado, pero me suena a lo mismo que la obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad. Oiga, yo me echo a perder como quiero y me mato como me da la gana. Jamás he fumado y me importa una secreción mamaria las enfermedades que provoque el tabaco. Pienso que ustedes se pueden fumar sus cigarrillos de cuatro en cuatro si quieren, por mí como si se apagan las colillas en los ojos. Lo que me molesta es que lo hagan a mi lado, sea en un bar o en mitad de la calle. Como si en espacios abiertos no me viniese el humo a la cara del mismo modo. Lo que me da asco es que ese humo que entra por su boca y pasa por sus órganos internos luego me lo tenga que tragar yo. Lo que me repugna es llegar a mi casa con ese olor que tanto me repele incrustado hasta en la ropa interior. Cosas, en fin, que ya les conté de otra manera y que no me resisto a rescatar:
Camina unos metros delante de mi. Lleva en la mano un paquete de tabaco sin empezar. Le quita un hilillo de precinto de celofán. Lo tira en el suelo. Rasga la capa de papel plateado que protege los cigarrillos. La tira en el suelo. Enciende uno con una profunda bocanada y exhala. Una densa nube de humo blanco me golpea directamente en la cara como un mazazo. El olor me revuelve las tripas y me hace arder el estómago. A estas horas de la mañana es justo el desayuno que estaba deseando. Durante los siguientes minutos intento evitar la columna que brota de su cigarrillo y que parece buscarme allá a donde me dirija. Acelero infructuosamente el paso. El humo entra por su boca, pasea por sus vías respiratorias, se revuelca en sus pulmones y vuelve a mí a través de su nariz después de recorrer sus vísceras. Y a mí, que no fumo, que nunca he fumado, me sienta como si me escupiera directamente a la cara. Una y otra vez. Y otra más. Y otra. Suspiro al ver que lo está terminando. Una última calada, la punta del cigarrillo se enciende con un naranja intenso y fosforescente como si quisiera dar un último grito de vida antes de ser olvidado. Casi oigo crujir el papel mientras arde. Lo tira al suelo. Y allí queda, agonizando con su débil ristra de humo todavía describiendo caracolas hacia el cielo.
Camina unos metros delante de mi. Lleva en la mano un paquete de tabaco sin empezar. Le quita un hilillo de precinto de celofán. Lo tira en el suelo. Rasga la capa de papel plateado que protege los cigarrillos. La tira en el suelo. Enciende uno con una profunda bocanada y exhala. Una densa nube de humo blanco me golpea directamente en la cara como un mazazo. El olor me revuelve las tripas y me hace arder el estómago. A estas horas de la mañana es justo el desayuno que estaba deseando. Durante los siguientes minutos intento evitar la columna que brota de su cigarrillo y que parece buscarme allá a donde me dirija. Acelero infructuosamente el paso. El humo entra por su boca, pasea por sus vías respiratorias, se revuelca en sus pulmones y vuelve a mí a través de su nariz después de recorrer sus vísceras. Y a mí, que no fumo, que nunca he fumado, me sienta como si me escupiera directamente a la cara. Una y otra vez. Y otra más. Y otra. Suspiro al ver que lo está terminando. Una última calada, la punta del cigarrillo se enciende con un naranja intenso y fosforescente como si quisiera dar un último grito de vida antes de ser olvidado. Casi oigo crujir el papel mientras arde. Lo tira al suelo. Y allí queda, agonizando con su débil ristra de humo todavía describiendo caracolas hacia el cielo.
1 Comentarios:
A mí personalmente me preocupa la gente que fuma, sobre todo si son gente que aprecio, pero sé que difícilmente voy a cambiar su rutina, porque lo al menos espero respeto a los que no fumamos, que parecemos invisibles.
Y esta ley me parece bastante inútil, pero bueno...
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