lunes, 31 de enero de 2011

La Vida en una Canción, 5. Jimmie Rodgers: My Blue Eyed Jane (1930)

Les parecerá que me lo estoy inventando, pero les aseguro que cuando yo era un crío iba a un colegio que a la vez era un cine. Nos habían trasladado allí desde unos locales viejísimos que se llenaban de goteras en cuanto llovía y nos tenían que enviar de vuelta a casa porque a continuación se iba la luz. En el nuevo edificio las aulas estaban en los pisos de arriba y en la planta baja había un cine. Uno de verdad, en el que los fines de semana se proyectaban películas de estreno y durante los días laborables se daban clases. Dentro había también una papelería y una capilla. El bar del cine era la cafetería del colegio, y la sala de exhibición era nuestro salón de actos. El set completo.

Lo mejor era el patio. Los niños no nos dábamos cuenta entonces, pero el sitio al que salíamos a jugar a la hora del recreo era la terraza de verano del cine. Por aquel sitio nos escapábamos cuando nos saltábamos las clases, y entre canastas de baloncesto y porterías pintadas en las paredes, habia un muro que hacía las veces de pantalla de proyección. Los aseos del cine eran nuestros aseos y detrás de la pantalla había un espacio menor donde jugaban los pequeños. Los mayores improvisábamos pelotas con el papel de plata de los bocadillos y organizábamos competiciones de frontón. También había un baqueteado gimnasio con cuerdas y espalderas, y un ajado vestuario. Para nosotros era nuestro día a día. Visto con distancia es el producto de otra época a medio camino entre Berlanga y Almodóvar. Un tiempo en el que las cosas no eran tan brillantes, todo era más precario, pero quizá por eso era más interesante y nos hizo agudizar el ingenio.

Nuestro profesor de gimnasia era un viejo entrenador de rugby. Sus clases se enfocaban por ese camino y el examen de fin de curso consistía invariablemente dar diez vueltas al patio corriendo en el menor tiempo posible. Se decía que aquellas diez vueltas completaban un kilómetro, pero nadie lo sabía a ciencia cierta. Nunca nadie se molestó en comprobar si había más o menos distancia. Los alumnos corríamos disciplinadamente, en grupo, sin querer hacernos daño los unos a los otros. Aguantábamos solidariamente formando un pelotón en el que todo el mundo salía igual parado. Nadie quería quedarse descolgado, pero tampoco nadie quería destacar. Sólo había pique en la última vuelta, cuando todo el mundo esprintaba con alocado regocijo, totalmente desorganizados, como si aquello fuera una liberación y se nos permitiera volver a comportarnos como niños.

Teníamos nuestros trucos. Al pasar corriendo por la tapia que era la pantalla del cine, aprovechábamos para escondernos detrás por turnos amparados en el grupo. Tácitamente el acuerdo era que cada uno se quedara allí sólo una vuelta, lo suficiente para reponerse y volver a salir a correr. A veces alguno se ocultaba dos veces durante el mismo ejercicio, pero los demás lo amparábamos con compasión y sin humillaciones, pues reconocíamos la dignidad en el compañero más débil. Otras veces nos encontrábamos demasiados a la vez detrás de aquel muro y entonces siempre salía alguien a correr sin parar a descansar para que el truco no se notase demasiado. Ahora estoy seguro de que nuestro profesor se daba perfecta cuenta de lo que hacíamos y de que, de algún modo, le divertía esa pequeña picaresca. Raramente lo vi enfadado y casi nunca perdía la sonrisa. Su aspecto de antiguo atleta sempiternamente enfundado en su chándal, bronceado, con su silbato y su voz calmada, hizo que se ganase el respeto de todos.

Luego nos hicimos mayores y nuestro profesor de gimnasia se jubiló. Su sustituta fue una joven profesora con un genio de mil demonios y un cuerpo que a todos nos pareció entonces el más despampanante que habíamos visto de cerca. Revolucionó hasta la última hormona de nuestros cuerpos ya de por sí en ebullición. Las clases de gimnasia no cambiaron en gran cosa, pero nadie se atrevió ya a esconderse detrás de la pantalla del cine. Y aunque nadie se quejó de la nueva profesora, y estoy seguro de que todos la recordamos todavía con la boca hecha agua, no hubo día en el que alguien no mencionase a nuestro antiguo profesor con alguna anécdota. Entonces, mientras yo corría, la banda sonora que me impulsaba a aguantar el ritmo del grupo eran las trompetas del tema de Rocky, pero ahora esas imágenes de un niño que me caía bien y al que yo le resultaría un perfecto cretino, han perdido el color y sólo son una aguada en sepia.

2 Comentarios:

David dijo...

Bonito post (fíjate que no he dicho estupendo, eh?). Lo veo más bien nostálgico y tierno.

Lady Blue dijo...

Leyendo tu relato he recordado con una claridad mi etapa de alumna y las fátidicas clases de gimanasia que suponian para mí un tormento... Aunque ahora la visión que tengo de ellas me resulta menos problemática y la distancia y los años hacen que se conviertan en algo añorable y nostálgico. También tuve una profesora dura, eso sí a mí no se me alborotaban las hormonas...jejeje
En resumen, un placer pasar por aquí! Saludos!