Me gusta salir a pasear bajo la lluvia. Les parecerá extraño, pero cuando veo que se acerca una tormenta me pertrecho de un par de botas y una gabardina, y salgo a caminar por las calles de la ciudad. A corretear por las aceras sorteando los riachuelos que discurren desde cada portal avivando el color marrón de la tierra y el gris del pavimento. A disfrutar del olor a edificios mojados, como si esa agua lavase todo lo feo que hay dentro de ellos. Una lluvia mansa sobre la ciudad tiene ese efecto anestésico que hace que todo se vea a través de un paño de melancolía. Seguramente ustedes recordarán que cuando eran niños les gustaba chapotear en los charcos hasta que sus madres se daban cuenta y les echaban una reprimenda. Yo todavía conservo algo de esa inocente forma de diversión y además no tengo quien me diga "eso no se hace". Ja. Tampoco se lo toleraría a nadie.
También a todos ustedes les habrán roto el corazón por primera vez. Si tienen suerte, puede que sólo haya sido una vez. Pero esa primera es definitiva. Cuando se recompone, jamás vuelve a ser el mismo órgano que era. Mi primera vez fue muy inocente. Yo me limitaba a ponerla en un pedestal, mirarla con ojos de perrito abandonado e intentar torpemente que ella se diese cuenta de que yo estaba ahí. Con cualquier excusa pasaba por delante de su casa, me hacía el encotradizo como quien no quiere la cosa, salía a diferentes horas por la mañana para averiguar en qué momento salía ella también, reducía el paso para que ella me alcanzase, caminaba tras ella mirando hacia otro lado como si pasase por ahí por casualidad, me hice amigo de todo el que la conocía, me inventé todo tipo de estupideces que puedan pensar y más. Y ¿saben qué? Funcionó.
No voy a hablarles de ella. Ya escribí entonces palabras y más palabras que jamás pude decirle. No voy a decirles cómo era, aunque podría rellenar docenas de folios con ridículas loas a su voz, a sus ojos, a su piel, a su cabello. No replicaré todos esos lugares comunes pretendidamente sentimentales que nos parecen sublimes cuando nos suceden a nosotros y que nos matan de aburrimiento cuando nos los cuentan los demás. Tampoco voy a relatarles nuestros escarceos. Eso queda para ella y para mí. Pero quizá quieran saber que ella tenía novio. Un novio formal, de los de toda la vida. Y yo, que entonces estaba en la cumbre del romanticismo, nunca tuve el consuelo de poder hacer algo que necesitaba urgentemente: Pasear con ella de la mano, dejar que todo el mundo se diera cuenta de que estaba enamorado.
Sus amigas, que no sabían que nos veíamos a escondidas, me miraban con compasión pensando que su indiferencia me hacía sufrir. Lo que me hacía daño era tener que ocultar que cuando no había nadie presente podíamos ser una pareja como las demás. Erik Satie resonaba en mi cabeza, y las notas de su Gymnopedie me acompañaban cada vez que salía bajo la lluvia a buscar la calle donde ella vivía, contento por poder respirar el mismo aire que ella respiraba. Aquella fue una primavera tormentosa. Cuando llegó el verano, me dijo que no podía seguir así y casi sin palabras se despidió. Yo tampoco supe qué decir. El mundo se volvió borroso y mi vida se convirtió durante mucho tiempo en una espiral dentro de la cual giraba aturdido sin saber en qué dirección me dirigía. Sólo una vez, al cabo de bastante tiempo, me atreví a volver a buscarla pensando que la relación que mantenía no podía durar.
Me dijeron que no estaba, que regresaría más tarde. Pero yo ya había agotado todas mis reservas de valor con aquel timbrazo a su puerta. No tuve el coraje suficiente para volver. Algo dentro de mí me advirtió de que iba a sacar más dolor que alivio de aquel encuentro. Aún así, año tras año, cada vez que pasaba cerca de su casa, cada vez que creía verla en algún sitio, mi estómago reanudaba el centrifugado. No sabía que se había trasladado con su novio a otra ciudad a 356 kilómetros de mí. En una carambola del destino, esta vez mi historia sí acaba con un reencuentro. La volví a ver mucho tiempo después, no hace tanto. Sentí el mismo vuelco interior, para mí fue como si no nos hubiésemos separado nunca. Por fuera era la misma chiquilla que conocí, por dentro se había convertido en la mujer que no me dejó conocer. Iba con un hombre con aspecto de buena persona, y a su mano se aferraba una niña en la que intenté infructuosamente buscar los rasgos que una vez me habían enamorado. Pareció alegrarse sinceramente de verme, pero por mucho que observé no reconocí en sus ojos la chispa con la que una vez me había mirado. Parecía una mujer feliz y en paz. Y es mejor que sea así.
Me gusta el foie, pero no me interesa conocer a la oca
lunes, 24 de enero de 2011
La Vida en una Canción, 4. Erik Satie: Gymnopedie Nº 1 (1888)
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2 Comentarios:
Sin entrar en el escabroso terreno del exhibicionismo emocional (para eso ya tengo un blog y me lo f**** cuando quiero): tremenda entrada. De las que hacen pupa.
Es lo que tienen estos días de lluvia, nos sumen en una atroz melancolía de la que no podemos escapar. Afortunadamente, el Sol siempre vuelve...
(me ha gustado la música)
Salu2
mar
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