“Gordas gritando”. Este era el chascarrillo con el que saldaba mi visión de la ópera cuando era un jovenzuelo que se creía de lo más punk. Entonces todavía pensaba que había músicas en las que jamás entraría. Poco intuía yo por aquel entonces que algún día disfrutaría tanto con Giuseppe Verdi como con John Coltrane (“la amalgama de sonidos más insensata”, era la sentencia que reservaba para el jazz - o tempora, o mores). Es una frasecilla que, de todos modos, todavía he sacado a pasear cuando me sale la vena más irreverente y le quiero marcar un corte de mangas al mundo. Sólo por epatar, ya saben. Aún me pone ser un adolescente inmaduro.
No se lo creerán, pero yo he protagonizado mi propia versión de El Gusto del Cloro. Y es que en Bastien Vivès (¡hey, Jero!) lo original no es el fondo, sino la forma. Perdonen. Decía que tres veces por semana acudía a nadar a una piscina municipal a última hora de la noche. Luego volvía a casa como si me hubieran dado una paliza, me comía todo lo que encontrase y dormía como el bendito que soy. La cena después de estar una hora nadando era una experiencia casi psicotrópica entre el cansancio físico, la somnolencia de los ojos irritados y el cerebro que todavía se encontraba como flotando en un medio acuoso. En la piscina podía decantarme por hacer baño libre o dejarme guiar por un monitor. Yo opté por tener a alguien que me obligase a hacer algo que yo pensase que no era capaz de hacer. Además, la gente que nadaba en aquel grupo parecían conocerse, estar cohesionados, pasárselo bien.
El tipo que nos daba la clase iba en silla de ruedas y tenía un genio de mil demonios, pero sabía lo que se hacía. Nos motivaba, tenía la habilidad de hacer la hora divertida y variada, y nos forzaba a nadar en todos los estilos. Nos llevaba al límite. Hubo momentos en los que sentí que aún debajo del agua estaba sudando como un condenado, pero siempre volvía a casa con una sonrisa de felicidad en el rostro. Por los altavoces sonaba una hermosa música ambiental y cuando braceaba bajo el agua yo seguía la melodía en mi mente. Nadábamos en fila, uno detrás de otro, siguiendo las indicaciones del monitor. En mi grupo había una chica sorda con la que, una vez superada la humillación de lucir el ridículo gorro de baño, llegué a trabar una amistad muy especial basada en miradas y gestos. Empezamos a comunicarnos con los ojos, a intercambiar bromas silenciosas cuyo significado el otro tenía que intuir. Ella me hablaba con el lenguaje de signos y yo nunca entendía nada en absoluto, pero le contestaba haciendo muecas y ella sabía reírse de mis tonterías.
Un día el monitor me dijo que tenía que cambiarme de calle, que mi nivel era demasiado avanzado y que me iba a poner con otro grupo más experimentado. Ella me miró con orgullo, como si eso hiciera que mi figura se acrecentara. Estaba en la élite. Me despedí con una sonrisa y me coloqué unos metros más allá. Entre circuito y circuito yo hacía una pausa para mirarla, pero ya no coincidíamos, no estábamos haciendo el mismo ejercicio y no era capaz de distinguir cuál de todas las cabezas que veía flotando era la suya. A veces parábamos e intercambiábamos una mirada, parecía que quisiéramos decirnos algo, pero nos limitábamos a sonreír y a arquear las cejas de forma cómica. Pocos días después, mientras me ponía en cuclillas durante el calentamiento, mi rodilla se dobló en la dirección equivocada y estuve tres meses sin poder hacer ningún tipo de deporte. Fue mi salvación. Estaba harto de llegar el último, de que el que iba detrás de mí me golpease al adelantarme. Cuando volví a la piscina ella ya no estaba allí. De hecho, casi nadie de los que conocía seguían nadando. Sólo el monitor del mal genio y la silla de ruedas, y la indignidad del gorrito de baño permanecían inmutables.
No se lo creerán, pero yo he protagonizado mi propia versión de El Gusto del Cloro. Y es que en Bastien Vivès (¡hey, Jero!) lo original no es el fondo, sino la forma. Perdonen. Decía que tres veces por semana acudía a nadar a una piscina municipal a última hora de la noche. Luego volvía a casa como si me hubieran dado una paliza, me comía todo lo que encontrase y dormía como el bendito que soy. La cena después de estar una hora nadando era una experiencia casi psicotrópica entre el cansancio físico, la somnolencia de los ojos irritados y el cerebro que todavía se encontraba como flotando en un medio acuoso. En la piscina podía decantarme por hacer baño libre o dejarme guiar por un monitor. Yo opté por tener a alguien que me obligase a hacer algo que yo pensase que no era capaz de hacer. Además, la gente que nadaba en aquel grupo parecían conocerse, estar cohesionados, pasárselo bien.
El tipo que nos daba la clase iba en silla de ruedas y tenía un genio de mil demonios, pero sabía lo que se hacía. Nos motivaba, tenía la habilidad de hacer la hora divertida y variada, y nos forzaba a nadar en todos los estilos. Nos llevaba al límite. Hubo momentos en los que sentí que aún debajo del agua estaba sudando como un condenado, pero siempre volvía a casa con una sonrisa de felicidad en el rostro. Por los altavoces sonaba una hermosa música ambiental y cuando braceaba bajo el agua yo seguía la melodía en mi mente. Nadábamos en fila, uno detrás de otro, siguiendo las indicaciones del monitor. En mi grupo había una chica sorda con la que, una vez superada la humillación de lucir el ridículo gorro de baño, llegué a trabar una amistad muy especial basada en miradas y gestos. Empezamos a comunicarnos con los ojos, a intercambiar bromas silenciosas cuyo significado el otro tenía que intuir. Ella me hablaba con el lenguaje de signos y yo nunca entendía nada en absoluto, pero le contestaba haciendo muecas y ella sabía reírse de mis tonterías.
Un día el monitor me dijo que tenía que cambiarme de calle, que mi nivel era demasiado avanzado y que me iba a poner con otro grupo más experimentado. Ella me miró con orgullo, como si eso hiciera que mi figura se acrecentara. Estaba en la élite. Me despedí con una sonrisa y me coloqué unos metros más allá. Entre circuito y circuito yo hacía una pausa para mirarla, pero ya no coincidíamos, no estábamos haciendo el mismo ejercicio y no era capaz de distinguir cuál de todas las cabezas que veía flotando era la suya. A veces parábamos e intercambiábamos una mirada, parecía que quisiéramos decirnos algo, pero nos limitábamos a sonreír y a arquear las cejas de forma cómica. Pocos días después, mientras me ponía en cuclillas durante el calentamiento, mi rodilla se dobló en la dirección equivocada y estuve tres meses sin poder hacer ningún tipo de deporte. Fue mi salvación. Estaba harto de llegar el último, de que el que iba detrás de mí me golpease al adelantarme. Cuando volví a la piscina ella ya no estaba allí. De hecho, casi nadie de los que conocía seguían nadando. Sólo el monitor del mal genio y la silla de ruedas, y la indignidad del gorrito de baño permanecían inmutables.
6 Comentarios:
Soy tan poco original (como Vivès, o quizás menos) que mi comentario a esta entrada ya lo has escrito tú antes:
"Querido, a este ritmo corremos el serio riesgo de acabar convirtiéndonos cada uno en el Huevo de Pascua del otro. Dicho lo cual, cada vez escribe usted mejor, cada vez leo más sus artículos por el puro placer de recrearme en cómo están escritos que por el asunto que tratan"
PD: Esta sección me está encantando. Que dure... ;)
Vamos por 1883. Hasta llegar a 2011...
Qué post más bonito y acompañado de esta música. Jo! De los que más me ha gustado en tu blog.
Gracias, mamá.
Vete a paseo.
Hacia dias que no leia tu blog y hoy me emplee a fondo, espero que no te moleste ...
Como ya dije un dia no tengo ni la menor de comics, asi que suelo leer los de musica y los que escribes y en los que realmente eres tu, en los de narrativa, cine clasico o este nuevo apartado.
Me gusta la mayoria de las cosas que escribes, algunas las habia leido en otras ocasiones, pero no por eso dejan de ser interesantes.
De muchas de las cosas que dices hay una que si es cierta, no cantas mal, aunque alguna vez hay que darte el tono, pero cantas bien, en cuando a los piropos que te dedica David, jajaja, me encanta que os lanceis piropos, queda gay pero contenido y en su sitio.
Si no te molesta, te seguire leyendo.
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