jueves, 6 de enero de 2011

El Regalo

Unas zapatillas nuevas, justo lo que necesitaba. Era un magnífico regalo, una idea estupenda. Se forzó a sentirse contento, a mostrar cierta sorpresa e ilusión, aunque las suyas viejas todavía le sirvieran. Con su gastada tela a cuadros eran cálidas y cómodas. Tenerlas puestas significaba una sensación conocida que le hacía sentirse seguro. En realidad detestaba los cambios. Se había acostumbrado a su rutina. Todo el mundo decía que esos eran días para reunirse con la familia y los seres queridos. Pero a él ya no le quedaban ni lo uno ni lo otro. Sus compañeros de trabajo le aconsejaban que se buscase una novia. Menudo esfuerzo. ¿Cómo iba él a ponerse a ligar a su edad? ¿Dónde iba a encontrar una chica que mereciera la pena? Menos mal que las fiestas ya acababan. Miró las nuevas zapatillas, casi idénticas a las que calzaba. Recogió del suelo el papel de regalo arrugado y lo estiró lo mejor que supo para envolver con él las zapatillas. Aunque no tenía celo, el paquete le quedó bastante bien. Era un papel muy sobrio, muy masculino, pensó. Estaba bien escogido, con gusto. Se levantó del sofá, se quitó las zapatillas viejas y las dejó junto al pequeño arbolito de Navidad de plástico que tenía en un rincón de la habitación. Sobre ellas depositó con sumo cuidado el paquete y lo miró con extrañeza, como si no reconociera qué había ahí. Luego se fue a la cama. Se sentía muy cansado y no tardó nada en quedarse dormido aunque todavía había un poquito de luz en el exterior.

Se despertó con un punto de tristeza. Su piso le parecía más silencioso y solitario que nunca. Se quitó el pijama y se vistió con los mismos vaqueros viejos que llevaba siempre. Olisqueó un jersey que estaba amontonado sobre una silla y le pareció que todavía podría usarlo una vez más. Desempaquetó las zapatillas nuevas, alisó otra vez el papel de regalo y cuidadosamente lo enrolló hasta formar un tubo perfecto. Los dejó esperando encima de la mesa y, aunque no tenía hambre abrió la nevera y sacó de ella una botella de leche. Vomitó dentro de ella y la volvió a guardar. Nada más hacerlo sintió que le crujían las tripas. Recogió el par de zapatillas y el rollo de papel de regalo, y arrastrando los pies bajó al Todo a Cien de su calle. El chino que había tras el mostrador le devolvió el dinero con una sonrisa y encima le dio las gracias. De pronto se dio cuenta de que tenía el papel de regalo en las manos. Qué bonito le parecía. Lo soltó y dejó las zapatillas en una estantería. Salió de la tienda casi avergonzado, mirando hacia el suelo. Volvió a su casa, se sentó en el sofá dejando escapar un sordo quejido y encendió la televisión. Contemplaba su tripa incipiente ensanchando los ochos del jersey. Las últimas luces de la tarde despuntaban a través de la ventana. Un anuncio le recordó que esa noche llegaban los Reyes Magos y que nadie le haría un regalo ese año tampoco, pero se le olvidó enseguida.

1 Comentarios:

Insegura dijo...

Yo también me quedo atontada ante el formulario y no sé qué decir...pero voy a dejar constancia de mi atontamiento en este comentario que no es un comentario. Siempre consigues sobrecogerme y vapulear mis, cada vez más, escasas ganas de escribir y leer. Gracias.