miércoles, 5 de enero de 2011

El primer disco de Patti Smith y la delincuencia juvenil

Ella era mi vecina y yo pasaba muchas tardes en su casa, no recuerdo muy bien por qué. También era unos años mayor que yo, y eso a mi edad marcaba una gran diferencia. Era una chica feucha, pero con un físico demoledor. Probablemente sus compañeros de clase, aquellos de los que estaba enamorada en secreto, ni siquiera reparaban en ella más que para utilizarla como a un juguete, así que se dedicaba a coquetear descaradamente conmigo buscando algún tipo de autoestima. Eso, sin embargo, era algo que a mí todavía no me preocupaba mucho. No niego que la vista no se me fuera hacia aquel par de protuberancias cimbreantes de piel blanquísima que a mí entonces me parecían enormes, pero mis intereses estaban en otra parte. En un cajón de su habitación, lugar al que siempre parecía empeñada en llevarme, guardaba dos cassettes y un tebeo. Tesoros que su hermano mayor había dejado guardados allí mientras hacía la mili.

Una de las cintas era de ella. Se trataba de la banda sonora de The Wiz, un remedo de El Mago de Oz interpretado por Michael Jackson y Diana Ross. Le gustaba Ease on Down the Road y la escuchaba a todas horas. Yo estaba empeñado en que pusiera la otra, la de su hermano. En la portada figuraba la fotografía de una chica delgaducha con una imagen rotunda que a mí se me antojaba potentísima. En cierto modo la chica de la foto parecía una versión andrógina de mi vecina. Tenían el mismo cabello, un rostro similar. Sólo las diferenciaban diez kilos. Siempre he asociado a mi vecina con aquella fotografía que muchos años después yo averiguaría que era obra de Robert Mapplethorpe, gran amigo de Patti Smith. El cassette era una grabación de su primer disco, Horses, que había aparecido pocos años antes.

El comic que lo acompañaba en el cajón era el número 40 de la edición de Vértice de Relatos Salvajes. Desde su tenebrosa portada, un bárbaro sombrío se enfrentaba a un ser repugnante de tentáculos verdes con un enorme ojo acuoso. Una rubia exótica de mirada misteriosa como las divas del cine mudo gritaba al fondo. Era mucho más atractiva que mi vecina. Yo ya conocía la visión romántica y vulnerable que de Conan había creado Barry Smith. Su salvaje melancólico que no entendía los intríngulis del mundo civilizado y al que no todo le salía siempre bien. Pero lo que yo había visto eran los tomos torpemente remontados y redibujados que se presentaban como “Novelas Gráficas para Adultos”. Esto era otra cosa. Era una revista a gran tamaño en la que Gil Kane hacía de Los Dioses de Bal- Sagoth su mejor trabajo para el personaje, en gran parte gracias a sus entintadores. Yo no era consciente de nada de esto ni falta que me hacía. Conan era aquí un elegante joven enfurruñado con el mundo, y eso sí era algo con lo que yo me podía identificar. Me sentaba en el suelo y leía el tebeo mientras de fondo sonaba Patti Smith. Así aquella música quedó para siempre fijada en mi mente como la banda sonora de mis lecturas.

Cuando en 1975 Patti Smith publicó Horses, venía ya de ser un personaje fundamental de la escena neoyorkina, tanto del naciente punk como de los ambientes de la poesía más vanguardista influída por el simbolismo de Arthur Rimbaud. Había colaborado con Blue Öyster Cult y su primer larga duración estaba producido nada menos que por John Cale. Todo eso a mí me daba igual. Lo que me importaba es que ese cassette era para mí un subidón contínuo. La idiosincrática versión del Gloria de los Them de Van Morrison que lo iniciaba era un terremoto in crescendo que me excitaba más que las turgencias de mi vecina. Cada vez que Patti decía "huh-huh" yo, sin saberlo, era lo más cerca que me encotraba de una experiencia sexual. El ejercicio reggae de Redondo Beach sonaba más peligroso que cualquier otra cosa que yo hubiera escuchado entonces. Free Money era una balada densa que emparenta a Patti con el Lou Reed de Berlin, hasta que la cantante saca a relucir su propia personalidad y no puede evitar que la melodía se le desboque. Birdland, con las guitarras de Ivan Kral y Lenny Kaye formando texturas, vehiculaban un verbo torrencial afín a los momentos más jazzísticos del primer Bruce Springsteen. Horses era un disco cuajado de letanías apasionadas cargadas de poesía y vida.

Tampoco recuerdo por qué dejé de ir a casa de mi vecina. Mis visitas empezaron a espaciarse cada vez más, y el último día que estuve allí me quedé solo en su habitación. Miré el tebeo y el cassette en el cajón, y una idea comenzó a rondar por mi cabeza. Algo que iba más allá de lo que yo pudiera ser capaz. Me temblaba todo el cuerpo y tenía la boca seca. Tenía que llevarme aquellos dos tesoros. Tenían que ser míos, estar en mi casa y disfrutar de ellos cada vez que quisiera. Pero yo jamás había robado nada. Cuando escuché un rumor de voces acercarse, en un impulso enrollé el comic alrededor de mi pierna, lo sujeté con el calcetín y lo cubrí con el pantalón. Luego introduje el cassette en lo más profundo de mi ropa interior y me largué de allí tartamudeando y tropezando con todo al salir por la puerta. Estaba convencido de que nadie se daría cuenta.Tal vez un día mi vecina se preguntaría dónde había guardado aquel tebeo y aquella cinta. Rebuscaría por ahí pensando que los habría soltado en cualquier sitio y que ya no recordaba donde. Al fin y al cabo seguía teniendo la banda sonora de The Wiz, que es lo que a ella le gustaba. Fue el inicio y el final de mi carrera delictiva.

Unos años después yo había dejado de ser un niño y me adentraba en la adolescencia. Una edad en la que Patti Smith y Conan seguían dentro de mi radio de acción, pero en la que también me encontraba más proclive a los encantos de mi vecina. Lamentablemente, para ella también había pasado el tiempo y ya no estaba interesada en chiquillos como yo. Mostró una absoluta indiferencia ante mis torpes avances hasta que me di cuenta de que ahora se movía en otros ambientes más peligrosos. Mi vecina acompañaba a tipos con pechos velludos que lucían gruesas cadenas de oro. Gente que no se sabía en qué trabajaba y siempre estaba reunida en bares y cochazos. La trayectoria criminal de mi vecina fue mucho más lejos que la mía. Transitó por caminos muy extraños que la llevaron demasiado lejos en un tortuoso recorrido circular que finalmente culminó volviendo a casa de sus padres. Hubo rumores de fugas, de búsquedas por ciudades en la otra punta del país y de estancias en hospitales. Cuando la volví a ver era una mujer calmada, casada con un tipo sencillo que la llenó de hijos, y había perdido todo rastro de parecido con Patti Smith. Yo la miré sin escuchar lo que decía. Afortunadamente jamás nadie mencionó nada de mi robo.

4 Comentarios:

Lughnasad dijo...

Es un gustazo descubrir a alquien que escribe así, como tú lo haces.
Mer quedo con tu blog, que pasa ipso facto a favoritos.

En cuanto a la anotación, compartimos gusto con ese disco imprescindible que es Horses. Yo también lo descubrí de casualidad y aunque en la primera escucha quedé impresionado por esa versión del Gloria, más cercana a la versión de Morrison (Jim) que de Morrison (Van). El resto del disco se fue descubriendo el solito, con pausa y menudos tesoros que escondía.
Un saludo

Gonzalo Aróstegui Lasarte dijo...

Hermosa entrada y soberbio disco, quizá el mejor de Patti Smith de no existir "Gone Again". Al contrario que tu vecina, Patti Smith no se casó con un tipo sencillo. Tampoco yo lo soy.

David dijo...

Cómo me ha gustado este post!
Ahora estoy escuchando Home de The Wiz (es que ese disco no lo he escuchado, el de Patti sí, hace mucho). Por llevar la contraria, ya sabes...
En realidad no... Explicación: Viendo el otro día Glee sonó la versión de Home por voca de Kristin Chenoweth y cómo la disfruté, la verdad (como muchos momentos de la serie... que no es genial, pero tiene sus momentos)
Tendré que escuchar algún día el disco de tu vecina (aunque me da pereza, la verdad).
ESTUPENDO POST

Fran G. Lara dijo...

Gracias a los tres. En realidad no sé muy bien qué pretendía cuando escribí esto.