martes, 11 de enero de 2011

Bob Dylan va a la Iglesia

La segunda mitad de la década de los setenta fueron años de desasosiego para Bob Dylan. La caótica gira con esa troupe de gitanos errantes que fue The Rolling Thunder Review había terminado con Dylan habiendo perdido a medio camino el interés en el motivo que la propició, su matrimonio con Sara Lownds se estaba yendo por el retrete, y la película que había filmado durante el tour, Renaldo y Clara, se había saldado como un glorioso desastre. Como ya había hecho en dos ocasiones anteriores, 1966 y 1970, el músico decidió que era el momento adecuado de tomarse una pausa para replantearse a dónde quería ir.

En 1978 regresa con una serie de conciertos que culminan con la edición de un doble en directo grabado en el famoso Budokán de Japón. Un disco desconcertante con un sonido brillantoso y limpito para el que se rodea de coros negroides, flautas y saxos. Dylan siempre se ha distinguido por los tratamientos poco comunes que les ha dado a sus canciones en directo, pero aquí, aunque tiene momentos estratosféricos, se le va un poco la mano. Con un estilo cercano al Elvis Presley de Las Vegas que le granjeó no pocas críticas, en él avanza algunas de las canciones que estarán presentes en su próximo LP.

Street Legal es un giro hacia el gospel y el rhythm & blues, pero, sobre todo, tiene de fondo ese sonido de congregación episcopaliana que avanza que Dylan tiene, como apunta la portada del disco, la mirada puesta en otra cosa. En él anticipa ya la temática religiosa que le viene preocupando. Siempre había utilizado metáforas de simbología cristiana muy enraizadas en el arte popular norteamericano, y la suya sería una decisiva influencia en autores posteriores como Nick Cave, pero aquí su uso de la retórica parece más propio de un telepredicador anclado en el Antiguo Testamento. Con todo, Street Legal contiene un puñado de temazos intensísimos y ha ganado en valoración entre el público con el paso del tiempo, aunque en su primera edición sonase como si hubiera sido grabado dentro de una caja de zapatos.

Por aquel entonces Dylan comienza a rodearse de músicos que profesan una profunda fe cristiana y él mismo comienza a explorar en su interior en busca de la espiritualidad. Judio de origen, abrazará abiertamente el cristianismo. Las canciones que escriba reflejarán esta nueva disposición y serán producto de su lectura de La Biblia. Sus conciertos se convierten en affaires incómodos. Se niega a tocar canciones viejas y basa su repertorio en temas de esta etapa renovada. Sólo añade un puñado de inéditos también de aire religioso, como el apocalíptico Ain’t Gonna Go to Hell for Anybody, y temas gospel interpretados por la banda y el coro. Más locuaz que nunca, le coge el gusto a predicar desde el escenario y reúne a sus músicos para una oración común. La audiencia está desconcertada.

La trilogía cristiana propiamente dicha se compone de Slow Train Coming, Saved y Shot of Love. Grabados entre 1979 y 1981, muchas veces se ha cometido el error de despacharlos como si de un todo se tratase sin tener en cuenta de que son muchas las diferencias que hay entre ellos. El primero está producido por Jerry Wexler, veterano que había trabajado con grandes del soul como Aretha Franklin, y está grabado en los legendarios Muscle Shoals Studios de Alabama. Un colaborador de lujo sería Mark Knopfler, cuya guitarra destaca a lo largo de todo el disco, y es llamativo el descubrir la cantidad de similitudes que hay entre la música y la forma de cantar del Dylan de finales de los 70 con lo que estaba haciendo el líder de Dire Straits alrededor de la misma época.

En Slow Train Coming todavía quedan toques de desparpajo, como el desmitificador sentido del humor que destila la estrofa final de una de sus canciones más destacadas, Gotta Serve Somebody, cuando Dylan se lanza a decir sobre sí mismo: “You may call me Bobby, you may call me Zimmy”. Esta canción provocó una ola de críticas por el conservadurismo que destilaba, e incluso fue objeto de una parodia a cargo de John Lennon que aparecería póstumamente en la caja Anthology. Con todo, Gotta Serve Somebody se llevó uno de los Grammys del año. Así, mientras algunos números tienen un marcado mensaje fundamentalista, otros, como los bellísimos Precious Angel y I Believe in You, pueden ser interpretados como canciones de amor entregado al más puro estilo de los poetas místicos españoles como Teresa de Jesús.

No en vano en Slow Train Coming interviene la corista Carolyn Dennis, quien en 1986 se convertiría en la segunda esposa de Dylan, un hecho que no se haría público hasta 2001, cuando ya hacía nueve años que la pareja se había divorciado. De lo que no cabe duda es de que el lucimiento de estas canciones se fundamenta en los bonitos adornos de la guitarra de Knopfler, pero también en las grandes dosis de corazón y melodía que el artista pone en todas ellas. El single fue Man Gave Names to All the Animals. Dylan ya había explorado el reggae en directo y aquí por fin lo aborda abiertamente. La canción estuvo mal vista por la progresía por su simpleza lírica, y fue desenfadadamente versioneada en concreto por Joaquín Sabina con altas dosis de cachondeo. Pero no le faltaba razón. Las letras son repetitivas y pobres, destinadas a convencer a base de insistencia.

Saved, al año siguiente, es aún más machacón, suena peor, y es el que hace más hincapié en el Dios de la ira. Dylan está en cenit de su fundamentalismo. Escucharlo es como asistir a un servicio religioso en la América profunda, pero tiene un par de temas rotundos y superauténticos, Solid Rock y el que da título al disco. Covenant Woman es una balada que está a la altura de las grandes de Dylan, y el resto es un apaño bastante digno. Yo, al menos, no veo qué tienen de malo cortes como Pressing On, que en otras manos se hubieran visto como clásicos de la música tradicional con raíces. Estos son discos que se tiende a despreciar, como sucede con las obras primerizas de George Harrison en solitario, no por sus valores musicales, sino por la filosofía que los inspira. No se tiene en cuenta la muy valiosa música que incluyen, sino que se los rechaza por su incómodo mensaje militantemente evangelizador.

Shot of Love es el album más pop de los tres. Dylan ya no suena como un cristiano renacido y el mensaje religioso se diluye. En directo empieza a introducir viejos éxitos y sus nuevas canciones discurren por otros temas. Para el disco cuenta con colaboraciones de campanillas (Jim Keltner, Ringo Starr, Ron Wood) que conforman una colección fácilmente tarareable, pegadiza, y que invita a dar saltitos al ritmo. Heart of Mine, Property of Jesus, Watered Down-Love, la sentida Lenny Bruce Is Dead, el reggae juguetón de Dead Man Dead Man, hacen de Shot of Love un disco muy divertido y altamente disfrutable. Posee, además, uno de los grandes clásicos indiscutibles de su autor, Every Grain of Sand, quien además dejó inéditos un buen montón de temas como el rotundo Caribbean Wind y el juguetón You Saved My Life, ambas composiciones que gritan hit a quien tenga un par de orejas.

Como había llegado, la inspiración religiosa se marchó. Dylan había culminado su viaje. Disolvió la banda y empezó a escuchar a grupos New Wave. Cuando a finales de 1983 Infidels vio la luz, poco quedaba del autor que citaba La Biblia en sus letras. El sonido era mucho más moderno, el gospel había volado y Mark Knopfler estaba otra vez de vuelta, ahora no sólo a las seis cuerdas, sino también produciendo el disco. En el interior, Dylan se retrataba a las afueras de Jerusalén, agachado haciendo el ademán de recoger una piedra del suelo, dispuesto a ser el primero en arrojarla, como en un mensaje cifrado a los seguidores que, como había ocurrido en 1965 durante su reconversión a la electricidad, lo habían abandonado y después habían vuelto. Más tarde vendrían los arreglos coloridos de Empire Burlesque y la larga travesía del desierto hasta recuperar la credibilidad. Bob Dylan seguía dando giros de 180 grados y desconcertando a sus… fieles.

3 Comentarios:

Cinemagnific dijo...

Es una etapa que yo mismo infravaloré. No me desagrada, aunque prefiero otras.

José Fernández dijo...

De la trilogía cristiana solo he escuchado el Slow Train, un muy buen disco. El Street Legal lo pondría entre sus 5 mejores, y Changing of the Guards es mi canción favorita de este hombre. Lo que sería divertido es poder ir a un concierto de esta época, con Dylan despotricando sobre la decadencia de los EEUU y amonestando al público por no hacer caso a sus desvaríos.

En fin, una de las mayores idas de pinza/cambios de rumbo (tachese lo que proceda) que jamas se haya visto en la historia de la música pop.

Fran G. Lara dijo...

José: Yo tengo algunos bootlegs de esa época y el público responde bastante bien, incluso a los números de gospel a cargo de la banda. Es curioso comprobar cómo es la época en la que más parecido suena Dylan en directo a sus grabaciones de estudio. Según va abandonando el repertorio cristiano va otra vez volviendo a los arreglos inusitados.