sábado 29 de mayo de 2010

Ocean Rain de Echo & the Bunnymen

Para gran parte de la generación que nació a raíz del baby boom de los años 60's, la música ochentera es la mejor de la historia. Una afirmación difícilmente sostenible a la luz de las grandiosas obras que se parieron en las dos décadas precedentes, pero en esto de los gustos musicales la nostalgia juega un papel harto decisivo. Si bien es indiscutible que en aquellos años de cardados y hombreras se crearon grandes canciones de pop, está más abierto a debate el considerar que un sonido tan anclado en una época determinada, y que ha envejecido tan mal, fuera capaz de originar verdaderas, incuestionables y definitivas obras maestras. Sin embargo cualquiera con un par de orejas a pleno rendimiento y un mínimo de curiosidad será capaz de encontrar un buen puñado de discos absolutamente estimables publicados entre 1980 y 1989, aunque posiblemente no en la misma proporción numérica que en los 20 años previos.

De memoria y a vuelapluma, si hablamos de álbumes como obras completas, se me ocurren, sin ánimo de ser completista ni excluyente, Scary Monsters de David Bowie, This Is the Sea de The Waterboys, Soul Minning de The The, Green de REM, Pacific Street de The Pale Fountains, The Correct Use of Soap de Magazine, Talk Talk Talk de The Psychedelic Furs, Raindogs de Tom Waits, The Joshua Tree de U2, Sign of the Times de Prince, The Queen Is Dead de The Smiths, Closer de Joy Division, Tin Drum de Japan, Saint Julian de Julian Cope, King of America de Elvis Costello, The Head on the Door de The Cure, Rattlesnakes de Lloyd Cole & the Commotions, Remain in Light de Talking Heads, Ju Ju de Siouxie & the Banshees, Hand of Kindness de Richard Thompson, Tender Prey de Nick Cave... Para abrir boca no es una mala cosecha.

Grabado a finales de 1983 en París y publicado al año siguiente, Ocean Rain es el cuarto disco de Echo & the Bunnymen y una de las joyas de la corona de aquella década, uno de esos CD's que siempre llevo en el coche. Echo & the Bunnymen surgen de la misma hornada que dio lugar a bandas como The Chameleons y los U2 pre-Eno, con un sonido que es pura fricción heredado de Television. Con Ocean Rain abandonan el post-punk para crear una obra con la grandiosidad arquitectónica de las grandes catedrales, de sonoridad clásica y despojada de todo el artificio típico de su época. Una majestuosa rodaja tan llena de eco que parece grabada dentro de la gruta submarina que exhibe en su portada. La dramática voz de Ian McCulloch, con poderosas resonancias de Jim Morrison, preside el disco en primer plano, más clara que nunca, respaldada por una orquesta de 53 músicos y elementos inusitados en su repertorio como mandolinas, flautas y masas corales grandiosas, que no grandilocuentes.

Ocean Rain es un disco cuajado de melodías sublimes con arreglos emocionantes. Lamentos que celebran la naturaleza y la vida. Canciones entre la turbulencia y la ternura impregnadas de un romanticismo arrebatador que no abandona los tonos épicos de sus anteriores trabajos, sino que los depura y canaliza con una sabiduría que alcanza su máxima expresión en números como My Kingdom y en el clímax que finaliza el larga duración con un escalofrío en la bella y espaciosa balada que le da título. Tonadas lujosas, casi lujuriosas, como Silver, Crystal Days y The Killing Moon, que con orquestaciones exuberantes y guitarras cristalinas envueltas en arreglos llenos de sentido del drama, reclaman el ambiente de suspense del cine negro clásico y el neorrealismo europeo, y que fueron usadas para gran efecto en la banda sonora de Donnie Darko. En Ocean Rain se dan cita la vuelta a las resonancias más ásperas de antaño con Thorn of Crowns, el ambiente misterioso, envuelto en bruma de Nocturnal Me, y el casi subacuático de The Yo-Yo Man, que parecen una puesta al día de las tonalidades acústicas de Forever Changes, la obra maestra de Love publicada en 1968 y cuyo reflejo en los 80's es este Ocean Rain.

Un disco que despliega su hechizo a través de barridos orquestales y canciones que parecen salmos, y que se inspiran en las lecturas que de Jacques Brel hizo Scott Walker en sus primeros discos. Propio de su bocaza, McCulloch se atrevió a proclamar que Ocean Rain era "the greatest album ever made". La verdad... no. Pero sí que se trata de una incontestable obra maestra depurada y plena de belleza. Uno de los mejores LP's de la historia. Yo estoy convencido de que antes de grabar Neon Bible, Arcade Fire escucharon Ocean Rain tomando notas. Echo & the Bunnymen pensaban que este sería el punto de partida sobre el que edificarían una nueva carrera, sin embargo significó el principio del fin. Jamás volverían a alcanzar tamañas cotas. Ocean Rain es un disco místico, apabullante, con canciones que arañan la piel. Con él Echo & the Bunnymen por primera vez en su carrera se atrevieron a mirar fijamente hacia el fondo del abismo, y por última vez durante su carrera el abismo les devolvió la mirada.

viernes 28 de mayo de 2010

La vida no es una película

Sólo quería hacer algo bonito, algo romántico. Pero la vida no es una película. En realidad la chica no le gustaba tanto. La veía llegar todas las mañanas con el tiempo justo de dejar el coche aparcado en la explanada de la estación y subir a la carrera para tomar el tren de cercanías que la dejaba en el centro de la ciudad. Los veinte minutos que tardaba el convoy en completar su recorrido los dejaba transcurrir plácidamente observando cómo ella seguía cada día el mismo ritual. Abría un bolso de mano que llevaba sobre el regazo y depositaba en el asiento contiguo todo tipo de artilugios para maquillarse durante el trayecto. Primero se aplicaba cuidadosamente una capa base con un algodón. Certeramente y sin espejo se perfilaba los ojos con una fina línea negra. Finalmente daba color a sus labios con un pincel. Luego volvía a guardar todo en el bolso y de allí mismo sacaba un grueso libro y un paquetito de galletas de avena que iba mordisqueando mientras se sumergía en la lectura de las correrías de Lisbeth Salander. Él, aislado con sus auriculares, se limitaba a observarla desde varias filas de asientos más atrás mientras escuchaba una recopilación que había hecho con sus canciones favoritas de Belle & Sebastian. Sólo una vez apagó el MP3 y fingió que la música no le dejaba oir nada. Fue cuando ella se encontró con alguien conocido en el viaje, y así él pudo saber cómo era su voz sólo por una vez.

Al llegar a la estación ella bajaba delante y caminaba a toda prisa deslizándose entre la gente en dirección a la salida. Él no tenía tanta prisa y la dejaba marchar, sin curiosidad por saber a dónde se dirigía. Prefería imaginar que trabajaba en un bufete de abogados, tal vez en el despacho de algún notario, o quizá en una clínica privada. Él se tomaba un cortado en la misma estación y luego se dirigía a la librería en la que trabajaba hasta mediodía. Luego volvía a tomar el tren de vuelta, y al llegar comprobaba que el coche de ella seguía aparcado donde lo dejó. Así día tras día. Hasta que pensó que sería un detalle dejarle una nota anónima en el parabrisas del coche. Algo sencillo y discreto, como un amante secreto que la admirara en silencio desde la distancia. Se dejó llevar por la fascinación de la situación, por las posibilidades que ofrecía. Incluso le pareció divertido. ¿Qué mal podría hacerle a nadie? Tomó un bolígrafo de su mochila, y sobre el mismo billete de tren escribió: "Eres lo más bonito que he visto en mi vida". Dejó su mensaje sujeto con el limpiaparabrisas y se marchó felizmente calle abajo en dirección a su casa pensando qué se haría para comer.

Al día siguiente ella volvió a llegar a la estación minutos antes de que partiera el tren. Él la observó con atención, esperando encontrar algo diferente en ella. Algún tipo de reacción. Nada. Ni siquiera miró a su alrededor intentando descubrir a su anónimo admirador. Volvió a seguir el ritual de maquillaje. Volvió a sacar las galletas de avena y el grueso libro de intriga. Volvió a leer durante todo el camino y volvió a correr en dirección a la puerta de salida al llegar a la ciudad. Él no pensó en ella hasta que no regresó a la estación de donde partía cada mañana y volvió a ver el coche aparcado delante de él. De nuevo sacó el bolígrafo y esta vez escribió: "Cada vez que levantas los ojos de tu libro haces que el día se ilumine". Caminando con paso despreocupado regresó a su casa y se olvidó del tema hasta el día siguiente.

Al tercer día ella apareció inalterable, como si nada en su vida hubiese cambiado. Tal vez no había leido sus notas. Puede que no hubiera reparado en ellas. Quizá alguien las había quitado. Era posible incluso que se hubiesen caido y ella nunca hubiese llegado a verlas. Quiso adivinar algo diferente en la forma en que ella leía el libro, pero se dijo a sí mismo que no eran más que imaginaciones suyas y casi ni la volvió a mirar durante el resto del viaje. Tras su jornada de trabajo volvió al tren. Para cuando bajó en la estación había llegado a la conclusión de que lo que estaba haciendo no tenía sentido, de que era una tontería. Ni siquiera le estaba gustando. Pensó en dejar un tercer mensaje, pero tres días seguidos le pareció un tanto excesivo. Mejor dejarlo estar, era estúpido seguir con ese juego absurdo e infantil. Reticentemente se encaminó hacia su casa, con pasos lentos. Dudó un instante. Se paró. Miró hacia atrás. Venga, va, la última. No se le ocurría qué poner. Se quedó pensando unos segundos intentando recordar alguna frase de las canciones que le gustaban. Nada. Finalmente tomó el bolígrafo y escribió algo que le parecía casi risible, pero que como despedida no estaba mal: "Si sonrieras por un momento mi mundo temblaría". Qué chorrada. Dejó la nota sobre el parabrisas y en ese mismo momento un coche a unos metros encendió el motor.

Le sacudió el pánico. Alguien le había estado observando y no sabía quién era. Se dio la vuelta y comenzó a caminar por la calle. No quería acelerar el paso para no denotar nerviosismo, pero no podía dejar que el coche lo alcanzara. Cuando notó que se ponía en marcha tras de sí giró por la primera calle que encontró y salió corriendo a toda la velocidad que le permitían sus piernas, con el corazón palpitando por la desesperación y maldiciéndose a sí mismo. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Cuando no pudo más, paró. Le ardían los pulmones. Miró hacia atrás. No vio movimiento. Quería ir a su casa, pero no se atrevía. Ni siquiera quería seguir el camino habitual. Si aquel coche le encontraba podría averiguar dónde vivía. Quien quiera que fuera podría presentarse en su casa. El pensamiento lo asustó. Se dirigió hacia una avenida principal. Allí le sería más fácil pasar desapercibido. Relajó el pasó, caminó aparentando calma, apenas mirando a su alrededor temiendo volver a ver aquel coche. Desde el otro lado de la calle, lentamente, el coche pasó a su lado. Pudo distinguir una silueta mirándole insistentemente desde el interior. Él fijó la vista adelante y volvió a desviarse en la siguiente calle. De nuevo corrió presa del miedo, internándose por callejuelas que lo alejaban de su casa, lugares por donde aquel coche no pasaría. Describió el rodeo más grande que se le ocurrió para llegar hasta donde vivía, siempre con el temor de escuchar el sonido de un motor, atento a la gente con la que se cruzaba. Se sentó un instante en la acera para recobrar el aliento y la calma. Dios, ¿cómo podía pasarle eso a él? Qué tremenda estupidez, qué lío tan absurdo.

Dos horas más tarde llegó a su casa. Temblorosamente insertó la llave dentro de la cerradura, mirando de reojo en todas direcciones, sintiéndose observado. Corrió al balcón y estuvo allí un buen rato oteando y esperando ver aparecer el coche que lo había perseguido. Pasó el resto del día deprimido, ausente. La noche fue desesperante. Le dio mil vueltas a lo que había hecho, a todo lo que había pasado. Tenía que resolverlo. Temió que llegase la mañana y volver a la estación, pero también lo deseaba. Sin embargo, aquella mañana la chica no apareció. Esa vez sí estuvo todo el día pensando en ella. Cuando volvió a su casa, bajó del tren raudo e imperturbable, mirando al frente. Se encaminó de nuevo calle abajo con naturalidad, envuelto entre los otros pasajeros que se habían apeado con él, temiendo volver a sentir la presencia de aquel coche que le había perseguido. Le latían las sienes y bombeaba sangre en todas direcciones. Pero no pasó nada. ¿Qué habría pasado con la chica? ¿Por qué no habría ido esa mañana a la estación? ¿Dónde estaba su perseguidor?

Por fin al día siguiente ella volvió a aparecer a la hora habitual. Él no se atrevía a mirarla, sentado bastante más alejado de donde habitualmente se colocaba. Esperó a que acabara de maquillarse y se encaminó hacia donde ella estaba.
- Hola - le dijo sin más -. Yo soy quien te deja las notitas en el parabrisas.
- Oh - fue la única respuesta de ella.
A él le pareció que a ella se le habían hundido los hombros. Esperaba que dijera algo más. No supo si ver inquietud en sus ojos. Quería hablar con calma, quería superar sus temores y que ella no se asustara.
- Siento muchísimo si te he molestado o te he preocupado, no era mi intención - según hablaba iba bajando la voz y con ella los ojos, hasta situar su mirada en la punta de sus zapatos -. No volverá a pasar, no volverás a saber de mí. Ha sido una estupidez por mi parte que no se repetirá. Lo siento, lo siento de veras.
Y realmente lo sentía. Lo sentía por ella, pero lo sentía aún más por sí mismo. Por haberse metido en un embrollo así por su propia inconsciencia, sin realmente desearlo.
- No pasa nada - dijo ella al fin -. Es que mi madre se asustó... Hoy en día pasan cosas tan raras...
Él se dio cuenta entonces de todo lo que podría haber pasado, de lo irreflexivo que había sido.
- Yo... sólo quería hacer algo bonito, algo que me pareció romántico. Pero la vida no es una película.
- No - dijo ella.
El tren paró en una estación y él se bajó precipitadamente, musitando una despedida. No era su parada, pero necesitaba salir de allí. Trastabilló con ojos turbios hacia la fresca brisa del exterior. Le habría parecido una bendición si no fuera porque estaba pugnando por tragarse las lágrimas.

jueves 27 de mayo de 2010

Locke & Key 2

No hace mucho constatábamos aquí mismo a cuenta de la aparición del segundo volumen de House of Mystery, esa puesta al día de los comics de horror que editaron antaño primero EC y luego Warren, y que está siendo publicada en nuestro país por Planeta De Agostini, que los resultados no estaban siendo los apetecidos. Tanto es así, que no estábamos dispuestos a continuar la colección con el tomo 3 que ya está en las tiendas. Ni los personajes resultaban atractivos, ni la historia llegaba a enganchar. No hacían más que abrirse subtramas e hilos argumentales complementarios que no llevaban a ninguna parte y que sólo aumentaban la confusión y la sensación de hastío. Aún siendo un comic que juega en la misma liga, Locke & Key parte de presupuestos similares para conseguir una solución totalmente diferente. De la mano de Panini, acaba de salir el segundo número, Juegos Mentales, y compone una obra extraordinaria y absolutamente recomendable. El guión escrito por Joe Hill, sí, hay que decirlo, hijo de Stephen King, es magistral. Está absolutamente bien planeado y planteado, enriquecido con numerosas historias paralelas que confluyen todas en el mismo sitio y que no parecen colocadas al azar, sino con un motivo bien pensado que, sin llegar a abandonar la intriga, no quedan dispersas y sin justificación. Hill sabe trazar puntos de referencia con los que salpica toda la trama para que el lector vaya componiendo el puzzle y sepa reconocer como enlaza cada pista entre sí, contando una historia compleja de forma sencilla. El plantel de personajes es rico, variado y minuciosamente delineado, fruto del talento de un nombre puntero en la narrativa de terror. Si bien manifestábamos cierta reticencia ante el dibujante Gabriel Rodríguez por sus influencias a medio camino entre el manga moderno y el estilo de los artistas de las últimas producciones de Disney, en este caso esas reservas quedan totalmente desarmadas por una exhibición de talento. Rodríguez domina con precisión la técnica narrativa y su trabajo no es sólo brillante, sino que sabe sorprender al lector con enfoques y perspectivas inusitadas que realzan el potencial de lo que se cuenta. Sus ilustraciones se complementan a la perfección con el guión de Hill y se refuerzan mutuamente de manera que el todo es mayor que la suma de las partes. Una historia con mansión llena de puertas y llaves misteriosas, una familia traumatizada, un asesino demente y un ser diabólico. En definitiva, los ingredientes para un magnífico relato de fantasía que se presenta de forma creíble y apasionante. Para no perdérselo. Lástima que haya que esperar tanto entre número y número.

martes 25 de mayo de 2010

La nueva Torre de Babel

Seguramente conocerán ustedes la historia de la Torre de Babel, ese relato bíblico que cuenta en clave metafórica el origen de las diversas lenguas como un castigo divino por la petulancia del ser humano al querer construir una torre que llegase hasta el cielo. Como todos los cuentos que aparecen en la Biblia, la Torre de Babel es un intento de explicar el mundo real a través de parábolas comprensibles a los hombres de hace más de 2.000 años. Cada institución que es fuente de conflictos viene causada directamente por nuestros propios pecados, y si la función de la lengua es el de ser una herramienta con la que entenderse, Babel significa precisamente "confusión". Es el uso del idioma justo para la contrario de comunicarse. Para enfrentar y dividir. Ayer asistimos en nuestro Parlamento a la historia de la Torre de Babel al revés. Nuestros representantes, que tienen un idioma común, decidieron hablar entre ellos en diferentes lenguas y utilizar auriculares por los que recibían la traducción simultánea. Dejando aparte lo absurdo de la situación, en la que personas creciditas tengan que hablar a través de intermediarios como niños enfurruñados, y del ridículo que supone que dos personas cuya lengua materna es la misma, opten por hablar en otra lengua aprendida como si estuvieran en una clase de idiomas, lo que molesta de este caso, lo surrealista, es que en los tiempos azarosos que corren, nuestra casta dirigente parezca estar a otras cosas y derroche nuestro dinero tan alegremente. Tal vez ustedes piensen que esto es el chocolate del loro, pero este loro ya está saturado de chocolate y empieza a indigestarse. La política, ahora más que nunca, también se compone de gestos, y cuando todos estamos con el agua al cuello y de puntillas, sería necesario que sonrieran menos y mostrasen un poco más de sentido y sensibilidad. Que se ocupasen de lo que realmente inquieta al ciudadano y se dejasen de batallitas particulares. Que mirasen un poco a su alrededor y se diesen cuenta del mundo en el que viven. Que utilizasen el tiempo y el dinero en algo realmente productivo. Pero como decía Santiago Amón, en España ya no cabe ni un tonto más. Y ellos siguen a lo suyo.

lunes 24 de mayo de 2010

Me siento insultado

Señora, Caballero:

No me vale que ponga la voz engolada. Ni me sirven sus sonrisas. Por mucho énfasis que finja a su entonación y por mucho que utilice grandes conceptos, no cuela. Por más que acentúe cada palabra como si fuera esdrújula, por más vueltas que le dé a las cosas y aunque exhiba en su rostro esa mirada de águila que pretende indicar que es alguien con amplitud de miras capaz de ver el futuro, se le nota a la legua que me quiere dar gato por liebre. Y no, no estoy dispuesto a pasar por eso. Deje ya de decir que el pueblo es sabio y no se le puede engañar. Deje de intentar colármela doblada, porque no se lo pienso consentir. Se le nota que lo que en realidad piensa es justo lo contrario. Y ¿sabe? Eso es aún peor, porque además me está insultando. Me insulta porque su intención es mentirme, aunque diga que no nos lo merecemos. Me insulta aún más porque encima está convencido de que soy tan estúpido que me voy a tragar sus patrañas. Pero lo que más me insulta de todo es que un indigente intelectual como usted, alguien que comete faltas de ortografía hasta cuando habla, que se escuda bajo sacrosantas definiciones, y que me menosprecia con tamaña sinvergonzonería, se está llevando cruda una pasta indecente que sale de mis impuestos. No sólo pretende que me la trague hasta el mango, es que además cree que eso es lo que quiero escuchar y que por eso me merezco que me la clave. Y no, oiga, no. Que no soy ese lerdo que usted cree. Que se le nota su ansia y su miedo tras esa sonrisita ladina. Se le escapa el sustito que le anuncia que va a tener que empezar a buscarse la vida. Así que póngase a trabajar si no quiere tener que ir mirándose un oficio de verdad. Y deje de decirme qué. Dígame cómo.

lunes 17 de mayo de 2010

Fahrenheit 451

Que un artista dé con interesantes soluciones técnicas no quiere decir forzosamente que el resultado despierte la emoción. Y que un autor parta de una idea provocativa no implica que sepa desarrollarla de forma adictiva en toda la extensión de sus posibilidades. Nunca me gustó especialmente Ray Bradbury, ni tampoco me pareció que Fahrenheit 451 estuviera a la altura de su reputación. La distopia que denuncia un mundo totalitario y anestesiado por el pan y el circo, en el que la autoridad no quiere librepensadores, y en el que la población ha dejado de leer por propia desidia (¿les suena de algo?) podría haber dado mucho más de sí. El resultado, sin embargo, es una caótica y aburrida historia que si a algo aspira, de manera fallida, es a reproducir los laberintos ideados por Franz Kafka y situarlos en el mundo de 1984 de George Orwell.

Tim Hamilton es un eficaz artesano que gusta de jugar con la expresividad de su dibujo e investigar en los contrastes de luces y sombras, aprovechando las posibilidades de la gama de colores terrosos que utiliza. Pero su estilo no termina de ser todo lo espectacular que pretende, y lo resuelve igual que muchos otros ilustradores de, pongamos, la serie Vértigo. El relato de Bradbury apunta buenos conceptos como el de la sociedad adormecida y manipulada, y el imperio de la apariencia frente al pensamiento, que predicen más de medio siglo antes los males de nuestro tiempo. Pero como obra de reflexión es abstrusa y se queda corta, y aunque el final del camino es grande, el recorrido resulta plomizo. Ustedes pueden sentirse atraídos por esta adaptación de un clásico de la ciencia-ficción pensando que por fin se van a encontrar con una obra en la que tanto el guión como el dibujo van a estar a la altura de sus expectativas. Desgraciadamente a Hamilton le falta brillantez, y Bradbury no consigue hacernos arquear una ceja. Decepción. Eso o he caído en la trampa de esa sociedad presente/futura que Fahrenheit 451 pretende señalar.

sábado 15 de mayo de 2010

Reunión de Antiguos Alumnos

Seguro que han pensado más de una vez que les gustaría tener una segunda oportunidad. Una ocasión para enmendar todos los errores de su pasado que no tendrían que haber ocurrido si hubieran sabido lo que saben ahora. O tener una vida de prueba. La posibilidad de saber de qué va esto de la existencia y tener la ocasión de poder aplicar en la vida “de verdad” todo lo que han ido aprendiendo cada vez que tropezaban. Y es que, al menos, la vida tendría que ser al revés. No tendría que acabarse cuando uno ya ha ganado experiencia y sabe manejar cada eventualidad con calma y desparpajo. No tendrían que agotársenos ni las fuerzas ni las ganas justo en el momento en el que todo lo que conocemos ya no nos sirve para nada.

Martin Amis imagina en Time’s Arrow que el tiempo es una flecha disparada en sentido contrario. Su protagonista nace con la muerte y todo le va ocurriendo a la inversa. Camina hacia atrás, vomita la comida, se levanta cuando tiene sueño, va rejuveneciendo. No es una situación ideal, pues al igual que al amnésico protagonista de Memento, esa hipnótica película protagonizada por Guy Pierce, de la que ya hablamos en este mismo blog hace un tiempo, el desconocimiento de lo que ha ocurrido anteriormente hace que su vida sea de un total desconcierto. No es capaz de aplicar la experiencia para evitar sus errores, y todo tiene una explicación dentro de una lógica retorcida para que cada acontecimiento de la vida encaje. Pero en el fondo el concepto es loable y el mensaje de esperanza es claro. No llora, sino que absorbe sus lágrimas, jamás se cae, sino que en realidad se levanta.

Más interesante es lo que plantea una película que probablemente conozcan: El Curioso Caso de Benjamin Button. El protagonista nace anciano y a medida que van pasando los años, no sólo va ganando sabiduría y experiencia, sino que también va rejuveneciendo. Imaginen cómo sería su vida si se encontrasen en plena posesión de sus facultades físicas e intelectuales, pero tuvieran todos los conocimientos que ha dado una larga existencia. Cómo se tomarían cada peripecia, a qué le darían verdadera importancia. Es como una reunión de antiguos alumnos. Gente que alguna vez lo fueron todo, tus íntimos, tu vida. A la que le contabas todo lo que te sacudía por dentro, en quien confiabas y a quien querías. Gente a la que vuelves a ver después de un cuarto de siglo de separación y silencio, cuando toda tu vida ha dado un vuelco y vuestras conversaciones recorren meandros que entonces jamás pensaste que existirían.

Recuerdas sus nombres de una manera vaga, como adormilado, mirando unos rostros que no acaban de encajar. Y acabas planteándote a quién llamaste amigo y a quién no. Qué repetirías, qué no hiciste y qué deberías haber hecho. Tras veinticinco años que han pasado como si sólo hubiera transcurrido un fin de semana, aquella despedida que no existió, aquel último día de curso en que os separasteis sin apenas una palabra, como si toda una infancia y adolescencia juntos sólo hubiera sido otra piedra más en el camino, es sólo una nube gaseosa en la lejanía. Se acaban replicando los mismos roles que cuando tenías quince años. Se forman los mismos grupos de amigos, se reavivan los mismos amores, salen a relucir los mismos rasgos de la personalidad. En la segunda oportunidad uno vuelve a repetir todos y cada uno de sus gestos como si no hubiera aprendido nada en todo este tiempo.

Pero al menos ahí estáis los tres o cuatro que quería volver a ver, y es lo único que importa. Aunque también me faltan otros tres o cuatro que me gustaría que estuvieran y cuya ausencia me pesa casi tanto o más que las presencias de los que habéis venido. Me alegro de ver que estáis felices y estáis bien. Que habéis crecido, que no habéis madurado, que seguís siendo los mismos y que, contra todo pronóstico, sois buenas personas. Ahora, ya sabéis como soy, pues yo también soy el mismo, lo mejor que puedo hacer, lo único que me queda, es volver a disolverme otra vez gentilmente en el vacío de la noche. Jamás he estado ahí. Nunca he existido. Que no quede ni el recuerdo.

martes 11 de mayo de 2010

Vicentín

Vicentín tenía sonrisa de niño. Una sonrisa que le dulcificaba la mirada y que dejaba ver un solo diente en el centro de su boca. Un diente cuadradito, como de leche, un diente que le hacía parecer necesitado de un chupete, que le confería la simpatía y ternura de los ratoncitos de los dibujos animados. Cada vez que Vicentín sonreía se le transformaba el rostro y se convertía en un ser con un brillo ingenuo al que todo el mundo deseaba abrazar. Hasta su piel se volvía aún más blanca, como si de repente reflejase toda la luz de un espíritu en calma. Vicentín también tenía unos trapecios que le salían directamente de detrás de las orejas. Una masa de carne inflada y nudosa. Una montaña de músculos que hundía su cabeza ligeramente ovoide entre unos hombros inverosímiles que no parecían pertenecer a ese rostro, como si sus clavículas se hubieran prolongado al doble de su longitud. Vicentín era bajito, muy bajito. A veces daba la impresión de que Vicentín era más ancho que largo, una impresión que se reafirmaba por su forma bamboleante de caminar, porque Vicentín no conseguía alinear sus gruesas extremidades con el resto de su cuerpo. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes de todo tipo, tribales, siniestros, neonazis. Vicentín había comprado el set completo del perfecto fantasmón. Aunque tenía preferencia por los lemas rimbombantes e inspiradores: "Valor y Fuerza", "Lealtad", "Nunca Provocar la Pelea, Nunca Rehuirla". También se había tatuado su nombre en el abdomen, con su fecha de nacimiento en números romanos, como si fuese la brújula que necesitase para encontrar siempre su norte, como si alguna vez lo fuese a olvidar.

Vicentín había empezado a ir al gimnasio con dieciseis años. Entonces era un niño gordito y menudo que apenas hablaba y jamás miraba a los ojos cuando alguien se dirígía a él. En aquel gimnasio Vicentín se sentía feliz y en casa. Le gustaba estar allí, y disfrutaba discutiendo de dietas y formas de entrenamiento. Empezó a comparar sus tatuajes con los de otros socios, a debatir sobre sus películas favoritas de Jean-Claude Van Damme, a sentirse parte de algo. Vicentín perdió una considerable cantidad de grasa y su cuerpo comenzó a mostrar volumen de otro modo. Cuando se miraba al espejo, Vicentín lucía aquella sonrisa desarmante que hacía que a todos les pareciera un angelito. Con dieciocho años Vicentín tomó por primera vez esteroides. Dianabol ruso y Winstrol oral con etiqueta de China. Consiguió un trapicheo con un médico de una residencia de ancianos y empezó a inyectarse Deca-Durabolín y Primobolán. Probó todo tipo de testosteronas hasta que los testículos se le secaron como dos cáscaras de nuez y comenzó a sentir dolor en los pezones. Vicentín contaba todo esto con una carcajada breve y aguda que traicionaba su impresionante aspecto. "Total, para lo que los uso", decía. Vicentín empezó a meterse Clembuterol y coqueteó con la insulina, pero le dio miedo. También le vendieron falsificaciones en más de una ocasión y relataba entre divertido y resignado la temporada en que se estuvo pinchando agua destilada. En dos años Vicentín era el tipo más fuerte del gimnasio. El más fuerte de su barrio. El tipo más fuerte que hubiese visto en persona nadie jamás. Tenía la espalda y los antebrazos surcados de gruesos granos de grasa, y su estómago se había dilatado por los anabolizantes. Un vientre abultado y duro como una roca, rajado por los abdominales, pero que cuando se vestía le hacía volver a parecer gordo. Daba igual, eso no le importaba a nadie. Tampoco le importaba a Vicentín. Cuando Vicentín acababa de hacer una serie de press de banca con 130 kilos y posaba ante el espejo, toda la sala se paralizaba con murmullos de admiración.

Vicentín se enteró de que en Málaga había una cuadra en la que podía conseguir esteroides para caballos, y comenzó a hacer viajes regulares en su pequeño Renault Clio junto con otro amigo que había adoptado bajo su ala protectora y que le admiraba abiertamente. El aire de aventura le producía una satisfactoria alegría que hacía que se le disparasen los niveles de adrenalina. Vicentín era un tipo fiero. Había tenido suerte, sólo le habían salido estrías en las axilas y el pecho, el pelo no se le había caido demasiado y tenía músculos hasta en los párpados. Seguía comiendo siete u ocho veces al día, preparándose kilos de arroz blanco y pechugas de pollo a la plancha que transportaba en varios tuppers en su mochila allí a donde fuera. Vicentín había encontrado su estilo de vida, siempre ataviado con su ropa deportiva negra y su gorrita de beisbol calada hasta los ojos. Todo el mundo era capaz de etiquetarlo nada más verlo y eso le hacía feliz. Vicentín estaba enorme. Y enorme estaba cuando en mitad de una serie de sentadillas de altas repeticiones le sacudió el cuerpo un coma hepático que lo tuvo ingresado tres meses en un hospital hasta que sus órganos castigados dijeron basta. Vicentín murió antes de cumplir los treinta y cuatro años. Y es curioso, su cuerpo enorme cupo perfectamente en un ataúd tamaño estándar.

NATALIE MERCHANT - Leave Your Sleep

Natalie Merchant es, para muchos, la ex-cantante de 10,000 Maniacs, una banda que llenó las décadas de los 80's y 90's de referencias intelectuales y literarias, y que cosechó cierto éxito en nuestro país. Para unos cuantos es la versión femenina de Michael Stipe, el erudito vocalista de REM. Y para unos pocos es, simplemente, una tía rara. Sin embargo, lo que realmente es Natalie Merchant, es una artista con una sólida carrera a sus espaldas llena de coherencia e inteligencia. Una obra profunda y madura realzada por una voz expresiva y densa. Su último trabajo es un CD doble que adapta poesía británica y norteamericana de los siglos XIX y XX sobre la infancia. Y no, no es un disco tan pretencioso como podría sonar por esta descripción, ni se compone de tonadillas infantiles al estilo de las que grabó Donovan a finales de los 60's. Se trata, eso sí, de una colección única y exquisita de temas que no roza ni por un momento lo pueril y que, destinada a los adultos, sólamente es comprensible con una cierta edad. Como si hubiera querido abarcar todas las facetas del folk, cada canción aborda un estilo con delicados arreglos detallistas. Un muestrario de música celta irlandesa, cantos tradicionales judíos, reggae, bluegrass, canciones fronterizas, pop salido de Penny Lane, las orquestinas de jazz, la música clásica, los valses y los ecos de la instrumentación japonesa. Un disco excitante y emocionante como pocos, surcado de orquestaciones cinematográficas que a veces recuerda a lo que haría Tom Waits si se dejara de zarandajas y tocase sus composiciones como lo hacía en su primera época, con instrumentos de verdad y una voz equilibrada. Qué gran catálogo de canciones de inocencia y de experiencia, una detrás de otra.

LIGHTSPEED CHAMPION - Life Is Sweet! Nice to Meet You

Devonté Hynes fue guitarrista de Test Icicles, un combo del Reino Unido que publicó un album y un reguero de singles a mediados de la pasada década, que cruzaban el punk con el hip-hop. Con la disolución de estos, Hynes se reconvirtió en Lightspeed Champion, una suerte de cantautor con ecos de Bright Eyes, Sufjan Stevens y los dos primeros discos en solitario de Graham Nash, muy alejado de su anterior banda. En cierto modo siempre me recordó a James Iha, el ex-guitarrista de Smashing Pumpkins, que publicó con Be Strong Now un precioso disco en solitario. Life Is Sweet! Nice to Meet You es el segundo album de Lightspeed Champion, y presenta una colección de canciones acústicas, barrocas y bellamente orquestadas, con algunos arrebatos eléctricos saturados de melodía. Pop de muchos kilates que deja notar la experiencia de Hynes como arreglista clásico a lo largo de todos sus surcos, y que tiene su referente más directo en los hermosos trabajos del injustamente desconocido Eric Matthews, pero que sobre todo están en la misma longitud de onda de lo mejor de Love, la gran banda de los sesenta. Aparte de Arthur Lee, ningún negro ha hecho una música tan blanca. Muy muy bonito.

lunes 10 de mayo de 2010

El Hombre que Susurraba a los Caballos

Ni siquiera sé si El Hombre que Susurraba a los Caballos es una buena película. Tampoco me importa. No puedo verla así. Es cierto que tiene muchos elementos para que me guste. Actúa Scarlett Johansson, aunque está hecha una niña (qué demonios, todavía lo es, quítenle todo el maquillaje con que la disfrazan y verán la carita que se le queda debajo). La protagoniza la elegantísima Kristin Scott Thomas, que haga lo que haga e interprete el papel que interprete, siempre está arrebatadora, más aún con el rostro tan limpio que luce en este film. E incluye grandes canciones de country-rock, incluyendo una de Steve Earle, uno de mis músicos favoritos y que últimamente está apareciendo bastante por este blog. Será cosa de ir pensando en dedicarle una entrada comme il faut. Pero no es eso lo que me fascina de esta película. No es su regularcillo argumento, ni su desarrollo un tanto a salto de mata, ni sus sólidas interpretaciones. No es ni siquiera, para un nenaza confeso como yo, la historia de amor que se desarrolla de fondo. No. Lo que hace que para mí esta película funcione es una sola secuencia, un único momento. No soy amigo de colgar vídeos, pero estoy seguro de que si rebuscan un poco en YouTube serán capaces de encontrarla si les interesa. Déjenme que les cuente.

Kristin Scott Thomas es una ocupadísima directora de una importante revista neoyorkina, con un matrimonio algo frío. Scarlett Johansson es su hija. Un día, mientras practica equitación con una amiga, sufren un terrible accidente. Son arrolladas por un camión, y su amiga y el caballo que monta mueren. Ella pierde una pierna y su caballo queda física y psicológicamente destrozado. Entonces aparece Robert Redford, una especie de Cocodrilo Dundee de Montana que entrena equinos y "ayuda a los caballos que tienen problemas con las personas". Y allá que se van madre e hija, a dirimir sus diferencias y a que Redford vuelva a recomponer al cuadrúpedo en un rancho de ganado en mitad de las montañas. Con no poco esfuerzo consiguen que el hombre se ocupe del torturado caballo y de la amargada niña herida. Y de la madre. El amor surge inevitable entre la ejecutiva agresiva de ciudad y el rudo vaquero imperturbable. No sucede nada entre ellos, apenas llegan a tocarse, jamás se dicen una palabra romántica. Pero lenta e inexorablemente se van enamorando el uno del otro. Sólo un beso hasta que el marido que se quedó trabajando en la ciudad asoma inesperadamente por el rancho para ver cómo se encuentra su familia.

Los vecinos se reúnen para una fiesta en la que se da el típico baile rural en el granero. Redford y Scott Thomas bailan un lento ante la mirada ausente del marido. Los ojos de los enamorados lo dicen todo mientras rehúsan enfrentarse abiertamente y se mantienen a una casta distancia. La tensión es palpablemente dolorosa con la conciencia de un amor imposible y desesperanzado, un amor arrasador como un vendaval que tienen que reprimir. Bailan sin mediar palabra mientras ocultan sus sentimientos desgarrados, divididos entre lo que sienten y la desesperación que les produce no querer herir a nadie, sin el valor necesario para romper con todo. Sus rostros y sus manos muestran una mezcla de angustia y consuelo. Los dedos de él rozan la camisa en la espalda de ella, las manos de ella se posan sobre el pecho de él. Se estrechan casi con crispación, entre la tremenda agonía y el hondo amor de un abrazo sin palabras. Y finalmente, el jirón interior de dos corazones sangrando por la impotencia, hasta que lentamente se separan y cada uno vuelve a su rincón. Tal vez ustedes piensen que El Hombre que Susurraba a los Caballos, como esta reseña, sea ñoña, excesivamente larga y un latazo. Tal vez sea cierto. Pero contiene mi secuencia más romántica y casi diría sensual del cine. Yo cada vez que la veo me fundo como si fuera de mantequilla.

DRIVE-BY TRUCKERS - The Big To-Do

Si Steve Earle es la versión hillbilly de Bruce Springsteen, Drive-By Truckers son su faceta redneck. O sea, básicamente lo mismo dependiendo del lugar de origen. Pero las referencias no se quedan ahí, pues las crujientes guitarras de la Creedence Clearwater Revival y un aire grunge que recuerda a Dinosaur Jr. surcan toda la última entrega del combo de Athens, Georgia, la patria chica de REM. Una banda con cuyos primeros discos también tienen mucho en común, así como con el Tom Petty menos acomodado. Con todo y con tantas sabrosas influencias, si a algo suenan es al Neil Young de los 90's, el de Ragged Glory y Sleep With Angels, respaldado por los teclados de Roy Bittan y Danny Federici de la E Street Band, y tocando descartes de Born in the USA. Si no les basta con esta rocambolesca definición, les diré que el que en Drive-By Truckers haya tres compositores y vocalistas consigue que The Big To-Do, su octavo disco de estudio, recoja con riqueza y variedad lo mejor de la música con puro sabor americano. Un largo duración que empieza con un trallazo y ya no se baja de ahí hasta la última nota. Mucho mejores que The Hold Steady e injustamente desconocidos, Drive-By Truckers llevan una amplia carrera a sus espaldas que cualquier seguidor del buen rock and roll debería tener en cuenta. Empezando con este disco, por ejemplo.

LOUIS ELIOT - Kittow's Moor

Quizá se acuerden ustedes de Rialto, una glamourosa banda de brit-poppers que siempre se quedaron en la segunda fila del pelotón. Tras su disolución, su cantante, Louis Eliot, se reconvirtió en cantautor con raíces y ahora entrega Kittow's Moor, su segundo album en solitario. Un disco todo él impregnado por el espíritu del gran Steve Earle. Su voz ligeramente rasgada, sus aires folkies irlandeses, sus melodías rasposas pero tarareables, los suaves toques americanos. Acordeones, violines, flautas, banjos, mandolinas y guitarras acústicas hacen revolotear canciones ligeras pero profundas. Una hermosa rodaja de folk-rock-pop-country que pasará injustamente desapercibida. La obra de Eliot es un trabajo lleno de hermosas y pegadizas tonadas bellamente arregladas en la onda de Trascendental Blues. Para cantar, bailar y emocionarse. Debería estar sonando en todas las emisoras del mundo. O al menos en Radio 3.

domingo 9 de mayo de 2010

Comic: algunas novedades

Los Doce Trabajos de Hércules
Lo mejor del primer lote de la avalancha de publicaciones con vistas al Salón del Comic de Barcelona. Miguel Calatayud es uno de los grandes maestros induscutibles a pesar de su, ay, tan exigua producción. En la mítica revista Trinca publicó durante los primeros años setenta dos de sus obras fundamentales. Peter Petrake fue brillantemente recogida hace poco por El Patito Editorial. Su siguiente trabajo cronológicamente hablando, Los Doce Trabajos de Hércules, acaba de aparecer de forma inmejorable de la mano de Edicions de Ponent. Y ha merecido la pena la espera. Enmarcada por análisis en profundidad a cargo de algunos de los críticos más respetados del medio, con una elección de papel acertada y la tapa dura que merece, auna el clasicismo y la modernidad en sus páginas. De las pinturas sobre cerámica de la antigua Grecia a las ilustraciones de John Flaxman para las obras de Homero, de las grandiosas viñetas de Sergio Toppi a los dibujos animados de Yellow Submarine, de la terracota a la psicodelia. A must.

Los Muertos Vivientes 10
La extraordinaria serie de Robert Kirkman y Charlie Adlard coge carrerilla. En lo que nos Hemos Convertido recapitula los hechos pasados y profundiza en los personajes protagonistas. Rick Grimes y su hijo Carl siguen evolucionando y, como refleja el título, transformándose en seres cada vez más sombríos que revelan facetas ocultas de su personalidad y demuestran de lo que es capaz el ser humano llevado a una situación límite. Pero si leyendo este tomo piensan que se han alcanzado las mayores cotas de salvajismo, esperen a ver el próximo volumen 11, donde la brutalidad y la degradación se desatan. Kirkman sigue sorprendiendo, no se lo pierdan.

Murena 7
Jean Dufaux y Philippe Delaby continúan con la mejor BD histórica del momento. La crónica del reinado del emperador Nerón y su enfrentamiento con su antiguo amigo Lucio Murena llega con Vidas de los Fuegos al episodio del incendio de Roma. Un relato de intrigas con generosas dosis de sexo y violencia al estilo de los blockbusters televisivos Roma y Spartacus, con una documentación extraordinaria y un dibujo exquisito. Tal vez, como yo, piensen que esto es una fastidiosa concesión a la comercialidad en una obra de tan alta categoria. Pero no olvidemos que también estamos hablando de un producto de entretenimiento con una calidad inmejorable.

El Corsario de Hierro 3
Otro gran personaje de Víctor Mora y Miguel Ambrosio "Ambrós". Aventura en estado puro con todos los requisitos del género. Poco que añadir a la excelente edición de este clásico patrio. Buen papel, tamaño gigante, reproducción perfecta en blanco y negro... Así se hacen las cosas. Una demostración de respeto y cariño por los autores, el personaje y sus lectores. Sólo insistir una vez más en la necesaria recuperación con la dignidad que merece de otra creación fundamental del comic clásico español: El Jabato.

The League of the Extraordinary Gentlemen - Century: 1910
Por cuestiones legales no podemos contar fuera de los Estados Unidos con la publicación de Black Dossier, el tercer episodio en la saga de La Liga de los Hombres Extraordinarios (en realidad, según su autor, se trata de un puente entre el primero y el segundo). A la espera de que se resuelvan los problemas de derechos, Planeta De Agostini ha comenzado a editar en España 1910, la última entrega del proyecto en el que se hallan embarcados desde hace ya bastante Alan Moore y Kevin O'Neill. Más magia y erudición a cargo del barbudo de Northampton con el handicap de que no podremos ver la historia acabada hasta vayan ustedes a saber cuándo. Aún así, y viniendo de quien viene, siempre merece la pena echarle un vistazo. Para guardar hasta poder ver la novela gráfica completa. Si han seguido los dos anteriores episodios, seguro que este no les defraudará.

Conan the Cimmerian 20
Esta serie es cada vez mejor. Tomás Giorello cada vez brilla más, cada vez es mejor dibujante, con unas influencias manifiestas muy bien tamizadas entre las que destaca la sombra de Frank Frazetta. En suma, se supera en cada nuevo número, y cada vez sabe narrar mejor. Si Timothy Truman no convence como dibujante, como guionista está arriba entre los más grandes. Pronto acabará el presente arco argumental, y Dark Horse ha tenido la idea de recuperar al legendario Roy Thomas para el personaje que le hizo famoso. Thomas se encargará de El Camino de los Reyes, doce números que enlazarán con una de las etapas más conocidas del cimmerio, la novela original de Robert E. Howard La Reina de la Costa Negra. Mientras Truman y Giorello adaptarán en una miniserie otra novela de Howard: La Hora del Dragón, un relato de la etapa de Conan como rey. En Estados Unidos los seguidores del bárbaro están de enhorabuena.

Otra vez el misántropo

Salgo del metro después de un trayecto agónico rodeado de gentuza de todas las edades, sucia, maleducada, vociferante, insultante, altanera. Una patulea que pone desafiantemente música repulsiva a todo volumen en sus teléfonos móviles para tortura de los que tenemos que soportarlos al lado. Y por un momento deseo que de verdad en esta supuesta sociedad desarrollada, avanzada, civilizada del siglo XXI suceda un apocalipsis que barra de la faz de la tierra tanta alimaña. Pero entonces me doy cuenta de que sería precisamente esa ralea la que mejor se aclimatase a la nueva situación. Las ratas siempre están mejor preparadas. O hay días que uno no está para nada, o cuanto mayor me hago, más bondades le veo al Despotismo Ilustrado.

jueves 6 de mayo de 2010

500 Días Juntos

Tengo debilidad por las pelis de amor. Denme una buena historia romántica y me tendrán comiendo en la palma de su mano. Me gusta pensar que esas cosas pueden pasar en la vida real. Que la gente puede ser feliz y vivir ese perpetuo deslumbramiento en un mundo en el que nada importa más que la persona que tienes a tu lado, y su sola presencia es sanadora y redime de todos los males. (500) Days of Summer es la película con la que debutó en 2009 el director Marc Webb, y si la hubiera visto a tiempo hubiera sido una seria competidora en mi lista de favoritos del año. No se trata de la típica historia bobalicona, ni de la comedia almibarada a mayor gloria de la sonriente estrella de turno. 500 Días Juntos es un largometraje moderno sobre las relaciones actuales. Un relato de punta a punta sobre el éxtasis y el desgarro del amor, que te hace levantar una sonrisa de reconocimiento. Una deliciosa y original forma de contar la tan manida peripecia de chico encuentra a chica, chico pierde a chica. Y un fresco cruce entre Alta Fidelidad (uno de mis fetiches personales con John Cusack al frente) y Olvídate de Mí (Jim Carrey haciendo un buen papel) protagonizado por Joseph Gordon-Levitt (el detective adolescente de Brick, de la que ya hablamos aquí) y la dulce Zooey Deschanel (Casi Famosos y ahora con dos estimables discos en la calle junto a M. Ward como She & Him).

500 Días Juntos es el título con el que se estrenó en nuestro país, estropeando el, por otra parte intraducible, juego de palabras que envuelve toda la acción y el metafórico mensaje final. A la eterna pregunta: "¿Crees en el amor?" lúcidamente responde: "Hablo de amor, no de Papá Noel". Esta es una historia de la vida real. Contada de forma no lineal, y puntualizada por la voz de un narrador en off, salta de un momento a otro de la relación entre Tom, un romántico incurable enamorado hasta los huesos, y Summer, escéptica, descreída y nada dispuesta a involucrarse en una relación que implique compromiso. Vemos los pequeños chistes privados, los momentos que a ojos de los demás son una cursilada, pero que para los enamorados son encantadores, los detalles que al principio son divertidos y que con el tiempo se convierten en irritantes. Situaciones cruciales o aparentemente banales con las que el espectador debe completar el puzzle. La banda sonora surcada de canciones de pop alternativo tan recurrentes en el cine independiente norteamericano es espléndida y ofrece el complemento perfecto a esta historia, que no es sólo de amor, sino también de redención, y que demuestra que para que te quieran, no basta con querer. Al final el amor resulta ser cosa de uno. Hey, Vivès, no es necesario ser un pelmazo para contar lo mismo, hay quien sabe hacerlo mejor. Disculpen, no pude evitarlo.

miércoles 5 de mayo de 2010

Neil Diamond: Placer Culpable

Todos tenemos lo que los sajones denominan Guilty Pleasures, aficiones que ocultamos porque si se hicieran públicas nos restarían credibilidad, pero que no podemos evitar que nos gusten. En mi caso siempre he tenido un montón de placeres culpables, aunque cada vez menos. Y no es porque vayan menguando, no, sino porque a estas alturas de mi vida no estoy ya como para ir avergonzándome de las cosas que me llenan y de las que no. Neil Diamond siempre ha encajado en ese tipo de artistas que uno no admitiría seguir en público, pero que secretamente tarareamos. ¿Quién no se ha unido al estribillo de Sweet Caroline? Siempre recordaré cómo nació aquella historia de amor tortuosa con este artista a partir de un cassette recopilatorio que yo mismo hice para acompañar una de mis innumerables mudanzas. Sólo yo en aquella casa vacía y mis canciones favoritas de Diamond sonando en el reproductor mientras desembalaba paquetes por el suelo. Ah, la nostalgia.

Diamond es más norteamericano que el cowboy de Winston, un genuíno producto del corazón de un país mil veces mitificado, y prueba viviente del sueño americano. Tópico tras tópico cumplido, nace en Brooklin en 1941 en el seno de una familia judía, y tras unos tentativos intentos primerizos en los que fracasará tratando de abrirse un hueco como ídolo pop juvenil, pasará a escribir canciones para otros. Suyos son algunos de los más grandes éxitos de The Moonkees a los que donará un himno a la ingenuidad como es I'm a Believer. Esta faceta de escritor mercenario le llevará a grabar sus primeros discos de éxito comenzando con Solitary Man en 1966, una canción con una sonoridad totalmente actual y que ha sido versioneada por Chris Isaak, Johnny Cash y HIM entre otros. Son años de grandes singles y álbumes repletos de piezas de relleno. Canciones tiernas, estremecedoras y apasionadas, a veces demostraciones excesivas de un cantautor con la boca llena. Pero trallazos como Girl You'll Be a Woman Soon (más tarde en la banda sonora de Pulp Fiction) y Red Red Wine (popularizada por UB40) quedarían en el imaginario popular durante décadas.

Con la llegada del hippismo Diamond se pone grandilocuente. Quiere que se le recuerde como un artista de discos de larga duración completos. Compone misas y trilogías, y explora en las raíces de la música popular, pero siguen siendo sus singles los que se pegan a la piel. Canciones magnificentes que rebuscan en la épica romántica, arropadas de manera que inflama el corazón, junto a apuntes intimistas. Es la época de Kentucky Woman, versioneada por la primera formación de Deep Purple, Holly Holy con su inmenso coro gospel, el pulso africano de Soolaimon, el desgarro existencial de I Am I Said, la ternura country de Song Sung Blue, y el pop descarado de Cracklin' Rosie. Cada vez más ambicioso, con el cambio de la discográfica Bang Records, que constreñía sus ansias, a MCA, que le da plena libertad, se desata por completo. Para peor. Salen a relucir todas sus tendencias más kitsch y pretenciosas, y a partir de la plomiza banda sonora de Juan Salvador Gaviota, Diamond es un intérprete asumido, The Housewives' Choice, que se dice.

Robbie Robertson, de The Band, llegará al rescate para producirle Beautiful Noise en 1976. Se muestra como un cantautor intenso de pose auténtica, con aire reconcentrado y reflexivo oculto tras grandes gafas de sol. A pesar de la oposición del resto de The Band, que lo ven como poco respetable, se hace un hueco junto a su adorada Joni Mitchell en la película The Last Waltz gracias al empeño del propio Robertson. Es un espejismo. Sus discos se convierten en affaires sofisticados para seducir solteronas, casi a la altura de Julio Iglesias. Hasta los singles son un pastel de merengue. Se rodea de los colaboradores más granados del soft-rock californiano para entregar papillas edulcoradas y anodinas sin nada que las distinga más que su voz cada vez más estereotipada. Es una especie de George Hamilton rockero. Ya no hay sentimiento, sólo un calentón. En 1980 se acuerda de sus raíces judías y participa en un remake de El Cantor de Jazz filmado a mayor gloria suya. Las canciones que aporta, en colaboración con Gilbert Becaud, son extraordinarias. La grandiosidad y sofisticación del francés le sientan muy bien a sus composiciones y The Jazz Singer será un disco completamente satisfactorio y lleno de facetas.

Tras este último zarpazo seguirá dando conciertos sudorosos y pretendiendo parecer casual en vaqueros mientras intenta disimular su galopante alopecia. Se disuelve en la oscuridad del mainstream. Le hace una canción a E.T., graba temas de musicales, clásicos navideños, standards del country, todo tipo de duetos y éxitos ajenos. Cumple con todos los tópicos del circuito nostálgico y las varietés hasta que es rescatado en 2005 por Rick Rubin para dos discos de vuelta a sus orígenes. Diamond se olvida de los pelucones con laca y entrega un puñado de canciones sinceras y desnudas que lo muestran como el gran compositor e intérprete que es cuando se olvida de todo artificio. Dos obras centradas, calmadas, maduras y ¿por qué no? auténticas. Rubin le aplica el mismo tratamiento ganador que ya testara con Johnny Cash, el tipo de producción que le gusta hacer al barbudo. El artista, su guitarra y dejar rodar las cintas. Pero para mí, aquella recopilación casera que machaqué en mi cassette, aquel batiburrillo de megaéxitos y temas más oscuros, aquellas canciones, son las que me siguen produciendo el mismo calorcillo.

martes 4 de mayo de 2010

Paracuellos

Nada nuevo puedo yo añadir a todo lo que se haya dicho ya antes sobre Paracuellos, una obra maestra indiscutible de Carlos Giménez donde una vez más pone de manifiesto su inmensa capacidad narrativa. En ella cuenta otro capítulo más de su autobiografía y la de nuestro país. Un pedazo de la historia viva de España. Con estilo descarnado y directo nos recuerda una época de niños de ojos inmensos, orejas de soplillo y rodillas huesudas. Niños que no comprenden nada de lo que está pasando, pero que aceptan lo que viene como algo natural. Da igual que sea una bofetada o una caricia, el hambre desesperada y constante o la abundancia repentina. Todo es asumido con semejante calma, con la misma indiferencia fatalista. Y es que estos niños que no conocen ningún porqué son precisamente los grandes perdedores de la tragedia de un pueblo, y Giménez está ahí para denunciar con el ojo fijo de su cámara el abuso del que detenta el poder sobre el más indefenso. El vencedor sobre el perdedor, el fuerte sobre el débil, el adulto sobre el niño. Por eso sus mujeres son siempre beatas de rostro avinagrado, y sus hombres son arrogantes paramilitares perpetuamente coléricos. Cobardes revanchistas dispuestos a desfogar su rabia y su resentimiento con quien no puede enfrentárseles. Tal vez Giménez caiga en los estereotipos, pero es bien cierto que esa España alguna vez existió y en muchas partes todavía existe aunque sea dentro del armario. En realidad Carlos Giménez, aunque está haciendo el relato de nuestro pasado, está también retratando la condición humana. El argumento, situaciones y personajes de Paracuellos tienen un halo de universalidad que describe lo peor del ser humano, nuestra ruindad, nuestra mezquindad. El conocimiento de que la masa ciega se escuda en el anonimato para estar siempre dispuesta a correr en defensa del vencedor, en ayuda del poderoso. Paracuellos apunta hacia todo aquel que está dispuesto a abusar, a excusarse en las guerras para destruir, rapiñar y violar. Aquel que se muestra ansioso por apostarse en un tejado y disparar a todo lo que se mueva. Si 36 - 39: Malos Tiempos era el horror, Paracuellos es su consecuencia.

Nepotismo

Esta mañana me he levantado con una agradable sorpresa. No, esa misma con la que se han levantado ustedes, no. Bueno, también, pero no me refería a eso, mejor vuelvo al redil antes de que me desvíe. Como decía el insigne poeta inglés Philip Larkin, cada uno caminamos por el mundo acarreando nuestros sapos sobre los hombros. Esos pequeños o grandes complejos, esos pesares y esas servidumbres que nos doblegan y no nos abandonan. La mochila de George Clooney en Up in the Air. Uno de mis sapos es mi hermano. No me entiendan mal, no lo digo de forma despectiva. En realidad es un tipo encantador y mucho mejor persona que yo. Mucho mejor que cualquiera. Pero cargo con el peso de haber sido en gran medida el culpable de que sea quien es ahora, de haberlo moldeado involuntaria e indefectiblemente como a un pedazo de arcilla. Estoy convencido de que él no sería como es si yo no hubiera existido nunca. Y no estoy seguro de querer cargar con esa responsabilidad, por mucho Clarence que me diga lo contrario. Destrocé su infancia y su adolescencia con disco tras disco, película tras película, comic tras comic. Pasábamos las noches escuchando Radio 3, alimentándonos con nuestros dibujantes favoritos, aprendiéndonos de memoria los diálogos de los largometrajes más insensatos. Si no hubiera leído a Corben y Barry Windsor-Smith conmigo, si no se hubiera atiborrado de David Bowie a mi lado, si no conociera todas las películas de Mickey Rourke, ahora sería un tipo feliz, un funcionario modelo, y no un puñetero artista, un bohemio endemoniado. Llené su cabeza de humo y de sueños durísimos de alcanzar, pero a los que no puede renunciar. Sin embargo él no parece estar muy resentido. Hoy me ha enviado un e-mail con una cabecera para este blog que pueden ver ahí abajo. Una alegría totalmente inesperada. Una de esas recompensas que te hacen pensar que tu hermano pequeño todavía se siente cerca de ti. Y ya ven, esa es la visión idealizada que tiene de mí, una especie de superhéroe kirbyano que le brinda todo aquello que desde que nació prendió fuego a sus sueños y dio alas a sus fantasías. No quiero cansarles más, pero les invito a que echen un vistazo a su página web, donde encontrarán varios de sus trabajos. En http://www.flickr.com/photos/carlitosweb/ les aseguro momentos inusitados empezando por el mismo nombre de la página: Carlito's Web, un juego de palabras con Carlito's Way, la película protagonizada por Al Pacino. ¿Qué les dije? O, mea culpa.

lunes 3 de mayo de 2010

El Sobre Sorpresa

Tal vez recuerden aquellos Sobres Sorpresa que comprábamos en nuestra infancia. La última esperanza con la que nos íbamos a casa tras inspeccionar los escaparates con nuestra moneda de cinco pesetas en la mano sin encontrar nada que nos satisfaciera. Un empeño postrero y siempre frustrante en el que el fabricante de turno había deslizado restos y saldos con los que librarse de su excedente, confiando en la inagotable capacidad para soñar del ser humano. Teníamos nuestro dinero y teníamos ganas, pero no había nada que nos gustase, así que lanzábamos un deseo al aire con la ilusión de que dentro de aquel sobre sorpresa hubiera ese pequeño destello que nos hiciera estremecernos de emoción. La eterna búsqueda del diamante entre el carbón. El mismo cebo con que tantos feriantes trataban de salir adelante en tómbolas y fiestas de pueblo. Tres bolas para derribar la lata. Un tiro con la escopeta de balines de plomo para hacer caer el cigarrillo sobre el palillo. Secretario, pásame el Sobre Sorpresa a ver qué ha conseguido el caballero. Cuántas veces los concursantes del 1, 2, 3, aquel programa al que nos conectábamos todos en los tiempos nostálgicos de la televisión única, decidían quedarse con el Sobre Sorpresa cuando ya sabían que habían perdido el siempre anhelado coche.

Y todavía seguimos abriendo nuestros Sobres Sorpresa. Pero ahora lo hacemos a través de chats, de Facebook, de Messenger, de Tuenti y cuanti redes sociales que tanto éxito tienen hoy en día. Lanzando nuestra caña en medio del mar de la pantalla en blanco deseando encontrar ahí a esa persona sorprendente y maravillosa que no hemos conocido en carne y hueso. Buscando coincidencias en las palabras que alguien a tanta distancia está tecleando delante del palpitante corazoncito del cursor. Son nuestras fantasías las que ajustan a ese reflejo con quien conversamos cada día, en el esquema que soñamos. Lo encajan a martillazos en el Príncipe Azul o la Princesa Rosa que nos hemos imaginado creyendo haber encontrado un alma gemela al otro lado del ordenador. Se ciberenamoran y ciberfantasean con un ciberalguien que hace que cada día se conecten con ciberansia a este nuevo electrodoméstico que se les ha hecho imprescindible y que consigue que cada día se vaya a la cama con una sonrisa en los labios y los ojos centelleantes. Con su moneda de cinco pesetas en la mano dispuestos a comprar una ilusión. Pero si no han encontrado nada que les guste en ese escaparate que es la vida real, tampoco crean que les va a saltar a las manos dentro de ese Sobre Sorpresa lleno de saldos que es la web.

Más sobre Los Muertos Vivientes

La cosa está que arde alrededor de The Walking Dead, el celebrado comic creado por Robert Kirkman y dibujado actualmente por Charlie Adlard. En primer lugar tenemos apunto de aparecer en nuestro país el volumen 10 que recoge los números 55 a 60 de la grapa USA. Una nueva recopilación que tras la tensa calma de la anterior Aquí Permanecemos, va a hacer que Los Muertos Vivientes vaya cogiendo otra vez ritmo para explotar en las mayores cotas de salvajismo que se han visto dentro de la colección en el siguiente tomo 11. Pero no crean que el tomo 10 está desprovisto de emociones, esta es una serie en contínua evolución y siempre sorprendente.

Mientras tanto en Estados Unidos acaba de aparecer el número 71, que casi completa el volumen 12 de la serie y que de nuevo es un inquietante remanso de calma tensa con nuevos personajes y escenarios desconcertantes. Robert Kirkman ha prometido que el número 75, de próxima aparición este verano, va a suponer una revolución dentro de la historia de Rick Grimes y su gente. Por lo pronto Image Comics celebrará tan señalado número con una historia especial en color dibujada por Ryan Ottley. Aquí esperamos que Planeta De Agostini esté a la altura y cumpla con los plazos prometidos.

Pero eso no es todo. Este mes de mayo se empieza a filmar el episodio piloto de una primera temporada de seis capítulos ya contratados por la cadena de televisión norteamericana AMC que adopta el comic a la pequeña pantalla. Kirkman se ha mostrado encantado con que el guión corra a cargo de Frank Darabont, el director de Cadena Perpetua, quien promete que la historia se ceñirá al original de Robert Kirkman, y además incluirá nuevas lineas narrativas creadas ex-profeso. Ha declarado además que la filmación no será en formato digital, sino que han optado por el método de la vieja escuela para darle una mayor verosimilitud a la acción.

Poco a poco se han ido revelando los actores que encarnarán a los principales caracteres de la serie. Andrew Lincoln, conocido por participar en Love Actually, será Rick Grimes, el conocido protagonista que tanto va a cambiar a lo largo de la trama. Jon Bernthal, antes visto en The Ghost Writer, interpretará a Shane, el compañero y más tarde rival de Rick. Sarah Wayne Callies, de Prison Break, pondrá rostro a Lori, la esposa de Rick. Y el veterano Jeffrey DeMunn, conocido por varios papeles tanto en cine como en televisión, participa también con un rol que aún no ha sido especificado. Por si se preguntan qué aspecto tienen todos estos nombres, pueden ver sus caras alrededor de toda esta reseña.