miércoles 31 de marzo de 2010

En Carne Viva

En Carne Viva es una novela gráfica que recopila los dos álbumes de que se compone L'Ecorché, una historia escrita por Frank Giroud y Florent Germaine ambientada en el París bohemio y revolucionario de entre siglos. Un drama con transfondo histórico, y un relato de intriga familiar que aborda el tema de los secretos que se guardan creyendo preservarse así de males mayores. El guión del tandem francés se enclava en la honorable tradición del folletín decimonónico con un estilo que gustará a los seguidores de las novelas de Carlos Ruíz Zafón. En En Carne Viva, un pintor de origen incierto, torturado por su deformidad física y la sensibilidad de su espíritu, se verá envuelto en una red de mentiras en las que casi todos los personajes ocultan algo, y descubrirá que nada de lo que daba como la verdad de su mundo es cierto.

Pero si el relato en sí ya hace a este comic altamente recomendable, es el grandioso dibujo del español Rubén Pellejero el que lo convierte en algo memorable. El autor de El Vals del Gulag es poseedor de un estilo efectivo y con la personalidad que distingue a los verdaderos originales de los meros artesanos. Pellejero está insuperable en esta emocionante historia sobre los sentimientos, y la dibuja de forma sensible y expresiva. El protagonista transmite todo lo que necesita decir con la mirada y la postura. Es aquí donde el artista da la verdadera medida de su arte, y no sólo en sus viñetas monumentales, sus espléndidos escenarios y su dominio de la puesta en escena. Un personaje principal que remite directamente a la interpretación de Conrad Veidt en El Hombre que Ríe. Añadan a esto un uso del color cálido, delicado y bien proyectado y tendrán una de las mejores novedades de este mes que acaba.

Hellboy: El Hombre Retorcido

No conozco apenas nada de Hellboy, no es un personaje que me haya interesado nunca mucho. Y aunque reconozco los méritos del descoyuntado dibujo cubista de Mike Mignola, tampoco situaría a este autor entre mi top 10. Sin embargo, en este episodio, El Hombre Retorcido, es Richard Corben, uno de los mayores genios indiscutibles del arte contemporáneo, quien se encuentra al frente de los pinceles por segunda vez para ilustrar la totalidad del comic. Y ya podría encargarse el artista de Kansas de poner en imágenes la tabla de multiplicar, que allí estaría yo para aplaudirlo. Tras realizazar Makoma en 2006, el trazo de Corben vuelve a brillar con su peculiar estilo en una siniestra historia de brujería ambientada entre rednecks de la América profunda. Mignola desarrolla un relato interesante que se sale de los cánones del género y depara unas cuantas sorpresas y no pocos aciertos. Un tipo de comic excelente en pequeñas dosis como esta, cuyo triunfo en la ocasión que nos ocupa no es en absoluto ajeno al poderío del dibujo del gran Richard Corben. Con todo, un cuento de puro American Gothic no exento de un peculiar sentido del humor, y una lectura atractiva aún desconociendo el mundo de Hellboy. Lo más curioso de todo es el claro mensaje pro-cristiano que subyace en El Hombre Retorcido, y que muchos que lo denunciarían por rancio en otros contextos, aquí lo van a dejar pasar de rositas. Todo eso y mucho más porque, además, esto es un Corben.

El Nuevo y Genuíno Trueno Color, 3

El Nuevo y Genuino Trueno Color prosigue su andadura y ya llega al número 3. El País de los Faraones y Otras Aventuras incluye tanto las portadas originales de los fascículos apaisados de los años 50's como las celebradas ilustraciones de Antonio Bernal para Trueno Color una década después. Un nuevo tomo que recopila las aventuras íntegras obra de Victor Mora y Miguel Ambrosio "Ambrós", sin recortes ni censuras y con color remasterizado, así como un interesante y erudito artículo introductorio sobre el papel de la mujer en la colección. En este tercer volumen, además, se nota cómo la mano de Ambrós va cediendo paso apremiado por la cantidad de trabajo ante la de su colaborador Ángel Julio Gómez "Beaumont" en el entintado de numerosas páginas y, en ocasiones, de episodios enteros. En el lado negativo cabría apuntar que la reproducción de las tintas parece ser ligeramente menos nítida que en la edición facsimil que publicó Ediciones B en 1994, a las que el coloreado no parece sentarles muy bien.

martes 30 de marzo de 2010

La Revelación

Hace ya rato que se retuerce en el sofá. Esa misma tarde había querido ir al cine en recuerdo del día en que se conocieron, pero él le había dicho que era una locura en su estado y se había negado. Durante la última semana ha estado hiperactiva. Le ha dado por pasar el aspirador a toda la casa, limpiar los azulejos del baño, pintar las ventanas del estudio... Y él no se lo ha impedido. No puede hacerlo. Tampoco piensa que sea quién. La mira ahí, aferrada a esa barriga redonda y perfecta mientras frota las rodillas una contra la otra, y recuerda a la chiquilla que conoció a las puertas del Metropol, a la salida de Mystic River. Se había quedado mirándola embobado, y sin darse cuenta había seguido sus pasos hasta la parada del autobús. Le pareció tímida y un poco triste, pero cuando subió al 29 detrás de ella y le recibió con aquella sonrisa dulce e infinita, perdió el corazón y la cabeza para siempre.

Es una barriga brillante, tersa. Una barriga independiente de su cuerpo, que cuando se sientan a comer desaparece debajo de la mesa y da la impresión de que jamás hubiera estado ahí. Él solía mirar por debajo del mantel para cerciorarse de que la barriga todavía continuaba en su sitio. Y luego volvía a asomarse por encima sin ser capaz de asociarla al rostro sereno de ella, que le miraba entre perpleja y divertida. Todos los domingos bailaba con aquella barriga. Le ponía Rocks de Primal Scream y la balanceaba suavemente a un lado y al otro, "Get your rocks off, honey / Shake it now now now...", mientras notaba a través de los músculos cada vez más finos la forma de un pequeño cuerpo humano que se iba desarrollando acurrucado dentro del vientre. Lo acariciaba como a un pequeño conejito. Esto es la espalda. Esto es un pie.

Sentado frente a ella espera el momento con calma. Rebusca entre los CD's y pone algo de música. La voz profunda de Tim Hardin cantando Reason to Believe se extiende cálidamente por la habitación. Ella intenta hojear una revista. Él la mira de reojo. Al cabo de tres años ambos habian sentido la necesidad de tener un hijo juntos. Por nada concreto. No había una razón explicable de forma lógica. Tal vez era una forma de llevar su amor más allá de manera tangible, de tener algo que fuera exclusivamente suyo y de nadie más. Algo que sólo ellos pudieran hacer y que fuera parte de sí mismos. Y había sido por amor y con amor. Recordaban el momento en que lo habían decidido, cómo hicieron cálculos para que naciera en el momento adecuado, y cómo mandaron todo al cuerno cuando pensaron que ya no querían esperar más. Creían saber el momento concreto en que habían engendrado a su bebé, qué día había sido, la música que sonaba de fondo, su postura atravesados en la cama, las tonterías que hicieron después, sabedores de lo que acababa de pasar. Eso siempre les hacía sonreir.

Aquella época había sido la más feliz de su vida. Se sentían llenos y en paz. Él pegaba el oído al vientre de ella esperando volver a oir aquel corazón que durante la ecografía había escuchado por primera vez como un caballo desbocado galopando a toda velocidad. Aquel sonido que le hizo abrir la boca en un gesto de pasmo, aquella silueta recortada en la pantalla parecía mirarle y saludar. "Esta es tu hija", le había dicho la doctora. Y él había sentido que muchas de las cosas que creía saber como inmutables, le acababan de cambiar de golpe. Una niña. No podía ser más adecuado. Le hacía gracia vivir en un matriarcado con su hija, su pareja, la hermana de su pareja, la madre de su pareja. Era tan diferente después de haber vivido con su padre y sus tres hermanos, siempre echando de menos a una madre que se había ido tan pronto, demasiado pronto.

Deberían irse a la cama. Ella le dirige un suave gruñido. Él sabe lo que le quiere decir. Durante todo el embarazo su deseo sexual ha ido creciendo cada vez más. Como si se sintiese una mujer nueva y libre, totalmente poderosa y plena. Al principio él se lo tomaba a risa, pero los últimos días ha empezado a asustarse y ella le ha estado tomando el pelo por mojigato. Cuando se acuestan ella rebota en el colchón y se vuelve a levantar. Ya no está cómoda así. De nada valen los masajes con los que él antes le alejaba el ardor de estómago y tranquilizaba a la niña. Un cuerpecito pataleante dentro de aquel vientre, que se sentía incómodo cuando caía sobre la columna vertebral de su madre e intentaba recolocarse. Las caricias de él parecían funcionar. O al menos eso le gustaba creer. Se sentía útil, participativo. Admiraba sobremanera la forma en que ella aguantaba todos aquellos engorros, el valor con el que afrontaba el momento del parto. "Si fuera por los hombres", le había dicho, "la raza humana se hubiese extinguido hace mucho".

Ella se queda mirando la tele. Él intenta descansar. A las tres horas ella le despierta. Acaba de soltar el tapón mucoso y tiene contracciones cada cinco minutos. Mientras él telefonea pidiendo un taxi ella se ducha y se prepara la maletita. "La maletita". Casi se reiría pensando en el término, pero sigue sobrecogido por la calma de ella, la forma en que puede pensar en arreglarse para ir al hospital cuando está apunto de dar a luz. Maldita sea, olvidaron fotografiar la barriga. Ella se levanta el vestido pre-mamá y él le hace una foto en la puerta de la calle justo antes de que llegue el taxi. La barriga reluce a la luz de las farolas. En el hospital, la recepción está desierta. Ella da sus datos a través de una ventanilla y él sólo acierta a seguirla como ha hecho desde la primera vez que la vio. No deja de mirarla lleno de dulzura mientras ella está tumbada rodeada por unas correas que miden las contracciones. Aguanta el dolor con ojos apretados, para luego mirarle con ellos muy abiertos. Él espera a que sea una hora no muy temprana y llama a las hermanas de ella.

"Nos la llevamos a dilatación, ya le avisaremos", le dice una enfermera. "Entonces, ¿vamos de parto?", intenta bromear él, "Ya que estamos aquí no me gustaría tener que volverme como tantos otros para regresar mañana". Pero nadie le escucha. En realidad sí que piensa que no quiere volver a pasar por eso. Desea que acabe ya todo de una vez. La sala de espera se va llenando mientras pasan las horas. Él también tendría que haberse duchado y hacer una "maletita". Esa no es forma de recibir a una hija. Rebusca en su mochila sin saber qué quiere encontrar. Cuando por fin le llaman, lo hacen con premura. Entra en el paritorio desconcertado, sin saber a dónde mirar, qué hacer, dónde ponerse. La coge de la mano. "Si hay algo que pueda hacer...", empieza a decir, pero ella le susurra con la respiración entrecortada que simplemente se quede ahí. "Esta es tu hija", le dicen por segunda vez. Y entre el paréntesis que forman los labios de la vulva dilatada puede ver el inicio de una pequeña cabeza que asoma.

"¿Puedo empujar?" pregunta ella. Aún no. La niña no está bien colocada. La comadrona le introduce una larga aguja en el perineo e inyecta algo. Luego coge un pliegue de carne con unas pinzas y con unas tijeras realiza con limpieza escalofriante un tajo que a él le parece abismal. Ella empuja dos veces y la niña salta a las manos de la comadrona. "Las doce y diez", dice una voz. "Dos kilos setecientos cincuenta", dice otra. Una enfermera da a la niña un ligerzo azote. "Llora", le dice. Le da otro golpecito. "Llora más". La envuelve en una mantita y la coloca boca abajo al abrigo de una lámpara de infrarrojos. Ausente a todo lo que no sea la niña, él la observa de cerca con expresión perdida, como vacío de toda emoción. La niña le devuelve la mirada con ojos brumosos, iniciando un ritual de conocimiento. Levanta la cabecita, pero el peso hace que se le derrumbe sobre la nariz. Él, por primera vez, toca a su hija para girarle delicadamente el rostro y colocarla de lado. La niña insiste y le vuelve a mirar. De nuevo el peso hace que se le caiga la cabeza. Él la gira de nuevo.

Una enfermera coge a la niña y la coloca sobre el pecho de la madre, que llora suave y mansamente. Él las mira ahí, la una junto a la otra, y se da cuenta de que se le acaba de venir abajo todo lo que había esperado. Creía que se encontraría con una réplica de sí mismo en femenino y en pequeñito. Alguien a quien proteger y cuidar, con quien no repetir los errores que cometió su padre con él, y a quien evitar todas las trampas en las que él ha caido. Pero no. Ese ser que vuelve a intentar mirarle no es nada suyo. No le pertenece. No es parte de él. Es una persona en sí misma, con su vida y con su historia. Con su derecho a elegir su camino y a equivocarse. No es él y nunca lo será. Es dueña de sí misma y vivirá su propia vida. En ese instante se le revela que ha creado un ser vivo y ahora tiene que dejarle crecer hasta ser ella misma, independiente de él. Y siente como si le hubieran desgajado un jirón del pecho. Y se maravilla de la extraña sensación que le puede producir algo que, de pronto, parece tan próximo a él y a la vez sabe que es tan lejano. Algo tan querido y tan necesitado sobre lo que no puede reclamar posesión alguna. Una vida, no su vida.

Un enfermero se lleva la camilla con la madre. Otra enfermera coloca a la niña sobre una cunita con ruedas mientras la comadrona examina la placenta. Madre e hija salen del paritorio. Él las sigue como sonámbulo, anestesiado del bullicio que hay a su alrededor. Ellas ni siquiera son conscientes de que sigue ahí. Salen del ascensor, y caminan varios metros por el pasillo hasta que el camillero entra con la madre en una habitación. La enfermera sigue adelante con la cuna de la niña. Durante lo que dura un parpadeo, él duda sobre por dónde ir. En ese momento, y para siempre, toma su decisión. Sigue a la niña.

domingo 28 de marzo de 2010

Paul Weller 1: The Jam

Paul Weller es un héroe de la clase trabajadora. Un chaval que monta su primer grupo con sus amigos del colegio y empieza hacer los bolos que le consigue su padre en los pubs locales. Es el hijo de una limpiadora y de un taxista que luego se convertiría en su manager durante el resto de su vida. Un crío que se alza de la nada para gracias a su esfuerzo, a su personalidad y a su genio, conseguir el éxito artístico y comercial, llegar a ser considerado el portavoz de una generación, y ser visto como el epítome de lo que significa ser inglés, siguiendo una tradición que arranca con Ray Davies y Pete Townshend. Tras más de 30 años de carrera sigue ofreciendo trabajos válidos y es una figura muy respetada entre el público y los propios músicos, no en vano hoy en día se le llama Modfather. De un joven airado que surge con el punk y que entra directamente en la new wave dando lugar al revival mod, impulsado por un estilo enérgico y una voz rabiosa de chico de clase trabajadora, pasa a convertirse en un comentarista social de su tiempo y de su gente.

Nacido en 1958 forma The Jam en 1972 junto al bajista Bruce Foxton y el baterista Rick Buckler. Desde el principio resalta su marcada influencia de las bandas de los 60's, como los primeros Kinks y los Who de My Generation, y el soul de la Motown y la Stax, que choca con la ética de los combos más punk. El primer disco de The Jam llega en 1977 y combina el ruido y la furia del punk con la sensibilidad del pop y el soul sesenteros que tanto gustan a Weller. Rasgos tan acentuados que a veces les hacen rozar el plagio asumido con total desparpajo. Al contrario que los grupos de la época, como The Sex Pistols y The Clash, ellos se distinguen por el énfasis en las melodías y una imagen marcada por los cuidados trajes a juego y los cortes de pelo mod a lo Steve Marriott de Small Faces. Por ello se ganan el apelativo de revivalistas entre la crítica. Su incidencia en los temas británicos y el hecho de exhibir la Union Jack a imagen de sus adorados Who les granjean también algunas críticas de conservadurismo. Aún así el público les sonríe y los Clash les muestran su apoyo al llevárselos como teloneros en su gira de ese año.

Se precipitan para sacar un segundo album el mismo año y Weller permite a Foxton que intervenga más de la cuenta. El resultado es un disco apresurado y vulgar en el que destacan más detalles, destellos de un talento original, que canciones concretas. Temas con aceleración punk tocados en una guitarra Rickenbacker sesentera al estilo de sus ídolos. The Jam son casi un power-trio propulsados por la poderosa sección rítmica y el bajo de Foxton que muchas veces protagoniza las líneas melódicas, pero Weller parece haber perdido la inspiración tras el fogonazo inicial y hasta en los singles cede el paso al bajista. El tercer disco que presentan a su discográfica es rechazado y Weller hace una pausa para volver a coger carrerilla. Tras el fracaso de This Is the Modern World y el fiasco que supone la grabación del tercero, vuelven a la carga con ganas y a lo bestia. De la patente herencia de los Who, Weller pasa a buscar la inspiración en los Kinks y los retratos de personajes que hacía Ray Davies. All Mod Cons, de 1978, será citado por muchos como su obra maestra, y sí es cierto que se trata de lo más cerca que estuvieron nunca de confeccionar una obra redonda.

Pero es en sus singles donde The Jam son imbatibles. Canciones tremendas llenas de ganchos y agudeza que escalan cada vez más arriba las listas de éxitos y que muchas veces no están incluidas en sus LP's. Weller se siente confiado y en 1979 escribe Setting Sons, algo parecido a un disco conceptual. Foxton también está en esa época más brillante que de costumbre y sus aportaciones son excepcionales. La furia va remitiendo ante la ácida observación de la sociedad, una mirada nostálgica sobre sus conciudadanos que se puede confundir con cierto conservadurismo, pero que en realidad carga contra el corazón inamovible de Gran Bretaña. Weller madura hacia la crónica de su época, sus letras se van politizando y sus críticas reflejarán posturas cada vez más abiertamente izquierdistas. Su sonido va también evolucionando siempre dentro de los parámetros de los clásicos de los 60's, haciendo incursiones en la psicodelia. Sound Affects, de 1980, acusará la influencia del post-punk del momento aunque Weller insiste en que sus máximos referentes son el Revolver de The Beatles y el Off the Wall de Michael Jackson.

Esa será la dirección en la que se dirigirá en 1982 The Gift, su último largo duración como The Jam. Por el camino han quedado temas inolvidables como el airado The Eton Rifles, el apasionado Going Underground ("y el público obtiene lo que el público quiere, pero yo no quiero nada de lo que tiene esta sociedad"), Start con su estructura calcada de Taxman de The Beatles, la acústica That's Entertainment, el pulso Stax en Absolute Beginners, y la fantástica Town Called Malice, que podría estar dentro del repertorio de The Supremes. A Paul Weller los Jam se le quedan pequeños, son poco versátiles, hay muchas cosas que quiere probar y que no encajan en el esquema. Ha madurado y hay caminos que quiere explorar. En las actuaciones se le ve incómodo con el formato, suelta la guitarra, se suaviza, incluye más músicos, tiene la mirada puesta mucho más allá, y anuncia que a finales de año, tras una gira de despedida, la banda se separará.

En su momento ese anuncio se vió como una postura honrada por parte de Weller, el no querer repetir la fórmula hasta la saciedad y hastiar a los fans y a sí mismos. Pero las otras dos terceras partes de la banda no se lo toma tan bien, no se lo esperaban y creen tener voz y voto cuando en realidad sin el alma mater del grupo no son nada. Tras dos últimos singles insuperables, la balada de soul orquestal The Bitterest Pill y el terremoto que es Beat Surrender, The Jam dicen adiós entre amargas declaraciones. Bruce Foxton intenta seguir en solitario, pero es inútil. Últimamente ha estado girando con un recuperado Rick Buckler bajo el apelativo de From the Jam para tocar viejos éxitos en directo. A Weller le ha costado mucho reconciliarse con su pasado. Tras décadas sin tocar sus canciones de The Jam en vivo, ahora vuelve a interpretar favoritas de su primera banda, y en su último disco colabora Foxton. Paul Weller es un destacado miembro de esa gloriosa estirpe de artistas que parte de Pete Townshend y Ray Davies y concluye con Elvis Costello y Joe Strummer. Si quieren acercarse a la obra de este tesoro nacional británico, Snap! es un recopilatorio inmaculado.

El Libro de Eli

Recientemente hablábamos aquí mismo de La Carretera, otra película ambientada en un mundo post-cataclísmico. Un film duro, realista, y una bofetada colectiva en nuestros rostros, que nos enfrenta con lo peor de nosotros mismos y con nuestra responsabilidad como responsables sobre este mundo que estamos enviando al garete. Llega ahora El Libro de Eli, una faceta más amable, más comercial, del mismo poliedro. Un espectáculo casi familiar, al fin y al cabo. Pocas sorpresas podemos esperar en el largometraje dirigido por los hermanos Hughes, anteriormente responsables de From Hell, y sí una historia bien rodada y bien fotografiada que acaba resultando un entretenimiento mejor de lo que uno podría pensar si no se hace demasiadas ilusiones. Denzel Washington vuelve a hacer de impasible protagonista que cruza una tierra desolada llevando consigo un codiciado objeto, un libro, y Gary Oldman, con una nueva interpretación afectada, repite papel de malo histriónico que quiere el libro de Washington.

Tras un presumible holocausto nuclear cuyo origen se supone en una guerra de carácter religioso, el mundo está cubierto de cenizas y escombros. Los seres humanos que quedan intentan sobrevivir y organizarse, algunos de ellos, aunque no de forma generalizada, como ocurre en The Road, recurriendo al canibalismo. Pero no es este un ambiente tan crudo ni sobrecogedor como el de la película de John Hillcoat. Aquí florecen los punkys bien alimentados y con gafitas de diseño, los tipos grandes y musculosos con aspecto de Ángeles del Infierno que parecen pasar más tiempo en la peluquería que intentando encontrar comida. Los villanos son tópicos malos de película, hay bonitas peleas meticulosamente coreografiadas y llamativos efectos especiales. Pero es esta una espectacularidad visual que resta credibilidad a la historia, aunque haga de ella un buen entretenimiento. Sin más. Si usted quiere un poco más de profundidad, notará que al lado de La Carretera, El Libro de Eli palidece.

Las inconsistencias narrativas la convierten en una mera película de aventuras casi esquizofrénica, que tira en dos direcciones diferentes y se traiciona a sí misma una y otra vez. La protagonista femenina es demasiado diestra luchando. El combustible, las armas y el alcohol no parecen agotarse nunca. El héroe recibe varias heridas que no parecen afectarle. Los malos cometen errores de bulto para permitir que prosiga la narración. Incluso hay estúpidos apuntes humorísticos totalmente fuera de lugar. La sensación de escasez no parece agobiante, la gente no está demacrada, y uno no acaba de comprender cómo hay comunidades organizadas con tiendas, bares y un sistema de trueque. Los protagonistas soportan intactos un tiroteo parapetados tras una pared de madera mientras vuelan astillas a su alrededor. El bueno parece estar en todas partes a la vez, le disparan y no es rematado. Las armas y la ropa se abandonan en lugar de ser atesoradas como bienes preciados...

Pero a pesar de todos estos deslices que, evidentemente, se revelan como fastidiosas concesiones comerciales, El Libro de Eli posee aciertos a partes iguales que la convierten en otro Mad Max. No es una gran película, pero sí un divertimento con el requerido final espectacular que le dejará a la salida del cine con buen sabor de boca y no con el mal rollito que proporcionaba La Carretera. Un asunto aparte es la filosofía que, en su fondo, albergue el film. Otro mensaje de fe y esperanza para los Estados Unidos. De creencia en el poder de la palabra y en el viejo adagio que preconizaba "nombra algo y lo poseerás". Porque en estos tiempos de zozobra y amenazas fundamentalista, esta película apela al corazón religioso de la América espiritualmente asustada y económicamente deprimida. Una filosofía con la que usted puede estar de acuerdo o no, pero en todo caso se sentirá reconfortado con la justicia poética del final. Porque, en definitiva, eso es lo que espera ¿no? Que gane el bueno y el malo sea castigado. Y, no cabe duda, los buenos somos nosotros ¿verdad?

miércoles 24 de marzo de 2010

Metal Hurlant, Serge Clerc & The Cramps

Imaginen ustedes por un momento que están a principios de los 80's. Imaginen también que son un preadolescente en un mundo de adultos. E imaginen que sus veranos son largos y solitarios meses en un vacío caserón de pueblo con sus abuelos. Imaginen que cada año se marchan allí cargados con sus libros de matemáticas, un puñado de cassettes de Queen y una recopilación casera con singles de Kaka Deluxe, Los Nikis y Siniestro Total. Imaginen además que en el equipaje de supervencia que se llevan incluyen una desvencijada guitarra de palo de la que infructuosmente se empeñan en extraer los acordes de Ziggy Stardust. Imaginen caluroso día tras caluroso día encerrados en la planta de arriba dejando pasar monótonamente el tiempo y buscando la débil señal de la sintonía de Radio 3 en la radio de su abuelo. Aún más, supongan que sus lecturas se han alimentado hasta ahora de una dieta de El Guerrero del Antifaz, Príncipe Valiente de Burulan, el Conan de un tal Barry Smith en una edición ridícula de Vértice, y lo que han conseguido encontrar de ese tipo que dibuja tan raro y que todavía no saben que se llama Jack Kirby. Háganse a la idea de que ese pueblo, como todo pueblo que se precie, no tiene como distracción nada más que los abundantes bares de la plaza. Y plantéense que un día el muchacho en cuestión descubre que al lado de la pastelería a la que acude cada día religiosamente han abierto una librería papelería para abastecer a las criaturas que, jamás lo sospecharía, viven todo el año en ese pueblo y en invierno van al colegio. El aburrimiento hace a nuestro jovencito curiosear entre montones de folios en blanco, reglas, cartabones, y el inefable olor de las gomas de borrar y los lápices de madera. Vivan con ese preadolescente la sorpresa que sacude su incipiente bigote y sus primeros granos cuando se da cuenta de que, sorpresiva e inesperadamente, en un rincón del recinto, rodeados del Lecturas y el Pronto, hay un pequeño montoncito de un comic que orgullosamente ostenta el extraño título de Metal Hurlant. Y sepan que ese es el primer momento de un verano mágico en el que nuestro protagonista lee artículos sobre una película que se está produciendo y que se llamará Tygra: Hielo y Fuego, y verá por primera vez los bocetos de Frank Frazetta para esa película. Se interesará por las fotografías de actores reales que sirven de base para que los dibujantes trabajen encima de ellas. Y sabrá que hay una segunda película en marcha que se llamará Heavy Metal, y que es la versión en movimiento de los personajes que aparecen en los Estados Unidos en traslación al inglés de la revista que tiene entre las manos. Que hay dibujantes que se llaman Bernie Wrightson y Richard Corben que están haciendo cosas muy especiales, y que hay músicos que se llaman Devo y que están ocupados grabando canciones para la susodicha película. Y ese muchacho descubre que hay un estilo de dibujo que se llama línea clara que parece estar muy de moda, y que es radicalmente diferente a lo que ha visto hasta ese momento, y que en Francia se hacen un montón de comics realmente raros. Entonces se fijará en las llamativas viñetas de un tal Serge Clerc, que ilustran una historieta que parece salida de una película de horror de cine mudo. Algo tan extraño, tan sorprendente, tan fascinante, que aunque casi ni entiende de qué va lo que está intentando leer, los dibujos hacen que la imaginación se le desborde. Porque ese tal Clerc es un joven ilustrador que parece colgado por un grupo de rock que empieza y que por fuerza tiene que ser de lo más excitante. Y todo parece tan nuevo y tan moderno, tan cercano a él, con un sentido del humor tan salvaje, que el chico piensa que el dibujante será sin duda un tipo excepcional y mágico, que el grupo tiene que hacer hevir la sangre y que su música tiene que ser lo más bestial que exista. Y será cuando vuelva a casa que ese chaval se haga con una copia de algo llamado Off the Bone y no pare hasta conseguir tocar en su guitarra el riff de The Human Fly en una sola cuerda. Así, cada día volverá a esa papelería hasta ir agotando todos los ejemplares que tienen de Metal Hurlant, y cuando vuelva a su casa descubrirá las publicaciones de un editor español que se llama Josep Toutain, y sus gustos se irán expandiendo y evolucionando. Y verá también que hay un dibujante español que se llama Daniel Torres que le recuerda mucho a aquel Serge Clerc. E incluso descubrirá un montón de bandas de rock que hacen algo que llaman New Wave. Y entonces descubrirá un programa en Radio 3 que se llama Rock, Comics y Otros Rollos que refleja todo aquel nuevo mundo embriagante. Y de pronto tiene un montón de amigos que se visten tan raro como él y todos se peinan, o se despeinan, de forma extravagante. Y aunque tiene un montón de broncas con sus padres por la pinta que luce, todo parece estar en ebullición a su alrededor, siempre hay alguien que dibuja o que aprende a tocar un instrumento. Y hasta se aventurará a ir al cine para ver, no sin cierta decepción después de toda la expectación que guarda dentro, las películas de Heavy Metal y Tygra. Y aunque la revista Metal Hurlant desaparecerá, aquella historieta de Serge Clerc sobre The Cramps seguirá siendo de sus favoritas hasta hoy. Porque por fín nuestro héroe, al final de aquel verano, consigue tocar Ziggy Stardust en esa vieja guitarra, y su vida cambia para siempre.

Más misantropía

A partir de ya mismo comienzo una colaboración en la web Sigue al Conejo Blanco (http://www.siguealconejoblanco.com/). Allí podrán encontrar nuevas reseñas de comics, música y cine, y algunas que ya han podido leer en El Pequeño Misántropo corregidas y aumentadas. Si les apetece ir abriendo boca, pásense por el siguiente enlace y lean el esplendoroso debut: http://siguealconejoblanco.com/cine/2010/03/critica-la-carretera/

lunes 22 de marzo de 2010

Aquella casa estaba maldita

Los vecinos les habían dicho que aquella casa estaba maldita. Que eran la cuarta pareja que habitaba aquellas paredes. Que nadie había vivido allí más de dos años. Y ellos se reían de esas tontas habladurías. Decían que ellos romperían esa maldición. Les parecía tan gracioso que les hubieran acogido con esa bienvenida. En aquellos días se sentían revivir, tan jóvenes y llenos de alegría. Ella había encontrado aquel espléndido dúplex en apenas unas semanas de búsqueda. Estaban hartos del cuchitril que tenían alquilado en la ciudad, se ahogaban en aquellos escasos 50 metros, sin sitio para sus libros, para su vida. Querían tener niños y aquel no era lugar para criarlos. Aspiraban a algo más, a un sitio que pudieran llamar hogar. Así que cada fin de semana ella cogía el coche y se iba a recorrer los pueblos de los alrededores buscando esa casa ideal en la que echar raíces y sentirse parte de algo. Y él la dejaba hacer porque sabía que a ella eso le gustaba, que disfrutaba y la hacía sentir bien. Nunca confió en que encontrase algo repentino. Ella podría desfogar así su ansia y él obtendría unos meses más de paz. Pero al poco ella llegó con una expresión radiante en sus mejillas y dando cortos y tímidos pasitos de niña. "Tienes que verla", le dijo. Y él, claro, que la quería tanto y que hubiera hecho cualquier cosa por verla feliz, fue a verla. Cuando la agente de la inmobiliaria abrió la puerta le pareció que se abrían los portones de Disneylandia. Los rayos de luz iluminaron su rostro y la habitación se expandió ante él como un recinto enorme e invitante que le acogía como si fuese su hábitat natural. Miró embobado hacia los techos, recorrió los ventanales, y ella, a su lado, le sonreía con los ojos y le decía: "¿Lo ves? Te dije que tenías que verla" Y él sólo asentía con la cabeza. Quiso decir: "Vamos a por ella", pero le falló la voz.

Ellá se encargó de todos los trámites con el banco, de los papeleos, de pelearse el crédito, de dar de alta los servicios básicos. Él tuvo un ataque de pánico el día de ir a firmar la hipoteca. De pronto sintió que ese sería su futuro para siempre, que estaba dando un paso más allá de lo que estaba previsto. Se estaba comprometiendo para el resto de su vida. Y no supo si era eso lo que quería, si estaba dispuesto a que cada día que pasase transcurriese en esa espiral. Se sintió perder el equilibrio y necesitó salir corriendo. Pero la quería. La quería tantísimo que haría lo que fuera por verla feliz y siguió adelante. Esa noche bailaron en el desnudo salón imaginando que estaban en la recepción del embajador. La casa no necesitaba ningún arreglo, estaba prácticamente nueva, y sólo quisieron cambiar los grifos de las bañeras. En la fontanería les pusieron al día. Todo el mundo conocía aquella casa porque cuando se edificó años atrás medio pueblo la había admirado. El constructor la había hecho para sí mismo con los mejores materiales, pero por algún motivo no llegó a vivir en ella, se marchó de allí abandonando a su familia y nunca nadie lo volvió a ver. Había hecho un trabajo de buen gusto al que no le faltaba ni un detalle. Había mimado cada elemento, cada rincón. Se puso a la venta y el primer matrimonio que vivió en ella se divorció pocos años después. Más tarde ella querría localizar a la mujer, pero le pareció una pobre cuarentona cansada y amargada, y no se atrevió a decirle que ella ahora habitaba la que había sido su casa. Después la compró una pareja de arquitectos que sólo le dieron una nueva mano de pintura, pero que también se separaron sin haber llegado siquiera a amueblarla. Todavía quedaban botes de pintura en la cocina y algunas plantas en la terraza que no se habían querido llevar con ellos. La gente pensaba que la casa trituraba el amor de los que vivían en ella. Pero eso a ellos no les importaba, porque se querían tanto que harían lo que fuera el uno por el otro.

Él echaba de menos su pequeño, pero acogedor apartamento del centro. Lo tenía todo a mano, se sentía cómodo allí, no le preocupaba el futuro, sólo vivía el presente. Al cabo de una semana se metió bajo el hueco de la escalera y pasó allí casi el día entero. Sentía que le faltaba el aire, que tanto espacio le superaba. Pensó que en eso consistía la agorafobia. En realidad era la inmensidad del mañana, la sensación de estar fuera de sitio, lo que le asustaba. Ella le tomó de la mano para subir a su habitación mientras le musitaba dulcemente "Qué casa tan bonita tenemos" en cada escalón. Él se sintió mejor, era tanto lo que la quería que se pudo dormir abrazado a ella. Ella se integró rápidamente. Enseguida conoció todos los comercios, saludaba a la gente por la calle, empezó a vivir los mejores años de su vida. Cada día estaba más sonriente, más guapa. Él volvía tarde del trabajo y se sentaba en el banco de madera y hierro forjado que habían comprado en un saldo para su terraza. Se quedaba allí, mirando al horizonte, con ganas de beber algo, pero sin ánimos de preparárselo. Y contemplaba la línea del cielo con la mirada tan perdida como sus pensamientos, recordando a la vendedora de la inmobiliaria, que había dado aquellos saltitos de alegría al cerrar la operación. Era la primera vivienda que colocaba y se sentía feliz. Él se había pasado casualmente por la agencia, como si necesitase cerrar algunos detalles, y pudo charlar con la chica. Salieron a tomar un café, y al sentir los dedos de ella aferrados a su antebrazo se sintió volver algunos años atrás, cuando empezaba a vivir en aquel estrecho pisito de menos de 50 metros, cuando no necesitaba pensar en los siguientes 30 años de la hipoteca. No podía quitarse de la cabeza a aquella vendedora. No podía dejar de ir a verla cada tarde al salir del trabajo. Aunque fuera por su sonrisa, por su despreocupación, por la forma en que su melena rizada flotaba mientras caminaba a su lado.

Se llenó la bañera con el agua más caliente que pudo soportar y se sumergió en ella sintiendola un útero materno. Un lugar de silencio y paz en el que no existía nada más que el vacío que sentía dentro de sí. Ella llamó a la puerta y entró en el baño. Se sentó en el suelo frente a él con la espalda apoyada contra la pared. "¿No crees que es hora de que hablemos?", le preguntó. "No lo sé", dijo él. "¿Cuál es el problema?", insistió, "Está dentro de ti, pero no lo sacas fuera". Él se encogió de hombros y la miró con expresión hueca. "¿No eres feliz? ¿No te sientes bien aquí?". Él se hundió un poco más en el agua. "No lo sé", contestó. La barbilla de ella comenzó a temblar. "¿Ya no me quieres? ¿Es eso?". Él la miraba con el cerebro disparado a mil por hora en direcciones opuestas, sólo veía luz blanca y no supo qué contestar. "Porque yo sí te quiero, yo sí estoy enamorada de ti, pero pienso que tú ya no lo estás de mí", murmuró ella sin mirarle, con un hilo de voz. "No lo sé", repitió él mientras los ojos de ella se desbordaban. Nunca había soportado verla llorar. "¿No sabes si estás enamorado de mí? ¿No sabes si eres feliz?" Él miró hacia la espuma que flotaba en la superficie del agua. "No lo sé". Ella pensó en algo más que decir, pero no se le ocurrió nada, supo que ya no había nada. Se levantó pesadamente del suelo, doliéndole todas las articulaciones, y salió del baño cerrando muy despacio la puerta, casi sin ruido. El vapor se condensaba en los azulejos. Él reparó en las gotas que resbalaban por la pared compitiendo por llegar antes al suelo, como lágrimas corriendo por el rostro de la casa. Se quedó dentro de la bañera mientras el agua se enfriaba. Sin moverse. Sin saber qué hacer ni qué decir. Hasta se olvidó de pensar.

El cinturón de seguridad

Lo escucho esta mañana en la radio mientras me tomo los chococripis y no puedo por menos que mosquearme: "Si no te abrochas el cinturón de seguridad tu vida corre peligro, porque 1 de cada 5 muertos en accidente de carretera no lo llevaba puesto". Aparte del inopinado tuteo, que ya me toca las narices, ¿quiere eso decir que 4 de cada 5 muertos en accidente de carretera sí lo llevaba puesto?

domingo 21 de marzo de 2010

Garras Humanas

El cine mudo no puede verse con los mismos ojos que el cine actual. No es cuestión de ponerse en la época en que fue filmado, aunque sí merece la pena darse cuenta de algunos experimentos que si ahora no llaman la atención en su momento eran totalmente revolucionarios. El encanto del cine mudo reside en esos espectaculares escenarios en gris o sepia, en la expresividad de los actores, la ropa y el maquillaje. En una puesta en escena totalmente teatral en la que cuenta tanto el tempo como la exageración, el transmitir emociones, que cada fotograma componga un cuadro. Muchas veces me gusta compararlo con las viñetas clásicas del Flash Gordon de Alex Raymond o con Prince Valiant de Harold Foster. Hay que dejarse llevar por esa subyugante forma de contar historias para disfrutar de ellas. Si se espera acción trepidante, también la hay, pero requiere tener un ritmo interior diferente y olvidarse de las prisas modernas. El cine mudo sabe crear suspense, increíbles gags cómicos, tensión hasta cortar la respiración... Los actores de aquella época no sólo eran pioneros que tenían todo por descubrir, también eran excelentes intérpretes y perfectos acróbatas.

Garras Humanas es una película que mezcla la intriga, el terror, la fantasía, el romance, el melodrama... Es otra vuelta de tuerca sobre la pugna entre el hombre sensible versus el atlético por el amor de una mujer. Sólo que en esta ocasión el primero esconde un terrible secreto. Aquí tenemos la cara oscura de El Colegial de Buster Keaton. Ambientada en un Madrid que cumple con todos los tópicos que esperan los norteamericanos, Garras Humanas fue escrita y dirigida en 1927 por Tod Browning, director del Drácula de Bela Lugosi y de esa excentricidad que es Freaks. Impregnada del particular sello del director, y estrenada con el título original de The Unknown, esta breve película tiene lugar dentro del circo gitano del cruel Antonio Zanzi. Está protagonizada por Lon Chaney, que da otro de sus recitales interpretando a Alonzo, el lanzador de cuchillos sin brazos, y por Joan Crawford, arrebatadora como Nanon, la hija del dueño del circo, en uno de sus primeros papeles como protagonista.

Alonzo ama a Nanon, quien es a su vez cortejada por Malabar, el forzudo del circo en el mejor estilo de los habituales personajes de Douglas Fairbanks. Malabar es un hombre bruto, pero de buen corazón, que es manipulado por Alonzo, pues Nanon odia que los hombres la agarren, con una repugnancia patológica hacia las manos masculinas. Pero Alonzo es también un criminal que se esconde de la policía haciéndose pasar por manco porque en realidad tiene dos pulgares que lo hacen fácilmente identificable. Lleva siempre puesto un corsé con el que oculta sus brazos y lo hace todo con los pies. Chaney está impresionante no sólo en su actuación, sino en su acostumbrado despliegue físico. Las expresiónes de su rostro son escalofriantes en todos los matices de sentimientos. Las escenas en las que Alonzo utiliza los pies fueron trabajadas en colaboración con el especialista sin brazos en la vida real Paul Desmuke, que hace que Chaney toque la guitarra, lance cuchillos, beba de una copa, se seque las lágrimas, encienda un cigarrillo y se lo fume, cierre los dedos como si fuesen un puño... Los pies se convierten en un elemento asombrosamente móvil y expresivo, llegando incluso a mostrar impaciencia. Extrañamente recuerda a La Bestia de la Patrulla X que dibujaba Jack Kirby.

Cuando Zanzi vuelve a torturar a Alonzo, descubre accidentalmente que este tiene brazos. Para su desgracia este conocimiento le llega mientras las manos del falso tullido se cierran en torno a su garganta para ocultar su secreto. En ese momento Nanon ve a alguien estrangulando a su padre y logra fijarse en una mano con dos pulgares, pero no consigue ver la cara del asesino. La Guardia Civil sabe que quien mató a Zanzi es el mismo hombre que están buscando, pero Alonzo se siente seguro bajo su disfraz. Obsesionado con Zanon, el criminal se hace cortar los brazos para conseguir el amor de la joven. En una sucesión de impresionantes escenas Browning muestra su maestría e innovación en la sala de montaje, y Chaney se luce como intérprete. La tensión se corta con la contraposición de Alonzo en la sala de operaciones mientras Nanon supera su fobia junto a Malabar. El inteligente uso de efectos sonoros da casi dentera y el clímax llega aún más allá cuando Alonzo descubre a su regreso la tremenda ironía de lo que ha pasado.

Pero aún hay más, y la película sigue dando vueltas de tuerca durante sus 50 minutos de duración pasando del amor al drama y de ahí al thriller. El malvado Alonzo también es capaz de demostrar que todo lo que ha hecho ha sido por amor. A pesar de su negro corazón, siempre ha sido el amigo de Nanon, el que la ha escuchado y aconsejado, el hombre que ha tenido que escuchar eso que todos hemos oído alguna vez de "ojalá él fuese como tú". Y Browning no se priva de una ironía final cuando hace gala de su humor negro en la pirueta definitiva. Pues tal y como cantó Javier Gurruchaga en la canción que lleva el nombre de la película, al frente de La Orquesta Mondragón cuando estos no daban vergüenza ajena, Zanon supera su fobia y se abraza a Malabar repitiendo las mismas palabras de amor que tantas veces ha escuchado de labios del forzudo a lo largo del film. No hay sensibilidad para los pagafantas, amigos. Aunque sean Lon Chaney. Círculo cerrado.

sábado 20 de marzo de 2010

MIDLAKE - The Courage of Others

Midlake cambian de piel para cada disco. Todo el mundo coincidió en señalar las concomitancias con Radiohead y Grandaddy en su primer y tentativo trabajo. Para su segundo album, The Trials of Vanoccupanther, se acercaron a las melodías y armonías vocales del soft-rock setentero y los Fleetwood Mac de la época intermedia, ya saben, la que incluía a Bob Welch en su formación. Dos años después, The Courage of Others presenta al grupo texano abrazando las estructuras y formas melódicas del folk-rock británico. Música sentida y doliente con poso anciano. Tim Smith ha sabido darle a sus composicions esa cobertura antigua que impregnaba lo mejor de las bandas tradicionales inglesas, y fusionar esa riqueza acústica con los solos de guitarra de OK Computer. Como un Paranoid Android compuesto a principios de los 70's, sólido, pero poco espectacular, The Courage of Others es un disco fascinante e hipnótico, pero menos inmediato que sus antecesores. Necesita reposo y concentración como unos Mellow Candle sin chicas o unos Espers no tan sombríos. Habrá que ver por qué género optan Midlake para su siguiente disco antes de decidir si aún queremos seguirles la pista o no.

OH NO ONO - Eggs

No sé si se habrán dado cuenta, pero a mí me gustan los Beatles. Me gustan mucho. Y si un grupillo decide ponerse un nombre como este, uno no puede por menos que dejarse llevar por la curiosidad que le aflora y pegarle un oído. La música de estos daneses resulta esotérica, pero interesante. Un collage de sonidos generosos en melodía, con una orquestación esplendorosa rayana en la psicodelia británica sesentera, e incluso con los ocasionales toques orientalistas. Eggs es su segundo disco y viene atiborrado de canciones que se deslizan a varias velocidades entre cintas reproducidas al revés cantadas por duendecillos que se han pasado en la barra libre de la fiesta del helio. Enredado en las espirales que profieren Oh No Ono uno se siente como si viviera en la última sección de For the Benefit of Mr. Kite. Metido en un tiovivo en el que suenan canciones extraídas directamente del repertorio de los Oompa-Loompa de la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Al final, entre tanto meando sónico y tanto efecto, uno se pasa el tiempo persiguiendo la melodía que hay debajo, y al cabo de sus 50 minutos acaba mareado y exhausto. Ahora, cuando se centran son sublimes. Eggs es toda una experiencia en la que uno debería zambullirse al menos una vez en la vida. La sombra de Animal Collective es alargada.

OCEAN COLOUR SCENE - Saturday

Improbables supervivientes de las guerras del Britpop, Ocean Colour Scene continúan publicando periódicamente nuevos discos desde una discreta segunda fila. Una posición que, estoy seguro, no es buscada, pero a la que los ha llevado el no haber sido capaces de mantener la altura cegadora de sus dos primeros álbumes. Saturday, su entrega de este año, no va a hacer nada por mejorar su status. Los chicos de Simon Fowler y Steve Cradock no abandonan su sonido de siempre, es más, su nuevo trabajo cubre todas las facetas de su repertorio con su habitual ímpetu vocal. Enrockecidos unas veces, poperos otras, psicodélicos en ocasiones, con barnices soul siempre, se limitan a reciclar una y otra vez ideas agotadas, y se conforman con repetir esquemas que dominan y siempre les funcionaron. Pero no ofrecen nada tan inmediato ni tan deslumbrante que les haga alcanzar las cotas de sus trabajos en los 90's. Saturday ni siquiera dispone de un single que propulse al conjunto, y aunque la banda de Birmingham sigue siendo capaz de componer baladas que crecen como himnos, estas al final acaban teniendo algo de rutinario. En definitiva, Ocean Colour Scene carga con el lastre de ser unos discípulos de Paul Weller que no consiguen acercarse a su maestro, y con Saturday no dicen nada que no dijeran ya antes mucho mejor.

Alex Chilton (1950 - 2010)

Alex Chilton era de Memphis y eso imprime carácter. Sus primeros pasos en el mundo de la música los dio al frente de The Box Tops, aquel grupo que empezó como una banda de garaje y tuvo su primer éxito con The Letter, una canción que arrancaba con aquello de "Gimme a ticket for an arrowplane..." y a la que la garganta de Chilton estampó un indudable aroma soul. Tras varios éxitos con The Box Tops y la consiguiente deriva hacia el folk y la psicodelia, Chilton se hartó de ser una marioneta en manos de su discográfica e inició un idiosincrático camino que le llevó a aunar fuerzas con Chris Bell en los maravillosos Big Star. Una banda que se convertiría en uno de los detonantes del revival del sonido anglófilo en los 70's y que supone uno de los puntales del Power-Pop. La falta de éxito, los talantes enérgicos y una rebeldía innata contra las imposiciones de los directivos de su compañía, dieron al traste también con Big Star tras tres discos impresionantes. A partir de ahí Chilton emprendería una irregular y errática carrera en solitario, y a una reputada labor como productor. Sus últimos álbumes se componían casi exclusivamente de versiones, y había vuelto a reunir tanto a The Box Tops como a Big Star para algunas actuaciones en directo y el ocasional disco de estudio. El pasado día 17 un ataque cardiaco se llevaba para siempre su bonhomía y desparpajo sobre las tablas. Tenía reputación de músico difícil que hacía lo que le daba la gana. Aquellos que lo conocían decían que era un auténtico caballero del sur. Y a mí me sigue dando horas de magníficas canciones. Si no conocen su obra y se acercan ahora a ella, se les garantiza un rato espléndido a todos.

viernes 19 de marzo de 2010

El Príncipe de la Noche

Si echan de menos aquella ambientación directamente sacada de las novelas góticas tan populares durante el romanticismo, y que usualmente asociabamos con la temática vampírica antes de la llegada de los lánguidos adolescentes de Crepúsculo, El Príncipe de la Noche es un comic que les devolverá de cabeza a las películas en technicolor de Christopher Lee y Peter Cushing rodadas para la Hammer británica. Este es un título que, ya desde su mismo encabezamiento, cumple con todos los requisitos clásicos del género. Protagonizado por el necesario monstruo cruel, sensual y seductor, no falta el cazador de vampiros que roza el fanatismo, ni se olvida de la justa y generosa dosis de sexo softcore. Yves Swolfs, autor de Durango, construye con este comic un relato que goza de sus habituales virtudes, pero también padece de los defectos que acostumbra. Un dibujo monumental y detallado, de grandes paisajes y arquitectura impresionante, pero con personajes un tanto envarados y, en un recurso tan querido por la BD, con el rostro de actores tan conocidos como Jean Gabin y Alain Delon. El guión, por su parte, también presenta algunas inconsistencias y un texto en ocasiones redundante, lastrado con convencionalismos, que acaba por resultar recargado. Sin embargo cuenta una historia a la vieja usanza, trepidante y repleta de intriga, que se disfruta desde la primera página.

Vladimir Kergan, El Príncipe de la Noche, es un vampiro que es implacablemente perseguido generación tras generación por los primogénitos de la familia Rougemont, a los que va derrotando sucesivamente en cada encuentro. Los Rougemont tampoco son los típicos héroes. Son personajes llenos de matices grises, con un lado cruel y sanguinario, que viven torturados por una antigua maldición. La historia comienza en la Edad Media y se extiende hasta los años 30 del siglo pasado. Al relato de los acontecimientos no le falta ni un cliché y, a pesar del excelente dibujo y de la interesante técnica narrativa, con contínuos flashbacks que trasladan la acción a diferentes momentos históricos, adolece de los citados deslices narrativos que en los últimos capítulos de la saga consiguen convertir la trama en una alargada sucesión de tópicos manoseados en los que no hay apenas sorpresas. Así, El Príncipe de la Noche, si bien es un comic muy estimable en una línea de lo más tradicional, carga con un perfil excesivamente rígido que a la larga acaba dejándolo en un mero divertimento intrascendente a lo largo de cuyas 300 páginas siempre pasa lo que uno espera que vaya a pasar. Si les apetece una lectura de evasión, nada realista, y no buscan ni un gran mensaje ni visos de originalidad, pueden dejarse llevar por el mundo de fantasía y aventura de Swolfs. Ni más ni menos.

All Star Superman

Qué sé de Superman: Que es enviado a La Tierra por sus padres para salvarlo de la destrucción de su planeta. Que es criado por una pareja de granjeros y su primera novia en su pueblo se llama Lana (creo, eso lo conozco de oidas). Que se oculta tras la identidad del periodista Clark Kent y que está enamorado de Lois Lane, su compañera del Daily Planet. Que tiene un amigo que se llama Jimmy Olsen, también periodista, y su archienemigo es Lex Luthor. C'est tout. Atraído por las buenas críticas, y con la sospecha de que es un artefacto para fans convencidos, me acerco a All Star Superman totalmente desprovisto de cualquier bagaje previo, casi virgen. El Superman que conozco es el de Siegel y Shuster, el ingenuo y limpio justiciero de los años 40. Y eso se debe exclusivamente al encanto de esos dibujos anticuados y llenos de sabor como una pastilla de Avecrem. Ni siquiera vi en su momento con atención las películas protagonizadas por Christopher Reeves. Jamás he sido lector asíduo de tebeos de superhéroes, ni mucho menos, y en esto no soy tan diferente al general de los lectores españoles, de los personajes de DC. Recuerdo vagamente el descoyuntado Batman de Neal Adams como un espectáculo que despertaba mi curiosidad por su deslumbrante dibujo, pero que adolecía de un guión que nunca llegó a atraparme. Mis superhéroes eran Los 4 Fantásticos de Jack Kirby y el Spiderman de Steve Ditko, y siempre supe que se debía de nuevo al dibujante más que al personaje o a la historia que me contaban. Mi infancia transcurrió entre horas copiando aquellos fascinantes dibujos en hojas de papel cuadriculado para luego recortarlos y pegarlos sobre un cartón, y así poder construirme mis propias Action Figures. Oh, si hubiera puesto mis manos entonces sobre esos monigotes que se encuentran ahora desperdigados alrededor de cualquier contenedor de basuras.

Pero a lo que iba. ¿Puedo con este background disfrutar de All Star Superman? ¿Se me revela como un comic válido que se sostiene por sí mismo? ¿Está la película a la altura del libro? ¿Le interesó a alguien que no conociera a The Doors el biopic que se marcó Oliver Stone? ¿Llegó a entenderlo? Y, oigan, desde la primera página uno se da cuenta de que le están contando una historia archisabida que pone el foco sobre un icono cultural de nuestra época. Un relato lleno de elipsis en el que prácticamente todo se da por sobreentendido, pero que no va a funcionar con un desconocedor de los intríngulis del personaje. Sí, el dibujo de Frank Quitely, para mí un total desconocido al que supongo muy puesto en esto de los señores en pijama, es magnífico. Excusen una vez más que me remita a mis referentes culturales, pero a mí me recuerda al mejor Mike Kaluta, a aquel que se lució de de lo lindo en la space-opera Starstruck. Unas ilustraciones muy bien complementadas por la compañía de Jamie Grant y su embellecedor trabajo como colorista. Y sí, el guión de Grant Morrison, otro asíduo en esto de los superhéroes, me temo, está muy bien desarrollado, muy bien contado. Pero me da que me pierdo muchas cosas, especialmente con los personajes secundarios. Y acaba por no interesarme. El relato es ágil y sensible, pero lo único que quiero es que acabe y saber qué pasa. Y ¿saben? Aún así me da que no me entero muy bien de qué ha pasado al final. All Star Superman es un relato visualmente espectacular e intuyo que emocionalmente enternecedor. Pero mis héroes, si un iconoclasta como yo puede tenerlos, son otros. Algo que, si por un casual les interesa, podrán descubrir si deslizan un poquito el cursor hacia abajo y se leen las dos entradas que preceden a esta, por ejemplo. Puf. No se tomen esto como una reseña. Es casi más bien una crónica sentimental. Mis disculpas.

jueves 18 de marzo de 2010

I'm Not There

Que Todd Haynes es un mitómano y le gusta el Rock & Roll es algo que quedó claro desde que hiciese un batiburrillo de las vidas de David Bowie, Iggy Pop, Lou Reed, Mick Jagger y Jobriath para contar en Velvet Goldmine su particular historia del Glam. Con I'm Not There ha abordado la biografía de un personaje aún más complejo, como es la insondable figura de Bob Dylan, un bocado tal vez demasiado correoso de tragar. Este es un verdadero/falso biopic de Dylan con verdaderas/falsas imágenes de archivo y verdaderas/falsas canciones de su objeto de estudio. I'm Not There se abre con una referencia al famoso accidente de moto de Dylan en 1966, en el reconocible estilo del documental Don't Look Back, rodado por D.A. Pennebaker durante la gira británica de 1965. La siguiente imagen está extraida directamente de Desolation Row, el poema que Dylan escribió a partir de lo que veía a través de la ventanilla de su coche en marcha. Y así continúa, plagado de imágenes que apuntan a momentos de toda la carrera del artista y de personajes tanto reales como extraídos de sus canciones, fácilmente reconocibles por el fan. Sentado el tono para el resto del film, Haynes explora sus relaciones sentimentales con verdaderas/falsas Joan Baez, su esposa Sara, y Edie Sedgwick, la modelo del entorno de Andy Warhol; con verdaderos/falsos colegas como The Beatles y Brian Jones, y verdaderos/falsos comparsas como el manager Albert Grossman y el poeta Allen Ginsberg, algunos mostrados de forma casi caricaturesca.

El director precisa de seis actores para englobar cada una de las facetas de la poliédrica figura de Dylan. Una decisión aventurada que, a pesar de dar pie a algunas escenas superfluas que resultan un tanto pretenciosas, sin embargo funciona. Un recurso que deja en todo momento la sensación de que se están mostrando diferentes caras del mismo personaje. Marcus Carl Franklin es un niño negro que encarna a un personaje que se hace llamar a sí mismo Woody Guthrie y que aspira a ser como Elvis Presley, las dos influencias primeras de Dylan. Es calificado por el narrador como "el falso" y representa al Dylan en formación que se inventa su pasado. Es un contador de historias y dará paso al siguiente personaje cuando le aconsejan que viva y cante sobre su propio tiempo. Christian Bale es Jack Rollins, el profeta, el Dylan del comienzo. El que se inspira en el cantante folk vagabundo Ramblin' Jack Elliott, y deja su carrera en la cumbre. Deja de dar mensajes, para pasar al siguiente nivel. Es el Dylan que necesita crecer, dejar de ser un símbolo y de escribir canciones protesta. Más tarde reaparece como un predicador que refleja al Dylan de la época cristiana. Ben Whishaw es Arthur Rimbaud, otra influencia de Dylan. Es el poeta, el Dylan en transición de la denuncia a la imaginería poética, del sonido acústico al eléctrico. Un Dylan que se muestra en conversación, como en una rueda de prensa que parece un combate con los periodistas y que recuerda al Proceso de Kafka.

Cate Blanchett encarna escalofriantemente al Dylan icónico, al músico aceleradísimo y anfetamínico que muere con el accidente de motocicleta. Se llama Jude Quinn y hace clara referencia tanto a su origen judío, que aparece en la película como un desenmascaramiento de que tras el mito hay una persona, como a la acusación de Judas que le hacen sus seguidores. Heath Ledger interpreta al Dylan de los 70's. Un actor que hace del joven cantautor en una película, y cuya lucha por el éxito refleja la del cantante. Cuando lo logra, se ha convertido en el mismo personaje cínico y contradictorio que es Dylan. Esa no es la película que había soñado vivir. Funde en una sola historia la relación de Dylan con Suze Rotolo y con Sara. Por último, Richard Gere es el bandido. El Dylan que se identifica con Billy el Niño, para cuya película escribió la banda sonora. Es el artista maduro, un rebelde, un inadaptado marginal que hace lo que quiere sin que le importe lo que piensen sus seguidores. Vive su propia vida, no la que quieren que viva, sin hacer lo que se espera de él. Y por eso es perseguido, interpretado, visto como un traidor. De ahí sus palabras finales: "La gente siempre habla de libertad. Cuanto más vives de una determinada manera, menos libre te sientes."

I'm Not There es una película surcada de poesía y de la música de Dylan interpretada por él mismo o en seductoras versiones de bandas actuales independientes. Un film contado de manera hipnótica y con gran sentido del ritmo que, gracias a un guión milimetrado y a las extraordinarias actuaciones de todos los actores que dan vida a cada faceta de Dylan, se ve con la misma pasión que No Direction Home, el documental de Martin Scorsese sobre el artista, y de cuyo formato también bebe. Una embriagante mezcla que presenta a personajes de la época, como Richie Havens, encarnando a secundarios, y personajes actuales entrevistados como si fueran los reales. Así Kim Gordon de Sonic Youth aparece como Emmylou Harris y Julianne Moore es Joan Baez. Con auténticas imagenes de archivo y recreaciones ficticias, I'm Not There supone un visionado fascinante para fans de Dylan y una película para que lo descubran aquellos que no lo conocen. Una luz que les ayudará a comprender la hondura e importancia del artista y a interesarse por lo que hay detrás de lo que han visto. I'm Not There no intenta dar una interpretación de Dylan, no trata siquiera de explicarlo. Lo muestra en toda su grandeza, complejidad y humanidad. Un artista perseguido por su creación, por sus fans y por las lecturas que de su obra se han hecho. Un creador al que cuanto más se intenta atrapar, más escurridizo se torna. Un personaje verdadero/falso en contínua huída.

miércoles 17 de marzo de 2010

The Raspberries

Cuando The Beatles se separaron todos nos sentimos un poco huérfanos. Los cuatro de Liverpool continuaron grabando discos cada uno por su cuenta, pero ya no era lo mismo. Los fans mirábamos a nuestro alrededor en busca de un grupo que pudiese ocupar el hueco vacante. Docenas de bandas herederas del sonido de los Fab Four surgieron dando origen a un estilo que más tarde se conocería como Power Pop. Algunas de ellas, como Badfinger, en el Reino Unido, otras, con mayor profusión, en los Estados Unidos. Pero ya era una cuestión de bad timming, el hard rock y la música progresiva dominaban los gustos de la época, y los sonidos del pop anglófilo parecían cosa del pasado. Grandes grupos como los citados Badfinger, con un reguero de obras maestras a sus espaldas, pasaron desapercibidos. En los USA fueron The Raspberries los mayores candidatos al trono. Una banda llena de talentos con experiencia y bien promocionados, pero que no serían reconocidos hasta una década después.

The Raspberries surgen de las cenizas de The Choir, una banda de Ohio que a mediados de los 60's grabó un puñado de singles deudores de A Hard Day's Night y Rubber Soul. En ellos se encontraban ya tres cuartas partes de los futuros Raspberries: el guitarra Wally Bryson, el batería Jim Bonfanti y Dave Smalley que alternaría guitarra y bajo. Cuando conocen a un tal Eric Carmen, piano, bajo y guitarra, dejarán The Choir para fundar The Raspberries, mientras que los primeros derivarán, con otros miembros, hacia un sonido más progresivo y psicodélico. El primer disco de The Raspberries llega en 1972 y hermana las guitarras potentes con las tiernas baladas pianísticas, a veces dentro de la misma canción. Una pedrada directa al estómago en la que se escuchan ecos no sólo de The Beatles en su vertiente más McCartniana, sino también de luminarias del pop sesentero como The Beach Boys, The Who, The Kinks, The Small Faces y The Hollies. Pero no son unos meros imitadores. Su debut demuestra personalidad, imaginación y una amplia panoplia de estilos. Sólo cuando abordan los pasajes más trillados del rock & roll convencional suenan rutinarios. Con una imagen potente y la adecuada campaña publicitaria se convierten en pasto de carpetas para adolescentes.

La crítica les arrea hasta en el cielo de la boca. No le gustan sus trajes a juego, no le gustan sus peinados, no le gusta la campaña de marketing agresiva y no le gusta el sonido retro de sus composiciones. No importa. Pocos meses después llega Fresh, su siguiente album y el que bebe más directamente de la influencia Beatle, con estribillos rotundos y pegadizos, y cita explícita a Penny Lane incluída. Tanto Carmen como Bryson y Smalley componen y se encargan de la voz solista en sus discos, pero es Eric el que mayor cuota y éxito comercial obtiene, y empiezan a surgir las primeras tensiones con visiones muy diferentes de por dónde tiene que ir la banda. Fresh, sin embargo, es una obra absolutamente paladeable y casi perfecta que demuestra maestría interpretativa y gran madurez compositiva, con arreglos brillantemente ejecutados que los colocan a la altura de sus maestros. The Raspberries no hacen sino mejorar con cada entrega, aunque la vertiente boogie cortesía de Bryson continúe pareciendo demasiado formulaica al lado de toda la imaginación que lucen el resto de las composiciones.

1973 verá la llegada de Side 3, que endurece considerablemente su sonido y carga las tintas con amplitud sobre las influencias de The Who. De tal manera que a veces rozan el pastiche y tanto la guitarra de Bryson como la voz de Carmen parecen extraídas de uno de los cortes del Quadrophenia de Pete Townshend y Roger Daltrey, que fue publicado el mismo año. Pero The Raspberries no tienen nada que envidiar creativamente a sus mentores. Side 3 es un perfecto balance de sonidos rockeros y armonías vocales, de riffs de guitarra y melodías incisivas. Sin embargo el disco no vende. Smalley y Bonfanti se largan para formar su propia banda, y serán sustituídos por viejos conocidos de Carmen y Bryson. Destaca el lennoniano Scott McCarl, quien aportará sus composiciones y voz solista a la mezcla. Al contrario de lo que podría parecer, la nueva sangre renueva las fuerzas de The Raspberries y Starting Over, publicado en 1974, será la síntesis perfecta de su sonido. Melodías gloriosas, estribillos pegadizos, juegos de voces dignos de los hermanos Wilson y una producción cercana a Phil Spector, The Raspberries recuerdan, salvando las distancias, a unos Queen más pop y menos exuberantes.

Pero el éxito no llega y la banda está cansada. Carmen quiere probar a echar más sirope al pastel y Bryson está harto de que no le dejen meter más guitarrazos. Se disuelven. Eric Carmen se lo comerá todo con All by Myself para ir diluyéndose poco a poco en el AOR y volver con un cardado imposible en la banda sonora de Diry Dancing. Bryson probará suerte al frente de Fotomaker con miembros previos de The Rascals, pero tampoco obtendrá reconocimiento. La influencia de The Raspberries se dejaría sentir en un montón de bandas posteriores, desde Cheap Trick, Kiss y Boston, hasta Tom Petty, Guns n' Roses y Smashing Pumpkins, pero tristemente siempre se quedarían en la segunda fila. Veinte años después de su separación se daría la inevitable reunión en directo con más barriga e, increíblemente, más pelo, y con una asombrosa buena forma, para volver a la oscuridad. The Raspberries quedan como un grupo esencial que ha dejado cuatro discos maravillosos que componen el ABC del pop con mayúsculas. Yo de ustedes no me los perdería.

martes 16 de marzo de 2010

Alicia en el País de las Maravillas

A la vista de que la tan cacareada adaptación de Tim Burton de Alicia en el País de las Maravillas está al caer, quien más quien menos se ha puesto a elucubrar para sacar a la calle su propia versión del clásico de Lewis Carroll. La primera que nos llega es esta edición cuidada al detalle con la que se adelanta Glénat. Con una presentación impecable y un bellísimo trazo a cargo de Xavier Collette, muestra a una Alicia bastante diferente a la imagen popular que se tiene de ella cimentada en las ilustraciones de Sir John Tenniel y posteriormente los edulcorados dibujos de la factoría Disney. Uno no puede evitar al mirar este lujoso libro que le vengan a la mente las portadas que hiciese David McKean para Sandman. Al fin y al cabo ambos comics recrean un mundo de ensueño que no está tan lejano el uno del otro. El guión de David Chauvel resulta encantador y es un reflejo del surrealista humor de Carroll y los paisajes oníricos creados por el escritor. Para disfrutar de toda esta imaginación desbordada ni siquiera hace falta volver a ser niño, pues "seguro que cuando seas mayor seguirás teniendo el corazón de un niño. A tu alrededor se reunirán una multitud de niños con los ojos brillantes y ávidos, para escuchar tus extraordinarias historias... y, quizás, una sea este sueño sobre El País de las Maravillas". Todo un canto a los fabuladores. Si usted sigue teniendo a su Alicia dentro, este es un libro en el podrá recrearse durante horas.

The Time Traveler's Wife

No hace mucho les recomendaba encarecidamente en este mismo blog La Mujer del Viajero en el Tiempo, una novela de Audrey Niffenegger que fusiona con acierto géneros a primera vista tan dispares como la ciencia ficción y el drama romántico. Brad Pitt se interesó por el innegable potencial fílmico de la historia escriga por Niffenegger y el año pasado produjo una película que bajo el nombre de The Timer Traveler's Wife fue estrenada en Estados Unidos protagonizada por Eric Bana. Un largometraje que no ha sido aún visto en nuestras pantallas y no es difícil darse cuenta porqué. Henry es un bibliotecario que padece una mutación genética que le hace desplazarse en el tiempo unos años adelante o atrás. A veces sólo unos días o unas horas. De repente se encuentra completamente desorientado y desnudo en mitad de la nieve o de una transitada avenida. En uno de sus involuntarios viajes conoce a Clare, una niña a quien seguirá visitando en diferentes etapas de la vida de esta y de la que poco a poco se irá enamorando. Clare, ya veinteañera, se presenta a Henry cuando este es un joven que todavía no ha llegado a ser el hombre que concerá a la niña Clare. A partir de aquí se desarrolla una emocionante historia de amor escrita con sensibilidad y gran sentido del suspense.

La película, sin embargo está contada de forma tan torpe que consigue que un relato con tanto atractivo a priori resulte en una sosa sucesión de escenas. La Mujer del Viajero en el Tiempo es un relato de fantasía, de ciencia ficción y de intriga. Pero también es una exploración del alma humana. Clare tiene que convivir con un hombre que ya sabe qué les aguarda, qué va a ser de sus familiares, dónde van a vivir, los hijos que van a tener, y que desaparece cuando menos se lo espera por un tiempo indeterminado para regresar muchas veces en condiciones lamentables. Al ser puesta en imágenes, una historia tan compleja queda llena de sobreentendidos que hacen que si no se ha leído la novela se pierdan muchos matices. Llega un momento en el que no se comprende qué pasa ni porqué. Lo que es una metáfora sobre el amor eterno imbatible ante las adversidades, sobre la lucha constante para mantener ese amor, sobre la ausencia y la pérdida, queda reducido a un film medianamente romántico estropeado por chapuceros efectos especiales e interpretaciones planas que dan lugar a personajes desdibujados. Una ocasión perdida de trasladar a la gran pantalla un inteligente y original relato de ciencia ficción, y a la vez una apasionante e intensa historia de amor. Una vez más, léanse la novela.

Solomon Kane: Death's Black Riders 3

Dark Horse sigue adelante con su segunda miniserie de Solomon Kane, personaje creado por Robert E. Howard, más conocido por ser el autor de Conan. Este segundo arco argumental flojea bastante con respecto al anterior. Scott Allie, el guionista, ha querido extender Rattle of Bones, una historia original de Howard, con el relato inacabado del mismo autor que da título a la miniserie. No es sólo que el dibujo de Mario Guevara parece algo más descuidado en esta ocasión, es que tras dos primeros capítulos sólamente correctos, este tercero ya no da mucho más de sí. Los pretendidos monstruos diseñados por el prestigioso Guy Davis resultan bastante risibles y la trama se resuelve de forma aburrida, alargada en exceso y en general ridícula. Un paso atrás tras el notable The Castle of the Devil.