lunes, 27 de diciembre de 2010

Un Cuento de Navidad

- Treinta de diesel en el surtidor tres, por favor.
Miro al dependiente de la gasolinera a través de la mampara que lo encierra en su cubículo y le tiendo un billete mientras le indico dónde está mi coche con un gesto de cabeza. Me giro para saludarla con la mano. Ella me sonríe, pero no parece contenta. El dependiente me mira, mira al coche, me da el cambio y cierra la ventanilla. Durante el tiempo que tengo la manguera introducida en el depósito, el dependiente sigue mirándome sin quitarme ojo. Acabo la operación y me siento frente al volante.
- Me he manchado las manos de gasolina - le digo - ¿Tienes un pañuelito de papel?
- Ya sabes que no - me contesta con voz cansada.
- No estoy tan seguro. Las mujeres siempre lleváis de todo en el bolso - respondo animado.
Enfilamos la autovía de salida de la ciudad. La carretera se oscurece y el paisaje urbano va dejando paso a los apartamentos costeros y los setos descuidados. Ella mira a través del retrovisor con la mirada petrificada como una estatua de mármol. Esta Nochevieja, como todos los años, hemos cenado fuera con unos amigos. Durante el trayecto de vuelta a casa dejo vagar la mente haciendo balance.
- Otro año juntos - le digo por fin.
- ¿Te refieres al que acaba o al que empieza? - pregunta con un suspiro sin mirarme.
- Prefiero pensar que es el que empieza. Me gusta mirar las cosas con optimismo. Nos quedan tantas cosas por hacer... ¿No crees?
Por un instante ella no contesta. Como acostumbra, roza con sus dedos el dorso de mi mano sobre la palanca de cambios. Está congelada. Luego deja descansar su mano sobre mi rodilla. A través de la tela del pantalón puedo sentir su carne gélida.
- ¿Tienes frío? - le pregunto -. Puedo subir la calefacción si quieres.
- ¿Te hubiera gustado tener hijos? - me dice de pronto como si respondiera ahora a mi pregunta de antes.
- Claro que sí - le digo con rotundidad. Ella parece perpleja un momento.
- Jamás me lo habías dicho.
- Pues ya lo sabes. Todavía estamos a tiempo - le advierto casi bromeando.
- No digas eso. Sabes que es imposible.
El silencio se extiende como humo pegajoso por el habitáculo del coche. Pongo la radio y una música dulce y anestésica suena bajita a través de los altavoces. Empiezo a tararear.
- Qué canción más triste - dice ella -. Podrías cambiar de emisora.
Me dispongo a hacerlo, pero ella me interrumpe con su mano helada. Tiene el rostro crispado.
- Ten cuidado - me dice con voz queda -. Ese coche de la izquierda va a querer tomar la próxima salida y se te va a cruzar por delante.
- No te preocupes - contesto con calma -. Ahora conduzco yo y no va a pasar nada.
Efectivamente, como cada Nochevieja el coche da un volantazo y me aborda por mi lado. Lo atravieso limpiamente y se desvanece en el aire.
- ¿Ves? - le digo -. No ha pasado nada. Nunca pasa nada.
Me giro hacia ella, pero ya no está. Ha vuelto a desaparecer. Nunca consigo que se quede más allá. Nunca llega a acompañarme hasta casa. Sigue quedándose en el mismo cruce cada año. Dos minutos después estoy abriendo la puerta de mi casa. Está a oscuras, en silencio. Nadie ha puesto en marcha las luces del árbol. Suelto las llaves en cualquier sitio y me doy una vuelta por las habitaciones en penumbra. Como todos los años también, vuelvo a seguir el mismo ritual. Preparo una infusión y dos pastillas, meto en el DVD Love Actually y me siento en el sofá a verla. Es nuestra película favorita. Ella se ha acurrucado a mi lado envuelta en una manta y se abraza a mí buscando mi calor. Reflejado en la pantalla del televisor veo mi rostro cubierto de cicatrices. Superpuesto sobre él, Billy Nighy intenta infructuosamente grabar una vieja canción de los Troggs, pero una y otra vez se equivoca en la misma parte. Es una secuencia que siempre nos hace reír. Reímos juntos hasta que se nos saltan las lágrimas.

6 Comentarios:

Jero dijo...

Mola. Me encantan las historias de "fantasmas de la mente". A estas alturas no son excesivamente originales, pero si no las ves venir (como es el caso), siempre funcionan. O eso creo yo. Además, se te da muy bien retratar las escenas de pareja (supongo que porque tienes el tema trabajado; lo digo en el sentido literario, que tu vida privada ni me va ni me viene, jajaja).

Por cierto, la palabra de verificación que me ha tocado para este comentario es "musero": tu blog ya me tiene calado...

David dijo...

El cambio del relato está genial. Me ha sorprendido (supongo que era lo que esperabas). Y como Jero, no lo he visto venir.
Para mí, más que una historia de fantasmas. Triste, pero me ha gustado mucho.
Un saludito.

Lobo de piedra dijo...

Escribes de puta madre. Pero yo no lo he visto como un cuento de fantasmas. Me ha parecido el recuerdo de un hombre hacia su amada muerta en accidente de trafico cuando ella conducia. Triste.

Jero dijo...

"Fantasmas de la mente" no es lo mismo que "fantasmas". Es como "enfrentarse a tus propios demonios", que no implica la existencia literal de "demonios"...

David dijo...

Sí. Lo de fantasmas de la mente me parece más acertado que fantasmas a secas. Pero es que los fantasmas ¿no son acaso fantasmas de la mente"?

Fran G. Lara dijo...

Lo cierto es que cuando escribí esto tenía una intención concreta, pero siempre he defendido que un relato tiene tantas lecturas como lectores potenciales, así que me alegro de este pequeño debate. Aunque en realidad no se diferencian las diversas opiniones tanto entre sí.