lunes, 1 de noviembre de 2010

Reset

Le crujían las tripas. No había podido probar bocado desde el desayuno, pero por fin había conseguido acabar de hacer las nóminas. Era el único en la empresa que sabía manejar el Excel, lo que le había conseguido un puesto relativamente cómodo, aunque detestara que le cargase cada mes con la misma responsabilidad extra. En aquel negociado, cuando alguien sabía hacer algo, parecía que tuviese la obligación adjudicada de por vida. Tenía la impresión de que sus compañeros eludían el trabajo, pero eso no era lo que le molestaba. Estaba a gusto concentrado a solas. Miró la hora y constató que tenía tiempo suficiente para hacer las copias de seguridad y llegar a tiempo al metro. Sacó el disco duro portátil de la empresa y volcó en él la información. Entonces pensó en llevarse una copia a casa y darle allí un último repaso. Esa era otra de sus manías. Sacó un pendrive del cajón y lo ajustó al puerto USB del ordenador. Mientras descargaba el archivo en el pen fue hasta el perchero para recoger su chaqueta. Había que ver cómo había refrescado. Dos días atrás estaba con el aire acondicionado y en mangas de camisa. Ahora llevaba un suéter y necesitaba algo de más abrigo para cuando saliera a la calle. Volvió a su mesa y miró la pantalla del ordenador. La luz del pendrive no parpadeaba y en la pantalla había un mensaje. "Ocurrió un error inesperado, puede que la información no se haya guardado". Sacó el pen y lo volvió a conectar. La luz de la memoria se encendió y se abrió una carpeta. El archivo estaba ahí, pero no conseguía acceder a él. No importaba, lo buscaría en el disco duro portátil, lo volcaría al ordenador y de ahí de nuevo al pendrive. Tenía tiempo. Cuando conectó la memoria no ocurrió nada. El ordenador se había bloqueado. Esperó unos segundos. No respondía. Buscó en Mi PC para ver si aparecía la carpeta del disco duro. No. Probó Ctrl + Alt + Supr y floreció un cuadro de diálogo preguntándole si quería cancelar. Aceptó, pero el ordenador tampoco respondió. Empezaba a sudar y tenía hambre. Reseteó el ordenador mientras recogía sus cosas. La máquina tardaba en ponerse en marcha. Volvió a mirar el reloj. El metro pasaría en un cuarto de hora. Tenía el tiempo justo. La pantalla continuaba mostrando un reloj de arena girando sobre sí mismo. Soltó un bufido irritado. No podía esperar. Reseteó el ordenador sin miramientos y lo desenchufó. Comprobó que lo llevaba todo. Las llaves, la cartera, su pendrive. Se dirigió a la puerta. Notó un soplo de aire fresco al abrir y se dio cuenta de que se olvidaba la chaqueta sobre la mesa. Volvió a por ella. Por uno de los bolsillos asomaban los auriculares del Ipod. Para variar, el cable estaba enredadísimo. Si alguien inventara un cable de auricular que no se hiciese un nudo cada dos por tres, se haría de oro. Intentó desenmarañar el lío. Menos diez, no podía entretenerse, tendría que correr. De un golpe metió en la mochila todo lo que llevaba en las manos, sujetó la chaqueta bajo el brazo y caminó a paso ligero hacia el ascensor. Mientras descendía hasta la calle intentó desenredar otra vez el cable de los auriculares. El viaje en el metro se le hacía eterno y molesto rodeado de tanta gente si no podía aislarse escuchando las noticias de las ocho por el camino. Avanzaba todo lo rápido que le permitían sus piernas mientras insistía en quitarle nudos al cable. Iba resoplando. Una pareja delante de él caminaban cogidos del brazo conversando en susurros. Miró la hora. Le quedaban siete minutos antes de que pasara el metro. Apretó el paso. Ahora sí que tendría que correr de veras. Refunfuñó al adelantar a la pareja y echó a correr lo más deprisa que podía. Sudaba. Pensó que tenía gracia, con el frío que hacía y él estaba sudando. Se cansó de correr antes de lo que esperaba y empezó a sentir pinchazos de flato en el costado. Faltaban cinco minutos para que saliera el metro cuando enfiló la calle que llevaba hasta la parada. Tenía el tiempo justo, pero llegaría. Aminoró la velocidad y abrió la mochila para sacar la cartera, no se podía permitir perder tiempo. La cartera no estaba dentro de la mochila. Tal vez en uno de los bolsillos de afuera. Normalmente la metía en uno de los laterales, pero tampoco estaba allí. Ni estaba en el bolsillo frontal. Se le escapó una risita nerviosa. No se la podía haber dejado en la oficina. Otras veces le había pasado lo mismo, no la veía por los nervios. Tenía que calmarse y la encontraría. Seguramente le traicionaba lo acelerado que iba, pero tenía que estar ahí, recordaba haberla cogido. No, la cartera no estaba. Se preguntó si la prisa por salir corriendo le habría hecho olvidar cerrar las cremalleras de la mochila y la cartera se habría caído por el camino. No, eso no le parecía probable. No la encontraba, pero tenía que seguir caminando por si aparecía. Llegó a la estación. Soltó la mochila en un banco y buscó por todas partes. Definitivamente no llevaba la cartera encima. Tenía que haberla soltado sin darse cuenta mientras se peleaba con el cable de los auriculares. Estaba sin dinero y sin el bono del metro no podía entrar. Escuchó cómo el convoy llegaba y se marchaba. Sintió ganas de gritar. Estaba enfurecido consigo mismo. Se maldijo y maldijo su vida. Todo le salía mal, hasta las cosas más pequeñas. Cada día se le estropeaba por algún motivo. Un torrente de insultos y tacos mascullados entre dientes salió por su boca. Volvió lentamente sus pasos hacia la oficina. El sudor se le enfriaba en el cuerpo y sintió un escalofrío. No pasaba nada. Volvería, haría la copia de seguridad tranquilamente, encontraría la cartera y volvería al metro. Por el camino intentó volver a desenredar los auriculares. Era una maraña de nudos imposibles. Deseó desgarrar aquel amasijo y lanzarlo lejos con todas sus fuerzas. Se imploró calma. Su victoria sería soltar aquellos cables, no iban a vencerle. Libró un par de nudos, una de las bolitas de los auriculares se descolgó y dio vueltas alrededor del conector. Se enredó más aún. El corazón le retumbaba dentro del pecho. Se quedó mirando aquel botón. Oscilaba ridículamente y había perdido la almohadilla protectora. No distinguía un cable de otro, aquello era una bola inextricable. De reojo se vio lleno de resentimiento reflejado en un escaparate. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su cara enrojecida. El pelo le empezaba a escasear en la frente, donde se retorcía encrespado. En las sienes se le pegaba sucio y húmedo. Odió que el suéter, demasiado ajustado, formase pliegues alrededor de su abdomen marcando dos michelines absurdos, totalmente fuera de lugar. Se dio asco. Un terremoto de furia le golpeó entre los ojos. Sitió una ola de calor ascendiendo por su rostro hasta cegarlo. Aullando de rabia destrozó el cable entre las manos, masticó los auriculares y los escupió en el suelo. Seguía gritando de frustración cuando se quitó la mochila y la lanzó contra el cristal del escaparate. Una lluvia de cuchillos de vidrio cayó sobre su cabeza. Lanzó una patada contra la puerta de un coche que había aparcado a su paso, trastabilló y fue a parar sobre una papelera. El golpe le hizo girar sobre sí mismo y la sangre empezó a resbalar sobre su nariz desde una brecha abierta en la frente. Chillaba como un cerdo en la matanza mientras lanzaba puñetazos contra el suelo, contra el aire, contra sí mismo. Tenía los dedos destrozados, girones de carne le colgaban de los nudillos. No veía nada a su alrededor, sólo podía oir un zumbido constante como si se hubiera aplicado contra las orejas unas caracolas de mar. Se lanzó contra una señal de tráfico e intentó arrancarla. La dobló a patadas y salió disparado en mitad de la calzada, dos coches consiguieron esquivarlo, un tercero chocó contra un semáforo y hubo una colisión en cadena. Él se subió al capó de uno de los coches de un salto y empezó a aporrearlo con los puños, rugiendo fuera de sí. Finalmente se lanzó de cabeza contra el parabrisas del coche y allí se quedó incrustado entre los cristales rotos, escupiendo sangre, dientes y mocos, gorgojeando algo que podía ser una risa, aunque parecieran aullidos sordos. A lo lejos sirenas de coches de policía, de bomberos y de ambulancias se aproximaban. La gente salía de los coches y de los portales, y se arremolinaban alrededor atónitos, sin atreverse a acercarse. Unas manos lo cogieron y lo sacaron de allí mientras él desmadejadamente pataleaba como un muñeco roto. En su cara había una sonrisa absurda, pero cada vez que quería decir algo vomitaba una nueva oleada de sangre. Dentro de la ambulancia, aunque estaba atado con correas, volvió a tener otro ataque. Se sacudía como un animal enloquecido hasta chocar con todo su cuerpo contra el interior del vehículo. Nadie pudo explicar qué le había pasado. Él sonrió al psiquiatra de la prisión con un gesto que hizo que le dolieran todos los huesos de la cara. Luego dejó escapar un suspiro por el hueco donde antes habían estado sus dientes incisivos. Lo único que consiguieron sacar de él fue un encogimiento de hombros.

7 Comentarios:

David dijo...

El final me parece demasiado exagerado. Es cierto que a veces nos puede venir una depresión por las cosas más ridículas...pero casi hubira preferido un infarto o un derrumbamiento emocional "el tío llorando sobre la acera"... Pero bueno, lo has escrito tú, no yo.
Saludito.

Jero dijo...

A mí también me ha parecido un pelín extremo ese final. Pero la forma en que está escrito sí me ha gustado mucho.

Fran G. Lara dijo...

Efectivamente, lo he escrito yo. Así que si lo hubieras escrito tú, el personaje hubiera acabado derrumbado y llorando, eh? No sé si te das cuenta, pero este comentario es la mar de gracioso.

David dijo...

Ah! No... No tenía por qué haber acabado así. Podría haberle dado un infarto (era lo que pensaba que iba a ocurrir). Y no sé... Yo no lo veo tan gracioso. No confundas lo que alguien piensa para un personaje o una situación con ese alguien (tiene relación, sin duda, porque nos reflejamos en lo que escribimos...pero no siempre...y menos en la ficción). De hecho, que el tío reflexione en un momento dado sobre su vida, le dé un bajón de aupa por una serie de tonterías como lo del ordenador, olvidar la catera y perder el metro, puede ser más triste todavía. No sé... Al igual que Jero, la forma en la que está escrito sí me gusta. Pero eso ya lo sabes.
Saludito.

Anónimo dijo...

Siento disentir. A mí el final me parece genial.
Está claro que el personaje lleva tiempo pasándolo mal, y, a veces, es necesario un "revulsivo" de tales dimensiones para darse cuenta de que algo tiene que cambiar en tu vida. Sentándote a llorar puede no ser suficiente. Sería algo así como que de una crisis sale una oportunidad, o que una vez que desciendes a los infiernos, ya sólo te queda subir...
Salu2
Mar

David dijo...

Sentarse a llorar no es suficiente para salir de una crisis, obviamente. Pero actuar como él lo hace tampoco. Bueno, sales de una, pero acabas en otra.
Una vez que desciendes a los infiernos...muchas veces sólo te queda arder por toda la eternidad.
Así que yo también disiento, Mar. Pero bueno, no vamos a discutir por un relato. El final es ese. No hay más vueltas.

Anónimo dijo...

claro David! no me refería a que fuese un final políticamente correcto, pero sí es un buen final para un relato, ok?
Salu2
Mar