lunes, 29 de noviembre de 2010

La Muerte de un Mujeriego / 1

Era delgada, tenía una melena larga y lisa, y los ojos de Bambi. Era, además, la primera de la clase. La acompañaba la discreción de quien piensa que lo que hace no tiene mérito, y que no es más que el resultado de cumplir con su deber. Ni siquiera pertenecía a aquella pandilla enojosa que se sentaba en la primera fila para adular a los profesores. Le gustaba camuflarse entre los pupitres del medio, caminar con las manos hundidas en los bolsillos de sus vaqueros, y casi nunca miraba al frente. Era preciosa, pero no lo sabía, y eso la hacía más hermosa aún. Si alguien se lo hubiera dicho alguna vez hubiera respondido con incredulidad y modestia, como las chicas que nunca han escuchado palabras de amor ni han pensado jamás en ninguno de sus compañeros de estudios de manera romántica. Su vida eran los libros y su madre. Yo no sabía donde vivía, pero intuía que su casa estaba muy lejos. Cada día, al acabar las clases, bajaba la cabeza, recogía su mochila y se marchaba sola y en silencio.

Ni que decir tiene que yo estaba colado por ella. Yo era un girasol y ella era el astro hacia el que siempre estaba girado. La admiraba en la distancia y por ella intentaba ser mejor persona de lo que era. Ni siquiera me atrevía a hablarle directamente porque no quería que sintiese vergüenza. Me quedaba sentado en mi pupitre mirándola tomar apuntes, fijándome en la forma en que agarraba el bolígrafo, esperando a que se le cayera algo para recogérselo. Todo el mundo, menos ella, parecía saber que estaba enamorado hasta los huesos. Mis amigos me tomaban el pelo y me pinchaban preguntándome si seguía suspirando por aquella tía tan lánguida. Yo adoptaba la pose soñadora del que sufre por su corazón y disfrutaba de mi dolor como si estuviera viviendo una novela. Por supuesto ella me ignoraba como si no existiera. No podía concebir que alguien estuviera pendiente de ella. Esas cosas no pasaban en su círculo. Su día a día consistía en atender a las explicaciones, almorzar quedamente con sus amigas y marcharse a casa sin perder tiempo. Aquel año yo hubiera dado cualquier cosa para ser alguien en la vida de Nani Valera.

Isabel Romero iba al mismo curso que yo, pero estaba en la clase de enfrente. Cada día se asomaba al ventanuco de la puerta de mi aula y me miraba abiertamente con una sonrisa picarona. Entre asignatura y asignatura entraba a hablar conmigo y se sentaba a mi lado. Siempre venía acompañada de una amiga suya grandota que me miraba con socarronería, pero Isabel buscaba excusas para coquetear conmigo y yo la trataba con el desdén que me proporcionaba la certeza de que la tenía en la palma de la mano. Me sentía halagado de que Isabel me buscase cada día, notar sus ojos chispeantes en los míos, su mano posarse sobre mi hombro, pero siempre estaba observando de reojo a Nani, suplicando para que no se diera cuenta de lo que estaba pasando, y a la vez intentando descubrir algún asomo de celos en ella. Pero Nani se sentaba sobre su mesa de espaldas a mí y charlaba intrascendentemente con sus amigas. Yo podía adivinar su sonrisa despreocupada aún sin verla a través de la cortina de cabello que me la ocultaba, me daba cuenta de que para Nani el universo desaparecía tras ella cuando se giraba.

Un sábado quedamos unos cuantos compañeros de clase para ir a la playa. Nani, por supuesto, no se apuntó a la excursión. Pero Isabel, acompañada de su inseparable guardaespaldas, se vino con nosotros. Éramos unos chiquillos, las hormonas nos hervían y entonces cualquier cosa era una aventura. Isabel y su amiga se metieron en el agua vestidas y cuando salieron a la orilla empapadas me di cuenta del espléndido cuerpo adolescente que tenía Isabel. La ropa se le había ceñido como una segunda piel y yo, aunque aparenté no mirarla, pensé que tenía la figura más provocativa que había visto jamás. Era más excitante que las actrices que habíamos visto desnudas en los ejemplares del Interviú que nos pasábamos unos a otros a escondidas. Estaba realmente atractiva y, por un momento, imaginé que podría pasarme horas mordisqueando cada curva de sus labios. Me quité la camiseta y se la ofrecí. Ella se desnudó desafiante delante de mí y se la puso. Luego nos alejamos del grupo paseando para que se secara. Tenía los pies pequeños y delicados, su sola vista me hizo sentir burbujas en las venas. Isabel, vestida únicamente con mi camiseta y sus braguitas, movía sus fuertes piernas juveniles en una invitación a que olvidase el galante gesto de caballerosidad que pensaba que había tenido al cederle mi ropa.

Cuando ya no veíamos a ninguno de nuestros compañeros se paró, rodeó mi cuello con sus brazos e intentó besarme. De repente me dio un ataque de Sir Galahad. No podía traicionar a mi dama. Yo estaba enamorado de Nani Valera y así se lo dije a Isabel. Ella me miró como si no me entendiese y se mordió el labio inferior. Nani era alguien a quien casi nadie conocía y que jamás se había fijado en ningún chico. Yo sentí que el corazón quería aporrearme el pecho hasta reventarlo para salir fuera. Volvimos sobre nuestros pasos, pero Isabel se giró de nuevo hacia mí y me miró con unos ojos en los que yo leí todo tipo de promesas. Resoplé sin saber si lo hacía por mostrar mi fastidio o por coger fuerzas, y puse los ojos en blanco. Esta vez Isabel sí que pareció ofendida de verdad. Apretó el paso y me dejó atrás. Cuando llegué hasta el grupo, ella ya estaba con su amiga, se había puesto su ropa y mi camiseta estaba hecha un ovillo en el suelo. El lunes siguiente Isabel empezó a salir con un tipo de su clase que tenía todo el aspecto de ser un futuro licenciado en Económicas. Un triunfador que conduciría el mejor coche, vestiría las camisas de la mejor calidad y compraría la plancha más moderna para que la chacha se las dejase impecables. Isabel Romero salió de mi vida para siempre.

Todo el orgullo que sentía por mí mismo se vino abajo cuando a la semana siguiente nadie parecía haberle contado a Nani mi comportamiento. Ella siguió charlando con sus amigas dándome la espalda, caminando de vuelta a casa con el cabello ocultándole el rostro y las manos en los bolsillos. Nani se replegaba sobre sí misma como esos insectos que se hacen una bola cuando los tocas, despreocupada de lo que la rodeaba, ausente de mí. Yo seguí observándola sin esperanza desde mi pupitre, deseando ser aquel bolígrafo que ella aferraba entre sus dedos, decirle todo lo que anidaba dentro de mí. Pero cada día que pasaba iba perdiendo fuerzas, cada vez más mis ojos paseaban perezosamente por otros rincones. Hacia el final del curso me cansé de esperar a Nani y empecé a salir con una chica pequeñita, muy alegre, que olía a manzanas. No estaba enamorado de ella, realmente ni siquiera me gustaba, pero me sentía solo y ella me daba luz, aunque me sentía terriblemente culpable por pensar que no me portaba bien. A los tres días de salir con La Chica Que Olía A Manzanas, Nani se me acercó a la salida del instituto y sin tocarme, eludiendo mirarme a los ojos, me habló por primera vez. Con voz baja, entrecortada, murmuró una frase y luego se marchó. Algo que me sonó a "Nadie se da cuenta de lo que tiene hasta que lo ha perdido".

Pasé el fin de semana dándole vueltas a la frase de Nani. Preguntándome si realmente quería decir lo que yo pensaba o si me engañaba a mí mismo y la estaba interpretando de acuerdo a mis deseos. La ansiedad me comía por dentro esperando a que llegase el lunes para volver a ver a Nani y decirle que no había perdido nada, que siempre lo había tenido y que podría tenerlo todo el tiempo que desease. Antes de poder verla me di cuenta de que Sir Galahad no me lo iba a permitir. Estaba saliendo con La Chica Que Olía A Manzanas y no sería capaz de mirarla a la cara para apartarla de una patada como si fuese un perro molesto. Acabé el curso sin atreverme a volver a hablar con Nani y marchándome cada día a toda prisa con La Chica Que Olía A Manzanas antes de que alguien pudiera darse cuenta de que estaba ahí. De vez en cuando alzaba la mirada para ver si Nani hacía algo diferente, pero ella seguía tomando apuntes aferranda su bolígrafo, conversando con sus amigas de espaldas a mí. En alguna ocasión creí descubrir que me miraba desde la lejanía, incluso quise adivinar que su rostro estaba más pálido y que reflejaba una tensión que yo antes no había conocido en ella. Pero de nuevo no supe decir si era real o me lo estaba imaginando. El último día de clase La Chica Que Olía A Manzanas me dijo que era mejor que lo dejáramos, que no lo pasábamos bien juntos y que nuestra relación nunca iba a funcionar. Me notaba incómodo y ella tampoco se sentía a gusto. Mientras acababa la última frase respiré profundamente mirando a mi alrededor. Nani ya se había marchado a su casa. Jamás la volví a ver.

3 Comentarios:

Insegura dijo...

No es la muerte de un mujeriego. Es la confirmación de sir Galahad.

Libelula dijo...

Me recordaba a algo ....

Muerte de un mujeriego

Leonard Cohen era escritor y poeta, no había pensado en dedicarse a la música, pero una versión de uno de sus textos, Suzanne, por Judy Collins, le animó a convertir (aunque ya superaba ampliamente la treintena) lo que para él hasta ese momento solo era una afición, en algo serio: transformar en canciones sus propias escrituras.
Tras el éxito de su primer LP Songs of Leonard Cohen (1968), decidió seguir en una línea similar, pero en 1976, con la eclosión del punk y la new wave decide dar un cambio de rumbo a su estilo, hasta entonces de trovador acústico.
Fue invitado a una cena en casa de Spector, y cuando llegó la hora de marcharse, Phil decidió que de ahí no se iba nadie, cerrando todas las puertas y ventanas con sus candados correspondientes, algo habitual en él (otra de sus excentricidades era poner el aire acondicionado a 0º). Ante lo incómodo de la situación, Cohen pensó que en vez de estar perdiendo el tiempo, podían emplearlo en una creación musical, que era algo que gustaba a los dos. Tenia en mente un álbum conceptual sobre la muerte de un mujeriego, idea que interesó rápidamente a Spector y se pusieron a trabajar en ello, surgiendo las ideas con fluidez. El encierro finalmente terminó, y así se originó el LP Death of a Ladies man.

Fran G. Lara dijo...

Obvio.