Llega un momento en el que nos damos cuenta de que hemos dejado de ser hijos para convertirnos en padres. A partir de ese instante epifánico todos nuestros miedos dan un vuelco de 180 grados. Ya no volveremos a ser esos niños despreocupados que caminan felices por la vida sin plantearse qué van a hacer más allá de los próximos cinco minutos. Ni seremos ya más aquellos a los que, ante cualquier ligera sacudida de nuestro diminuto mundo, nos bastará con que mamá nos traiga un vasito de leche caliente a la cama y papá nos arrope, para que se solucione toda catástrofe. Con esos pequeños gestos de repente el universo tenía sentido, estaba en orden y en paz. Nos sentíamos seguros, confiados, reconfortados. Desparecían los monstruos, todo quedaba borrado, olvidado de inmediato. Pero ahora ya no. Ahora somos nosotros los que tendemos una mano a esos reflejos de nosotros mismos en miniatura que caminan a nuestro lado intentando acompasar su paso al nuestro. Es nuestro pulso el que notan cálido y firme en sus deditos, lo que les da estabilidad y les hace sentir que somos todo lo que necesitan. Somos esos seres invencibles e inmortales que sustentan un cosmos que nuestros hijos todavía creen que gira exclusivamente en torno a ellos.
Todavía no saben que nos sentimos mucho más inseguros que ellos, que andamos tanteando a ciegas y muchas veces atenazados por el miedo. El miedo a no saber lo que hacemos y si lo estamos haciendo bien, a lo que pueda pasar, a separarnos de ellos. Pero nuestros hijos tienen que probar sus alitas. Nos decimos a nosotros mismos que es lo mejor para ellos, que lo hacemos por su bien. Intentamos autoconvencernos con la sospecha de que nos estamos engañando, pero hacemos de tripas corazón y un día decidimos que es hora de enviarlos a la guardería. Les hará bien relacionarse con otros niños, aprenderán a arreglárselas solos, les enseñarán un montón de cosas y... oh, sí, nos permitirá volver al trabajo. Y allí los despedimos, envueltos en besos, sonrisas y palabras cariñosas, pero con el remordimiento y la culpa atenazándonos el corazón desgarrado. Es la primera vez que nos separamos de nuestros hijos. Nos los estamos quitando de encima, los estamos traicionando. No podemos evitar decirnos en silencio que tal vez tendríamos que haberlos dejado con los abuelos unos meses más.
Todavía no saben que nos sentimos mucho más inseguros que ellos, que andamos tanteando a ciegas y muchas veces atenazados por el miedo. El miedo a no saber lo que hacemos y si lo estamos haciendo bien, a lo que pueda pasar, a separarnos de ellos. Pero nuestros hijos tienen que probar sus alitas. Nos decimos a nosotros mismos que es lo mejor para ellos, que lo hacemos por su bien. Intentamos autoconvencernos con la sospecha de que nos estamos engañando, pero hacemos de tripas corazón y un día decidimos que es hora de enviarlos a la guardería. Les hará bien relacionarse con otros niños, aprenderán a arreglárselas solos, les enseñarán un montón de cosas y... oh, sí, nos permitirá volver al trabajo. Y allí los despedimos, envueltos en besos, sonrisas y palabras cariñosas, pero con el remordimiento y la culpa atenazándonos el corazón desgarrado. Es la primera vez que nos separamos de nuestros hijos. Nos los estamos quitando de encima, los estamos traicionando. No podemos evitar decirnos en silencio que tal vez tendríamos que haberlos dejado con los abuelos unos meses más.
Es la primera de muchas separaciones en las que cada vez disimularemos los mismos temores. Nuestros hijos crecen y llegan las excursiones con el colegio en las que agitaremos la mano al pie del autobús con el rictus congelado mientras escrutamos vehículo y conductor con desconfianza. El viaje de fin de curso durante el cual nos aguantaremos las ganas de telefonear cada cinco minutos para escuchar aquello de: "Siiiií... estoy bieeeeen..." La primera vez que los enviamos a bajar la basura mientras los observamos desde el balcón con el orgullo rebosante porque ya son capaces de hacerlo por sí mismos. El primer recado que les permitimos hacer mientras contamos los minutos para que vuelvan. La primera noche que les dejamos pasar en casa de algún amigo preguntándonos si dormirán y las barrabasadas que estarán haciendo. La primera salida que hacen con su pandilla tras escuchar pacientemente mil consejos y recomendaciones por nuestra parte. El día en que por primera vez los dejamos solos en casa mientras corremos al supermercado para hacer las compras de urgencia y con la mente puesta en ellos, esperando que nos reciban con un gesto despreocupado: "Oh, he estado viendo la tele, estudiando... Tranquilos, he estado bien. No, no he pasado miedo" ¿Cómo se atrevieron los padres de Caperucita a enviarla sola a través de un bosque en el que habitaba el Lobo Feroz? ¿Cómo pensaron que a Pulgarcito le bastaría con un sendero de miguitas de pan?Nuestros niños seguirán creciendo. Llegarán los viajes de estudios, un Erasmus en el extrajero, becas... Y el temido momento de las llaves. Los horarios del instituto no encajarán con los nuestros y tendremos que hacerles su propia copia de las llaves para que vayan a clase a su hora y vuelvan a casa antes de que hayamos llegado. Tal vez les dejaremos incluso la comida preparada para que la calienten. Nos aseguraremos de que saben abrir la puerta y de que saben cerrarla. De que no van a perder las llaves, de que conocen el camino, de que no les inquieta la soledad. En realidad no es a ellos a los que les preocupa, es a nosotros. Para ellos es la vida, y cada día es una aventura. Como fue para nosotros cuando teníamos su edad. Un día serán las llaves de su propia casa las que empuñarán, y pensarán que ya no nos necesitan más, que sus alas ya son fuertes. Y al vacío de quedarnos solos por primera vez en muchos años se unirá la preocupación de cómo les irá a nuestros "niños" ahora que vuelan por sí mismos. Entonces sólo los veremos cuando vengan a comer el fin de semana. Y aparentando que ya no tenemos miedo les preguntaremos: "¿Qué? ¿Cómo van las cosas?"
3 Comentarios:
...Pues sí. Hasta que no se tienen hijos no se entienden estas cosas.
A propósito, Peeter tiene un dibujo por ahí (creo que aparece en "Dándole Vueltas") en que resume gráficamente todo esto que expones en la entrada. Te paso el enlace por si te interesa.
http://lh6.ggpht.com/_NSzqoxl-iw8/SptlYI-qdnI/AAAAAAAAKR0/DBId4bhA9oc/s800/IMG.jpg
Impacientes Saludos
Muy chulo el dibujo de Peeter (creo que ya lo había visto).
Podría matizarte cosas (como que las llaves los míos las tenía mucho antes del instituto... pero sí, lo de calentarse la comida ellos ha sido en el insti, con 13 añitos) y unas cuantas tonterías más...pero sería personalizando un texto que tiene un carácter general y que me ha parecido estupendo. ¿Vale?
PD: Tengo que ponerme y leer/escuchar un par de reseñas anteriores (eso de escuchar las reseñas es algo que no era posible en las viejas revista)...pero ahora está mi mujer con Bach... y luego ando liadillo. Igual manaña.
Saludito.
Gracias por el enlace, PAblo, ya lo conocía. Es posible que lo viera en tu página? Tal vez en Entrecomics?
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